En Tiempos de ninguna edad subimos a Naves silenciosas.

La imagen poderosa de Freeman Lowell (Bruce Dern), una especie de eremita jardinero y astronauta, en unas naves que salvaguardan la vida vegetal y algunas especies animales en mitad de la inmensidad espacial, con la esperanza de que algún día la tierra pueda volver a convertirse en un paraíso, asalta mi mente. Este jardinero espacial, desterrado del planeta, tiene una obsesión: cuidar y proteger los gigantescos invernaderos espaciales para asegurar un futuro próximo. Y por salvar la naturaleza será capaz de todo, incluso de la soledad más absoluta, aliviada por la compañía de tres rústicos robots. Freeman Lowell es uno de los protagonistas del último capítulo de Tiempos de ninguna edad. Distopía y cine, de Antonio Santos. Si en el primer ensayo ya analizado (Tierras de ningún lugar) proporcionaba un recorrido especial por la utopía y el cine, esta vez el camino a seguir lleva al lector a las distintas distopías que se han reflejado en la pantalla blanca. La distopía como advertencia o espejo del mundo hacia el que nos dirigimos con la mirada en el presente.

De hecho, Freeman Lowell, que abre el capítulo «La humanidad desterrada», se encuentra lejos de una tierra que ha destruido sus recursos naturales. Lowell, protagonista de la película Naves misteriosas (Silent Running, 1972) de Douglas Trumbull, es un soñador obsesivo: «¿Y no creéis que es hora de que alguien vuelva a soñar? ¿No es el momento de que alguien sueñe con un mundo mejor?». Y el ensayo de Antonio Santos está poblado de soñadores que tratan de rebelarse contra el sistema político y social generado en la distopía que habitan.

Antonio Santos no solo facilita el camino por una ristra de películas que permiten descubrir que el sueño de la razón produce monstruos, sino también nos sumerge por una historia especial de la literatura distópica. Así es inevitable volver la mirada y la mente hacia las palabras de Aldous Huxley, George Orwell, Ray Bradbury o Anthony Burgess, pues sus universos literarios se transformaron en lenguaje cinematográfico. Este ensayo me ha hecho regresar a esas lecturas que durante mi adolescencia y juventud me marcaron como Un mundo feliz o 1984. Pero también realizar paradas por películas que me han impresionado a lo largo de los años, algunas adaptaciones cinematográficas de estos autores y otras inspiradas distopías, y que no he dejado de ver una y otra vez: Fahrenheit 451 de François Truffaut, La naranja mecánica de Stanley Kubrick o Brazil de Terry Gilliam.

Otra vez hay paradas interesantes que van dibujando un mapa de distopías. Así en distintos capítulos se analizan diversos temas: como la relación entre hombres y máquinas con títulos tan imprescindibles como Blade Runner de Ridley Scott y su continuación, Blade Runner 2049 de Denis Villeneuve. O permite una vuelta por una sociedad biónica que nos lleva a La inteligencia artificial, que adapta un relato de Brian Aldiss con unas gotitas del Pinocho de Collodi. Un sueño primero de Kubrick, pero que dirigió finalmente Steven Spielberg.

El ensayo de Antonio Santos, Tiempos de ninguna edad, permite un recorrido por un mapa de distopías cinematográficas.

Uno de los capítulos más interesantes del libro se centra en las demodistopías y en unas películas que me dejaron recuerdo escalofriante: Cuando el destino nos alcance de Richard Fleischer o La fuga de Logan de Michael Anderson. En este capítulo se para a analizar también una serie que no he visto, pero sí he leído el libro que adapta y me he hundido en el mundo que dibuja con palabras Margaret Atwood en la inquietante El cuento de la criada. O también disecciona dos películas que ya son clásicos de la ciencia ficción: Hijos de los hombres de Alfonso Cuarón y Gattaca de Andrew Niccol (también analiza In time de este realizador, que parte de una interesante premisa, el dinero cotizado por los seres humanos es el tiempo de vida…).

También se centra en cómo los seres humanos cada cambio de milenio imaginan otros mundos con aires de distopía o piensan que inevitablemente vamos a caer en el apocalipsis o fin del mundo. Una de las fuentes de este mundo futuro venidero es la propia biblia y una de las películas que tocan el tema El evangelio de las maravillas de Arturo Ripstein. O toca una distopía en pleno siglo XX, ese mundo que quiso convertir en real, e inició el escalofriante camino, Hitler. Y hay películas que reflejan ese universo distópico de pesadilla como El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, Los invasores de Michael Powell o Saló o los 120 días de Sodoma de Pier Paolo Pasolini.

Otra parada que merece la pena es en las ucronías. Que hubiese pasado si…, por ejemplo, los alemanes hubiesen ocupado Inglaterra. Y eso es lo que se plantea en Sucedió aquí de Kevin Brownlow y Andrew Mollo. O también facilita un paseo por las fábulas donde son los animales quienes habitan las distopías como La rebelión en la granja de John Stephenson o El planeta de los simios de Franklin J. Schaffner.

En Tiempos de ninguna edad, Antonio Santos da la posibilidad de la reflexión y el sueño. Y de recorrer ese mapa plagado de distopías y pesadillas, pero también de un sueño de la razón que no solo crea monstruos, sino que muestra posibles ventanas o cómo conseguir unas alas de libertad. Ese sueño de Freeman Lowell cuando se encuentra más allá de la tierra, de tratar de superar la distopía y avanzar hacia un mundo mejor o un nuevo paraíso.

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