Retratos de mujer (2). El sospechoso (The Suspect, 1944) de Robert Siodmak / Breve encuentro (Brief Encounter, 1945) de David Lean

Una mujer que ama con sinceridad. Una, inconscientemente, construye el camino de su pareja hacia un destino cruel. Otra, confiesa su historia apasionada y su renuncia final a lanzarse a la piscina. Dos películas de la misma época, una de EEUU y otra de Gran Bretaña, y en las dos excelentes retratos de mujeres. Además de dos directores que siempre merece la pena rescatar sus filmografías: Robert Siodmak y David Lean.

En la estadounidense, tres mujeres labran el camino hacia la tragedia para su protagonista, un buen hombre que toma medida desesperadas y moralmente reprochables. Ellas son el detonante de la acción, las que tejen la tela de araña en el que queda atrapado el protagonista.

En la película británica, el personaje principal femenino es el dueño absoluto del relato, de todo lo que acontece, así como la mirada hacia otras damas en cuestión. No esconde emociones, sentimientos, ni contradicciones. Es una confesión, un grito. Es el relato subjetivo de una infidelidad, de un enamoramiento espontáneo.

Por otra parte, las actrices que los encarnaron bien merecen un recuerdo. Las protagonistas de una y otra película son Ella Raines y Celia Johnson. Luego, una galería de secundarias que bien merecen un recuerdo. Raines protagonizó varias películas de Robert Siodmak para rescatar y tiene otros títulos interesantes en su efímera carrera como Salve, héroe victorioso o Fuerza bruta. Mientras Celia Johnson estuvo muy presente en las primeras obras de David Lean, aunque su carrera posterior fue breve, pues prefirió dedicarse a su vida familiar.

Ella Raines como Mary Gray cambiará el destino del protagonista.

El sospechoso (The Suspect, 1944) de Robert Siodmak

Esta maravillosa película me gusta cada vez más. Ya ha estado presente en el blog. Philip Marshall (Charles Laughton), su protagonista, es un buen hombre que no ha tenido muy buena suerte en la vida hasta que se cruza en su destino una joven que busca trabajo, Mary Gray (Ella Raines), y todo cobra sentido alrededor de él. Ella es la detonante de un cambio, pero no es la única mujer presente en el camino de este buen señor, ni la única que influirá en el futuro escrito para Marshall. Todo ocurre a principios del siglo XX en un Londres todavía victoriano.

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10 razones para amar Un extraño en mi vida (Strangers when we meet, 1960) de Richard Quine

Kim Novak es la mejor Maggie para Un extraño en mi vida.

Razón número 1: Kim Novak

Durante varios días, Kim Novak ha vuelto a las páginas de los periódicos, a las revistas y a los medios. El motivo: su león de oro en el festival de Venecia y la presentación de un documental sobre su vida, Kim Novak’s Vertigo (Alexandre O. Philippe, 2025). Así que pensé en su filmografía y me apeteció dedicar un texto a una película que ya había aparecido hace muchos años en este blog (en concreto en 2012), pero que merece diez razones para amarla: Un extraño en mi vida. De nuevo, vi la película y otra vez quedé atrapada en la bella crónica de una infidelidad.

Kim Novak ha sido una de esas actrices que se negó a ser solo objeto de deseo y florero. Al final, optó por abandonar Hollywood a finales de los sesenta, porque no lograba ser ella misma. Tan solo realizó posteriormente alguna que otra aparición esporádica hasta abandonar definitivamente la actuación durante los noventa. Su última experiencia cinematográfica no fue buena, Pasiones prohibidas (Liebestraum, Mike Figgis, 1991), pues le recordó demasiado a la fábrica de los sueños de la que había huido.

Su rebeldía molestó años atrás a los poderosos de Columbia, aun así ella procuró no dejarse aplastar. No quiso convertirse ni en leyenda ni en mártir, como no pudo evitar una de sus contemporáneas, bien querida en este blog, Marilyn Monroe.

Y ahí sigue con 92 años, superviviente, reivindicativa y guerrera, sin miedo a desvelar sus miedos y traumas, así como hablando siempre claro de los fantasmas que le han seguido siempre, pero contra los que ha batallado sin tregua: el trastorno bipolar y la depresión.

Razón número 2: el hoyuelo de Kirk Douglas

Uno de los detalles magníficos de Un extraño en mi vida es aprovechar un atributo físico y peculiar de su actor principal para el personaje que interpreta y la historia que se está contando.

Si esta es mi segunda razón es por un único motivo: este largometraje está lleno de matices que lo enriquecen en cada visionado. Así una de las peculiaridades del rostro de Kirk Douglas, su hoyuelo en la barbilla, sirve de pretexto para construir una escena. El arquitecto al que da vida, Larry Coe, tiene esa distinción en su rostro. Algo que no pasa desapercibido para su amante, Maggie (Kim Novak).

Así en un momento distendido y tranquilo, Larry y Maggie están sentados en una mesa al lado de una ventana frente al mar. Mientras él, apasionado, le dibuja en la mesa el diseño de la casa que está construyendo con pasión y muchas ganas; ella mira con interés su rostro. Y entonces le pregunta que cómo se afeita el hoyuelo. Y se lo toca con la mano. Él se ríe y bromea con que tiene una maquinilla diminuta especial para ello. Un delicado momento de intimidad y complicidad, ¿verdad?

Razón número 3: entre una casa y un libro

La historia de la infidelidad de esos dos amantes que dan rienda suelta al deseo, y se construyen un mundo propio alejado de sus cómodas vidas en uno de esos barrios que representaban el sueño americano en los sesenta, se desarrolla entre dos obras creativas. Así Richard Quine crea una hermosa metáfora, la libertad y pasión que se apodera de uno durante el proceso creativo de una obra puede equipararse a la intimidad que construyen dos amantes durante lo que dura su relación amorosa.

La historia entre Maggie y Larry dura lo mismo que tarda el arquitecto protagonista en levantar una casa en la que consigue toda la libertad creativa posible sin pensar en ajustarse a un mínimo presupuesto. En la construcción de esa casa es partícipe desde el principio Maggie. De hecho, su primer encuentro es en el terreno vacío, en la colina donde se construirá. Larry le pide a Maggie que le ayude con el metro a tomar las medidas pertinentes. Y su última cita, como no podía ser de otra manera, será en la casa ya terminada. Se cierra el círculo.

Es hermoso porque los amantes se construyen, sin ser conscientes en un principio, la casa de sus sueños, aislada de todo y de todos. Y esa preciosa, moderna y original casa de madera se construyó durante el rodaje en el barrio de Bel Air al mismo tiempo que se iba desarrollando esa infidelidad de Maggie y Larry, los personales de la película. Un precioso trabajo del director artístico Ross Bellah y del arquitecto Carl Anderson.

A su vez, Larry Coe le está construyendo esa casa a Roger Altar (Ernie Kovacs), un escritor de best sellers, que ansía un reconocimiento crítico que aún no ha tenido. Es Coe quien le dice que escriba sin importarle los dictados del mercado, que haga un proceso de creación totalmente libre. Y así lo hace Altar, su proceso creativo dura lo mismo que la construcción de esa casa, solo para darse cuenta al final de su vacío existencial que no puede llenar ni unas buenas críticas ni la soledad que le espera en una casa en la colina.

Entre el proceso de creación de la casa que construye el arquitecto y la escritura de la obra libre del escritor transcurre la crónica de una infidelidad.

Razón número 4: triste declaración de amor de Richard Quine

Si algo es evidente en Un extraño en mi vida es que la cámara está enamorado de Kim Novak. La cámara la acaricia, la desea y hace el amor con ella. Recorre su rostro, bordea su cuerpo, se regodea en su espalda, en su boca o en sus ojos. Para esa cámara Maggie es un bello misterio, que nunca llega a comprender ni atrapar. Detrás de esa cámara estaba Richard Quine que regala una triste declaración de amor a Kim Novak.

Los dos no solo formaron un buen tándem profesional, sino que Quine se enamoró totalmente de ella. Llegaron a estar juntos un tiempo durante 1959, pero finalmente no se casaron. Cuentan que él nunca dejó de estar enamorado de Kim Novak. La cámara de Richard Quine siempre se mostró enamorada de la actriz, así en cada una de sus películas declaró su amor eterno: La casa número 322 fue el descubrimiento; Me enamoré de una bruja reveló el encantamiento mágico; Un extraño en mi vida supuso la triste despedida y en La misteriosa dama de negro, ya que no había amor, recupera el sentido cómico de la vida en una intriga junto al rostro amado.

En Un extraño en mi vida ya no estaban juntos, la ruptura era reciente, así que Quine vuelca su tristeza representando una relación que nunca pudo ser. Un hombre y una mujer que no pueden aislarse del mundo que les rodea y amarse sin responsabilidades ni prejuicios. Y en esta película hay verdad, alma y corazón.

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Joyas del cine clásico latinoamericano (VII). Sur (1988) de Fernando E. Solanas

Sur, de Fernando E. Solanas, toda una tanguedia.

Hace muchos años, cuando era universitaria, acudí a un seminario sobre cine latinoamericano en la Casa de América. Una de las proyecciones que hubo fue Sur (1988) de Fernando E. Solanas. Me pareció muy hermosa. No aparté la mirada de la pantalla. A los pocos días me enteré de que volvían a proyectarla en la filmoteca. Y regresé. La emoción fue la misma. Desde entonces se me quedaron en la cabeza los tangos clásicos cantados por Roberto Goyeneche y otros compuestos por Astor Piazzolla que salían en la película. Pero sobre todo no he olvidado uno de ellos, «Naranjo en flor».

Es más, en aquel momento me compré un vinilo con canciones que salían en diferentes películas y ahí estaba este tango que me aprendí de memoria: «Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento… Perfume de naranjo en flor, promesas vanas de un amor que se escaparon con el viento». Todo esto ocurrió en los años noventa del siglo pasado. Y ya no pude volver a ver de nuevo esta película. Nunca la pillé en televisión ni en ningún otro ciclo. La busqué en vhs, dvd o blu ray… y jamás la encontré.

Hasta que el otro día trasteando por internet la localizé en YouTube con una maravillosa calidad. Y me emocioné. No tuve duda y me la puse de nuevo. No tenía miedo de estropear el recuerdo. La miré con ojos nuevos, descubriendo más matices y detalles, pero volvió a parecerme tremendamente hermosa. De nuevo, sentí esa congoja que sentí cuando era más joven, esa sensación de melancolía, pero también con un cierto sentimiento de esperanza. «¿Quién va a defender lo que soñaste sino vos?».

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Sophia Loren y Richard Burton. El viaje (Il viaggio, 1974) de Vittorio de Sica/Breve encuentro (Brief Encounter, 1974) de Alan Bridges

En 1974 Sophia Loren y Richard Burton fueron pareja cinematográfica en dos películas que han caído en olvido. La primera fue también la última película de Vittorio de Sica y es la adaptación libre de un hermoso relato, con el mismo título, de Luigi Pirandello. Y la segunda es otra adaptación (que se realizó para la televisión) de la obra de teatro en un acto de Noel Coward, Still life, de la que David Lean realizó una película inolvidable en 1945. Ninguna de las dos es redonda (la segunda es más bien fallida), pero, sin embargo, esconden una matizada belleza y detalles interesantes.

Las dos reflejan un melancólico romanticismo. Dos historias tristes de amores efímeros, imposibles. En ambos el presente de los personajes adquiere una importancia vital. Son un canto a la vida y a atrapar algo tan inexplicable e intangible como los lazos que se establecen entre dos personas, sin saber muy bien el porqué.

En un libro que narra la historia de Liz Taylor y Richard Burton, El amor y la furia, se cuenta brevemente algunos detalles de lo que pudieron suponer estos rodajes. Sophia Loren y Carlo Ponti pusieron en marcha el proyecto de El viaje, y acogieron a un Richard Burton que trataba de dejar el alcohol (pero caía una y otra vez) y se encontraba en plena separación y tormenta con Liz Taylor (con reconciliaciones entre medias). Un Burton envejecido y deteriorado, que preocupaba al mismísimo De Sica, se incorporó al rodaje: “Llegaba al rodaje temblando, mareado. Se me partía el corazón al verlo…”. Sophia Loren también se preocupó de Burton, pero construyeron una amistad entre tantos truenos. De hecho fue ella la que pidió a continuación de El viaje que le contratasen para el remake de Breve encuentro (en un principio iba a actuar Robert Shaw, pero le esperaba Tiburón). En esta película para televisión también estaba detrás su esposo Carlo Ponti. Ninguna de las dos películas se suele nombrar cuando se repasa la filmografía de ambos. En las dos se desvela un Richard Burton envejecido, apagado y muy envarado, al que salva su magnetismo natural, su poderosa voz y la mirada de sus ojos azules. Y acompañado de una bellísima, sofistica y madura Sophia Loren.

El viaje (Il viaggio, 1974) de Vittorio de Sica

Sophia Loren y Richard Burton como personajes pirandellianos en El viaje, testamento de Vittorio de Sica.

No sería una mala sesión doble El viaje y Una historia inmortal (1968) de Orson Welles. Hay algo que las une, en su narración cinematográfica, en la melancolía que se les escapa, en esa luz cercana a la irrealidad, en un lirismo especial… Y en la elección de dos hermosos relatos de un tiempo pasado, efímero. El viaje es un canto a una vida que se escapa, que se va. Sí, es una última película. Un canto a la belleza. Irregular y hermosa, como la propia existencia.

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Margaret Sullavan y Frank Borzage. Y ¿ahora qué? (Little man, what now?, 1934)/La hora radiante (The shining hour, 1938)

La primera vez que vi a Margaret Sullavan en pantalla fue con El bazar de las sorpresas, una de mis películas favoritas de Ernst Lubitsch. Poco a poco he ido viendo parte de su filmografía… y con la expresividad de sus ojos y su voz cascada y entrecortada enriquece a unos personajes que son todo emoción y delicadeza, con detalles y matices. Se convirtió en musa de Frank Borzage y con él realizó una serie de películas que devuelven a una actriz para rescatar del olvido. Así Borzage la convirtió en heroína trágica, pero capaz de un amor trascendental, poderoso y fuerte. En cada una de sus películas con el director, construye personajes femeninos complejos que viven, ríen, sufren y aman. Las películas que realizaron juntos fueron: Y ¿ahora qué? (1934), La hora radiante (1938), Tres camaradas (1938) y Tormenta mortal (1940). Cuatro películas que muestran a Frank Borzage no solo como un director sensible, sino con un dominio elegante del lenguaje cinematográfico y la puesta en escena.

Margaret Sullavan se subió a los escenarios teatrales muy pronto y cuando pasó a la pantalla de cine, lo hizo ya con un rol protagonista con el rey del melodrama durante los años 30, John M. Stahl. Durante sus años de juventud en el teatro, coincidió en la compañía University Players con dos hombres con los que conservaría su amistad durante años: Henry Fonda y James Stewart. Con el primero, vivió una apasionada historia y estuvieron casados durante unos meses. Siempre siguieron siendo amigos. Con el segundo trabajó en varias películas (entre ellas Tormenta mortal y El bazar de las sorpresas), fueron amigos… y se dice que vivieron una historia de amor que nunca pudo ser, que nunca estalló. Sullavan era una actriz exigente y entregada, con mucha personalidad y carácter. Emocionalmente inestable dejó huella imborrable en sus dos primeros maridos: Henry Fonda y el director William Wyler con los que vivió historias apasionadas y matrimonio breve. Sullavan se retiró pronto del cine, durante los años 40, aunque no abandonó los escenarios. Dejó una filmografía breve, pero intensa. Murió a los 50 años de sobredosis de barbitúricos.

Y ¿ahora qué? (Little man, what now?, 1934)

Y ¿ahora qué?

Una pareja sobrevive en un mundo que se derrumba…

Frank Borzage se centró en parte de su filmografía en personajes desheredaros, en los márgenes de la sociedad. Y también realizó una trilogía sobre la inestabilidad social y política alemana que culminó con Tormenta mortal. Y ¿ahora qué? supone la primera película de la trilogía y sigue a dos personajes en los márgenes. Por otra parte, sus películas contaban con el amor como instrumento trascendental que sigue a sus personajes más allá del tiempo y el espacio. Un amor fou que no entiende de racionalidad. Un amor que sobrevive a la tragedia. Los protagonistas de Y ¿ahora qué? son dos jóvenes que viven en una Alemania inestable social y políticamente, que no levanta cabeza después de la Primera Guerra Mundial. Ahogados por la situación económica y laboral, tratan de seguir siempre adelante. Emma (Margaret Sullavan) y Hans (Douglass Montgomery) sobreviven como pueden y solo su amor parece que no sucumbe.

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Ciclo de cine italiano (I). Más allá de los directores estrella

Cuando se habla de cine italiano, inevitablemente los directores que vienen a la cabeza son los que hicieron resurgir el cine de las cenizas de la segunda guerra mundial, fomentaron que naciera un movimiento, luego siguieron sus caminos y dejaron sucesores que evolucionaban hacia otros derroteros: Roberto Rossellini, Vittorio de Sica, Federico Fellini, Luchino Visconti, Michelangelo Antonioni y Pier Paolo Pasolini. Pero el cine italiano fue brutalmente creativo y rico, existen más directores con filmografías ricas y películas que ponen de manifiesto una cinematografía arriesgada con unos actores brillantes. Y aquí veremos una pequeña muestra.

Abajo la riqueza (Abbasso la ricchezza!, 1946) Gennaro Righelli

Abajo la riqueza

El cine italiano también tiene, como no, sus pioneros. Y uno de ellos fue Gennaro Righelli que empezó su carrera con el cine mudo, lo continuó con éxito en la década de los 20 en Alemania y regresó a Italia como director con fama de artesano durante la década de los 30. Y en sus últimos años realizó dos tragicomedias populares con Anna Magnani de protagonista. La actriz iba rumbo de convertirse en leyenda y ya era rostro del neorrealismo desgarrador en su aparición en Roma, ciudad abierta. Y Righelli la hizo protagonizar Abbasso la miseria! (1945) y la que nos ocupa, Abajo la riqueza, al año siguiente.

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La piel suave (La peau douce, 1964) de François Truffaut

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Me gusta cómo narra La piel suave, François Truffaut. Y creo que esta forma de contar un crimen pasional sigue siendo una fórmula empleada por directores contemporáneos. Mientras veía esta película me venía a la cabeza Gus Van Sant (Elephant) o Michael Haneke (Caché o Amor). Por cómo está narrada. Desde la distancia. Desde una equilibrada distancia aparentemente objetiva y fría. Así se relata lo cotidiano, lo anodino, lo episódico… La cámara sigue a unos personajes a través de lo que nunca se reflejaría en una película, los tiempos muertos o acciones aparentemente irrelevantes hasta llegar a un final impactante, que golpea.

A muchos espectadores esta manera brusca de acabar una película no les resulta atractiva (ni fue entendible en el momento de su estreno, no recibió buenas críticas). Si la película lleva un ritmo pausado y de pronto termina con una ráfaga, desconcierta. Si parece que nos está contando una cosa: una infidelidad centrándose en el detalle, y de pronto lo que surge es un crimen pasional inesperado… el espectador se desconcierta. Pero el desconcierto provoca sensaciones, pensamientos, emociones reflexiones… La piel suave parece la historia de una infidelidad contada por un etólogo o un antropólogo. Pero sin embargo dentro de lo cotidiano, de la distancia, de lo objetivo, lo frío y el golpe inesperado… Truffaut vierte el suspense y el erotismo de manera sutil en su manera de rodar las secuencias. Por aquella época Truffaut se encontraba elaborando su libro imprescindible sobre Hitchcock y la influencia de su cine se dejó ver en varias de sus películas. La piel suave es una de ella. No sólo por el suspense sino por la presencia de la mujer rubia y el erotismo que recorre el metraje.

Mientras parece que nos está contando sólo una infidelidad, La piel suave nos está reflejando y retratando unos personajes, una manera de comportarse, un mundo determinado: un matrimonio de clase media alta, su entorno. Nos habla de las apariencias, de la mediocridad y las miserias de un intelectual que no sabe moverse en el terreno emocional, nos explica los mecanismos de la mentira, nos habla de las relaciones entre hombres y mujeres y muchos otros temas… La idea de la película partió de la noticia de un periódico sobre un crimen pasional. A partir de ese material Truffaut y el guionista Jean Louis Richard crearon el guion desde una premisa simple: ¿Por qué una mujer asesina a su marido?

Así nos cuenta las andanzas de un escritor, que vive de manera acomodada con su esposa y su hija pequeña, que durante un vuelo para ir a dar una conferencia sobre Balzac (Truffaut y la literatura) conoce a una joven azafata, Nicole, con la que empieza a verse habitualmente.

La rubia hitchcockniana —el objeto de deseo… la cámara sigue sus pies, sus ojos, sus piernas, su piel suave…— fue Françoise Dorléac. Quien encarna perfectamente a la azafata Nicole. Ella es la tercera en cuestión que hace saltar por los aires la cotidianidad aburrida y monótoma del matrimonio protagonista. Deja al descubierto todas las mezquindades, machismo y la cobardía del escritor ilustre y desata el huracán adormecido que se encontraba oculto en la esposa burguesa y acomodada. La azafata Nicole aparece y desaparece del mundo del escritor pero su paso supone un tsunami emocional que destruye. Y todo de manera inconsciente por su parte. Ella nunca buscó la destrucción drástica del matrimonio. Esa destrucción ya estaba agazapada entre ellos. Sólo hacía falta que despertara. Nicole y unas fotografías son el detonante.

Estremece ser consciente del parecido físico de la bella Françoise Dorléac en algunas escenas con su hermana Catherine Deneuve. Las dos habían elegido el mundo del cine y las dos iban camino hacia el éxito. Pero la carrera de Dorléac quedó suspendida bruscamente, como el final de esta película, cuando a los 25 años sufrió un accidente mortal de tráfico. Truffaut trabajaría también con su hermana Deneuve (y también se enamoraría de ella) en una película hitchcockniana (La sirena del Mississippi) y en otra que homenajea al mundo del teatro (El último metro).

La piel suave disecciona un adulterio con la banda sonora de fondo de Georges Deleure. Presentación de la familia, encuentro y flechazo con la amante, primer encuentro, regreso al hogar, reencuentro con la amante, marido que lleva vida paralela con la esposa y ‘la otra’, ocultación, descubrimiento de la infidelidad, separación… hasta llegar a un final drástico. Entre medias, conferencias, encuentros con amigos, discusiones, pasión, tiempos muertos… Truffaut, entre la distancia y el suspense, crea otra historia sobre las complejas relaciones entre los hombres y las mujeres.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Reflejos en un ojo dorado (Reflections in a Golden Eye, 1967) de John Huston

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Seguimos con el análisis de ese periodo que podríamos llamar pre-Nuevo cine americano que también empapó a realizadores que llevaban ya mucha carrera sobre sus hombros pero que ya habían llamado la atención en su manera de contar y en lo que contaba. Y además nunca habían perdido cierto grado de libertad en el sistema de estudios, digamos que ya eran independientes a su manera. Así John Huston sigue evolucionando y cuenta de manera especial un argumento complejo. Y el mismo año que nace el Nuevo cine americano con Bonnie and Clyde, Huston presenta una película mucho más oscura e innovadora y muy bien narrada cinematográficamente: Reflejos en un ojo dorado (que es una novela de Carson McCullers que no he podido leer todavía). Como casi todas las películas enmarcadas en este periodo vuela sobre ellas la sombra del desencanto y la pérdida de ingenuidad o inocencia. Entre los guionistas se encuentra uno de los cachorros del Nuevo cine americano, Francis Ford Coppola.

¿Por qué no fue una película que conectase o conecte tanto con los espectadores de la época como con los actuales? ¿Por qué es considerada una película extraña, aunque el retrato de perdedores sigue presente, del propio director? Muchas películas del periodo pre-Nuevo cine americano y durante el periodo del movimiento refleja el retrato de unos personajes con los que el público no puede identificarse porque presentan la parte más oscura y desencantada del ser humano. Y eso ocurre con cada uno de los personajes de Reflejos en un ojo dorado.

La película empieza y termina con una misma frase de Carson McCullers… al principio estas palabras esconden extrañeza y misterio. Al final esas mismas palabras cobran todo su sentido y golpean al espectador. “Hay un fuerte en el Sur, donde hace algunos años se cometió un asesinato”.

Nada más surgir esta frase, nos adentramos en la vida en tiempos de paz y en la monotonía de un fuerte militar donde entre otras cosas se imparten clases a los nuevos cadetes. Y en ese mismo fuerte viven los oficiales de alto rango. En tiempos de paz, se dan clases, se entrena, se celebran fiestas, se pasa el tiempo… y cada personaje se enfrenta con sus miserias más íntimas.

Así conocemos una extraña galería de personajes cuyas interacciones harán que en un tempo lento termine estallando, con violencia, una tragedia que culmine con el asesinato que anunciaban las primeras palabras de la historia: el oficial Weldon Penderton (Marlon Brando) y su esposa Leonora Penderton (Liz Taylor). Weldon arrastra una compleja personalidad, bajo su aparente disciplina y dureza, sus ansias de parecer un líder, se esconde un hombre reprimido y acomplejado pero narcisista que vive humillado en su hogar y que oculta su homosexualidad como puede. Su humillación mayor es la convivencia con Leonora, su mujer. Una mujer acostumbrada a la vida en el fuerte (su padre era militar), a las comodidades, a hacer lo que le da la real gana y a admirar lo que ella considera virilidad. La ausencia de esa masculinidad en su marido, hace que se lo recuerde cada instante, construyendo ambos una relación insana de dependencia. Su primera aparición es en pantalones, con fusta y montando a caballo con maestría. Todo lo contrario de su señor marido que es un malísimo jinete.

El matrimonio vecino: el oficial Morris Langdon (Brian Keith) y su delicada esposa (Julie Harris) con su criado filipino Anacleto (Zorro David). Morris es el amante de Leonora y representa la masculinidad en la figura del militar (desprecia la lectura, la música clásica, es un buen jinete…). Su esposa vive en una depresión perpetua desde que perdieron a un bebé, está delicada de salud y sabe de la infidelidad de su esposo. Ella se crea un mundo especial y extraño junto a Anacleto, su extravagante criado homosexual que siempre está con ella.

Y por último el silencioso cadete Williams (Robert Forsters) que realiza trabajos para Weldon y cuida con esmero al caballo favorito de Leonora. El cadete observa la vida de sus superiores y ronda por su casa. Siente fascinación por la feminidad de Leonora y se convierte en habitual el entrar por las noches en su habitación y contemplarla durante toda la noche mientras toca su ropa. Otro de sus hobbies es montar a un caballo negro y cabalgar desnudo por el bosque. Se convierte a la vez en objeto del deseo de Weldon.

Así con estos personajes John Huston construye un drama contenido que estalla. Y con ese poético título, que el sirviente filipino explica y pinta en una de sus raras acuarelas, el ojo dorado de un pavo real, nos da la clave de cómo mirar esta historia. Porque Huston la construye a base de miradas (y nosotros, los espectadores, también nos convertimos en voyeurs).

Las miradas de Williams a Weldon y a Leonora. Es un personaje que no habla sólo mira. Siempre al acecho. Mira en el interior de las ventanas del hogar de los Penderton. Mira a Leonora por las noches. Las miradas de Weldon a su esposa y a su amigo Morris. Sus miradas a los objetos que guarda como tesoros en una caja en su despacho que desvela sus secretos más ocultos. Sus miradas en los espejos y sobre todo al cadete Williams que se van convirtiendo en las miradas de un hombre enamorado de un objeto del deseo imposible. Las miradas de la delicada esposa de Morris que ve la infidelidad de su esposo, que siente la presencia de Williams en casa de sus vecinos… y cómo todo la va hiriendo y alterando hasta que se apaga totalmente.

En este drama sureño, de reflejos dorados, el espectador retiene en su memoria imágenes potentes imposibles de olvidar. El cadete Williams montando desnudo en un caballo negro. Leonora desnudándose frente a su marido para ridiculizarle y subiendo las escaleras de su casa sin ropa observada desde fuera por el cadete Williams. Weldon montando al caballo favorito de su mujer y como se desboca en una carrera desesperada, cuando logra pararle pero cae al suelo, ante la humillación vivida en soledad arremete toda su violencia contra el animal… un desnudo Williams rescata al caballo y pasa en silencio frente a un Weldon que llora. Leonora furiosa por cómo se encuentra su caballo en el establo, vuelve a la fiesta que había organizado y delante de todos pega a su marido con una fusta. El oficial Weldon en una noche de tormenta se arregla el pelo sentado en su cama porque espera que su objeto del deseo entre a la habitación… Y el espectador se convierte en un testigo de una historia lejana y extraña en un fuerte militar del sur donde hace unos años se cometió un asesinato…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Diccionario cinematográfico (197)

Brief Encounter

Infidelidad: se dice que fidelidad es “lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona”. La ausencia de fidelidad… ocurre por varios motivos. Y cada infidelidad es un mundo y es provocada por motivos diferentes. Detrás de una infidelidad hay varias historias. Y cada infidelidad se entiende de manera distinta. Tampoco se observa de la misma manera según sea el punto de vista desde el que es contado.

… Están aquellas infidelidades que acaban en tragedia, muerte violenta o asesinato. O a punto están en acabar en ello. En Atracción fatal de Adrian Lyne el miedo viene por una ‘otra’ con graves problemas de salud mental.  Y el mismo director crea una tragedia más elegante con la infidelidad como protagonista en Infiel. Woody Allen también hace que  sea uno de los temas estrellas de sus películas pero lo trata crudamente con asesinato de por medio en Delitos y faltas y en Match Point. Muerte violenta y tragedia se unen en la bellísima Días del cielo en una infidelidad narrada desde los ojos de una niña. Y nos vamos al maestro del suspense y su Crimen perfecto. Uno de los motivos es no sólo el económico, es una elegante esposa… rica e infiel.

… Están aquellas infidelidades que acaban en suicidio. Recientemente hemos vivido de nuevo la infidelidad de Anna Karerina y por distintos motivos cómo conduce al suicidio de la protagonista. Pero no es la única. Recordemos esa tragedia familiar de varios hermanos enamorados de una misma mujer… claro, sólo uno se casa con la dama en cuestión… pero la infidelidad y el suicidio están servidos, así ocurre en Leyendas de pasión. También nos encontramos con un suicidio complejo en esa joya de Otto Preminger que es El hombre del brazo de oro. Aquí la ‘otra’ es el personaje que supone una salida del mundo opresivo en el que vive un hombre con un problema de drogodependencia y la mujer la que lo hunde más en una adicción que le supera…

… Están las infidelidades por miedos y crisis matrimoniales (a veces es un bache superado, otros supone la ruptura total o la tragedia inesperada). En clave de comedia es imposible olvidar a los padres de Loretta (Cher) en Hechizo de luna. Una maravillosa Olimpia Dukakis trata de entender por qué su marido le es infiel… Trata de buscar una respuesta. Y cree que la encuentra: el miedo a la muerte. Y ella tan seca y maravillosa, encara el problema y le espeta a su marido: Cariño, hagas lo que hagas, te vas a morir de todos modos. Y ese miedo a envejecer que se convierte, a veces, en un mecanismo para una posible infidelidad (junto a un intento de huir de la monotonía y cotidianeidad de un matrimonio) lo encontramos también en el episodio protagonizado por Emma Thompson y Alan Rickman en Love Actually. Pero también puede ser un drama que acabe en tragedia como les ocurre a los protagonistas de Revolutionary Road. O forman parte de la crónica de un matrimonio como deja bien claro Stanley Donen en esa maravillosa disección que es Dos en la carretera. También puede ser motivo de experimentación, de encontrar nuevos estímulos, de tratar de salvar una relación… y los resultados pueden ser variados: ahí podemos buscar en una comedia como Bob, Carol, Ted y Alice o irnos a un drama como La tormenta de hielo. O puede ser un motivo para cambiar de la manera más radical las reglas de la relación matrimonial como propone la protagonista (Romy Schneider) a su esposo infiel en uno de los episodios de Boccaccio 70 (el dirigido por Luchino Visconti).

A veces de la infidelidad puede surgir el amor más verdadero. Así ocurre en esos puentes de Madison, en la calle de atrás o en Brokeback Mountain. Y en otras historias el marido cree que la infidelidad es algo a lo que tiene derecho y la esposa tiene que aguantarse y vivir con cara de póquer (bien porque eran otros tiempos, bien por mantener un estatus social o una mezcla de ambos)… así nos encontramos a este tipo de parejas en melodramas sureños como Con él llegó el escándalo o La gata en el tejado de Zinc.

A veces una infidelidad motiva el comienzo de otra historia, de una nueva vida… Como le ocurre a Colin Firth en Love Actually o Gwyneth Paltrow en Dos vidas en un instante.

La infidelidad hace que surjan historias tremendamente hermosas y duras que muestran la complejidad del término y las circunstancias diferentes en que pueden darse y los daños que pueden provocarse. Así me vienen a la cabeza infidelidades que ponen los pelos de punta: The deep blue sea, Vivir un gran amor y su remake El final del romance, Amigos apasionados o esa maravilla que se titula Breve encuentro (estas dos últimas de un David Lean inspiradísimo).

… La ausencia de fidelidad es algo que ha provocado un montón de argumentos para reflejar en la pantalla blanca…

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