Dos mujeres (La ciociara, 1960) de Vittorio De Sica

Belmondo y Loren como un joven soñador y una mamma Roma.

A JeanPaul Belmondo que está en un paraíso de cine y a Sophia Loren, eterna diva, que acaba de cumplir 87 años

Cesira (Sophia Loren) le dice a Michele (Jean-Paul Belmondo) algo así como que con la bondad no se llega a ninguna parte. Ella es una mujer humilde con mucho carácter, un instinto de supervivencia acusado y dispuesta a todo por proteger a su hija Rosetta (Eleonora Brown) de doce años. Cesira tiene una inteligencia práctica que le hace tomar firmemente sus decisiones para que nada le pase a su niña. Él es un joven intelectual e idealista, que tiene claro que los alemanes son el enemigo a batir. Michele no sobrevivirá a sus sueños. Cesira recibirá más bofetadas de la realidad, de la vida perra.

Dos mujeres es la triste crónica de Vittorio De Sica sobre la ocupación alemana en Italia durante la Segunda Guerra Mundial. Durante el recorrido de Cesira y su hija que primero huyen de Roma y luego tratan de regresar de nuevo a la capital se vislumbra cómo buena gente trata de sobrevivir a una guerra… Y cómo los más buenos caen en el camino ante el horror.

Vittorio De Sica y Cesare Zavattini visten de neorrealismo la novela La campesina de Alberto Moravia y convierten el viaje de dos mujeres en una odisea donde sus protagonistas recorren todo un abanico de emociones. Lo impresionante es que Cesira tratando de proteger a su hija se mete, por las circunstancias históricas, en la boca del lobo. Hermoso y duro canto de cisne de un De Sica neorrealista. Como cineasta italiano, De Sica domina el registro tragicómico. Es capaz de combinar los momentos más felices de sus protagonistas con los más duros. Porque al final refleja la vida misma, llena de risas y lágrimas. Así en Dos mujeres, Cesira y Rosetta vivirán momentos divertidos y bonitos, pero les devorará la tragedia. La guerra siempre está de fondo.

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Una joven prometedora (Promising Young Woman, 2020) de Emerald Fennell

Una joven prometedora me ha suscitado reflexiones desde que la vi en la sala de cine y ofrece una mirada determinada que dota de sentido toda la película, incluido su tono. La vi hace varios días y sigo dándole vueltas. Voy a intentar explicarme. Ahora mismo estoy disfrutando de lo lindo con un enorme volumen de Cuentos de hadas (Impedimenta, 2016) de Angela Carter, donde la escritora recopila una ristra de cuentos tradicionales de todas las partes del mundo con un nexo común: están protagonizados por mujeres. Como dice en la introducción: “pese que este sea un libro de cuentos maravillosos o cuentos de hadas, entre sus páginas vas a encontrar pocas hadas”…, lo que encuentras, sin embargo, es todo tipo de mujeres.

La traductora Consuelo Rubio Alcover en un Prefacio a la antología facilita una definición certera de este tipo de cuentos del historiador y filósofo rumano Mircea Eliade: “según el cual estos cuentos proponen ‘modelos de comportamiento humano’ que, por lo tanto, dotan de ‘sentido y validez’ a la vida”. Pues bien en estos cuentos nuestras heroínas se encuentran protagonizando situaciones límites y en ellos hay violencia, sexo, muerte, dolor, desengaño… y también litros y litros de humor negro.

¿Y por qué esta introducción? Porque es como debe tomarse Una joven prometedora, como un cuento contemporáneo protagonizado por una mujer. La heroína se enfrenta a un mundo donde la violencia contra las mujeres está no solo bien enraizada, sino donde los lobos pueden tener piel de cordero, además de ser protegidos, cuidados y exonerados de culpa por la sociedad. ¿No suena algo de esto con echar un vistazo a un periódico y leer alguna de sus noticias? Pero nuestra protagonista se pone el mundo por montera con dosis de amargura y trata de sobrevivir en un mundo cruel. El cuento presenta un mundo de colorines, con canciones de Paris Hilton o Britney Spears, para mostrar en realidad su reverso oscuro. Y ese tono genera momentos incómodos, además de aderezarlos con dosis de humor negro.

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El blues de Beale Street (If Beale Street could talk, 2018) de Barry Jenkins

El blues de Beale Street

Tish y Fonny, los amantes caídos en desgracia de El blues de Beale Street.

El blues de Beale Street confirma que el cine de Barry Jenkins no solo se ha convertido en una interesante parada en la senda del melodrama cinematográfico, sino que además el director es un crítico de pluma certera, pero con una elegancia innata. Golpea con su cámara, pero la primera sensación es que como si estuviese acariciando. Si en Moonlight ya dejaba ver las pinceladas de su puesta en escena y las claves de su cine, en El blues de Beale Street plasma ya en el lienzo los matices necesarios para construir un melodrama romántico y, de fondo, una contundente oda sobre la opresión de los afroamericanos en EEUU.

Para ello parte de una novela del activista James Baldwin (en castellano, con el mismo título de la película). Este autor es el centro de un magnífico y reciente documental, I am not your negro, de Raoul Peck, donde el director haitano actualizaba el discurso ideológico de Baldwin que trató de plasmar una historia que aún se sigue escribiendo, la de la lucha por los derechos de los afroamericanos. En su literatura Baldwin también trataba de entender por qué ocurría esa historia larga sobre sometimiento y poder, por qué se silenciaban voces y vidas… y por qué se construía un discurso a través del cine y la publicidad que invisibilizaba o reflejaba de una determinada manera al afroamericano (como el otro, como el enemigo a batir, al que silenciar). En el panorama cinematográfico ese discurso se ha ido resquebrajando… Lo que Baldwin quería entender, y también Peck, es por qué y cómo se perpetuaba esta situación. Ahora cada vez son más los directores afroamericanos que miran a través del objetivo y que construyen otro discurso, visibilizan. Y uno de ellos es Barry Jenkins, que retoma de nuevo el discurso de Baldwin a través de su novela e inserta certeramente en la película fotografías en blanco y negro, que recuperan la dureza de lo que quería transmitir I am not your negro.

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