Jojo Rabbit y su madre, Rosie.

Jojo es un niño de diez años que todavía no sabe abrocharse los zapatos. Y, por eso, se fija mucho en ellos. Su madre Rosie le anima a que pase lo que pase en la vida, nunca deje de bailar. Y ella tiene unos bonitos zapatos, granates y blancos. Con ellos pedalea, baila y protege a su hijo. La visión de esos zapatos en un momento determinante será una dura bofetada para que Jojo abandone de golpe la infancia y entienda, de la manera más dura, el mundo que habita. No son los zapatos rojos que llevan por el camino de baldosas amarillas, son los que vuelven a un niño consciente de la cruda realidad que le rodea. A partir de ese momento, sabrá abrocharse los cordones, pues ya ha sido duramente preparado para la madurez. Jojo Rabbit cierra con una frase del poeta Rainer Maria Rilke, que sigue haciendo referencia, de alguna manera, a los zapatos: “Deja que todo te pase, la belleza y el terror, solo sigue andando, ningún sentimiento es definitivo”.

El acierto de Taika Waititi es la mirada que elije para su historia. Y es la de un niño con una imaginación desbordante que vive en la Alemania nazi. Un niño que se siente perdido y solo, pese a la figura protectora de la madre y a la presencia de su gran amigo, Yorki (sus intervenciones son geniales). El padre de Jojo está ausente, el niño tiene muchas inseguridades y poca facilidad para hacerse amigos. Además están en guerra. Y esa mirada construye una historia de desbordante imaginación con todos los ingredientes de un buen cuento. Un cuento donde un niño debe seguir un camino, con diversos obstáculos, para enfrentarse a la vida. En ese camino hay muchos compañeros de viaje, y como muchos cuentos clásicos, se mezcla lo bello e insólito con el horror más absoluto. De manera que Jojo vivirá un momento hermoso e inocente, siguiendo el vuelo de una mariposa con alas azules, y esta la guiará hasta unos zapatos, que enfrentarán al niño al horror más absoluto.

Jojo, al principio de la película, participa en un delirante campamento de las Juventudes Hitlerianas, junto a su amigo Yorki. Entre las actividades impartidas está la de quemar libros en una hoguera, la descripción de los judíos como monstruos horribles o el lanzamiento de granadas. Allí Jojo recibe su mote de “conejo”, pues se burlan de su cobardía. El niño es incapaz de matar a sangre fría a dicho animalillo. Los más mayores del campamento dan a entender que su padre está ausente porque es un desertor. Y allí Jojo sufre un accidente con una granada, animado a lanzarla sin miedo por su especial amigo invisible, el mismísimo Adolf Hitler (interpretado por el propio Taika Waititi). Este accidente provocará varios cambios en su vida cotidiana, además de aumentar su percepción de sentirse diferente. Jojo, sin embargo, puede imaginar a sus anchas porque tiene una madre, Rosie, que lo protege con esmero a la vez que va lanzándole lecciones de vida, como quien no quiere la cosa. Pero el mundo y universo particular de Jojo se trastoca cuando descubre que su madre esconde en la habitación de su hermana fallecida (otra ausencia) a una antigua compañera de su hija: a Elsa Korr. Elsa es una adolescente judía.

Jojo Rabbit y Elsa

Y de pronto Jojo se ve frente a frente con el “otro”. Esa construcción que le han hecho del “otro” se va desbaratando en sus cada vez más asiduas conversaciones secretas con Elsa, en los que los dos van elaborando un cuaderno de ilustraciones con esas maneras de mirar al otro. De pronto Jojo va descubriendo que detrás de “ese monstruo judío” se esconde, quizá, no solo una amiga sino también su primer amor. La evolución de la relación entre Jojo y Elsa es una de las mejores escuelas de este niño y su camino hacia la madurez. Porque con Elsa va construyendo su propia mirada crítica y comprendiendo el mundo, y descubre cómo estaba siendo manipulado por una ideología que le estaba apartando del camino que todos los días le señalaba su madre, cultivar el amor al otro. Y mientras Elsa va entrando en su vida, su amigo invisible va siendo cada vez más marginado y cuestionado.

Jojo también se cruza en su camino de aprendizaje con el capitán Klenzendorf, un personaje-puente perfectamente construido por Sam Rockwell. Como en muchos cuentos tenebrosos, puede haber un personaje del mundo oscuro, que cuando menos te lo esperas se desmarque del mal, y conduzca al protagonista hacia la luz. Así este capitán nazi del campamento infantil, absolutamente desencantado y delirante, que ya está en otras cosas también establece una relación especial con el niño. Y será quién le dé un último empujón a la madurez.

Taika Waititi elabora una película muy visual y luminosa a pesar de las zonas oscuras de las que habla. Para ello toma como fuente de inspiración una novela de Christine Leunens, El cielo enjaulado, pero realiza una adaptación bastante libre (de hecho lo de Hitler como amigo imaginario es una aportación del propio director, que también es guionista). Otro de sus aciertos es el empleo de la banda sonora. Por ahí suenan los Beatles, Tom Waits o David Bowie. La apertura es con Los Beatles y “I want to hold your hand”. Y establece un paralelismo extraño, pero efectivo, la euforia que provocaba la música de la banda junto a la euforia del pequeño Jojo camino al campamento de las Juventudes Hitlerianas. Y el cierre es con David Bowie y “Heroes” de Bowie, donde el protagonista, que ha sufrido ya su evolución a la madurez, ya baila ante la vida de otra manera.

Jojo Rabbit es un cuento cinematográfico donde conviven la belleza y el terror, y donde un niño busca su propio camino hacia la madurez.

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