Kirk Douglas, así lo quiero recordar.

No podría decir cuál es mi primer recuerdo de Kirk Douglas. Siempre estuvo ahí. Un extraño en mi vida, pero presente en muchos momentos. De hecho para mí ya era inmortal. Como un semidiós. Sin embargo, sabía que continuaba en este mundo. No hace tanto, contó en un libro, con entusiasmo y energía, el rodaje de Espartaco y su lucha contra las listas negras (Yo soy Espartaco).

No podría decir cuál es mi primer recuerdo de Kirk Douglas. Pero sí que me gustaba su pelo alborotado, rojizo. Su hoyuelo. Y esa sonrisa pícara. Quiero despedirme con una imagen tierna, recuperar a ese marinero aventurero y revoltoso, que toca el banjo con una foca en 20.000 leguas de viaje submarino.

Escribió sus memorias. Le gustaba contar historias. Era el hijo del trapero. Un hombre con mucha fuerza. Luchador y cabezota. Y apegado a sus raíces. Cuando se hizo productor, le puso a su compañía el nombre de su madre, Byrna.

Cuando le recuerdo, me viene a la cabeza otro actor con el que hizo bastantes películas, y además eran buenos amigos, Burt Lancaster. ¡Menudo dúo! Los dos de sonrisa amplia, y siempre a punto con una pirueta en el aire. Es más uno de mis recuerdos de la infancia me sitúa en un cine, ilusionada y pasándomelo de lo lindo con los dos en su última película juntos: Otra ciudad, otra ley (Tough Guys, 1986).

Tampoco sabría decir cuál es mi película favorita de su filmografía. De todas las que he visto (que son unas cuantas, aunque todavía me quedan), me cuesta quedarme con una. Compruebo que en este blog ha sido muchas veces nombrado. Y veo cómo surge una cadeneta de películas que me hacen entender que me fascine. Se enfrentaba a papeles con luces y sombras. No tenía miedo a las oscuridades. Y es que aunque es un extraño en mi vida, siempre me he sentido atraída por él. Nunca pensé que faltaría. Realmente me quedan sus sombras.

Siempre fue intenso. Podía ser incluso inquietante. Un rostro que irradiaba simpatía y buen rollo podía convertirse en una cara atormentada y profunda. Muchos de sus personajes eran maravillosamente imperfectos.

Sus primeras apariciones en los años cuarenta le hicieron coquetear con el cine negro. Su presencia no pasaba desapercibida ni en El extraño amor de Marta Ivers ni en Retorno al pasado. En ninguna de las dos era precisamente simpático, su parte oscura afloraba. Aun así lograba que quisieras (que quieras) seguir su rastro. Y el paseo continuó por este género, pero en un oficio que conocía bien, el boxeo. Así uno de sus primeros éxitos fue El Ídolo de barro.

Salto a los cincuenta donde se especializó en personajes atormentados, al límite, a un paso de la locura o la desesperación. Un músico que se acercaba al infierno del alcohol en El trompetista; un policía violento que sufría todos los días de su vida en Brigada 21, un periodista cínico capaz de todo por conseguir un buen reportaje en El gran carnaval o un productor que no ponía freno a su ambición en Cautivos del mal.

También era el aventurero, el hombre que campaba en una película de Julio Verne, o que encarnaba al mismísimo Ulises y sufría el canto de las sirenas, o el fiero vikingo. Y no faltó su presencia en el género americano por excelencia: el western. Cómo olvidarlo en Duelo de titanes, El último tren de Gun Hill, en la poética El último atardecer o en la extraña y maravillosa El día de los tramposos.

Y cómo no, era el héroe romántico (Un extraño en mi vida) hasta decir basta o el actor que se metía en películas controvertidas (Siete días de mayo o Ciudad sin piedad) o en proyectos ambiciosos y acariciados (El loco del pelo rojo).

Su carisma brutal traspasaba la pantalla. Hacía creíble a un actor al borde de la locura, alcohólico y en busca de una segunda oportunidad en Dos semanas en otra ciudad o era capaz de ser el hombre más desencantado en El compromiso. Otro de sus méritos es que fue el que dio el pistoletazo de salida para convertir a Stanley Kubrick en un director de éxito (Senderos de gloria y Espartaco). Es de esos actores con mil rostros, inabarcable.

Siempre será un extraño en mi vida al que abro mi puerta o mis ojos. Lo quiero así, con el pelo revuelto, rojizo y rostro burlón. Cantando a una foca. Riendo sin parar. Y ese hoyuelo que convierte su rostro en especial. Para mí ya era inmortal. No se ha ido.

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