Un elenco de asesinos de Sidney Kirkpatrick (Seix Barral, 1988)

Los dos protagonistas de Un elenco de asesinos cuando trabajaron juntos durante los años 20: King Vidor y Colleen Moore.

De pronto hay buenos amigos que llevan años recomendándome dicha novela, porque sabían que iba a disfrutarla al máximo, pero no había tenido oportunidad o momento para leerla con calma. Y ahora así ha sido y no solo la he devorado, sino que es de esos libros que me provocan una envidia sana, porque cuentan algo que justo no me hubiera importado poder narrar yo de alguna manera. Su autor ya lo dice en el Prefacio, que King Vidor es el sueño de todo biógrafo, porque lo guardaba absolutamente todo. Y él, Sidney Kirkpatrick, tuvo acceso a ese todo.

Curiosamente lo que al autor le llamó la atención fue un año de ausencia de todo lo recopilado: 1967. Lo que descubrió, una vez investigó un poco, le proporcionó el material para una buena novela de detectives. En Un elenco de asesinos el detective es un director del Hollywood clásico, ya septuagenario, en busca de una buena película cuando la industria ya no es la que él conoció ni muchos consideran su carrera.

La demolición de una mansión es el pistoletazo de salida para una investigación apasionante no resuelta. King Vidor se traslada a tiempos lejanos, a tiempos de gloria: a febrero de 1922. Tan solo hacía unos meses había saltado a la palestra uno de los mayores escándalos de ese Hollywood silente, el fallecimiento de Virginia Rappe, que señaló como máximo culpable a una de las mayores estrellas del cine cómico mudo de aquellos momentos, Fatty Arbuckle, acusándosele de una agresión sexual violenta. Posteriormente, el actor fue absuelto, pero su carrera cayó absolutamente en picado. Pues bien, ese febrero se encuentra el cuerpo del director de cine William Desmond Taylor en su mansión. Su asesinato no solo es un nuevo escándalo, sino que también salta a los medios y se señala durante la larga investigación a todo un elenco de asesinos.

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