Reflexión a partir de Hamnet o cómo El blog de Hildy Johnson siempre ha sucumbido a la influencia de William Shakespeare

Hamnet es el principio de todo este sendero de William Shakespeare por el blog.

Soy Hildy Johnson y me declaro culpable por mi total devoción hacia William Shakespeare y todo lo relacionado con su persona. Una de las lecturas más emocionantes del año pasado fue Hamnet de Maggie O’Farrell. El otro día fui a ver la película de Chloé Zhao, que por suerte atrapa la esencia de esta obra literaria: cómo a través del arte, el proceso de creación del artista y la catarsis que puede provocarnos una interpretación cuando somos público se puede superar el duelo por la ausencia de un ser querido.

Y me viene a la cabeza otra de las películas que este 2025 me ha tocado muy fuerte: Ghostlight de Alex Thompson y Kelly O’Sullivan, precisamente porque toca exactamente lo mismo. Como una familia herida por una ausencia logra comprender lo que ha pasado cuando el padre por hilos del destino termina en un grupo de teatro amateur que pretende poner en pie un peculiar montaje de Romeo y Julieta.

A raíz de estas propuestas artísticas alrededor del bardo me doy cuenta de cómo este blog siempre ha estado empapado por lo shakesperiano y también mi vida. Más de una vez he contado y aquí va de nuevo (cual abuela Cebolleta) que mi puerta de entrada al señor William Shakespeare fue siendo niña cuando me sentí totalmente hipnotizada por un cómic de ediciones Deana (1982) de El sueño de una noche de verano. La adaptación que me cautivó por sus dibujos fue del historietista Miguel Quesada Cerdán.

Me enganché fuerte a esa noche mágica de seres fantásticos que se mezclaba con la historia de esos jóvenes que se enamoraban, perdidos en el bosque, y que les pasaban cosas que les nublaban el juicio y con esos personajes del pueblo que querían ensayar una obra para representar ante los poderosos.

A partir de ahí el idilio con Shakespeare aún no ha terminado. Nunca he podido desprenderme de esa noche de verano. En el blog he nombrado alguna vez mi fascinación por un montaje que realizó la compañía Ur Teatro en Sala Cuarta Pared de Madrid durante los años noventa. Y también mi felicidad cuando Tim Robbins presentó dicha obra en 2015 en Teatro Salón Cervantes en Clásicos en Alcalá. Con la emoción de Hildy por ver a Robbins cerquita, cerquita, disfrutando de su propio montaje desde un palco del teatro.

Si bien las distintas adaptaciones cinematográficas de El sueño de una noche de verano en el cine que he podido ver a mi parecer no logran captar la magia de los escenarios (me refiero a la de Michel Hoffman o la de William Dieterle y Max Rinhardt), nunca puedo olvidar la importancia de esta obra en El club de los poetas muertos y sobre todo para uno de los personajes más carismáticos de la película de Peter Weir, Neil Perry (Robert Sean Leonard).

Hay mucho del espíritu shakesperiano en la representación que realiza Neil de Puck, personaje clave de El sueño de una noche de verano, así lo escribí en su momento: «Un personaje que es una criatura nocturna, un ser creativo e imaginativo, que no pertenece a un mundo gris. De pronto, Neil no solo es feliz actuando, sino que se siente Puck, habitando un mundo mágico donde él se siente dueño de su destino, donde puede expresarse y sentir, donde huye de la realidad gris en la que sus padres quieren hundirle. Cuando ese sueño de una noche de verano se aleja, entonces Neil se hunde. No encuentra su sitio en ese futuro que le están construyendo».

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Feliz Navidad y que protagonicemos la mejor de las películas en 2026

Navidad en Los amigos de Peter.

Feliz Navidad, siempre me gusta felicitar a todo el mundo y elaborar un pequeño texto. Un año más y no pierdo la ocasión de ver alguna que otra película de ese género cada vez más prolífico de películas navideñas. Este año me he decantado por dos y tiene explicación. Por una parte, he vuelto a disfrutar de Los amigos de Peter (Peter’s Friends, 1992) de Kenneth Branagh y, por otra, he repetido (se está convirtiendo en una cinta navideña favorita) el visionado de Los que quedan (The Holdovers, 2023) de Alexander Payne. Con las dos me vienen un montón de ideas para este año que termina.

Qué significan las Navidades. Para mí tiene algo que ver con un nuevo año que termina y otro que empieza, con que nosotros y la gente que nos rodea sigue tirando de las riendas e ir dándome cuenta, como esa tragicomedia navideña tan melancólica, La larga cena de Navidad de Thornton Wilder, que el tiempo pasa y, por eso, unos se van, otros nacen, otros se quedan, pero la vida sigue.

Recuerdo lo que me gustó cuando vi por primera vez Los amigos de Peter, justo cuando la estrenaron. Era joven y pensaba en qué me depararía la vida diez años después, como les ocurría al grupo de amigos protagonista. Ya han pasado desde que se estrenó la película de Branagh treinta y tres años y es curioso ver y analizar cómo el grupo de amigos de la universidad seguimos en contacto y sabiendo unos de otros, ya cincuentones, y cada uno con nuestra historia a cuestas.

Pero, sin embargo, es cierto lo que se ve en las imágenes que cuenta Branagh. Cuando en algún momento logramos reunirnos unos cuantos o por separado, es curioso, pero recuperamos en ciertos instantes esa magia de cuando éramos universitarios y parecía que nos íbamos a comer el mundo. Tal y como ocurre en ese momento tan mágico de la película cuando los personajes de Hugh Laurie y Imelda Staunton comienzan a cantar “Just the way you look tonight” y todos se van acercando, volviendo a esa conexión que les hizo pasar grandes momentos durante su juventud, cuando parecía que no había responsabilidades y te sentías con toda la libertad del mundo para encarar la vida.

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Críticas en unas pocas palabras de películas de estreno

El triunfo (Un triomphe, 2020) de Emmanuel Courcol

El triunfo, cine y teatro en armonía.

Cuando estaba viendo esta película francesa, me vino a la cabeza una británica de Peter Cattaneo, Lucky Break y una italiana de los hermanos Tavianni, César debe morir. En los tres largometrajes, unos presos en una cárcel se interesan por el teatro y sienten la posibilidad de alcanzar la libertad. Y las tres películas muestran una manera muy diferente de contar esta historia.

La francesa se inspira en una historia verídica, y presenta a un profesor de teatro que ama lo que hace, que trata a los presos como actores profesionales y que les propone montar algo muy serio: Esperando a Godot de Samuel Beckett. En El triunfo se respira en cada fotograma un amor inusitado hacia el teatro; el poder que siente uno encima de un escenario; cómo la vida alimenta a la ficción, y viceversa; y, por último, deja sentir una obra de teatro que puede hacer comprender una situación, unas vidas y esa sensación de espera…

La hija oscura (The Lost Daughter, 2021) de Maggie Gyllenhaal

La hija oscura, una reflexión incómoda sobre la maternidad.

La actriz Maggie Gyllenhaal se pone detrás de la cámara para rodar una historia psicológica e incómoda sobre la maternidad, adaptando una novela de Elena Ferrante. Se pone en la piel de una profesora de literatura, Leda (maravillosa Olivia Colman), que está de vacaciones en un idílico lugar al lado del mar. De pronto, su contacto con una joven madre (enigmática y sensual Dakota Johnson) y su hija pequeña desata una tormenta interior en Leda. Desde ese momento, rememora su propio papel como madre joven (Jessie Buckley) de dos niñas.

Desde el principio todo lo vemos desde la mirada de Leda que cada vez está más incómoda y todo lo que la rodea va adquiriendo una tonalidad siniestra, desagradable y amenazante. A la vez que también va tomando decisiones y llevando a cabo acciones cada vez más incomprensibles: como esa muñeca que acaba en su poder y que desata una tormenta interior. En realidad, Leda trata de reconciliarse con una decisión que tomó en el pasado y con las sensaciones encontradas que tiene con lo que sintió: la felicidad sin las ataduras de la maternidad.

Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 2022) de Kenneth Branagh

Muerte en el Nilo, cuando el cine es puro entretenimiento.

Kenneth Branagh apuesta por el cine puro y duro de entretenimiento, llevándonos a lugares exóticos, dejándonos arrastrar por el glamour, por las pasiones desatadas, por varios asesinatos y un peculiar detective belga para resolverlos. Si al principio de su carrera, Branagh abrazó a William Shakespeare, ahora se siente cómodo en el universo de Agatha Christie.

Una cosa está clara en sus dos películas sobre el universo de la dama del misterio: se siente cómodo como Hércules Poirot, y no solo eso…, sino que se lo pasa bien en su piel. Es más, en esta glamurosa Muerte en el Nilo, le regala un pasado en que se nos revela la razón de su famoso bigote, y le regala la posibilidad de enamorarse.

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Belfast (Belfast, 2021) de Kenneth Branagh

Belfast es la reconstrucción de los recuerdos de la infancia y un canto de amor al cine.

Belfast no es solo una ciudad de Irlanda del norte, sino un lugar mítico del que hay que irse para siempre. Hay películas en las que un corazón late y se nota en cada fotograma. Una de ellas es Belfast. Kenneth Branagh bucea en el niño que fue y reconstruye el pasado que dejó en Belfast, su ciudad natal, el país de su infancia. Pero escoge un camino para ello y toma una decisión de puesta en escena determinada.

La reconstrucción de sus recuerdos, del espíritu de una época de su vida, los filma como si de una película clásica se tratase. Rescata en Belfast una de las pasiones de niño, la cual no solo la ha conservado toda su vida, sino que ha moldeado su camino: ir a ver películas a la sala de cine. Branagh propone un juego: la mirada de su alter ego, Buddy (Jude Hill), observa la vida a su alrededor como una película clásica de Hollywood.

El conflicto político y religioso no es el tema principal, sino lo que supone la situación y la violencia que brota en la calle donde vive Buddy para que su familia tome una decisión que cambiará el rumbo de su existencia: abandonar o no Irlanda del Norte. El punto de vista es además el de Buddy, un niño de nueve años, que no analiza ni entiende del todo lo que está pasando, solo se da cuenta de cómo cambia su vida, la de sus seres queridos y la de los vecinos de su calle.

Todo empieza durante una apacible tarde de verano en 1969 en una calle de la ciudad irlandesa. Buddy es un niño feliz que juega con sus vecinos cuando, de pronto, oye la llamada de su madre para que vuelva a casa, mientras regresa al hogar, en unos segundos su tranquila calle cambia y se ve sumergida en una ola de violencia que el niño mira con horror, sin entender nada. La convivencia pacífica entre vecinos católicos y protestantes salta por los aires. Su vida pega un giro de 180 grados.

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