Header image alt text

El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

El profesor Keating dejando su semilla del saber en El club de los poetas muertos.

Razón número 1: Carpe Diem. Por qué me marcó la primera vez que la vi

Me recuerdo en un cine al aire libre, adolescente total, hace muchos años… Un cine de verano en un destino de playa. Y yo totalmente hipnotizada frente a El club de los poetas muertos. En mi oído retumbando una expresión latina: Carpe Diem. Así como su significado: “Aprovecha el momento”. Y repensarla posteriormente una y otra vez hasta ir reconvirtiéndose a lo largo del camino en “vive cada momento con pasión, como si fuera el último”.

Me viene a la mente cómo de toda esa pandilla de adolescentes, me quedé con el más tímido, aquel que no puede expresarse, pero que desea gritar. Y a partir de esta película no he dejado de seguirlo: Ethan Hawke. Me visualizo deseando que se cruzara en mi camino un profesor como Keating (Robin Williams) con conocimientos apetecibles (adoraba la asignatura de literatura) y que me transmitiese tanta pasión por la vida y el saber (y he de decir que unos pocos buenos profesores y profesoras se cruzaron por mi camino de enseñanza —antes y después de la película—, también variso bastante malos). Digamos que El club de los poetas muertos fue de esas películas que en un momento de tu vida ves y no olvidas.

Pero la rememoro también visualmente, sus imágenes se quedaron en mi retina. A Peter Weir ya le puse a partir de aquel momento nombre y apellido. De hecho ya me había fascinado con Único testigo. Luego vinieron La Costa de los Mosquitos (otra película que me dejó huella), Matrimonio de conveniencia (que aumentó mi lista de comedias románticas imprescindibles) o El show de Truman. Poco después descubrí sus primeras películas australianas (alguna me queda todavía por visionar), la primera Gallipoli y luego vendría Picnic en Hanging Rock.

Pero sobre todo El club de los poetas muertos ha quedado vinculada para siempre a dos palabras: Carpe Diem, y a lo que me hicieron pensar en ese momento y ahora.

Razón número 2: Me sigue gustando en todos los visionados que hago

Hay películas que no vuelves a ver porque no surge la oportunidad (o porque es difícil volver a acceder a ellas) y otras que repites en distintas pantallas, dispositivos, formatos… Este último caso es el de El club de los poetas muertos, pues la he visto varias veces (la última antes de realizar este texto). Curiosamente es una película que va cosechando una legión de detractores, y alrededor de ella se han escrito críticas y análisis negativos que también tienen interés y ofrecen otras miradas de dicha obra cinematográfica. Por no seguir hablando de las parodias alrededor de ciertas secuencias como la última (todos subidos a las mesas) o la repetida coletilla: “¡Oh capitán, mi capitán!”. Se ataca su “sensiblería”, el “reflejo falso” de lo que tiene que ser un buen profesor, la “superficialidad” de la propuesta, el “guion flojo y previsible”, que qué tipo de “rebeldía” es la que desarrolla, que es una historia de “niños elitistas y pudientes” en un instituto privado, etcétera, etcétera. Y leyendo los argumentos que se exponen no puedo decir que algunos de ellos no sean ciertos, pero para mí continúa siendo una película que me aporta. No solo me parece que esté bien rodada por Peter Weir o bien interpretada, sino que me cala más profundamente. Hay algo en el interior de El club de los poetas muertos que me llega. Es una película con un corazón que late.

Quizá el secreto esté en cómo refleja ese aplastamiento de los anhelos y sueños a través del poder y la sumisión, instrumentos de un sistema que quiere a todo el mundo de color gris, sin colores. Todo esto plasmado en una América conservadora de los años 50 y en una institución de enseñanza de élite (recinto cerrado) donde sus trasnochados principios: tradición, honor, disciplina y excelencia, son transmitidos a sus alumnos, que serán los que ocupen futuros puestos de poder para continuar perpetuando un mundo no solo gris, sino sin posibilidad de cambio. Tipos que a su vez aplastarán los sueños, anhelos y ganas de cambio y mejora de otros ciudadanos. Y en esa América por supuesto todo lo que huela a sensibilidad, empatía, poesía, rebeldía, cultura, arte, teatro, libros…, todo aquello que haga volar la imaginación del hombre… es sospechoso. Pero ¿solo ocurre en ese instituto de élite y en esa América de los 50?

Read more

Los años más bellos de una vida

Los años vividos…

Sentarse en una sala de cine casi vacía y dejarse llevar. Leer una cita y escuchar una canción. Emocionarse y tener ganas de llorar. Sentir el inevitable paso del tiempo. Y saber que aquellos años fueron bellos, pero estos esconden otras vivencias. Explicar lo inexplicable. La química de dos rostros. Oír unos versos de Boris Vian. Dos miradas, dos sonrisas, dos gestos (retirar el pelo del rostro)… en 1966 y en 2019. Los mismos movimientos que uno reconoce en el otro, pero con más experiencias vividas. Recuerdo y olvido… y un presente. Correr veloz con un coche: atravesar París para llegar a una cita. Cometer locuras con un dos caballos. Estar dispuesto siempre a la huida. Una película que se convierte en poema.

“Los años más bellos de una vida son aquellos que todavía no hemos vivido”, escribió Víctor Hugo. Aunque estés rozando el momento de abandonar la vida. Aunque te cueste moverte. Aunque no sepas dónde estás. Aunque solo te quedes con algunos recuerdos y unos versos. Aunque te sigas enamorando una y otra vez. Claude Lelouch perpetua la vida de dos de sus personajes. Aquellos que protagonizaron Un hombre y una mujer y se enamoraron al son de la melodía de Francis Lai, que ya nos dejó hace apenas unos meses. Ahora son dos ancianos. Él está en una residencia y apenas retiene los recuerdos, se aferra a un rostro del pasado. Ella sigue la vida apacible, con algún que otro sobresalto, al lado de su hija y su nieta. El hijo de él piensa que no sería mala idea que ella fuese a verlo. Y entonces surge la posibilidad de seguir viviendo más años bellos, aunque sea en sueños, en la imaginación o quizá todo sea real.

Read more