El oficial y el espía (J’accuse, 2019) de Roman Polanski

El famoso artículo de Zola, punto de inflexión en El oficial y el espía.

Roman Polanski adapta una novela de Richard Harris que le sirve para construir una metódica y polanskiana película histórica. La película recoge la odisea que vivió el oficial francés Georges Picquart (Jean Dujardin) cuando encuentra mil y un impedimentos para exponer la verdad sobre el caso de Alfred Dreyfus (Louis Garrel), capitán judío, que estaba sufriendo una injusta condena en la Isla del Diablo, acusado de espía de los alemanes. Polanski no solo cuenta la historia con alarde técnico y las huellas de su cine (esos espacios cerrados con vida propia, como las oficinas donde trabaja Georges Picquart o la celda y alrededores de Dreyfus), sino que realiza un relato minucioso de un hecho histórico, que se analiza con bisturí. Y en ese relato minucioso deja muchas puertas abiertas para la reflexión que acompañan al espectador muchos días después de su visionado.

Polanski escenifica al detalle el momento de la humillación pública de Dreyfus en una secuencia fría y ordenada en la que el ritual al que es sometido el capitán encierra una dureza escalofriante. Así se presenta no solo a los personajes principales de la trama, sino también el ambiente político y social que el hecho suscita. Poco a poco se irá viendo el proceso de cambio e implicación de Picquart en el caso Dreyfus, pues si en un principio entra de lleno en la acusación, se dará cuenta posteriormente de su equivocación e irá desentrañando los hilos de la verdad, en un mundo oscuro, poderoso, hostil… y muy cutre. Si la vida de Dreyfus es ya un infierno, la de Picquart irá camino de ello, afectando no solo a su carrera sino también en su entorno (pese a que es un hombre solitario) e intimidad. En esa “odisea” especial que vive Picquart también se vislumbran esos hilos oscuros y poderosos que aplastan a todo aquel que osa desentrañar y descubrir una verdad cada vez más clara. Ese ambiente oscuro y malsano, ese destino negro que parece inevitable, también es muy acorde con el cine de Polanski.

El momento clímax de la película coincide con la publicación del famoso artículo de Zola, Yo acuso. Es el punto de inflexión para los protagonistas atosigados, y que finalizará con una victoria… pírrica. Así el desenlace no oculta cierta justicia, pero unido a un desencanto presente y a un camino abierto hacia dos contiendas oscuras: la primera y segunda guerra mundial. El caso Dreyfus dejó ver una sociedad fuertemente polarizada, el antisemitismo presente (un acierto de la película es mostrar la poca simpatía que tiene también Picquart hacia los judíos, pero dejar clara su implicación cuando descubre una verdad: que a un hombre, independientemente de su simpatía o no hacia él, se le ha condenado injustamente) y cómo la injusticia puede ocultarse en el seno del Estado, y lo peligroso que es esto.

El oficial y el espía es una película que deja poso. Y solo abre una cierta esperanza y armonía en la vida privada de ambos personajes. Dreyfus nunca es abandonado por su familia y él, en los peores momentos y más humillantes, encuentra fuerzas para seguir con vida por mantener estos lazos y por limpiar su nombre por ellos. Y Picquart no solo está rodeado de buenos amigos, sino que mantiene una bonita y libre relación con su amante Pauline Monnier (Emmanuelle Seigner), que le acompaña hasta el final, pese a todas las dificultades que pasan.

1917 (1917, 2019) de Sam Mendes

El soldado Schofield, en 1917, en una carrera sin fin durante la Primera Guerra Mundial.

A dos jóvenes soldados británicos, Schofield (George MacKay) y Blake (Dean-Charles Chapman), les encargan una misión imposible de antemano: cruzar territorio enemigo sin ninguna garantía de que los alemanes hayan abandonado la zona (aunque así parece ser), en esa guerra de trincheras que fue la Primera Guerra Mundial, para avisar a otra compañía británica de que aborte el ataque que tiene preparado, pues es una trampa del enemigo, y así poder evitar una masacre. Blake no puede negarse, porque en la compañía que tienen que alertar está su hermano mayor; y Schofield se involucra por una cuestión del destino. Está al lado de Blake (pues son buenos amigos) en el momento en que a este le dicen que elija a otro hombre para una acción que les van a encomendar…

En esa carrera contrarreloj la cámara de Sam Mendes persigue a los dos soldados y no los abandona en un largo y talentoso simulacro de plano secuencia. Y sufrimos con los dos soldados con cara de niños (uno de los aspectos que me parecen un acierto, y que también se reflejaba en Dunkerque), y es que a veces se olvida que muchos soldados de la primera, segunda guerra o Vietnam (por nombrar solo algunas del siglo XX) eran todavía adolescentes y jóvenes con toda la vida por delante. En otras películas clásicas como Sin novedad en el frente, de Lewis Milestone, o Gallipoli de Peter Weir tampoco olvidaban este aspecto.

Así 1917 acompaña el alarde técnico con una historia sencilla pero efectiva, que emociona cada segundo y mantiene la tensión de si finalmente podrán cumplir la imposible misión o no. Sus dos protagonistas van sorteando distintos obstáculos por el camino y tendrán diferentes encuentros, bien con el enemigo o con distintas compañías de su ejército, que irán dificultando o no su meta. De esta manera, procura entremezclar momentos de acción con secuencias más intimistas.

Sam Mendes realiza una apuesta por una experiencia visual con momentos estremecedores como el ataque nocturno de bengalas entre las ruinas o la carrera final de Schofield. Si bien es verdad que su argumento principal no aporta una mirada nueva, sí logra que se empatice con la suerte de ambos protagonistas. El director no oculta sus referentes tanto a la antes nombrada Gallipoli (esa importante presencia de las fotografías o las cartas o esas carreras al límite) o, sobre todo en la primera parte, que transcurre en las trincheras, a Senderos de gloria. Por otra parte, es un acierto acompañar a George MacKay en su odisea, pues el actor posee un rostro capaz de expresar toda la vulnerabilidad necesaria, pero a la vez reflejar su obstinación y ese empuje que le hace no rendirse nunca.

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