La muerte del papa Francisco el 21 de abril hizo que Cónclave fuera una de las películas más visionadas en plataformas. Volvió a generar el mismo entusiasmo que durante su estreno. Y es que Edward Berger construye alrededor de esta reunión milenaria de cardenales un buen thriller religioso que al final habla de una cuestión ineludible para el ser humano: el poder.
Lo atractivo de esta reunión a puerta cerrada en la Capilla Sixtina que se celebra cada vez que muere un papa y que sirve para la elección del nuevo pontífice es que no puede haber rito más antiguo y tradicional en todos los sentidos, y en un edificio tan histórico, para dejar ver cómo la Iglesia continua siendo una institución poderosa y representativa en pleno siglo XXI. Y ahí están esos cardenales con sus teléfonos móviles, sus cigarrillos y ordenadores, pero teniendo que aislarse del mundo para cumplir el rito de elegir al candidato. Con su vestimenta ceremonial para cada momento (las sotanas, las fascias, los solideos, las mucetas…) se refleja el rito y la tradición de siglos y siglos en un mundo de redes sociales y tecnología punta. Es como algo anticuado y arcaico que sigue mostrando su fuerte presencia. Y todo eso deja unas imágenes tremendamente potentes.
Durante varios días, en que tienen que encerrarse en la capilla y votar de la manera más tradicional (con una papeleta y un boli, el conteo a mano y en directo), hablarán entre ellos, conspirarán, tratarán de recopilar votos de unos y otros, guardarán secretos, se traicionarán o se afianzarán más los lazos de amistad. Sí, es una cuestión de poder, como durante todos los siglos que la Iglesia ha permanecido como institución. Y no solo eso, sino que claramente existen dos facciones: una iglesia más cercana a la teoría de la liberación, más progresista, o una iglesia que impone sus creencias con mano férrea, como la época oscura de la Edad Media o de la Inquisición.
Entre medias, varios temas que, todavía en este siglo, continúan siendo esquivos: el papel de las mujeres en la Iglesia Católica, el celibato de sus miembros y temas de corrupción y poder. Y pone sobre la mesa otras reflexiones interesantes como el derecho a dudar o el trabajar para construir una institución diversa y tolerante.
El protagonista de la función es el decano, el que dirige el cónclave y tiene todo preparado para que el rito se lleve a cabo. Es un maestro de ceremonias en crisis y atormentado, pero tremendamente responsable y fiel al anterior pontífice, que quiso que siguiera en su cargo, pese que él presentó su dimisión. El decano es Ralph Fiennes que construye su personaje a la perfección, no solo aprovechando la apariencia física (el vestuario, el pelo, las manchas de la piel…, todo sirve para componer la personalidad de este hombre), sino sus expresiones, la modulación de la voz, sus dudas, su calma, el tsunami emocional que vive en cada momento, las lágrimas…, la manera de dirigir el cotarro y conseguir que llegue a un buen final.
Como maestro de ceremonias tendrá dificultades desde el principio e irá solventando todos los obstáculos para que la elección del papá sea posible con el mejor de los candidatos. Cónclave se sustenta, para ir avanzando en su emocionante trama, en los problemas que van planteando los posibles candidatos. Además una vez llegan todos los cardenales, el decano se encuentra con un cardenal con el que no contaba en tan solemne ceremonia, un cardenal in pectore. Esto quiere decir que el papa lo ha nombrado en secreto y su nombre permanece oculto hasta que este decida hacerlo público. Así pasa con el cardenal Benítez (que viene desde Kabul) que se presenta en el cónclave con un documento firmado por el difunto papa en el que reconoce su nombramiento y se irá convirtiendo poco a poco en una figura clave.
Cónclave arranca como no podía ser de otra manera: con la muerte del papa. Sus hombres de confianza se reúnen alrededor del cadáver y empieza el ritual: el puesto de cabeza de la Iglesia ha quedado vacante. Se le quita el anillo y se sella su habitación. Un ceremonial ordenado y frío, pero que se reviste de emoción ante una lágrima que resbala por un rostro.
Poco a poco se van poniendo las cartas sobre la mesa: los candidatos van moviendo piezas. El que quiere seguir el legado progresista del anterior pontífice (Stanley Tucci), el que quiere tirarlo por tierra (Sergio Castillitto), el imprescindible candidato africano (Lucian Msamati), el candidato anciano que fue el último que se reunió con él (John Lithgow)… Y a su alrededor se mueven un montón de secundarios que hacen que funcione la maquinaria: la hermana que organiza todo el servicio (Isabella Rossellini), que está en la sombra, pero todo lo mira; los ayudantes del decano; y el cardenal Benítez (Carlos Diehz) que va adquiriendo cada vez más voz.
Edward Berger sabe jugar a la perfección con esa ambientación que ya conocíamos de The Young Pope de Paolo Sorrentino, que le permite poner en práctica una puesta en escena llena de buenos momentos en ese pasillo interminable donde están las habitaciones de los cardenales, en la Capilla Sixtina donde se encierran, en el comedor… y en otros rincones donde se reúnen.
Cónclave funciona como un thriller perfecto con un investigador concienzudo, como es el decano, con sus personajes llenos de luces y sombras y varios giros de trama imprescindibles para alcanzar ese esperado e inesperado final en que la fumata blanca se hace realidad.
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Hola Hildy
Supongo que esto de la sucesión papal es uno de esos temas «monstruo del lago Ness»: cada cierto número de temporadas «vuelve».
Imagino que la «piedra de toque» seguirá siendo «las sandalias del Pescador,1968». Sólo recordaba la interpretación de Antonio Reyes -Anthony Quinn, primer «papa latino»- pero resulta que en la peli era Ucraniano y ex-preso de los Rusos. Mas moderno que este cónclave… y más visionaria que Nostradamus.
Un saludo sin Urbi y poco orbe, Manuel
¿Has visto «Cónclave», mi rey de las palabras? Está superentretenida… Y además bien hecha. Y todos los actores están magníficos con sus trajes de cardenales o la Rossellini de monja contenida.
«Las sandalias del pescador» la tengo bien lejana o tal vez no la haya visto, fíjate lo que te digo, porque apenas recuerdo nada. Pero me apetece encontrarme con ese Anthony Quinn de ucraniano…
Jajaja, siempre me despistas, leyendo tu última frase creo que sí has visto Cónclave…
Beso
Hildy
Hola Hildy. Esta si que la vi. Me parecio una intriga muy interesante. El final de la historia imagino que sera polemico para mucha gente, y sorprendente.
El personaje de cardenal que interpreta Ralph Fiennes es atractivo. El otro dia estuve viendo La lista de Schindler, aunque en realidad la pille por la mitad, y me enganche hasta el final.
Es pertinente mostrar la maldad que sufrieron los judios, pero la historia se repite ahora en distinto sentido. Parece que no hay pueblos inocentes en este mundo.
Quizas quede alguno escondido en la montaña, en medio de la naturaleza.
El nuevo jardin del Eden.
Un saludo nocturno.
Sí, queridísimo Luis, es una intriga muy interesante. El final hace pensar un montón y toca un tema clave.
Yo adoro a Ralph Fiennes. Para todos fue un impacto su interpretación de nazi en La lista de Schindler. Para mí hay varios papeles que me emocionan de este hombre: Días extraños, El paciente inglés, El jardinero fiel…
Lo de Gaza es tan duro. Los seres humanos somos capaces de hacer cosas tan atroces. La historia no nos hace aprender ni un poquito.
Los únicos que podríamos hacer un jardín del Edén somos nosotros, los seres humanos, todos juntos. Sabemos cómo hacerlo y, sin embargo, nos alejamos más y más de él. Parecería que estamos más cómodos en el infierno, ¿cómo puede ser posible?
Beso
Hildy
Mi querida Hildy, la película me parece un auténtico bluf. Va de más a menos, o mejor dicho, de mal en peor. Vale que formalmente tiene su interés, las simetrías, el uso de puertas y ventanas (no hay un solo plano prácticamente sin una), la elección de los colores (prácticamente solo cinco en todo el filme), escuchar a los actores hablando en distintas lenguas… Pero el guion está lleno de agujeros, las interpretaciones son irregulares, y sobre todo, la premisa del desenlace es risible a más no poder. Guion pobretón, que va a los lugares comunes (los escándalos sexuales y financieros pesan más que los perfiles psicológicos y las motivaciones individuales, los verdaderos retratos de la ambición o la vocación, o la lucha o el dilema entre ambas, según el caso) hasta que, cuando llega el momento de la explosión, la película decide suicidarse y entregarse a la fantasía woke.
Mientras en el cine veía cómo la película se autodestruía, pensaba en El nombre de la rosa (una novela y una película continuamente mal leídas e interpretadas) y en la frase que dice uno de los asistentes al encuentro entre los franciscanos y los papistas: «la cuestión no es si Jesucristo era o no pobre, sino si la Iglesia debe serlo». Yo esperaba que Cónclave incidiera con inteligencia incisiva en esta naturaleza dual de la Iglesia y de quienes la forman, y lo que hace es reproducir etiquetas y lugares comunes y jugar a la ciencia ficción. Porque la realidad, y volvemos a El nombre de la rosa, es que en la Iglesia, como estructura de poder, ganan siempre los malos.
Besos
Mi querido Alfredo, que no te había contestado. Perdonaaaaaa. Yo he de decirte que me lo pasé increíble viendo Cónclave y que con sus elementos de thriller dejaba apuntadas varias cuestiones interesantes sobre la iglesia. Todo el proceso del cónclave, además, con todo su ritual y ceremonia queda reflejado en la película.
El nombre de la rosa, como thriller religioso, es cierto que es una joya. Es una película fascinante. En este tipo de thrillers con la iglesia de por medio Cónclave no es lo brillante del título que propones, pero tampoco hace aguas en todo momento como El código da Vinci.
Beso casto en la puerta de la oglesia
Hildy