El blues de Beale Street

Tish y Fonny, los amantes caídos en desgracia de El blues de Beale Street.

El blues de Beale Street confirma que el cine de Barry Jenkins no solo se ha convertido en una interesante parada en la senda del melodrama cinematográfico, sino que además el director es un crítico de pluma certera, pero con una elegancia innata. Golpea con su cámara, pero la primera sensación es que como si estuviese acariciando. Si en Moonlight ya dejaba ver las pinceladas de su puesta en escena y las claves de su cine, en El blues de Beale Street plasma ya en el lienzo los matices necesarios para construir un melodrama romántico y, de fondo, una contundente oda sobre la opresión de los afroamericanos en EEUU.

Para ello parte de una novela del activista James Baldwin (en castellano, con el mismo título de la película). Este autor es el centro de un magnífico y reciente documental, I am not your negro, de Raoul Peck, donde el director haitano actualizaba el discurso ideológico de Baldwin que trató de plasmar una historia que aún se sigue escribiendo, la de la lucha por los derechos de los afroamericanos. En su literatura Baldwin también trataba de entender por qué ocurría esa historia larga sobre sometimiento y poder, por qué se silenciaban voces y vidas… y por qué se construía un discurso a través del cine y la publicidad que invisibilizaba o reflejaba de una determinada manera al afroamericano (como el otro, como el enemigo a batir, al que silenciar). En el panorama cinematográfico ese discurso se ha ido resquebrajando… Lo que Baldwin quería entender, y también Peck, es por qué y cómo se perpetuaba esta situación. Ahora cada vez son más los directores afroamericanos que miran a través del objetivo y que construyen otro discurso, visibilizan. Y uno de ellos es Barry Jenkins, que retoma de nuevo el discurso de Baldwin a través de su novela e inserta certeramente en la película fotografías en blanco y negro, que recuperan la dureza de lo que quería transmitir I am not your negro.

La película se construye a través de la mirada y la voz de Tish (epicentro también de la novela), la de una joven adolescente embarazada, que cuenta su historia de amor con Fonny, y la desgracia que arrastran por una acusación injusta. Es como si cada una de las imágenes reflejara la mente enamorada de una adolescente, que madura a la fuerza, pero que deja, a pesar de la tragedia, su halo de romanticismo, sensualidad y sensibilidad a flor de piel. Así Barry Jenkins cuenta su historia con una puesta en escena de gusto exquisito y una elegancia visual que entronca su cine con el Douglas Sirk de Solo el cielo lo sabe o Imitación a la vida, continua en Todd Haynes y se perpetua en en él. Un cine que es puro melodrama donde la dirección artística también cuenta la historia, donde los colores no son dejados al azar, y donde se construye la mirada enamorada de Tish. Es interesante saber que uno de los herederos de Sirk es, sin duda, Haynes y que este ha trabajado en varios de sus melodramas con el director artístico Mark Friedberg, que trabaja también con Barry Jenkins en esta película. La línea del melodrama, con fondo crítico, sigue su trayectoria.

Pero las caricias y la belleza visual de Barry Jenkins en El blues de Beale Street sueltan bofetadas que van construyendo la dolorosa historia de Tish y Fonny, que involucra a familiares, a amigos, a otras víctimas…, y que conduce a un final demoledor, donde se descubre la impotencia de los protagonistas para cambiar un destino injusto. Mientras, nos acompaña un paraguas rojo, las volutas de humo de un cigarrillo en las esculturas de madera de Fonny o las notas de un blues que salen de un disco de vinilo, en la penumbra de un cuarto donde dos enamorados van a hacer el amor. El blues de Beale Street cuenta una historia sin salida, ni esperanza, pero, como decía William Wordsworth, en unos versos que coronaban otra de las  obras cumbre del melodrama (Esplendor en la hierba, 1961): “Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba. Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”. Y eso es lo que hace Tish, buscar la belleza…, aunque todo conspire a su alrededor para que no la encuentre.

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