En Los valientes andan solos, un vaquero contra un mundo moderno y deshumanizado.

Los valientes andan solos atrapa desde su primera imagen. Su principio y su demoledor final construyen un triste círculo que enmarca un western crepuscular. La primera secuencia presenta a un cowboy al aire libre que disfruta de la vida y mira al más allá. De pronto, un ruido demoledor. El cielo es rasgado por tres aviones… Nuestro héroe, John W. Jack Burns (Kirk Douglas), no reniega de la vida del salvaje Oeste; por eso en pleno siglo XX es un forajido, un fuera de la ley, pues prefiere continuar siendo un jinete libre con su yegua indomable y cabezota, que someterse a un mundo que progresa, pero cada vez más deshumanizado. Y la última secuencia cierra su historia de manera brutal, un hombre aterrorizado, Jack, tirado en la cuneta, después de haber sido arrollado por un enorme camión, consciente de que su mundo ha terminado, tras oír cómo acallan el sufrimiento de su yegua de un disparo.

Este héroe desubicado nace de las páginas de la novela de Edward Abbey, El vaquero indomable. Su escritor ya es un tipo de película, hijo de la Gran Depresión, pronto amó la naturaleza y luchó siempre contra la influencia dañina de los seres humanos en los paisajes que quería. Abbey era un apasionado de los amaneceres del Oeste y así lo vertió en sus escritos. Entre sus páginas destilaba la filosofía, otra de sus pasiones. Creía en un anarquismo libre contra la violencia institucional y la frialdad de los Estados. No es de extrañar que creara a ese vaquero indomable, un forajido fuera del sistema y de la burocracia. Este material encandiló a Kirk Douglas, y metió en su aventura al guionista Dalton Trumbo y al director David Miller para crear un buen western.

Los valientes andan solos se estructura en dos partes. La primera presenta, mima y cuida a su forajido. Le ofrece una historia, unas raíces, un amor imposible… Contempla su modo de vida, sus principios y su amor por la naturaleza y la libertad. En un mundo de burocracias, fronteras, prohibiciones y vallas, es una fuera de la ley o un ser al margen, como los viejos forajidos. La segunda escenifica su viaje de huida, no solo no quiere acabar entre cuatro rejas, sino que se niega amoldarse a una vida que no quiere asumir. Prefiere vagar como un fantasma libre. Así huye con su yegua por un paisaje escarpado, pero es el objetivo de la ley. Así policías, coches patrulla, armas y un helicóptero tratarán de impedir que se adentre en la espesura del bosque.

Lo triste del asunto es que en su paisaje natural, que domina y conoce, en esas montañas rocosas, como las de El último refugio, sabe sortear todos los peligros y salirse con la suya. Incluso despierta la admiración del sheriff (Walter Matthau) que dirige la captura, un hombre que se sabe atrapado en un tipo de vida que le aburre. Pero cuando está a un paso de la libertad, a un paso de sumergirse en el bosque para siempre, una autopista se cruza en su destino, y dinamita su camino. Contra el ruido, los grandes camiones y la velocidad, el vaquero no tiene herramientas con las que enfrentarse a dichos obstáculos.

Al vaquero no le falta una historia pasada como soldado de una guerra dura; un buen amigo de correrías que se ha vuelto filósofo y ha sido encarcelado por ayudar a unos mexicanos a cruzar la frontera; un sentido de la amistad y la camaradería que le arrastra a un mundo entre rejas; un gran amor imposible, pues no reniega de su vida libre, pero que le ofrece un hogar donde volver siempre; una fiel yegua que se llama Whisky y es tan cabezota y salvaje como él; una pelea en un bar apartado; una buena borrachera; una cárcel y un guardián que odia su libertad; montañas y un bosque como símbolos de un tipo de vida… Pero Los valientes andan solos prepara también desde sus primeras secuencias su final. El destino está siempre presente en forma de un enorme camión, y aun así, su desenlace sobrecoge. El viejo Oeste muere, Jack no puede alcanzar el bosque.

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