La llamada de teléfono más triste en El factor humano.

Un teléfono descolgado es la última imagen de El factor humano. Una imagen tremendamente triste y desesperanzada. Antes el espectador ha sido testigo de un diálogo contenido y trágico entre el espía a su pesar, Maurice Castle (Nicol Williamson), y su esposa Sarah (Iman). No hay un futuro para ellos. Es una llamada teñida de melancolía. Los dos sienten que quizá no vuelvan a encontrarse, que han dinamitado la única posibilidad que tenían de ser felices. Ya se lo dijo Sarah a Maurice un día, el único país al que se debían era el que ellos mismos habían construido con tesón: su pequeño universo íntimo y personal. Y en ese universo solo había sitio para ellos, su hijo Sam y Buller, el perro. Pero todo queda hecho pedazos, pues los avatares políticos de una destructiva, corrosiva y silenciosa Guerra Fría, sobrepasan y aplastan su proyecto común.

La última película de Otto Preminger respira una melancolía difícil de soportar, como la que se respira en las páginas de la novela de Graham Greene. Y como la que quizá arrastraba Preminger durante los últimos años de su carrera, expulsado de un Hollywood donde ya no tenía hueco. El en otros tiempos poderoso director, que rebelde había ejercido también de productor independiente, acostumbrado a lidiar en un Hollywood al que sabía manejar, ahora se veía abocado no solo al olvido, sino con dificultades para poder financiar el que sería su último proyecto cinematográfico. Lejos habían quedado sus grandes superproducciones, sin reparar en gastos.

No hay metáfora más potente que la de ese teléfono descolgado, con un cable a punto de romperse. Soledad, incomunicación, ruptura… Precisamente ese es el motivo que emplea el fiel colaborador Saul Bass para ilustrar los títulos de crédito de la película. El factor humano no destacó en su día. Ni tampoco ahora es muy recordada o analizada. Es bastante fiel al espíritu de la novela de Graham Greene, pero más imperfecta. No es una película cómoda porque, como la novela, no deja el retrato esperado de un mundo de espías sumergidos en la Guerra Fría: ese imaginario ficticio a lo James Bond o con un espíritu de tragedia inevitable, pero con aires épicos (a lo El espía que surgió del frío). Lo que ofrece es un mundo de funcionarios y hombres grises, solitarios y mediocres, aplastados por otros hombres igual de grises y mediocres, que eliminan a sujetos sin pestañear (si creen que son molestos o que hacen que la maquinaria no funcione), que arrastran un aburrimiento existencial y que deciden los designios del mundo sin salir de sus despachos. Los espías y los dobles agentes y aquellos a los que sirven son un ejército de hombres corrientes, que dejan al descubierto tanto sus debilidades y mezquindades como sus miedos y anhelos.

Alrededor de Castle y Sarah rondan una serie de personajes que terminan aniquilando su posibilidad de vivir seguros y felices. Ante una posible infiltración comunista en los asuntos africanos en la oficina británica, el chivo expiatorio será el compañero de trabajo de Castle, Arthur Davis (Derek Jacobi), un soltero aburrido de su trabajo, enamorado de una secretaria que no le corresponde, y deseoso de un destino más emocionante. De pronto, quedará al desnudo el pasado de Castle en una misión en la Sudáfrica del apartheid, y cómo su historia de amor con Sarah, una mujer bantú, condiciona su futuro como agente doble. Un solitario y nuevo jefe de seguridad, John Daintry (Richard Attenborough), un incompetente superior (John Gielgud), un siniestro doctor y colaborador versado en curiosas artes para asesinar (Robert Morley) así como un visitante enemigo del pasado en África (Joop Doderer) tejerán la tela de araña en la Castle quedará irremediablemente atrapado.

En localizaciones cerradas (la casa de Sarah y Maurice, la de Davis, la vieja librería, los despachos de la oficina, los bares… o la triste habitación en algún lugar de Rusia al final de la película), Maurice, sin ninguna épica, se va despojando de toda esperanza. Como un Preminger que ya no dirigiría más películas y que dejaría de ser el ogro que fue, pues ya no tenía posibilidad de rodar más historias en una industria del cine que ya no dominaba.

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