El barco de El viaje de los malditos sin rumbo fijo…

El universo fílmico sobre la Segunda Guerra Mundial (y los años previos) encierra un montón de historias que muchas veces, si no fuera por el cine, terminan siendo enterradas. Así ocurre con El viaje de los malditos, que no deja de tener una triste y desgarrada vigencia, que narra la trágica travesía de un barco, el San Luis. Este barco zarpó del puerto de Hamburgo el 13 de mayo de 1939 con 937 judíos y se dirigían a La Habana. Todos habían conseguido su visado. Muchos de ellos contaban con familiares allí. Lo que parecía un viaje hacia la libertad y la esperanza se convirtió en una pesadilla.

En realidad el viaje tenía fines propagandísticos para la Alemania nazi, que no le importaba qué iba a ser de cada uno de los pasajeros, sino que además la travesía les servía para alimentar su red de espionaje. Goebbels lo ideó para hacer ver que los judíos podían salir de Alemania, pero además dejó al descubierto el antisemitismo que se extendía por todo el mundo. Los viajeros del barco no pudieron desembarcar en Cuba y fueron rechazados por varios países. Tuvieron que regresar de nuevo a Europa y fueron, finalmente, aceptados por un acuerdo entre Bélgica, Países Bajos, Francia y Reino Unido. Pudieron desembarcar en Amberes y acudir a sus distintos países de acogida, pero desgraciadamente la Segunda Guerra Mundial acechaba, y muchos de ellos volvieron no solo a ser perseguidos sino que murieron en los campos de concentración.

Stuart Rosenberg se puso al frente de una superproducción con un reparto estelar que narraba esta odisea. El director logró sus mayores éxitos en películas corales y en recintos cerrados, como los centros penitenciarios de La ley del indomable y Brubaker. Así El viaje de los malditos entra dentro de casi todo un subgénero de viajes en barco donde se cuenta la historia de varios miembros de la tripulación. La película alterna la vida en el barco con los sucesos que van acaeciendo en La Habana, que van haciendo ver que no serán admitidos una vez lleguen al puerto (el elenco en Cuba cuenta con la presencia de James Mason, Orson Welles, Fernando Rey o Ben Gazzara), además de contar las diversas visitas a distintas autoridades de un doctor para conseguir los visados vigentes que permitan el desembarco de sus dos hijas pequeñas. Como ocurre en muchas películas corales, hay descompensación de historias y personajes, y algunas quedan en el aire. Pero es una película de secuencias y momentos. De pequeñas historias que logran aportar la magnitud de la tragedia. Es un puzle donde no llegan a encajar todas sus piezas, pero algunas de esas piezas son pequeñas joyas. Y se va viviendo como el barco en un principio es una embarcación hacia la libertad y termina siendo una prisión de la desesperanza y la desesperación.

Una de las historias mejor construidas de El viaje de los malditos.

Algunas historias de El viaje de los malditos están perfectamente construidas y otras quedan en el aire. Hay dos más elaboradas. Una protagonizada por Malcolm McDowell y Lynne Frederick. Ella es una joven judía y él, el mayordomo del capitán del barco, un chico con toda la sensibilidad del mundo; los dos construyen una historia de amor trágico sin esperanza alguna. Y otra más tradicional y ya nombrada en el texto: la que cuenta los caminos del doctor Strauss (Victor Spinetti) en La Habana para conseguir que sus dos hijas pequeñas bajen del barco. Luego hay personajes íntegros de principio a fin y otros que quedan diluidos. Pero en todo momento hay un halo melancólico y trágico, de personajes frágiles y con el corazón roto. Y cada uno busca rebelarse como puede o sufrir impotentes el destino que les espera.

Entre los personajes íntegros llama la atención el capitán del barco, Schroeder (interpretado por Max von Sydow, que nos dejó hace apenas unos días). Un alemán que tiene clara su prioridad: que todos sus pasajeros no solo sean tratados con exquisitez y respeto, sino que sean llevados a buen puerto. Aunque mantiene las distancias con ellos, no puede evitar sentirse responsable hasta el último momento. Su antagonista será un desagradable espía, que entra en el barco como camarero, y fiel al partido que hace recordar en cada acción y paso que da a los pasajeros quiénes son. El personaje tiene el rostro del actor Helmut Griem (recordado por otras películas relacionadas por el nazismo como La caída de los dioses o Cabaret).

Cada personaje prácticamente tiene su momento y secuencia. De algunos tienes ganas de saber más, como esos dos maestros, que han salido de un campo de concentración, y que se amotinarán por desesperación. Uno de ellos es Jonathan Pryce, en su debut cinematográfico. O hay momentos conmovedores como el reencuentro entre Mira (Katharine Ross), una prostituta en La Habana, con sus padres, los Hauser, en el barco (Nehemiah Persoff y Maria Schell). O todos los momentos en que aparece una anciana Rebecca Weiler (Wendy Hiller) tratando de animar a su marido enfermo (Luther Adler). Y no faltan momentos de la vida en el barco estupendamente filmados, con una luz casi irreal, tanto los bailes en el comedor, sobre todo una especie de mascarada, donde una mujer termina cantando una canción nostálgica de Viena, y todos los viajeros se van quitando las máscaras y dejando resbalar sus lágrimas. O los dos momentos que transcurren en la sala de cine. El glamur del barco lo dan dos personajes que parecen que están fuera de todo, incluso su llegada a la embarcación es separada de los demás, pero que curiosamente se irán mimetizando con el barco y la tragedia. Ambos cuentan también una historia de amor y desamor, y unas ganas a pesar de todo de no dejarse vencer. Se trata del matrimonio formado por Egon y Denise Kreisler (Oskar Weiner y Faye Dunaway).

Si algo ayuda al clima de desesperanza y tristeza, es también la melodía de Lalo Schifrin, que acentúa el cariño con el que están tratados algunos de sus personajes, todos intentando mantener la dignidad intacta, incluso en sus momentos de desesperación (hay uno de la actriz Lee Grant frente a un espejo que deja al espectador fuera de juego). La película termina con un halo de esperanza, con el anuncio del capitán de un telegrama que les informa de que pueden por fin desembarcar y ser acogidos por países distintos a Alemania. Sin embargo, enseguida salen los rótulos de qué fue de cada uno de los personajes, y el espectador sabe que ese halo es un espejismo.

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