Sesiones de verano (II). Espejo de sombras de Felicidad Blanc (Cátedra, Letras Hispánicas, 2026)

Felicidad Blanc, la mujer del pelo blanco, entre sus hijos Leopoldo María y Michi.

Felicidad Blanc se convirtió en un símbolo durante la transición, representando a tantas mujeres que vivieron sus matrimonios bajo el yugo del régimen franquista y luego tuvieron una voz propia que escuchar y donde trataban de encontrarse entre las palabras.

El desencanto, el innovador documental en su momento de Jaime Chavarri, dio a conocer a la familia Panero con todas sus oscuridades incluidas. El largometraje se centraba en las conversaciones entre ellos y en las entrevistas individuales con cada miembro de la familia. Todo formaba un mosaico de una familia que se caía a pedazos pero con momentos de lucidez. Bajo la sombra del fallecido poeta Leopoldo Panero, un poeta de la Generación del 1936 e identificado con el régimen franquista, desfilan su viuda Felicidad Blanc y sus tres hijos Juan Luis Panero, Leopoldo María Panero y Michi Panero.

Para muchos este documental fue el descubrimiento de una mujer peculiar, Felicidad Blanc, con una historia a sus espaldas y una personalidad misteriosa y contradictoria. Una extraña y bella mujer de pelo blanco termina centrando todas las miradas y eclipsando la verborrea culta e incansable de sus tres acelerados hijos.

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Un cumpleaños más… y mucho cine

Un 14 de mayo, fecha de mi cumpleaños, se hizo la primera proyección pública de cine en Madrid. Sus espectadores pudieron ver entre otras cosas imágenes en movimiento en la Puerta del Sol.

Pues sí, he cumplido un año más. ¡Y menos mal! El otro día un amigo me decía que cada vez que era su cumpleaños le entraba angustia, pues se planteaba que cada vez le quedaba menos tiempo para leer, ver películas, exposiciones, obras de teatro, escuchar canciones…, que había tanto que disfrutar y nos faltaban horas. Y yo le doy un pequeño giro, un cumpleaños es un año más que tenemos para, por suerte, poder hacer todas esas cosas.

De pronto, por el algoritmo de mi móvil me entró ayer una noticia, justo el día de mi cumpleaños, el 14 de mayo, que me hizo recordar algo maravilloso. Y que os cuento con orgullo. Este día estaba destinado para mí. ¡Fue el día donde se realizó la primera proyección pública de cine en Madrid! Qué emoción me produjo leerlo justo el día de mi cumpleaños.

Sí, en un lejano 14 de mayo de 1896, uno de los pioneros operadores de cámara de los hermanos Lumière, Alexandre Promio, se vino a Madrid a presentar el invento. Y para esa exhibición que mejor que grabar una ciudad viva en su día a día: la salida de unas alumnas de un colegio, la actividad en la Puerta del Sol, que si la plaza de toros, que si las maniobras de artillería en Vicálvaro y mucho más… El lugar elegido para dicho evento fue el salón del ya desaparecido Hotel Rusia, que según dicha información, actualmente es el Centro de Salud Las Cortes.

Pensé que no me hubiese importado mirar por un agujerito y presenciar cómo fue esa exhibición y qué supuso para los que estuvieron presentes. Si algunos lo olvidaron nada más salir y si a otros dicha proyección les marcó o les dejó hambre de más…

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Películas de la semana, sorpresas cinéfilas. La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) de Mike Flanagan/ From Darkness to Light (2024) de Eric Friedler, Michael Lurie / El equívoco (The Hireling, 1973) de Alan Bridges / Recién nacidas (Jeunes Mères, 2025) de los hermanos Dardenne

Ha sido esta una semana de bienvenidas sorpresas cinéfilas. Primero, una de esas películas que no pude ir a ver a una sala de cine y que me quedé en su momento con muchas ganas. Y una vez vista, confirmo que es de esas obras que me tocan y me dejan huella. Luego disfruté de uno de esos documentales reveladores sobre cine que habla sobre una película maldita en la carrera del cómico Jerry Lewis. Con la cabeza en la entrada anterior del diccionario cinematográfico, llevaba tiempo detrás de una película protagonizada por un chófer y esta me ha sorprendido gratamente. Y, por último, he podido meterme de lleno en el último largometraje de los hermanos Dardenne con uno de los finales más bellos que he visto últimamente. Películas y más películas que cada día calman mi hambre de cine.

La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) de Mike Flanagan

Hay una serie de películas que con un punto fantástico y jugando con el concepto del tiempo son verdaderos tratados de filosofía sobre el sentido de nuestra existencia. Y siempre me han tocado la fibra y me han hecho pensar.

En ese conjunto de películas entra de lleno La vida de Chuck, desconozco el relato de Stephen King del que parte, pero la película me ha parecido un ejercicio de sensibilidad que casa muy bien con la incertidumbre de un mundo que se sustenta en lo digital. Sin embargo, los humanos seguimos con nuestra única certeza: todos moriremos. Y con esa certeza tratamos de ir viviendo lo mejor posible con o sin internet ni todas sus parafernalias, que ya descubrimos en el gran apagón de 2025 la debilidad y fragilidad del mundo virtual.

Esta película me hizo pensar en otros largometrajes que en la misma dirección que La vida de Chuck me han marcado de una manera u otra, pues me han hecho pensar en el sentido de nuestra existencia, en nuestro papel, qué hacemos aquí, hacia dónde vamos, qué significamos… Y surgen títulos como Atrapado en el tiempo, Más extraño que la ficción o la más reciente Here>, que adaptaba un magnífico cómic. Son películas para filosofar, pero que además se arriesgan en su manera de ser contadas.

La vida de Chuck cuenta la vida de un hombre, un contable, en tres actos en orden inverso y de una manera muy especial. En esa manera de contar se contiene un mundo apocalíptico, un puro musical y una película de adolescente con casa encantada. Y esos tres actos funcionan maravillosamente para captar el sentido de una vida, para atrapar el momento mágico, para explicar la muerte y la herencia que arrastramos.

La película se sustenta en un verso de Walt Whitman, «Soy inmenso, contengo multitudes» y que aparece desde el primer momento y va adquiriendo más y más significado. Así se habla de los mundos especiales que contenemos cada uno en nuestro interior y que nos definen, que cada ser humano nunca mejor dicho es un universo… Que somos nuestras vivencias, recuerdos, aromas, pasiones, relaciones, risas, heridas, aromas… Nuestra única certeza, una revelación que todos vivimos en algún momento, es la muerte, así que si el mundo nos deja (que mira que lo tenemos difícil), tratemos de vivir lo mejor posible con una idea: «Soy maravilloso, me merezco ser maravillos y contengo multitudes».

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Reflexiones alrededor del documental Grey Gardens (1975) de Albert y David Maysles

Grey Gardens, un documental que me ha impactado su visionado.

Han pasado cincuenta años desde que los hermanos Maysles pusieron su cámara en la decadente mansión de Grey Gardens en East Hampton en el estado de Nueva York. Rodeada de otras mansiones y segundas residencias con vecindario de posición alta, se encontraba esta antigua casa atravesada por un jardín que más bien parecía ya una selva con unas vistas maravillosas al mar. En esa decadente casa vivían desde hacía décadas dos mujeres, madre e hija, que se habían creado un mundo propio entre ruinas.

Estas inquilinas, Big y Little Edie, eran además la tía y la prima de dos famosas estadounidenses que formaban parte de una aristocracia formada a base de papel couché, Jacqueline Kennedy (posteriormente Onassis) y su hermana pequeña Lee Radziwill. Rastreando información por la red de distintos medios y fuentes varias, parece ser que en un principio los documentalistas, que abogaban por poner la cámara e intervenir lo menos posible, observar y conectar con los protagonistas de sus obras, fueron contratados por Lee, la hermana pequeña de Jackie, para documentar su vida desde su infancia.

Ella fue quien les llevó hasta East Hampton y ahí los hermanos tuvieron noticia de las peculiares Bouvier. Los hermanos prefirieron prescindir de su millonaria y privilegiada mecenas y lanzarse a documentar la personalidad de esas dos ovejas negras de la familia. Así nació Grey Gardens (1975).

Un documental que ha tenido vida propia desde entonces y que a partir de él se han derivado diversas obras. Es más, hay un culto alrededor de las Edie, ambas ya desaparecidas, y de esa mansión que ha ido pasando por distintas manos y reformas.

A partir del documental de los Maysles nació, por ejemplo, un musical; una película sobre las Edie encarnadas por Jessica Lange y Drew Barrymore y otros dos documentales, uno centrándose en la figura de un joven manitas, que ayudaba a las mujeres en tareas de mantenimiento, que aparece en distintas ocasiones en Gray Gardens y que Little Eddie llama el fauno de mármol (El fauno de mármol de Gray Gardens de Jason Hay y Steve Pelizza, en 2011) y otro que dirigió en 2006 Albert Maysles con descartes del mítico documental que rodó con su hermano titulado, The Beales of de Grey Gardens.

Llevaba tiempo detrás del documental original y, por fin, he podido verlo. Mentiría si no dijese que me ha impactado su visionado y que reconociendo mi incomodidad ante lo que estaba viendo no pude apartar la mirada de Grey Gardens. La incomodidad (y soy consciente de que soy contradictoria, pues nada más fácil que ante lo incómodo que dejar de verlo) venía provocada por ese asalto a una intimidad de dos mujeres con una realidad tan frágil, oscura, compleja y decadente.

Aunque curiosamente, las Edies no solo consienten y parecen encantadas de que se las filme, se las escuche y puedan expresarse ante las cámaras, sino que además transmiten un peculiar mundo que ellas mismas han creado a través de sus ropas, sus rituales, su manera de hablar y contar historias pasadas, sus canciones y bailes, sus discusiones, su alimentación, relación con los animales o con las pocas personas con las que se relacionan.

Los hermanos Maysles no contextualizan, ni dirigen una entrevista a ambas damas, sino que ruedan y escuchan. Tan solo nos sirven de guía unos cuantos recortes de periódicos donde se nos dice de quién son familia y que se ha intervenido no hace mucho en esa casa en ruinas para no expulsarlas del vecindario por las condiciones insalubres en las que viven.

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Dos artistas que dan personalidad a una época. Eloy de la Iglesia. Adicto al cine (2025) de Gaizka Urresti / Flores para Antonio (2025) de Elena Molina e Isaki Lacuesta

El cine documental puede, entre otras cosas, descubrirnos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea. Puede ser la lectura o la mirada de un periodo de la historia de un país. Esa mirada o recuperación de un pasado a través de las imágenes revela algunas claves para entender aquello que vivimos. Son puntos de vista, reflexiones y caminos para entender un momento. Yo pertenezco a esa generación que vivió su infancia a finales de los setenta y los ochenta y la adolescencia y parte de su juventud en los noventa. Aquellos años, ahora que avanza y avanza el siglo XXI, se están empezando desde la distancia a leer, analizar y reflexionar en imágenes.

Esas lecturas a un periodo pueden ser a través de sus artistas o de un espacio en concreto. Se acaban de estrenar tres documentales que reflejan aquellos años, precisamente, a través de un cineasta, un compositor y cantante y una sala de conciertos.

Eloy de la Iglesia fue un director de cine que a través de su vida y sus películas, adoradas por el público, puso en evidencia cómo el cine también podía reflejar el espíritu de una época convulsa. No solo eso, sino que también reflejaba la vinculación tan fuerte que existía entre la obra del artista y su propia vida. De la Iglesia fue uno de los artífices de un género muy especial y popular en su momento, el cine quinqui.

El otro protagonista es Antonio Flores, alma de un documental que es una carta de amor de su hija Alba a su padre. Alba se quedó huérfana con ocho años y ahora que ha superado la edad en la que murió su padre realiza un precioso ejercicio de tratar de comprender a su progenitor, cómo vivió y por qué falleció, así como valorar su trayectoria artística.

Por último, una sala de música y conciertos en Madrid, templo de la música heavy, se alza como una especie de Edén para una generación que encontró un espacio efímero donde aunar la pasión por la música y un lugar donde sentirse especiales, encontrar amistades y sentirse como en casa: la sala Canciller de Madrid, en la calle Alcalá.

Eloy de la Iglesia. Adicto al cine (2025) de Gaizka Urresti

Uno de los hitos del cine quinqui de Eloy de la Iglesia, Colegas, con Antonio Flores y José Luis Manzano (el primero de la imagen a la izquierda). Dos documentales que dialogan entre sí.

El director vasco Eloy de la Iglesia fue capaz de dirigir un cine tremendamente popular que hacía que el público acudiese a las salas de cine, pero también mostró el espíritu de una época. Ese periodo de transición hacia una democracia donde toda una generación que había vivido bajo la represión en todas las áreas posibles e imaginables, de pronto, sintió la libertad en toda su plenitud. Sin embargo, este camino también tenía sus senderos amargos, que una vez tomados no tenían vuelta atrás e hizo que muchos cometiesen no pocos errores. Y eso es lo que De la Iglesia expresó al final de su vida, que había intentado ser un hombre libre, pese a que no fue precisamente un camino de rosas.

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Cóctel de películas por San Valentín: sobre amor, descubrimientos y revelaciones

Estoy viviendo últimamente buenos momentos cinematográficos, así que me ha parecido buena idea escribirlos. Que mejor que celebrar un día dedicado al amor (quitemos los artificios comerciales) que alimentando una pasión que nos cuida. Y ¿qué película, incluso las de más mal rollo, no esconde en el fondo una historia de amor?

The Brutalist, la magia de la sala de cine

Pildora de amor 1. The Brutalist o un hombre roto.

Disfruté del espectáculo del cine con una sala llena: The Brutalist de Brady Corbet. Me hubiese gustado verla en una sala de esas enormes de mi infancia con el telón que tapaba la pantalla para vivir la magia completa. La película de Corbet es una de esas películas largas a lo West Side Story, Lawrence de Arabia o Camelot con su intermedio y todo… Un largometraje donde todo se cuida, desde los créditos del principio, porque así se completa una obra.

The Brutalist tiene imágenes de esas que ya no olvidas. Como la llegada al nuevo mundo del protagonista, el arquitecto László Toth (Adrien Brody), después de haberse roto por completo con la brutalidad de los campos de concentración. Lo primero que ve es la Estatua de la Libertad invertida. En un principio, no sabemos bien dónde se encuentra si un tren de la muerte, si en un campo hacia una cámara de gas… No distinguimos dónde quiere o dónde intenta salir, hasta que se descubre que está en un barco y que sale fuera, al aire libre, para ver Nueva York.

Me gusta cómo me cuentan ese relato de un hombre quebrado que llega a EEUU y tiene que seguir lidiando, sin poder recompenerse nunca. La película baila entre dos frases. Una la escribe su esposa en una carta. Su voz se oye en off durante los primeros minutos y le dice: «Quienes más libres se creen, son quienes más lejos están de la libertad». Y la otra forma parte de un discurso que da su sobrina en una muestra de la obra arquitectónica de su tío en el epílogo: «Lo importante no es el camino, sino el destino».

Entre medias, está el proyecto creativo de un hombre que es artista y todo lo que no puede decir, expresar, sentir o contar lo deja en un edificio. No le salen las palabras, no escribe, pero sí puede plasmar en una obra arquitectónica lo que siente.

El camino de László está lleno de dolor, tragedia y daño. Todo lo sufre en un cuerpo y un alma que ya están rotas por el horror sufrido. Dentro de la desgracia, solo puede dejar su firma. Una biblioteca donde lo importante es la luz que entra en un espacio diáfano o un edificio brutalista que significa muchas cosas, incluso cada medida revela algo en concreto. Si venía de una Europa que era puro infierno aterriza en una tierra que no es ningún sueño, sino una pesadilla. En todas partes, hay personas que pisan y los que son pisados. En el infierno y en la tierra prometida.

Buster Keaton, cara de palo tierno

Otro momento especial fue en el salón de casa de mi madre. Nos preparamos una noche para ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928) y desde que empieza hasta que termina lloramos de la risa. Y sientan tan bien esas risas. Buster Keaton recibe los envites de la vida con su cara de palo y transmite golpe tras golpe una ternura infinita. Yo reía, pero tenía ganas enormes de meterme en la pantalla y abrazar a Willie. Está llena de momentos cumbre, pero no me voy a ir a la tempestad, sino cuando su padre se empeña en entrar en una sombrerería para que se quite la boina y se compre un sombrero. Es sublime el rostro de Keaton con distintos sombreros y su empeño por conseguir llevarse uno que le gusta y a su padre le espanta…

Supongo que me estoy preparando para el gran acontecimiento que voy a vivir este sábado: El maquinista de la general(The General, 1926) con una banda de jazz en directo. Creo que voy a reír y llorar a la vez.

Odas al mal rollo

Píldora de amor 2. Longlegs y todo el mal rollo del mundo.

No, no es fácil generar mal rollo a través de una película. Me ha pasado últimamente con dos largometrajes. Por una parte, Longless de Osgood Perkins (sí, sí, el hijo de Anthony Perkins). Desde el segundo uno transmite una atmósfera que provoca incomodidad. Todo es a través de la mirada extraña de una agente del FBI, que arrastra varios traumas. Cómo está contada la historia, los movimientos de cámara, la interpretación de los actores, el villano más raro que os podáis imaginar, unas muñecas que dan grima pero a la vez son perfectas, los distintos formatos de pantalla para contar la historia…, todo crea en el espectador unas sensaciones que generan malestar. Como ese miedo que provoca caer a un abismo inexplicable.

La otra que me ha generado muy mal rollo ha sido una española, Salve María de Mar Coll. La directora convierte la maternidad en la peor de las pesadillas. Tiene momentos que provocan auténtico terror y pavor. Juega con el suspense y el miedo. Mar Coll realiza una radiografía estremecedora de una madre con depresión posparto. Sufrí cada instante con ella y con su bebé, Eric.

Lo interesante es que esa madre es novelista, crea universos y mundos. Y su depresión se convierte en material literario. Escribe lo que no puede gritar. Lo que le avergüenza y le da pánico expresar. De nuevo, una mirada que cuenta el infierno que vive. La protagonista, esa madre al borde del abismo, lee un suceso de otra madre que mata a sus bebés en una bañera y su mente se obsesiona con esa historia, porque está sintiendo cosas que la hacen tener mucho miedo de sí misma. Por cierto, nunca un cuervo que entra en una habitación me dio tan mal agüero.

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Sesión doble de documentales. Made in England. The Films of Powell and Pressburger (2024) de David Hinton / Niños de Las Brisas (2022) de Marianela Maldonado

Made in England. The Films of Powell and Pressburger (2024) de David Hinton

The Archers, dos grandes creadores del material del que están hechos los sueños.

Cuando vi que tenía la posibilidad de ver este documental, mi alegría fue inmensa. Desde hace años el binomio de The Archers, Michael Powell y Emeric Pressburger, solo me ofrece alegrías. Cada película que localizo de ellos es un feliz descubrimiento. Estaba deseando comprobar qué me podía desvelar este largometraje y mi fascinación fue en aumento cuando me di cuenta de que el narrador del documental era uno de los mejores guardianes del séptimo arte y un buen director (también amado por mí): Martin Scorsese.

De tal manera que el artefacto que entrega David Hinton es toda una gozada. Y es porque su documental cuenta con varias capas de cebolla que va facilitando una senda de revelaciones: primero Martin Scorsese ofrece una mirada especial sobre cada uno de los largometrajes de Powell y Pressburger, pero también cuenta cómo llegaron a conocerse, a trabajar juntos y describe las peculiariades de cada uno. Así queda totalmente explicado quién hacia qué en el proceso creativo y por qué sus obras eran de una determinada manera así como cuáles iban siendo sus temáticas y los motivos por los que sus obras marcaron a varias generaciones.

Scorsese también explica lo que le llamaba la atención de las películas de The Archers y cómo sus largometrajes influyeron en su manera de rodar ciertas secuencias en sus filmes. Aquí hay otro aspecto interesante del que aprender.

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Un menú para los Goya 2024. Tres directoras, tres historias

Los Goya están a la vuelta de la esquina. Os invito a un menú muy especial ya que se va acercando la gala. Dos largometrajes valientes y muy interesantes en la categoría de nominadas a la mejor película iberoamericana y un cortometraje de ficción nominado en dicha categoría que toca un tema de total actualidad, ideal para un buen debate después de su visionado.

Primer plato: La memoria infinita de Maite Alberdi

Nominación al Goya por mejor película iberoamericana.

El periodista chileno Augusto Góngora y la actriz y exministra de cultura Paulina Urrutia son celebridades en su país de origen y son los protagonistas de La memoria infinita de la documentalista chilena Maite Alberdi. Con una generosidad inusitada y la mirada sensible de la realizadora, el matrimonio nos permite entrar en la intimidad de sus últimos años juntos marcados por la enfermedad de él: alzhéimer.

Augusto frente a la cámara muestra su vulnerabilidad, esa memoria que se va desvaneciendo, esas capacidades que se van perdiendo. Y es el mismo Augusto Góngora que se puso en el pasado frente a la cámara, valiente, para contar los años más duros de su país bajo la dictadura y que siempre luchó por recuperar la memoria histórica. Es aquel también que fue un referente de los programas culturales en Chile.

Sin embargo, de nuevo, Maite Alberdi acierta en la manera de acercarnos a la realidad de Augusto y Paulina, pues somos testigos de una historia de amor que recorre más de dos décadas. Paulina se convierte en la memoria de Augusto y ambos intentan no perder los lazos que los unen. Mantienen intacta esa conexión que trata de no hundirse en las brumas del olvido.

La memoria infinita es un largometraje hermoso, pero tremendamente duro. Con un montaje preciso de grabaciones privadas de cuando apenas empezaron su relación en los noventa, material de archivo que permite revelar las trayectorias comprometidas de ambos en el mundo del periodismo y la cultura, el material filmado durante los últimos cinco años por la directora que se convirtió en la sombra del matrimonio y las grabaciones sobrecogedoras de Paulina Urrutia en los momentos de aislamiento de la pandemia, queda finalmente una historia de épica cotidiana de amor, compromiso y lucha.

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Una despedida. Las paredes hablan (2022) de Carlos Saura

Las paredes hablan o pasear con un hombre sabio.

El 30 de enero recibí un wasap de una amiga que me decía que le habían tocado unas invitaciones para ver el nuevo documental de Carlos Saura al día siguiente. Así que me apunté alegremente y fui sin tener ni idea de lo que iba a ver. Las paredes hablan me produjo una enorme alegría y un buen rollo increíble según iban pasando los minutos. Estábamos en la sala de cine, dejándonos llevar. Nos dejamos arrastrar por la curiosidad de un hombre de noventa años con muchas ganas de aprender. Ahí estaba en la pantalla gigante transmitiendo una energía muy bonita.

Y es que además Las paredes hablan es un documental muy bello. Parece sencillo, pero no lo es. Ese es uno de sus valores, que acerca un mundo complejo con sencillez y pasión. Con humildad. ¿Qué se encierran en los 75 minutos de imágenes gozosas? Una reflexión sobre el hombre y el poder de creación. ¿Cuándo el ser humano se convirtió en artista? Carlos Saura, junto a José Morillas, reflexionaron en un esbozo de guion inicial sobre las pinturas rupestres en las paredes de las cuevas.

Con una cita de un cuento de Borges arranca la magia de este documental: «Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo». Saura, como hombre sabio y curioso, dio una vuelta de tuerca al planteamiento del documental. El proceso creativo siempre vivo, generando pensamiento, ideas y arte. Si es cierto que los hombres prehistóricos utilizaban la pared como lienzo, la semilla que plantaron ha continuado hasta hoy. Ese afán de dibujar el mundo sigue en las paredes de las ciudades. Los grafitis son expresiones artísticas que nos dicen que las paredes hablan mucho más de lo que pensamos.

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Joyas del cine clásico latinoamericano (II). Memorias del subdesarrollo (1968) de Tomás Gutiérrez Alea

La mirada del personaje principal, Sergio Carmona, es la que domina Memorias del subdesarrollo.

Para contextualizar Memorias del subdesarrollo, no hay más que mirar un poco de la historia del cine cubano. Una vez se produjo la Revolución cubana, se afianzó un grupo de directores cinematográficos e intelectuales que se volcaron en un principio en el documental, sobre todo para filmar el cambio. Tomás Gutiérrez Alea, al que también llamaban Titón, Julio García Espinosa y otros jóvenes del mundo del cine crearon el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Tanto Titón como Julio García Espinosa habían dirigido ya juntos un mítico corto, El Megano (1955). En él los propios trabajadores de la ciénaga en Zapata, que extraen el carbón de los árboles sumergidos, actúan para mostrar y denunciar sus condiciones de vida.

Julio García Espinosa escribiría varios textos que explicaban en cierta medida lo que estaba suponiendo el Nuevo cine latinoamericano, que nació a finales de la década de los cincuenta. Se centraba claro está en la situación política y social del momento. El texto más importante en cuestión fue Por un cine imperfecto (1969). Y sobre todo lo que explicitaba era un cine alejado de la perfección y de los medios de los estudios de Hollywood y un cine que sirviera para transformar.

En uno de los textos publicados en 1972 en un pequeño volumen recopilatorio (Por un cine imperfecto. Julio García Espinosa. Castellote editor, 1976) explica que «para nosotros lo más importante del cine es que este sea antiimperialista. Perfecto o imperfecto, documental o ficción, analítico o emotivo, pero antiimperialista. Esa es nuestra medida fundamental. Y por la sencilla razón, aparte de otras no menos importantes, de que nuestra cultura no puede desarrollarse, no puede revelarse, no puede aspirar a una genuina validez, si no es en lucha contra el imperialismo, contra el imperialismo como fuerza y contra el imperialismo como concepto del mundo».

Titón siempre se quedó en Cuba. Pasó del corto documental (con algunos que muestran momentos concretos de la Revolución como Asamblea General, sobre la concentración multitudinaria en 1960 cuando se aprobó la primera Declaración de La Habana) al largometraje de ficción. Y del entusiasmo revolucionario al desencanto crítico hasta llegar a la melancolía de algo que nunca fue, sobre todo en sus dos últimos largometrajes más internacionales, cuando ya estaba delicado de salud (los codirigió junto a Juan Carlos Tabío a principios de los noventa): Fresa y chocolate y Guantanamera. Lo cierto es que Tomás Gutiérrez Alea siempre fue fiel a su amor a Cuba y a la idea de la Revolución cubana, lo que le desencantó fue el proceso posterior y las fallas en el sistema. Era un hombre que creía en el poder del debate y la crítica política y social para la mejora.

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