El western es un género que siempre me depara buenas sorpresas. Un género con historia, con evolución e innovación. Un género que sigue vivo, que tiene muchas miradas que ofrecer. Que cuenta entre sus títulos con clásicos, con westerns crepusculares, otros increíblemente modernos u otros críticos con la historia que reflejan. Algunos directores se dedicaron de lleno al género e incluso crearon variaciones de una misma historia; como es el caso de Hawks, que aunque vienen de fuentes literarias diferentes, tanto Río Bravo como El Dorado forman una dupla de oro del western intimista, aunque por separado ambas son mucho más que puro entretenimiento. Y otros directores se dedicaron menos pero sin embargo sus westerns supusieron una evolución en el género, como Robert Aldrich, que encauzó el género a una mirada menos poética e idealista y sí a una mirada más violenta, crítica y realista, de perdedores supervivientes con una vuelta de tuerca a los estereotipos. Otra lectura a la historia del salvaje Oeste.

El Dorado (El Dorado, 1966) de Howard Hawks

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¿Un western entretenido, íntimo, divertido pero también profundo, que hable de un grupo de perdedores que se unen ante el peligro, ante la amenaza? Hawks ya lo logró en Río Bravo pero en El Dorado evoluciona un paso más, puede parecer más imperfecto pero es que así fue el salvaje Oeste… en ese Dorado hay más sensación de espontaneidad y frescura, de historia inacabada que continúa…

Así El Dorado regala la historia de un grupo de amigos y conocidos variopinto, un grupo que por separado pueden ser grandes perdedores o marginados, que se unen para conseguir que el malo de la función reciba su merecido. Y entre estos dos westerns (así que pasen siete años entre uno y otro), un nexo de unión: John Wayne. En Río Bravo es el sheriff que se da cuenta de que no está solo ante el peligro; en El Dorado es un mercenario cansado con sentido de la justicia y de la amistad que ve que no puede seguir su camino de lobo solitario.

En El Dorado hay hasta un trovador, el joven inexperto lanza cuchillos, que no solo es divertido sino que conoce a los poetas e ilustra la aventura con un poema de Poe. Él es Mississippi (carismático James Caan) que se cruza en el camino de un viejo mercenario (John Wayne)… y ya no se separan. Mississippi con su extraño sombrero de copa, herencia de un viejo amigo, pinta un Oeste amable, que alimenta sus leyendas. El viejo mercenario recibió una bala en su última misión, que se complicó por azar, por una mujer guerrera y valiente que quería vengar la muerte de su hermano… y ahora esa bala le trae complicaciones, a veces deja paralizada la parte derecha de su cuerpo (algo que un pistolero no se puede permitir). Esa joven pistolera se salta los estereotipos femeninos del Oeste, ella quiere ser a todas horas la más valerosa. No quiere ser la dama que espera al guerrero. Y pertenece a una familia de granjeros trabajadora a la cual quiere expulsar el cacique del pueblo, para lo cual no duda en contratar a mercenarios-pistoleros que no tengan compasión alguna (con lo que no cuenta es con el código de honor que existe entre ellos). En ese pueblo hay un buen sheriff, con cara de Robert Mitchum, al que una historia de amor fallida le lanza a los brazos del alcohol…, prefiere ahogar sus penas y dejarse humillar día sí y día también… pero este sheriff tiene un buen amigo, el mercenario. Y este decide ayudarle en una misión que se está convirtiendo en insostenible y que se dé cuenta de la humillación que sufre cada día. A la vez el mercenario tiene en ese pueblo a una gran amiga, una bella y joven viuda que además es buena empresaria… incluso él se plantea a veces plantar sus raíces y dejarse cuidar. El sheriff cuenta también con un ayudante fiel, un anciano aventurero que no le abandona ni en sus peores momentos.

Así la aventura reúne a un joven inexperto y poeta, a una chica pistolera, a un sheriff alcohólico, a un mercenario lesionado, a un abuelo, a una chica vivaz que tiene dos buenos amigos en su vida… contra el cacique o el malvado del pueblo, que contrata a los pistoleros más temibles (y a uno silencioso y elegante con cicatriz en la mejilla, Christopher George). Y El Dorado se convierte en un western vital, como muchas de las películas de su creador, un canto a la amistad y a la vida a pesar de sus obstáculos y problemas. Robert Mitchum está impagable en esa bañera en plena celda… donde todos sus viejos y nuevos amigos transgreden su intimidad y le regalan jabones… Y por supuesto siempre preguntando que quién es ese joven del sombrero extraño (al que le presentan en múltiples ocasiones… pero con las resacas, ya se sabe). Hawks nos regala un western íntimo, entre amigos, con la poética del Oeste salpicada de vitalidad y momentos privados entre personajes con sus defectos y virtudes que se levantan una y otra vez.

La venganza de Ulzana (Ulzana raid’s, 1972) de Robert Aldrich

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Robert Aldrich cultivó pocas veces el género western pero cuando lo hizo supuso un camino abierto, una evolución. Aldrich no dio la espalda a la cara oscura y oculta de esa conquista del Oeste. Su Oeste es duro, injusto, tremendamente triste… Y es uno de esos directores que empezó a cambiar la mirada sobre la historia, acercándose más a la realidad. No alimentó la leyenda del Oeste sino que trató de mostrar su lado negro. Y esa negrura es el destino de los indios en las reservas para que los colonos conquistaran nuevas tierras… que ya estaban habitadas.

En 1954 disfrazó a Burt Lancaster de apache que se niega a su destino en la reserva. Que se niega a la humillación, a perder sus raíces y cultura. Así Apache convierte al indio no en ser anónimo y enémigo a batir sino en personaje complejo que ve cómo le quieren quitar protagonismo, raíces y tierras, cómo quieren eliminarle del mapa. Y en 1972 le da el papel del viejo explorador McIntosh, de vuelta de todo, que conoce bien cómo son los indios y los colonos, que sabe cuál es la historia y que se da cuenta de que cómo se comportan unos no es tan diferente a cómo se comportan otros. Que conoce la vida en la reserva de los indios, sin futuro y libertad, y la dureza de vida de los colonos aislados de todo en tierras poco clementes y violentas. Y que sabe que todos son seres humanos, supervivientes, con lo peor y lo mejor dentro de cada uno.

El Oeste de Aldrich es violento y deja imágenes estremecedoras como ese soldado que ante el ataque de los indios (Ulzana y los suyos que han huido de la reserva) prefiere pegar un tiro en la frente a una mujer que le ruega que no la deje sola y tratar de salvar al hijo pequeño y que ante su fracaso, se dispara en el rostro antes de caer en manos del grupo.

Los personajes de este western, tanto los colonos como los indios o los soldados del séptimo de caballería o el explorador y ese guía indio, muestran momentos de sublime poesía y detalles emocionantes así como gestos de gran humanidad, para en el siguiente fotograma mostrarles llenos de odio y violencia o capaces del gesto más temible e irracional. Así el explorador duro entiende a uno y a otros…, trata de hacer comprender ese mundo hostil al joven del séptimo de caballería, que ve cómo su idealismo, sus creencias religiosas y ganas de entender (Bruce Davison) se van transformando en irracionalidad y odio ante una realidad que se le queda grande.

Y, como no hay leyenda ni poesía sino toda la crudeza y dureza de un paisaje salvaje donde lo más difícil es sobrevivir, Aldrich solo puede congelar el rostro desencantado de su protagonista, que se ha dado cuenta de que ya no le queda nada más que hacer, tan solo fumarse su último cigarrillo.

Nota. La venganza de Ulzana ha sido uno de los westerns programados en el ciclo de cine organizado en el museo Thyssen para acompañar la exposición La ilusión del lejano Oeste (hasta el 7 de febrero).

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