Cold war

La historia de amor imposible entre Zula y Wiktor en Cold war

Las notas de saxo de John Coltrane en una sala de fiestas y un viejo tocadiscos con música de Bach, preludiaba ya en Ida el idilio del director polaco Pawel Pawlikowski con la música. Y de la música se sirve para contar una historia de amor imposible durante varios años, entre finales de los cuarenta y principios de los sesenta. Zula (Joanna Kulig) y Wiktor (Tomasz Kot) se ven por primera vez en la audición de unas pruebas… y sus destinos ya no dejarán de cruzarse y revolverse. Y es que Cold war recorre las variaciones de una misma canción, un amor que cambia y se transforma, pero que nunca deja que sus protagonistas encuentren el sosiego… Sí, ni contigo ni sin ti. Una historia de amor a golpe de elipsis. En una época en que todo era en blanco y negro y donde no había posibilidad de color. Y es que esa guerra fría no es solo el panorama de la política internacional, sino la guerra que se declaran unos protagonistas eternamente insatisfechos, pero sin poder dejar de amarse…

Pawel Pawlikowski no renuncia al formato 4:3 que también empleó en Ida. Así la historia se encierra en un cuadrado que recupera la fuerza e intensidad de los primeros planos. Blanco y negro, música, primeros planos, distintos escenarios (Polonia, París, Berlín, Yugoslavia) y elipsis… son los ingredientes para construir una trágica y triste historia de amor. La historia arranca en 1949 en Polonia… y los primeros rostros que surgen de la pantalla son de unos campesinos tocando y cantando una canción del folclore polaco. Varios rostros y varias canciones. Poco a poco van tomando relevancia Wiktor, compositor y pianista, e Irena (Agata Kulesza) que están grabando, recopilando y recogiendo el folclore popular del país. Grabadoras en marcha. Lo que se pretende es que constituyan un grupo folclórico que sirva para transmitir la cultura polaca en un Estado Socialista. En las audiciones que organizan para encontrar los cantantes y bailarines del grupo, Wiktor se fijará en una joven mujer con una voz y una presencia especial, de pasado conflictivo, Zula. Ahí, la protagonista cantará la canción que se irá repitiendo en distintas versiones (tal y como también evoluciona su amor) durante la película. Y, a partir, de ese momento la historia se centra en esta pareja.

Los miedos, las decisiones equivocadas, el exilio, la nostalgia del otro, la manera de vivir la música, la imposibilidad del regreso, las discusiones, las heridas, las contradicciones, las huidas, los bailes, los paseos al anochecer, las noches en el apartamento o en un club nocturno, las separaciones, el dolor, los encuentros, las reconciliaciones… construyen a base de momentos y elipsis temporales un amor trágico que quizá solo puede ser detrás de un eclipse (como se llama uno de los locales testigos de su amor a golpe de jazz, L’éclipse), donde nadie los vea…, donde ellos tenga mejor vista para un bello e imposible destino.

Pawel Pawlikowski deja constancia de cómo sabe contar con una fuerza visual y una belleza que duele. La secuencia de dos enamorados que bailan, que se besan, que discuten, que se reconcilian, que se desean, que están cansados de no poder estar juntos… O lo poderosa que resulta una imagen para saber en qué se va transformando el inicial grupo folclórico, en un instrumento político… Los rostros sobre un coro de jóvenes cantando con los trajes típicos… y un telón que se va subiendo, mostrando el rostro de Stalin.

Cold war con música de fondo. Un tocadiscos que no deja de dar vueltas y que devuelve una y otra vez, con distintas notas y estilos musicales, una misma historia: el amor imposible entre Zula y Wiktor. Ellos se niegan a dejar de sonar…

Nota: Cold war se estrena el 5 de octubre… y, por favor, no os la perdáis.

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