La buena letra (2025) de Celia Rico Clavellino en cuatro pensamientos

Ana no solo mira sino que también escribe… Y con la mirada y la buena letra construye dos historias que colisionan…

La buena letra. Primer pensamiento. Lo íntimo

Ana, la protagonista de La buena letra, prepara a su hija para la primera comunión y le enseña una fotografía de cuando Tomás, su esposo, y ella se casaron. La foto está como velada, apenas se les distingue. Es una imagen que sacó Antonio, el tío de la niña. La cría le dice a su madre que parecen fantasmas. Y eso es lo que son realmente Ana y Tomás. Solo quedan dos fantasmas, ya no son esos jóvenes de antes de la Guerra Civil. Tras la contienda, en plena posguerra, solo quedan dos almas en pena heridas que van desapareciendo entre heridas y traiciones, en silencio.

Si algo ha demostrado Celia Rico Clavellino en sus dos anteriores largometrajes es su facilidad para reflejar un mundo íntimo. Para meterse en los hogares de sus protagonistas y tejer a fuego lento las rutinas y silencios que van construyendo sus historias. Si tanto en Viaje al cuarto de una madre como en Los pequeños amores desvelaba las emociones más ocultas de sus personajes femeninos, madres e hijas que se empeñaban en entenderse a pesar de las distancias y soledades en las que convivían, en La buena letra no abandona el hogar y la casa, el lugar íntimo, pero amplía las relaciones familiares y desvela también en el silencio la historia de las heridas que desgarran.

Ya no viaja solo por las relaciones materno filiales (que también), sino que la cámara filma, siempre bajo la mirada atenta de Ana, las emociones entre dos hermanos (Tomás y Antonio), entre una nieta y una abuela, entre dos cuñadas (Ana e Isabel), entre los esposos, entre Ana y su cuñado Antonio… Y como principal testigo de sus emociones, la casa y los objetos que les rodean. Ese escritorio con sus cuadernos, la vela, las cartas donde Ana crea a un hombre que no existe: ese Antonio ficticio, hermano, cuñado, tío e hijo, que logra no preocupar a una abuela que lo espera y les facilita a ellos mismos construirse una esperanza. La protagonista, con buena letra, levanta una ficción. La realidad será otra muy distinta, de nada sirve la caligrafía exacta.

También esa cocina donde Ana guisa paciente y saca provecho hasta de las cáscaras de naranja. La fotografía velada, el comedor donde se reúnen para degustar los alimentos (aunque sean escasos), esa radio que traerá la música y el baile, esa butaca al sol, la bicicleta…

Pero, como en sus otros largometrajes, la directora explora el mundo exterior cuando es necesario. Para ir dibujando un poco más a esos personajes y en qué mundo viven cuando salen de las cuatro paredes. En La buena letra, el mar está muy cerca, un horizonte al alcance de la mano, pero que los protagonistas dejarán escapar. Allí, en la playa, vivirán los pocos momentos donde pueden atesorar buenos recuerdos o pensar que podrían ir tras ellos. El baño fraternal de los dos hermanos bajo la atenta mirada de Ana, cuando una vez juntos, piensan que las cosas irán mejor. O esa primera comunión de una niña donde se revelan dolorosamente las ausencias, pero donde el horizonte cura un poco la herida o hace por lo menos pensar que es posible alcanzar un destino.

También se alejan de la opresión en ese cine donde se huye de la realidad con actores que cantan y se enamoran. O esa cafetería en la que entran para tomarse un café mirando por la ventana, por qué no, como hacen ya muchos…

Pero otros lugares terminan siendo otras cárceles que les oprimen o les provocan dolor: esas casas que les dan trabajo, pero les quitan dignidad, porque son inalcanzables, porque les recuerdan que son los oprimidos, porque dibujan la traición de los que deciden vivir como los vencedores sacrifiquen lo que sacrifiquen… O la fábrica, que perpetúa que Tomás y otros trabajadores sigan viviendo en la miseria.

La buena letra. Segundo pensamiento. Las heridas

Porque todos los personajes de La buena letra arrastran una herencia. Esa herencia que deja un conflicto bélico, una guerra civil, que no solo bombardea y destroza en el campo de batalla, sino que va minando en una posguerra que no cura heridas, que va enraizando el dolor y dejando una huella profunda para las futuras generaciones. Donde hay vencedores y vencidos y se perpetúa además esa diferencia. O se suben al carro o se quedan en la cuneta.

Celia Rico Clavellino va tejiendo esas heridas y ese drama silencioso que estalla. En su forma de contar, no justifica, solo deja supervivientes que toman distintos caminos para seguir adelante. Unos optan por el egoísmo, por alcanzar lo que nunca tendrían, por enterrar el conflicto y vivir como los vencedores. Otros viven en silencio, sin levantar cabeza, sufren y ven cómo se convierten en muertos en vida, en fantasmas que se desvanecen.

Unos prefieren ser egoístas, no pensar en aquellos que les echaron una mano, vivir sin volver el rostro. Tienen claro lo que no quieren volver a sufrir. Y otros arrastran el silencio y la herida, que no les permite avanzar o levantar la cabeza. Y se hunden en el dolor que no les permite vivir, porque además otros a los que quieren e idealizaron se alejan de ellos para poder ir subiendo escalones sin pensar en quién pisan o dejan de pisar. De nuevo, unos ganan y otros pierden. Y estos últimos quizá terminen aceptando una pequeña concesión, un rayo de sol en la cara.

Los personajes de La buena letra son de nuevo vencedores y vencidos.

No he leído todavía La buena letra de Rafael Chirbes, pero la película sí me ha despertado las ganas de hundirme entre sus páginas y entre las letras de esa narradora que es Ana. Recopilando información, he podido ver cómo la sensibilidad de Celia Rico Clavellino ha llevado a los personajes por unos senderos y lecturas determinadas, construyendo una historia triste donde unos y otros actúan como pueden para salir adelante. La directora aporta un poco de luz, sobre todo a través de la niña, la hija de Ana y Tomás, y no duda en dejar una puerta abierta a la protagonista.

Mientras que Chirbes en la novela, por lo indagado, tal vez ahonde más en cómo las heridas marcan a las generaciones futuras de la familia y no precisamente hacia un futuro con más luz en la cara, sino que sus acciones traen consecuencias. Rafael Chirbes, por lo que intuyo, creo que es más duro con sus personajes, sus destinos y que revela más la lectura política del conflicto bélico y sus efectos.

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El ángel vestido de rojo (The Angel Wore Red, 1960) de Nunnally Johnson

El ángel vestido de rojo o el amor imposible entre un cura y una prostituta en la Guerra Civil española.

El ángel vestido de rojo supuso un rodaje tan sumamente conflictivo que supuso la última película como director del también guionista y productor Nunnally Johnson. Es uno de esos largometrajes que he perseguido por múltiples motivos durante años, y, por fin, ha caído en mis manos. Tengo tres motivos principales por los que quería localizar esta cinta, pero el análisis de esta película irregular es gozoso por muchas otras vertientes que iré desglosando en el texto. Es una de las más desconocidas de la filmografía de Ava Gardner, poco se escribe de ella y normalmente de pasada o proporcionando información que conduce al equívoco. Forma parte de esa colección de producciones del Hollywood clásico que trató el tema de la Guerra Civil Española desde diferentes miradas. Y tiene uno de esos rodajes infernales con un anecdotario amplio alrededor de él.

Como explicaba Javier Coma, en su libro La brigada de Hollywood. Guerra española y cine americano (Flor del Viento, 2002), no era la primera vez que en una película de Ava Gardner salía la Guerra Civil: no hay más que visitar Las nieves del Kilimanjaro (The Snows of Kilimanjaro, 1952) de Henry King o La condesa descalza (The Barefoot Contessa, 1954) de Joseph L. Mankiewicz. Para Coma la película que nos ocupa «quedó muy lejos de la valía creativa de las dos anteriores y es recordada preferentemente porque toda la acción se desarrolló en España desde los mismos comienzos de las hostilidades».

Los despropósitos vividos durante el rodaje; la poca confianza de la MGM en el proyecto y sus continuas intervenciones; la compleja coproducción con Italia; la desilusión que fue arrastrando Nunnally Johnson, al verse totalmente ninguneado y no contar nada con él durante el proceso de montaje y posproducción, que terminó contagiando también a los actores principales: Ava Gardner y Dick Bogarde… perjudicó no solo el resultado final, sino que ni siquiera se hizo el más mínimo esfuerzo en la distribución.

El ángel vestido de rojo es un largometraje que también hay que contextualizarlo en la guerra fría en Hollywood, donde coleaban todavía las listas negras y la caza de brujas, y donde muchas películas explicitaban su anticomunismo. No obstante, en un principio para Nunnally Johnson fue un proyecto ilusionante, al igual que para sus intérpretes, pues pensaba acercarse a la historia bajo los postulados neorrealistas.

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Cuatro películas para noches invernales

1. Wes Anderson, homenaje a la prensa escrita. La crónica francesa (The French Dispatch (of the Liberty Kansas Evening Sun), 2021)

Wes Anderson y su amor al periodismo.

La crónica francesa es un delicatessen de Wes Anderson que apuesta por un amor inusitado hacia la prensa escrita en un mundo analógico. Resulta que el director es un amante de The New Yorker, de sus periodistas históricos y sus portadas increíbles, así que en esta película realiza un homenaje a la publicación a través de una revista imaginaria estadounidense, con sede en Francia: The French Dispatch. Las portadas de esta publicación inexistente son otro deleite (y son obra de un ilustrador español, Javier Aznarez) y la película narra los artículos de tres de sus reporteros, como tres relatos cortos, además de facilitar una introducción y un epílogo especial.

Las historias cuentan la extraña peripecia de un convicto con problemas de salud mental, pero con virtudes artísticas en pintura abstracta, un peculiar mayo del 68 francés y la increíble aventura de un secuestro, así como la intervención crucial de un cocinero de la policía francesa. Pero en realidad todo la película queda envuelta en un aire elegíaco, un obituario por una forma de contar y escribir.

Cada uno de los personajes principales tienen rasgos y características de históricos del The New Yorker: Harold Ross, William Shawn, Josep Mitchell, Mavis Gallant, Lillian Ross, Rosamond Bernier, James Bladwin o A. J. Liebling. Cada uno de ellos tiene una personalidad especial. Pero además en su forma de contar Wes Anderson dibuja una Francia cinematográfica con guiños a la cultura popular europea. Así hay ecos de Jacques Tati, la Nouvelle Vague o Tintín. No falta un sensible sentido del humor.

Como siempre, Wes Anderson cuida el diseño de producción y crea un mundo especial habitado por sus criaturas rodeadas de objetos y colores especiales. Son muchos los personajes que pasean por La crónica francesa con el rostro de sus actores habituales (Bill Murray, Adrien Brody, Jason Schwartzman, Saoirse Ronan, Tilda Swinton, Frances McDormand o Edward Norton) u otros nuevos que entran en su universo (Benicio del Toro, Timothée Chalamet, Léa Seydoux, Mathieu Amalric, Jeffrey Wright, Elisabeth Moss…). Al final, La crónica francesa regala una revista con artículos variados y con un estilo cuidado y reconocible.

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Madres paralelas (2021) de Pedro Almodóvar

Melodrama y memoria en Madres paralelas.

«No hay historia muda. Por mucho que la quemen, que la rompan, que la mientan, la historia humana se niega a callarse la boca», esta frase del escritor uruguayo Eduardo Galeano cierra Madres paralelas de Pedro Almodóvar. Una propuesta arriesgada del cineasta manchego que se refugia en los recovecos de un melodrama contenido para fundirlo con un tema que le interesa: la localización y apertura de las fosas repartidas por la geografía española fruto de la Guerra Civil.

Así cuenta una historia sobre la maternidad con un personaje central, Janis (Penélope Cruz), que se ve metida en una encrucijada moral que hace que oculte una verdad, hasta que la quema y no puede callarse la boca. Pero a la vez es una mujer que lucha por conseguir hacer realidad el sueño de su abuela ya ausente: abrir la fosa común en el pueblo donde vivió durante su infancia para recuperar el cuerpo de su bisabuelo.

¿Cómo logra unir las dos historias? Janis es una fotógrafa y tiene que retratar a Arturo (Israel Elejalde), un antropólogo forense, implicado en la apertura de las fosas. Janis y Arturo se convertirán en amantes. Ella se quedará embarazada y, ante la indecisión del amado (es un hombre casado), decidirá seguir adelante con el embarazo, pues desea ser madre. No obstante, pese a las vicisitudes sentimentales de sus protagonistas, no interferirán en el intento de conseguir la apertura de la fosa.

Todo está entrelazado y tiene sentido en Madres paralelas. La profesión de fotógrafa de su protagonista, compartida con su bisabuelo, y la importancia de las fotografías en la historia: esos rostros de los fallecidos que «viven» a través de los retratos que guardan las familias. La profesión del amante, antropólogo forense, además este personaje cumplirá otra función: sembrará la duda en la recién estrenada maternidad de Janis.

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Cóctel de curiosidades cinéfilas: Incerta Glória, El olvido que seremos, Falso testigo y otros asuntos

En Incerta Glória, una de las historias de amor más bonitas que he visto últimamente.

1. La más bonita historia de amor que he visto últimamente. El otro día pusieron en televisión Incerta Glória, de Agustí Villaronga, película que no tuve oportunidad de ver en su día en el cine, y que me quedé con bastantes ganas. He de decir que me fascinó este largometraje por muchos motivos.

Sin embargo, de momento solo me apetece comentar uno de ellos: hacía tiempo que no sentía tanta emoción por el reflejo de una historia de amor imposible. Lo hace en tan solo dos secuencias.

El amor de Trini (Bruna Cusi) con Solerás (Oriol Pla), el mejor amigo de su esposo. Este último además es uno de esos personajes complejos y fascinantes (otra de las cosas por las que me quedo con Incerta Glória: por el personaje de Pla, y por el de la Carlana, con el rostro de la actriz Nuria Prims). Solerás y Trini protagonizan una de las historias de amor más bonitas que he visto últimamente. Los personajes solo se encuentran en dos secuencias, pero ambas son tan hermosas, que la película me ganó totalmente.

Una transcurre en un vagón de metro y en la estación: ahí se establece el vínculo entre ambos personajes. Un soplo en la nuca, un reflejo en una ventana. Un nombre al aire: Trini. Una carrera, un abrazo y una sonrisa. Posteriormente, en casa de Trini, Solerás le regala una extraña piedra. Ella sabe de geología y dice que analizará la piedra, pero lo recibe como el regalo más bonito que ha tenido nunca.

La otra secuencia, cuando ya es demasiado tarde para la felicidad y la gloria, incorpora a los dos amantes subidos a un caballo que corre en el interior de una iglesia en ruinas. Allí, transcurre un diálogo maravilloso sobre lo efímero de la felicidad y lo imposible de su historia. Por lo menos, les quedará que miraron las estrellas, una sonrisa y un beso. Ella le dice que analizó la piedra y él le interroga sobre qué ha descubierto: “Es de otro planeta, como tú”.

Por cierto, cómo me ha apetecido de repente indagar en la historia y en los personajes de la película… Creo que voy a leerme la novela de Joan Sales, que Villaronga adapta.

2. El retrato de un padre. Últimamente lo reconozco, estoy excesivamente sensible. Se me saltan las lágrimas en numerosas ocasiones. Por ejemplo, no paré de llorar mientras leía el mes pasado El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Me pareció el retrato más hermoso que un hijo puede hacer sobre su padre, un hombre bueno.

Así que me dirigí a la sala de cine a ver la película de Fernando Trueba. Y reconozco que también lloré lo mío, pero porque hacía poco que había leído la novela e iba conectando todo lo que veía con las palabras que había disfrutado. No sé si este mismo efecto le pasa a uno cuando no la ha leído. Creo que la relación padre e hijo sí que está conseguida, pero siento que el detalle con el que se esboza la situación política y el posicionamiento del padre en la novela no está del todo plasmada en el largometraje.

Ese rosal sobre el que un hombre bueno se arrodilla; ese niño que prefiere ir al infierno si ahí va a ir su padre; esa familia mayoritariamente de mujeres que rodean a padre e hijo; la lectura de un cuento por la noche en la cama, El ruiseñor y la rosa, de Oscar Wilde (uno de mis favoritos); el éxtasis del padre ante Muerte en Venecia y esa persecución de la belleza… y, sobre todo, esos besos sonoros que propina el padre a ese niño que le adora son algunos momentos que hacen que no retires la mirada de la pantalla.

En la película se me quedaron también unas palabras que suelta ese padre a un colega sobre lo que todo niño debe tener en su infancia. Todo niño tiene que tener cubiertas las cinco “A”: Aire, Agua, Alimento, Abrigo y Afecto… Y creo que razón no le falta.

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Otras voces en la guerra (I). Mandarinas (Mandariinid, 2013) de Zaza Urushadze

A mi hermana Mónica

Mandarinas

Mandarinas, una película estonia en coproducción con Georgia, se enmarca en la guerra civil georgiana (en concreto la guerra de Absajia, 1992-1993). Zaza Urushadze, de Georgia, ejerce de director y guionista para crear formalmente una película sencilla pero perfectamente construida. Mandarinas es una película de personajes y con una tesis muy clara y humanista: los seres humanos no tenemos fronteras. Aunque seamos de distintas religiones o nacionalidades, no necesariamente tenemos que ser enemigos. En palabras del propio director en un texto para explicar su película lo deja muy claro: “En las guerras desencadenadas por políticos irresponsables, la gente ordinaria que ama la vida acaba muriendo. La muerte de una persona es la muerte de un mundo único pero para los políticos tan solo es una cuestión de estadística. Las fronteras dividen a la gente de manera artificial. Esta película debería ser un intento de destruir los límites artificiales. Los héroes que recientemente, por alguna razón, eran enemigos, derribarán esas fronteras artificiales. Serán capaces de perdonar, ayudar y protegerse unos a otros, incluso protegerse de su misma gente y llegando a pagar hasta con sus propias vidas”. Y eso es Mandarinas… presenta “mundos únicos” y la capacidad del ser humano para liberarse de las fronteras y acercarse al otro.

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Documentamadrid 2016. Destellos (segunda parte)

Destellos que me llevan a mil y un cortos donde viajo de Corea a una Rentería imaginaria o al blanco y negro de tiempos oscuros, de guerra filmada, hasta desembocar en un paisaje apocalíptico con las abuelas de Chernóbil que no temen la radiactividad, dicen que es peor el hambre que pasaron en otros tiempos.

Primer destello. Primer pase de la sección oficial de cortometrajes

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… Un solo pase y el espectador salta de una historia a otra, de un mundo a otro. Desde Corea una historia emocional y de sentimientos en una sociedad que se moderniza… pero no evita recuerdos del pasado, ni heridas ni tristezas, ni los lazos familiares, ni el reflejo de complejas relaciones entre madres e hijas… (Der Bittere apfel vom stamm de Hana Kim).

El estudio del ser humano se puede abordar de las maneras más originales…, por ejemplo, subiendo a varias personas (jóvenes, mayores, hombres, mujeres…) por primera vez a un trampolín de diez metros de altura… y observar si decidirán tirarse a la piscina, o si dudarán, qué pensarán, cómo se expresaran, si saltarán o no o si al final volverán a bajar las escaleras. Así se consigue un corto con momentos de suspense, con otros cómicos (dúos divertidísimos); o momentos de terror con otros valientes o el de más allá desde un triste fracaso solitario, combinados con momentos de gran belleza ante el salto realizado a cámara lenta que marca un ritmo, un baile ante la vida (Hopptornet. Ten meter tower de Axel Danielson, Maximilien Van Aertryck).

Hay relatos entrañables… como un delicado y divertido collage visual, Bacon&God’s wrath de Sol Friedman nos pone frente a frente a una anciana judía de 90 años que por primera vez va a desayunar bacon. Así antes de la hazaña cotidiana, la anciana reflexiona sobre diversos temas (religión, cocina, sueños, miedos e informática…) y recuerda su vida (memoria, familia, tradición y pasado).

Nuestros ojos son testigos de una fiesta ritual en una localidad de EEUU. En Pahokee, Florida, las familias, con grandes problemas económicos, tiran la casa por la ventana durante el baile de graduación de sus adolescentes. Ese día hay que brillar con peinados imposibles, trajes de lujo y coches impresionantes…, aunque al día siguiente todo siga igual y no haya posibilidad de futuro (The send off de Ivete Lucas, Patrick Bresnan).

Y la joya de la corona de este primer pase para Hildy Johnson: Yo no soy de aquí de Maite Alberdi (ya visitó Documentamadrid el año pasado con el largometraje La Once), Giedrė Žickytė. Con una sensibilidad especial, ternura a raudales y un humor inteligente, se nos cuenta una historia triste sobre la memoria y el amor a la tierra natal. En una residencia de ancianos chilena conocemos a una mujer de 88 años, Josebe, llena de personalidad, carácter y vitalidad. Pero vamos descubriendo que Josebe vive su particular día de la marmota. Ella piensa una y otra vez que tan solo está ahí de visita. Tiene claro que es del País Vasco, de Rentería, pero la tierra que ella recuerda es la de su infancia y juventud. Después con su esposo vivió durante décadas en Chile… pero ahora que va perdiendo la memoria, le queda un lugar de orgullo, su tierra natal y su idioma del alma… y una y otra vez, incansable, se lo repite a sus compañeros de residencia. Es el lugar seguro…, cierto.

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Juego de espías (Juego de espías. Canfranc-Zaragoza-San Sebastián, 2013) de Ramón J. Campo y Germán Roda

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… Si algunos edificios o paredes pudiesen hablar… Y esta frase que tanto hemos escuchado cobra todo su sentido cuando en el documental Juego de espías la cámara viaja por un enorme edificio vacío pero escenario en tiempos pasados (y cercanos) de muchas historias. Y ese edificio es la Estación Internacional de Canfranc (Huesca), una estación de ferrocarril fantasma casi en la frontera de Francia.

Juego de espías se centra en una de esas historias donde fueron muchos los protagonistas. De las imágenes de la estación en la actualidad e infografías pasamos a fotografías de distintas épocas hasta llegar a 1940, y poco a poco, con la tensión de un thriller surge la narración de un acontecimiento: el nacimiento de una red de espías en la que operaban hombres y mujeres aragoneses, vascos y franceses para facilitar al Servicio de Inteligencia británica información crucial —sobre los movimientos de las tropas nazis y sobre las mercancías que entraban y salían— para el curso de la Segunda Guerra Mundial. Mujeres y hombres que trabajaron en el anonimato más absoluto poniendo en riesgo sus vidas y la de sus familias por la causa de los aliados y para luchar contra el nazismo. Mujeres y hombres de diferentes ideologías políticas, creencias y profesiones que hacían llegar tras una compleja red de comunicación la información. Y todo esto en un país neutral que vivía además una dura posguerra y una dictadura férrea.

El documental reconstruye un periodo de la historia desconocido y sepultado (que ahora a través de la literatura, de libros de historia, de series de televisión o de documentales como éste se está dando a conocer más)… y es puro periodismo de investigación. En busca de testigos y familiares, de testimonios, de documentación… terminamos oyendo hablar a las paredes. Así el periodista aragonés Ramón J. Campo, especialista en Canfranc, parte de sus investigaciones (que ha recogido en varios libros como El oro de Canfranc o La estación espía) para desenterrar una historia apasionante.

El realizador Germán Roda emplea varios recursos visuales además de las entrevistas a testigos, antiguos espías (donde nos encontramos, entre otros, a una entrañable abuela llamada Lola, que cuenta los hechos con una naturalidad que desarma o la dulzura de Simone que era una niña que junto a sus padres formaban parte de la red), familiares (como Emilio Astier, el nieto de uno de los espías que trata de reconstruir la vida de su abuelo y nos dice que entre la memoria y el olvido, él elige la memoria),  y especialistas que crean un relato ágil (y abren el apetito al espectador interesado dejándole con ganas de más…). A las fotografías de época e infografías se intercala además animación que recrea las acciones y actuaciones de los espías. La animación recuerda a esos dibujos que se realizaban en los juicios para reflejar las sesiones. Y es que precisamente parte de la información de este ‘juego de espías’ y que confirma la existencia de esta red es el sumario de un juicio en plena dictadura… viejos papeles que hablan… sobre una red de espías que fue desmantelada y cómo fueron detenidos y encarcelados varios de sus integrantes…

Volvemos a la estación internacional de Canfranc e imaginamos lo que pudieron vivir los protagonistas de esta historia desenterrada. Rescatamos las voces de las paredes. Pensamos en esos viajes en tren a San Sebastián, Zaragoza o Madrid o esos encuentros en viejas cafeterías o en calles bulliciosas para intercambiar mensajes… Hombres y mujeres que aun viviendo la más dura de las posguerras y una dictadura se convirtieron en espías para luchar contra el nazismo.

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