Soy Hildy Johnson y me declaro culpable por mi total devoción hacia William Shakespeare y todo lo relacionado con su persona. Una de las lecturas más emocionantes del año pasado fue Hamnet de Maggie O’Farrell. El otro día fui a ver la película de Chloé Zhao, que por suerte atrapa la esencia de esta obra literaria: cómo a través del arte, el proceso de creación del artista y la catarsis que puede provocarnos una interpretación cuando somos público se puede superar el duelo por la ausencia de un ser querido.
Y me viene a la cabeza otra de las películas que este 2025 me ha tocado muy fuerte: Ghostlight de Alex Thompson y Kelly O’Sullivan, precisamente porque toca exactamente lo mismo. Como una familia herida por una ausencia logra comprender lo que ha pasado cuando el padre por hilos del destino termina en un grupo de teatro amateur que pretende poner en pie un peculiar montaje de Romeo y Julieta.
A raíz de estas propuestas artísticas alrededor del bardo me doy cuenta de cómo este blog siempre ha estado empapado por lo shakesperiano y también mi vida. Más de una vez he contado y aquí va de nuevo (cual abuela Cebolleta) que mi puerta de entrada al señor William Shakespeare fue siendo niña cuando me sentí totalmente hipnotizada por un cómic de ediciones Deana (1982) de El sueño de una noche de verano. La adaptación que me cautivó por sus dibujos fue del historietista Miguel Quesada Cerdán.
Me enganché fuerte a esa noche mágica de seres fantásticos que se mezclaba con la historia de esos jóvenes que se enamoraban, perdidos en el bosque, y que les pasaban cosas que les nublaban el juicio y con esos personajes del pueblo que querían ensayar una obra para representar ante los poderosos.
A partir de ahí el idilio con Shakespeare aún no ha terminado. Nunca he podido desprenderme de esa noche de verano. En el blog he nombrado alguna vez mi fascinación por un montaje que realizó la compañía Ur Teatro en Sala Cuarta Pared de Madrid durante los años noventa. Y también mi felicidad cuando Tim Robbins presentó dicha obra en 2015 en Teatro Salón Cervantes en Clásicos en Alcalá. Con la emoción de Hildy por ver a Robbins cerquita, cerquita, disfrutando de su propio montaje desde un palco del teatro.
Si bien las distintas adaptaciones cinematográficas de El sueño de una noche de verano en el cine que he podido ver a mi parecer no logran captar la magia de los escenarios (me refiero a la de Michel Hoffman o la de William Dieterle y Max Rinhardt), nunca puedo olvidar la importancia de esta obra en El club de los poetas muertos y sobre todo para uno de los personajes más carismáticos de la película de Peter Weir, Neil Perry (Robert Sean Leonard).
Hay mucho del espíritu shakesperiano en la representación que realiza Neil de Puck, personaje clave de El sueño de una noche de verano, así lo escribí en su momento: «Un personaje que es una criatura nocturna, un ser creativo e imaginativo, que no pertenece a un mundo gris. De pronto, Neil no solo es feliz actuando, sino que se siente Puck, habitando un mundo mágico donde él se siente dueño de su destino, donde puede expresarse y sentir, donde huye de la realidad gris en la que sus padres quieren hundirle. Cuando ese sueño de una noche de verano se aleja, entonces Neil se hunde. No encuentra su sitio en ese futuro que le están construyendo».
Regreso entonces de nuevo a Hamnet y me centro en esa secuencia final de catarsis que convierte la película en un espectáculo visual especial y que además me permite enlazarla a un ensayo imprescindible para todo amante de Shakespeare que además sea también cinéfilo apasionado del que ya escribí un post hace años. El ensayo en cuestión es El mundo, un escenario. Shakespeare: el guionista invisible, de Jordi Balló y Xavier Pérez.
Los autores indagan en esa huella eterna del bardo incluso en las maneras de contar y en los procesos creativos a la hora de construir historias en el cine, no solo refiriéndose a las adaptaciones de sus obras de teatro, sino a la presencia de su espíritu en distintos argumentos. Hay una frase al final del ensayo reveladora donde los autores dan en la clave de ese guionista invisible que es Shakespeare: «Sabemos que el mundo es un escenario, pero no nos resignamos a ser solo sus espectadores».
La presencia del bardo en el blog deja un sendero de recordatorios, reflexiones, miradas, películas y matices que siempre merece la pena recorrer. Sonrío cuando recuerdo que en la versión amateur de Romeo y Julieta que tienen que montar un grupo de aficionados en esa sorpresa que ha sido para mí Ghostlight, las circunstancias obligan a que los jóvenes protagonista sean representados por dos personas de bastante edad. Y entonces me viene a la cabeza esa reseña donde contaba las peculiaridades de la versión de Romeo y Julieta de George Cukor, pues todos sus protagonistas no eran adolescentes apasionados, sino maduros actores con mucha vida a cuestas (Norma Shearer, Leslie Howard o John Barrymore, todos ya talluditos y con la adolescencia muy lejana).
Entonces sí que me voy a las distintas versiones cinematográficas de Romeo y Julieta que me han hecho feliz como la de Franco Zeffirelli (1968) o la de Baz Luhrmann (1996) o, sobre todo, ese musical que toma el argumento universal (otro concepto magnífico de Jordi Balló y Xavier Pérez) y lo lleva a las calles de New York, la maravillosa West Side Story (1961), de Robert Wise y Jerome Robbins. La de Steven Spielberg no me caló tanto, pero la debo otro visionado.
Y, por supuesto, no puede faltar esa película que también inventa otro momento de la vida de Shakespeare y cómo dio luz a Romeo y Julieta, qué circunstancias ocurrieron a través de su escritura y cómo fue representada en el teatro. John Madden construye una gran comedia romántica, también como si pudiera ser escrita por el propio dramaturgo en su faceta cómica y vital, donde no falta aventura, romance, diversión, peleas y mucho amor al teatro. Estoy hablando de Shakespeare enamorado.
Continuo mi viaje shakesperiano por distintas entradas del blog y casi siempre que sale por algún motivo nombrado Kenneth Branagh aparece el bardo. Porque Branagh me hizo amar más a Shakespeare con sus películas y esperaba sus estrenos para enamorarme más de las obras de Shakespeare y la cantidad de posibilidades que ofrecía el cine para plasmar sus argumentos, afianzando esa idea del ensayo del que antes he hablado de presentarle como un guionista invisible que conocía los mecanismos para atrapar con historias que encajan en escenarios y pantallas blancas.
Así fui disfrutando de Enrique V, Mucho ruido y pocas nueces, En lo más crudo del crudo invierno, Hamlet, Trabajos de amor perdidos, Como gustéis o El último acto. Branagh hizo que descubriese o mirase de otra manera también al Shakespeare festivo, lúdico, cómico y divertido. No ha sido nunca muy valorada, pero me encantó la osadía de Branagh de convertir Trabajos de amor perdidos en un maravilloso musical clásico. Qué ganas tengo de volver a verla.
A propósito de Branagh, él aparece como actor en Mi semana con Marilyn. En una película tan ajena al bardo, Shakespeare también está presente. Y todo tiene explicación. El director y actor británico se mete en la piel de Laurence Olivier y su trabajo con Marilyn Monroe en El príncipe y la corista. Olivier era un actor especializado en personajes shakesperianos y en llevar a cabo proyectos y procesos creativos con las obras del bardo en los escenarios y el cine.
En un momento de la película, Laurence Olivier y Colin Clark (el otro personaje de la película con rostro de Eddie Redmayne y en su crónica se basan las experiencias que se reflejan) admiran una secuencia de Marilyn bailando en un cine. Los dos están fascinados con lo que ven. Olivier recurre a Shakespeare para expresar lo que siente. Y Colin reconoce las palabras de Próspero en La tempestad: «No dejarán un solo rastro. Somos la sustancia de la que están hechos los sueños, y nuestra pequeña vida se circunscribe con un sueño».
Por otro lado, en El último acto recrea también un momento en la vida de Shakespeare (Branagh dirige y se convierte también en el bardo) años después de donde se queda Hamnet. Kenneth convierte los últimos años de Shakespeare en una obra de enredo y drama familiar que podría escribir con su pluma el propio dramaturgo. Will regresa junto a su mujer y sus dos hijas a su ciudad natal, Stratford, pero arrastra no solo sus decisiones pasadas sino que le sigue pesando la muerte de su hijo Hamnet.
Y seguimos buscando esas huellas shakesperianas por el blog y aparece el bardo en los sitios más inesperados. Por ejemplo, en un texto donde confesaba por qué me parecía interesante analizar toda la trayectoria de Mel Gibson. Resulta que en un momento de su vida puso en marcha una productora con la que quería sacar proyectos más personales. Así que lo primero que puso en marcha fue Hamlet (1990) y se reservó el papel del príncipe danés.
Su Hamlet nada tiene que ver el de Chloé Zhao, el de Laurence Olivier o el de Brannagh. Franco Zeffirelli dirige un desatado melodrama familiar donde muere hasta el apuntador. Como decía en dicho texto, «el Hamlet de Gibson se aleja de otros príncipes daneses, que hacen hincapié en un personaje sensible, reflexivo, intelectual y delicado. El suyo es un hombre del medievo, sensual, carnal, diestro con las armas, lleno de dudas y contradicciones, y al borde de la locura y del abismo».
Pero es que las historias de Shakespeare han permitido propuestas muy valientes y originales en el cine. Es tan potente lo que cuenta y cómo lo cuenta, sus personajes y motivaciones son tan universales y están tan bien construidos que no es difícil trasladarlos a cualquier época, momento o país o que formen parte o estén detrás de otra historia en un principio diferente o que poco tiene que ver.
Por ejemplo, alrededor de Otelo, hay películas significativas e innovadoras. Volvemos a George Cukor y a una película que vi siendo niña y me impresionó tremendamente, porque contaba la historia de un famoso actor de teatro que prepara un montaje sobre Otelo. El actor se entrega tanto al personaje, que pierde su identidad, y se transforma en un hombre celoso y violento. Me refiero a Doble vida (1947). El actor se deja comer por el personaje y esa idea siempre me ha seducido.
Durante la pandemia uno de los grandes descubrimientos cinéfilos que realicé fue la filmografía del director británico Basil Dearden. Una de sus películas, Noche de pesadilla (1962), recrea una velada donde se reúnen varios músicos de jazz, pero de fondo se construye una adaptación libre de la tragedia de Otelo.
No faltó en la serie de artículos que realicé homenajeando a Orson Welles por su centenario, un extenso texto sobre ese Otelo (1952) con rodaje complicado y largo que supuso la primera película de este artista fuera de EEUU. A raíz de este texto, un buen amigo me recomendó un libro que desconocía y que aún no he conseguido, aunque por suerte está editado en castellano. Así que aprovecho para ponérmelo de recordatorio y volver a retomar el conseguirlo. Son las memorias del actor que hace de Yago, Micheál MacLiammóir. El libro en cuestión se titula Preparad la bolsa (Ediciones El Imán, 1997) y es el diario del rodaje de la película.
Welles pasó de ser niño mimado de Hollywood a un rebelde y príncipe destronado que tenía que apañárselas como fuese para terminar sus películas. Porque Welles fue ante todo un enamorado del dramaturgo, así siendo un joven prodigio de los escenarios hizo varios montajes shakesperianos que fueron hitos con su compañía Mercury Theatre. Y también el bardo fue inspiración para levantar películas como Macbeth (1948) y la vital Campanadas a medianoche (1965). En esta última, en compañía del orondo Falstaff, unía varias obras de Shakespeare (Enrique V, Enrique IV, Las alegres comadres de Windsor y Ricardo II) para recrear el universo del bardo en una tragicomedia llena de vida.

La vida desconocida de Shakespeare permite ficción, juego, tramas e historias como en El último acto.
Es inevitable con esta última película de Welles no recordar otro largometraje que me marcó profundamente cuando se estrenó en España: Mi Idaho privado (1991) que hizo que me convirtiera en fiel devota de Gus Van Sant. La vida de dos chaperos de Portland bucea en el universo shakesperiano de Welles y sus campanadas de medianoche.
Shakespeare ha sido voz que inspira porque es creador de argumentos universales, así se demuestra en joyas como el clásico mexicano Enamorada (1946) de Emilio Fernández, un romance entre un revolucionario y una rica de un pueblo que tiene de fondo el espíritu de La fierecilla domada. O también el director Akira Kurosawa cayó bajo el poder del bardo y construía intensas historias del Japón medieval como Ran (1985) que se inspiraba en El rey Lear. No fue la última vez que Kurosawa acudió a Shakespeare. Es otro de los grandes directores que deben mucho a la huella del bardo.
Muchas de sus grandes tragedias cuentan con maravillosas adaptaciones cinematográficas u otras más discretas, pero siempre aportando algo. Si volvemos a Welles, una de sus películas fue Macbeth (1948), historia que nunca ha dejado de pisar la pantalla. Hay un largo listado, por ejemplo, Roman Polanski sintió la llamada shakesperiana con esta obra que le permitía sus ambientes de opresión, violencia, poder y locura. O no hace mucho Justin Kurzel dejó un Macbeth con un matiz interesante: el protagonista del drama shakesperiano actúa continuamente bajo un estrés postraumático.
Otra de sus grandes tragedias visitada de distintas maneras en el cine es Julio Cesar. Soy fan incondicional de la versión de Joseph L. Mankiewicz, pero me emocionó profundamente la propuesta de los hermanos Taviani que mezclando documental y ficción mostraban un taller teatral en la cárcel de Rebibbia donde los presos ponían en pie un montaje de Julio César.
Si seguimos con la senda de Hamnet, el cine ha jugado incluso con una de las teorías literarias que permite dejar volar la imaginación: William Shakespeare, como dramaturgo, no existió. Es decir, hubo un hombre en Stratford con ese nombre del que apenas se sabe y no es seguro si ese hombre corresponde con ese genio literario tan prolífico que escribió tantísimas buenas obras. Se ha especulado con la idea de que Shakespeare fue una especie de pseudónimo que empleaban distintos autores que ocultaban su identidad. A eso juega una a mi gusto fallida película de Roland Emmerich titulada Anonymous, que tendría que volver a ver, pues en su momento no entré en ella.
Quizá ya va tocando dar fin a este largo viaje de amor y fascinación por William Shakespeare y todo el universo creativo que genera en el cine y que este blog siempre quiere destacar, porque hasta Woody Allen en una de sus películas más olvidadas, Conocerás al hombre de tus sueños, se inspiraba para contar la trama en una incompleta cita shakesperiana que me hizo en su día buscar la que escribió el bardo en precisamente Macbeth. Esta decía algo así como «La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada».
Y quizá sean así de insignificantes nuestras vidas, un suspiro, un halo, una hora en el escenario para que jamás se vuelva a saber de nosotros, pero también somos argumentos para que mentes creadoras fijen unas horas y las conviertan en obras catárticas. Ese era el gran secreto de William Shakespeare, ese guionista invisible que hace que sus historias funcionen una y otra vez, que hace que sus personajes cobran vida, que sus alegrías y miserias se hagan dueños del escenario que es el mundo.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.


Hildy querida, en mi adolescencia tuve mi momento de fascinación por Shakespeare y me volqué a leer aquellas de sus obras a las que pude echar mano. Todavía recuerdo como Sueño de una noche de verano me arrancó la carcajada y cuánto me dejó atrapar por las intrigas de Yago en Otelo. Luego en un punto me alejé de él pero desde hace un par de años sueño con volver. Para este año me he propuesto volver a leer obras de teatro y por su puesto Shakespeare está en la lista. Hasta ahora no le ha tocado el turno, pero ya le tocará.-
Y por supuesto que nunca faltó la presencia de Shakespeare en mi pantalla chica. Recuerdo haber visto alguna vez la adaptación de Sueño de una noche de verano de los ’90, cargada de estrellas, pero las que más vi fueron aquella versión con Di Caprio y Danes de Romeo y Julieta, Shakespeare apasionado y la versión de Mucho ruido y pocas nueces de Branagh, además del Hamlet de Mel Gibson, que se miraba a menudo en casa porque mi hermana era fanática de él y siempre ponía sus películas. Sobra decir que Shakespeare también aparece seguido en mi catálogo de ópera, Romeo y Julieta de Gounod es una de mis favoritas absolutas y Verdi (uno de mis compositores favoritos) recurrió a Shakespeare en varias oportunidades (mi favorita seguramente es la deliciosa Falstaff).-
De las versiones en cine clásico, me falta ver (pero tengo muchas ganas) la versión de Sueño de una noche de verano de Dieterle y Doble vida. Pero a decir verdad, siempre que pienso en Shakespeare y cine clásico, mi recuerdo vuelve a la imagen imborrable de Jack Benny vestido de Hamlet e intentando decir su célebre monólogo mientras Robert Stack se escabuye para encontrarse con Carole Lombard o a Felix Bressart ensayando el monólogo de Shylock que nunca llegará a decir en el escenario.-
Te mando un abrazo enorme, Bet.-
Hola Hildy
No tengo ni idea de Chespir pero si hay que aceptar WestSideStory como variante de Calisto y Melibea, me parece justo decir que «Midsummer Night’s Dream» tuvo una prima -bastante lejana- que se llamaba «A Midsummer Night’s Sex» (será porque Woody me pilla «mas cerca»). Otra injusticia: nombrar «La fierecilla domada» y no nombrar a Carmen Sevilla. Y como el texto es tan largo -e interesante- se notan más las ausencias: dónde está Al Pacino, ese excesivo hombre-actor que parece haber nacido para ser «el mercader de Venecia».
Un saludo, Manuel.
Amiga Bet, es bonito lo de estar en la adolescencia atrapadas por Shakespeare. A mí ahora también me está apeteciendo volver a leerme de nuevo todas sus obras y siempre me apetece ver algún montaje de teatro que me sorprenda sobre alguna de sus obras. La última vez fue un montaje de Macbeth por una compañía mexicana. Todas esas películas que nombras, las disfruto cada vez que vuelvo a verlas.
¡Sigo pendiente con las óperas! Y tengo un gran listado gracias a ti. Qué buenos recuerdos tengo de la de Doble vida. ¡Y esos recuerdos de la película de Lubitsch son impagables! ¡¡¡Es tan buena, tan inteligente, tan divertidaaaa esa película!!!
Beso y viva Shakespeare
Hildy
Jajaja, rey de las palabras y sus juegos, ¡¡¡las ausencias son infinitas en este texto!!! Solo es un sendero, pero se pueden tomar tantos. Con vosotros viajo a otros caminos shakesperianos. El bueno de Al Pacino es, efectivamente, otro amante de Shakespeare en cuestión. Ahí está su mercader, como bien dices. O esa película sobre Ricardo III que armó… Otro actor shakesperiano es Ralph Fiennes. Ahora recuerdo su Coriolanus que también dirigió y que ponía en pie una obra no muy conocida del bardo, que me compré cuando se estrenó la película. ¡¡¡Efectivamente, Carmen Sevilla fue una de las fierecillas y también la Taylor!!! ¡¡¡El dúo cine y Shakespeare tiene tantas posibilidades y lecturas, tantos recovecos que tocar!!!
Me lo voy a pasar realmente bien con todos los comentarios y esos paseos que me voy a dar con todos vosotros por carreteras shakesperianas.
Besoooo, como una Titania en el bosque
Hildy
¡Queridísima!
Menuda reflexión-recopilación-desahogo te has marcado! Maravilloso recorrido el que haces por el que paseo bien a gustito salvando el tropezón de encontrarme con Shakespeare enamorado, uno de los peores ratos que recuerdo haber pasado en el cine de lo poco que me gustó. Tan poco me gustó que no he tenido nunca ganas de volver a verla para ver si el problema era mío o suyo.
En fin, tomando el desvío a Macbeth, solo recordar a la concurrencia que Kurosawa también lo remedó insuperablemente en Trono de Sangre. Y ya que murió hace unos días, dejo también memoria de Bela Tarr, que hizo uno curiosísimo para televisión en un solo plano secuencia. Se puede encontrar subtitulado, pero puedes hacerte una idea viéndolo en youtube. Solo hace falta un nivel medio de húngaro, jeje.
https://www.youtube.com/watch?v=QCxWWTe5ulg
Un besazo fuerte!
Qué recorrido más hermoso por la historia de Shakespeare y el cine. Me quito el sombrero, querida Hildy., ante tu bellísimo texto.
Yo, desde mi humilde opinión, creo que Welles y el genial autor hacían una simbiosis mágica. Y Kenneth Branagh con su Hamlet y Mucho ruido y pocas nueces demostró estar a la altura. Ésta última me parece una película deliciosa. Y, para mí, el Julio César de Mankiewicz es uno de los pináculos de la obra del inglés.
El Romeo y Julieta de Zeffirelli lo ví hace mil años, sé que me había gustado pero tendría que revisarlo. La de Baz Lurhman tengo sentimientos encontrados. En fin… Una relación inagotable…
Ahora bien, la recién estrenada Hamnet no me ha gustado nada. Aún no he leído la novela (tengo una pila inmensa de libros pendientes, para no variar, jeje), pero el film se recrea y regodea de lo lindo en el sufrimiento de los personajes protagónicos. Casi roza la pornografía emocional. No puedo con esto. Me parece estar viendo a actores y directora estar esperando la lluvia de premios que le van a caer. Y yo lo siento pero no comulgo con esa forma de pensar que tienen los cineastas de las últimas décadas, que a mayor drama, mayor reconocimiento.A razón hacen un mejor trabajo de interpretación los niños y la gran Emily Watson. Están contenidos y ésa es la esencia.
Por cambiar de tercio pero no del tema que nos ocupa: tengo mucho interés:ver una versión de Hamlet protagonizada por Mel Gibson, del que se dice que hace una interpretación buenísima. Eso tengo que verlo, jeje.
Un abrazo querida Hildy.
Hola Hildy. Shakespeare es un autor prodigioso al que siempre hay que volver.
Como bien explicas su sombra en la historia del cine es alargada, hay muchas versiones y adaptacines. Muchisimas. Yo vi una adaptacion de El sueño de una noche de verano de Jiri Trnka realizada con marionetas, muy curiosa y bella.
En cuanto a Hamnet tengo que decir que no he leido el libro. La pelicula no me convencio. Me atosigo con tanto primer plano de sufrimiento y dolor. El final catartico compensa finalmente y hace la
historia mas satisfactoria. La historia se entiende bien, la catarsis a traves del arte, pero el viaje completo para llegar a ese final no es demasiado interesante. O asi lo vivi yo ese dia.
Ser o no ser, esa es la cuestion.
Un beso.
Ay, Manuelllll, cuánta alegría me da leerte y saber de ti.
¡¡¡Bienvenido al paseo shakesperiano por el blog de Hildy Johnson, jejejeje!!!
Lo que me apasiona es cómo me vais completando el viaje.
«Trono de sangre» de Kurosawa es otra maravilla. Es un peliculón e Isuzu Yamada es una «lady Macbeth» absolutamente maravillosa.
¡¡¡Siempre dejas referencias tan buenassss!!! Gracias por lo de Bela Tarr.
Beso
Hildy
Ay, por cierto, Manuel, yo no puedo evitar tener cariño a Shakespeare enamorado, jajaja. Que me la ponen por la tele y mira que ahí me tienes enganchada. No sé la vivo un poco como película de aventuras, romance y amor al teatro.
Beso
Hildy
Queridísima Isis, que alegría leerte y que bueno que hagamos este viaje shakesperiano juntas.
Yo disfruté tanto de la lectura de «Hamnet» que iba todo el rato pensando al ver la película y «cómo contarán esto» y «cómo harán lo de más allá». ¡La vi muy fríamente y analizando todo el rato! Al final, me ha resultado muy interesante cómo se ha adaptado del lenguaje descriptivo y evocador de Maggie O’Farrell, así como su juego con el tiempo, a un relato cinematográfico clásico en tres actos que me parece funciona, logrando un final catártico con el tema de la representación.
¡Hablando de Emily Watson, que como dices está fantástica en un personaje secundario que pedía a gritos más presencia! ¿Has visto «Cosas pequeñas como estas»? Ahí la Watson aparece unos diez minutos en un papel escalofriante. Está magnífica.
¡El Hamlet de Gibson es muy interesante! Convierten la obra en un melodramón familiar donde muere hasta el apuntador y su Hamlet es un hombre violento, sensual, carnal y al borde de la locura, alejado de otras representaciones del príncipe danés.
Beso
Hildy
Queridísimo Luis, aquí estamos en este camino shakesperiano y me dejas con la miel en los labios, pues conocía esa referencia del sueño de una noche de verano de Jiri Trnka realizada con marionetas y tengo ganas de disfrutarla y además tú me corroboras que es bella.
Yo creo que el libro de Hamnet te va a gustar, para mí fue una lectura que me cautivó durante días. No era fácil pasarla a cine y creo que han hecho un camino que funciona al trasladarla a la pantalla. Y en esos tres actos de narración clásica esa última secuencia logra un resultado catártico, hermoso.
Beso y esperando ese sueño de una noche de verano en este día lluvioso
Hildy
Creo que todo buen cinéfilo será también un fan irredento de Shakespeare.
El fantástico recorrido que has hecho a lo largo de tu blog con respecto al bardo británico demuestra lo conectado que está el cine con la obra del escritor. Me imagino que cada uno de nosotros, lectores de tu estupendo blog, podríamos hacer algo parecido y descubriríamos todo lo que supone Shakespeare en nuestras vidas. Sin ir más lejos, Hamlet ocupa todo un capítulo en mi nuevo libro de «Autorretratos de cine» donde se compara la obra de Branagh con la adaptación de Olivier o la de Kozintsev (mi favorita). Recuerdo lo que disfruté visionando todas esas películas y luego escribiendo el epígrafe.
Abrazos!
Bonito viaje, sin duda, que se podría ampliar más y más y más… porque Shakespeare nunca pasa de moda y el cine lo revisita continuamente. Lamento decir que esta última película no está a la altura de sus ilustres precedentes. Me parece más que insulsa, más producto para premios que cine.
Entre las sorpresas de las adaptaciones de Shakespeare, me quedo con el más que solvente Hamlet que interpretó Mel Gibson para Zeffirelli y con César debe morir, de los Taviani. Y entre mis anécdotas favoritas, aquella de Woody Allen al referirse a esa teoría que decía que bajo la identidad de William Shakespeare se ocultaba el necesariamente oculto Christopher Marlowe: «de acuerdo, pero si Christopher Marlowe escribió las obras de William Shakespeare, quién escribió las de Christopher Marlowe?»
Recomendable también el libro «Un enigma llamado Shakespeare», de Gustavo Artiles.
Besos
Querídisimo Ethan, efectivamente cada uno tenemos un camino que nos lleva y conecta a Shakespeare. Y qué ganas de recorrerlos todo.
A mií me has dejado una parada, porque no he visto las adaptaciones de Kozintsev.
¡Un motivo para leer Autorretratos de cine! Ahí seguro que aportas otro viaje que uno no debe perderse.
Beso
Hildy
Mi querido Alfredo, me apunto esa parada al ensayo que recomiendas que seguro es un buen placer. El Hamlet de Gibson y el Julio César de los Taviani son por distintos motivos un sincero placer.
¡Qué buena la anécdota de Allen! Toda la razón del mundo, jajaja.
Respecto Hamnet he disfrutado tanto del libro, que me ha interesado mucho cómo se han enfrentado a la adaptación. Necesito una segunda vez para pensar más si me quedo en ella, pero a mí su última secuencia me llega.
Beso