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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Segunda y última entrega de este feliz descubrimiento que ha sido Basil Dearden, y que no ha decaído en absoluto en los siguientes visionados. El binomio Dearden-Relph siempre tenía algo que ofrecer, y siempre proporcionaban alguna secuencia que convierte una película en puro deleite cinematográfico. Como ya dije a Dearden le empecé a seguir la pista por sus inicios en los estudios Ealing, allí además en los cuarenta encontraría a su compañero de trabajo hasta el final, Michael Relph. A partir de 1963 sus producciones dejan atrás el halo polémico y social, y se entregan a un cine puro y duro de entretenimiento, diversión, terror e intriga. En la anterior entrega este salto podía verse con La mujer de paja, y en esta nueva hay más ejemplos de ese cambio (El club de los asesinos, Tinieblas).

También en este nuevo repaso de su filmografía se puede descubrir sus primeros pasos hacia un cine social con carácter de cine negro en El farol azul, y no puede faltar la presencia de uno de sus títulos más emblemáticos, Víctima, con la homosexualidad de fondo. Por otra parte, dos películas se salen de esas dos vertientes que caracterizan su obra, pero que muestran su dominio del lenguaje cinematográfico, así como la elección de buenas historias: una de robos (Objetivo: banco de Inglaterra) y un buen melodrama histórico (Matrimonio de estado).

Y otro de los aspectos más reseñables de cada una de estas películas es el cuidado en la ambientación, en las atmósferas y en los espacios; no hay que olvidar que Michael Relph tenía formación y ejerció también en algunas películas como director de arte, así que sería uno de sus intereses cuidar siempre ese aspecto en las películas que produjo. De hecho, en algunas de las películas con Dearden, Relph intervino también en el diseño de producción y como coguionista.

Como en el anterior post, las pondré por el orden en el que las fui viendo.

Matrimonio de estado (Saraband for dead lovers, 1948)

Al nombre de Relph, Dearden y Ealing, se une otro más: la presencia entre los guionistas de Alexander Mackendrick. Además, Matrimonio de estado es una película con un uso del color tan especial como en las películas de Powell y Pressburger. La producción tenía todos los ingredientes, a mi parecer, para ser un éxito, y, sin embargo, no funcionó en taquilla. Una historia inspirada en hechos reales del siglo XVII sobre enredos y depravación en las entrañas de las monarquías europeas, donde se llegan a acuerdos de Estado para ampliar el poder. Y en esos acuerdos no importa llevarse por delante la felicidad de las personas o incluso provocar bajas “necesarias” para la obtención de diferentes objetivos. Unas monarquías donde los roles de poder están en manos inesperadas, como damas de la aristocracia que como amantes encuentran su lugar para mover los hilos. En este ambiente de “máscaras” para mantener el statu quo transcurre el triste idilio de amor y muerte de Sophia Dorothea (Joan Greenwood), princesa de Celle, esposa del príncipe de Hanover y futuro rey Jorge de Inglaterra, y Philippe de Konigsmark (Stewart Granger), un aristócrata y soldado sueco. Como se refleja en los tejemanejes de todos los personajes implicados siempre hubo amistades peligrosas en las altas esferas.

La secuencia maravillosa transcurre antes de que los amantes confiesen su amor en pleno carnaval. La triste princesa huye del castillo con su máscara para encontrarse con el conde sueco, y se entremezcla por las calles bulliciosas con un pueblo en fiesta, donde todo el mundo está oculto con caretas, el ambiente es de alegría, jolgorio y placer. No hay límites. Pero la princesa todo lo vive con angustia, solo ve deformidades, ruido, agobio y asfixia, lo mismo que siente encerrada en su castillo de marfil. Tanta máscara y aglomeración, la marea y da vértigo hasta que cae en los brazos del amado. La otra secuencia inolvidable es la encerrona que sufre el conde, y la lucha a espada con varios contrincantes en la oscuridad, donde las sombras guardan más de una sorpresa.

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Imitación de la vida (Imitation of life, 1934) de John M. Stahl

Imitación de la vida

Momentos de confidencias…

Los remakes de Douglas Sirk en los años 50 de los melodramas de John M. Stahl escondieron la riqueza de este realizador a la hora de plasmar sus historias. Lo condenaron al olvido. Si bien es cierto que Sirk reinventó el melodrama con un lenguaje cinematográfico exultante y de pinceladas barrocas para mostrar una América que bajo sus colores brillantes esconde corrientes subterráneas y oscuras; John M. Stahl, con calma y contención, refleja la América resultante del crack del 29 ávida de historias de superación con un público necesitado de historias con las que sentirse identificado. Historias que dibujaban un melodrama contenido, pero también la posibilidad de luz y salida. Historias que hablaban de sus problemas, de los conflictos sociales y también emocionales. Así en 1934, Stahl adapta una novela de la popular autora Fannie Hurst, Imitación de la vida.

Cuenta básicamente la historia de amistad entre dos mujeres muy diferentes: la joven viuda Beatrice Pullman (Claudette Colbert), mujer blanca que vive un delicado momento económico; y Delilah Johnson (Louise Beavers), una mujer negra que la convence para a cambio de habitación y comida trabajar a su servicio. Las dos tienen además en común dos hijas pequeñas. Una vez que se conocen ya Beatrice y Delilah unen sus vidas para siempre. A partir de la deliciosa receta secreta de unas tortitas que le cuenta Delilah a Beatrice, esta emprende un negocio que las enriquece a las dos. Sin embargo, mientras Beatrice sube en el escalafón social y reconstruye su vida; Delilah sigue bajo el techo de Beatrice, no trata de reconstruir su vida, su historia dura le hace rendirse. Prefiere ser buena persona y esconderse tras oraciones (y desear sobre todo un buen entierro, un entierro digno y brillante). Ella siempre ha luchado en exceso y siempre le han dado la espalda, no puede quitarse la mochila del sufrimiento. Por otra parte, las dos tendrán conflictos en sus vidas por sus hijas, cuando estas dejan de ser unas niñas. La hija de Beatrice, Jessie (Rochelle Hudson), se enamora perdidamente del nuevo amor de su madre. Y la hija de Delilah, Peola (Fredi Washington), la cual tiene piel clara, se avergüenza de ser negra porque se da cuenta de que no encontrará su lugar en el mundo, tendrá menos oportunidades. Lo ve cada día en su madre… a la que quiere, pero también rechaza.

John M. Stahl construye así un melodrama sobrio y contenido, elegante, donde destacan cada uno de los momentos cotidianos y naturales que viven Beatrice y Delilah hasta que consiguen prosperar en el negocio de tortitas. Y cómo una empieza a subir socialmente y la otra decide mantenerse abajo (algo que se marca a través de las imágenes cuando Beatrice en la nueva casa se encuentra en las habitaciones de arriba, y Delilah no abandona las habitaciones de abajo… la frontera la delimita una escalera). Sin embargo, su amistad es totalmente horizontal, las dos siempre juntas… se respetan y se quieren mutuamente. Tampoco falta un sutil sentido del humor a lo largo de todo el metraje. Stahl habla y refleja a mujeres emprendedoras en un mundo de hombres y también muestra los conflictos raciales en un momento que se silenciaban totalmente.

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