10 razones para amar En el estanque dorado (On Golden Pond, 1981) de Mark Rydell

En el estanque dorado, la película que reunió por primera y única vez a dos estrellas del Hollywood clásico: Katharine Hepburn y Henry Fonda.

Razón número 1: Forma parte de mi memoria cinéfila

En el estanque dorado es una de esas películas de los ochenta que se me quedaron grabadas en la infancia y conectaron con mi sensibilidad y memoria. Sé que fue una de esas películas que vi en el cine cuando se estrenaron y que me atrapó del todo. Después no sé contar la de veces que la he visto. Es una de esas películas que irremediablemente te acompaña siempre a lo largo de los años. Refleja una historia muy sencilla, contada de una manera clásica, sin grandes hallazgos cinematográficos, pero respira verdad, mucha verdad.

Y además es de esos largometrajes que al atrapar cuestiones cotidianas de la vida, la mirada va también transformándose en cada visionado. La primera vez que la vi estaba más cerca de Billy, el nieto; luego según vas creciendo entiendes más a Chelsea, hasta que como dice el personaje de Norman, en un suspiro, estarás más cerca de la muerte de lo que nunca uno quiso pensar y la película tendrá otro sentido cuando se tenga la edad de Ethel y Norman.

Razón número 2: Una historia detrás

Jane Fonda compró los derechos de la obra de teatro de Ernest Thompson para llevarla a la pantalla de cine. Y supo desde el primer momento que tenía que protagonizarla su padre Henry Fonda. Él tenía que ser Norman Thayer Jr. También sabía que ella interpretaría a Chelsea, la hija de Norman. Uno de los conflictos de fondo de En el estanque dorado es la difícil relación entre Norman y su hija. Y cómo justo ese largo verano, cuando todo tiene un halo de despedida y de efímero, padre e hija tratan de conectar y reconciliarse.

La película supuso también una cura para Henry Fonda y Jane Fonda, pues su relación nunca fue fácil. Jane hizo todo lo que estuvo de su mano para que la película saliese adelante. Henry siempre había sido un hombre frío y distante con sus hijos, pues le costaba expresar sus emociones o estar presente en los momentos importantes de Peter y Jane.

La familia tampoco gestionó bien el trágico suicidio de Frances Ford Seymour, la madre de Jane y Peter y segunda esposa de Henry Fonda. Jane, como el personaje de la película, siempre trató de llamar la atención de su padre de mil maneras diferentes y esa tragedia familiar marcó su personalidad. El actor solo se sentía bien trabajando delante de una cámara o subido a un escenario, pero en las relaciones cercanas con sus hijos no supo manejarse.

Henry y Jane tuvieron una relación tan distante como los protagonista de En el estanque dorado, pero el trabajar juntos e interpretar a estos personajes también les sirvió de catarsis y sobre todo para que la actriz se aproximara a su padre durante el rodaje y estableciera una relación más cercana a partir de entonces.

La tensión entre los personajes en la película, pero también el gran cariño que se profesan, traspasa la pantalla. Y hay verdad en los ojos llorosos de Jane y en esa emoción contenida final de Henry cuando su hija le pide que sean amigos también.

Razón número 3: Norman y Ethel

Esta pareja de ancianos que van a pasar una larga temporada veraniega en su casa de campo, Norman y Ethel, tienen los rostros de dos grandes actores como Henry Fonda y Katharine Hepburn, dos gigantes del Hollywood clásico con unas filmografías increíbles desde los años 30.

Norman va a cumplir 80 años y ella es algo más joven, pero ya saben los dos que no solo están en sus últimos años, sino que la visita de la muerte es muy difícil de obviarla. Por su parte, Henry Fonda y Katharine Hepburn también eran ya viejas glorias en el crepúsculo de sus carreras.

Y esta película no solo fue un regalo para ambos, sino también para que nuevas generaciones descubriesen a dos titanes de la interpretación que en sus papeles de Norman y Ethel no pudieron transmitir más naturalidad y verdad. Son auténticos. Los vemos en la pantalla y estamos seguros de que son una venerable pareja que se han pasado toda la vida juntos. Y cómo le dice ella a Norman, él siempre ha sido su caballero. Y, sin embargo, Henry y Kate nunca habían compartido créditos en ninguna película, pero lo que es la magia del cine y la interpretación: la complicidad entre ambos está ahí, intacta.

En el estanque dorado, la película que fue catártica para que Jane Fonda pudiera acercarse a su padre Henry Fonda, los dos no tuvieron una relación fácil.

Razón número 4: Los colimbos, la trucha Walter y alguna sorpresa más

El visionado de En el estanque dorado provoca siempre mucha paz, desde las secuencias del principio, donde vemos el paisaje en el que va a transcurrir la película en ese gran lago, que efectivamente, cuando los rayos del sol se reflejan en el agua al atardecer parece dorado. Y vemos cómo en un paraje privilegiado un coche se acerca a una casa. Ahí van Henry y Ethel dispuestos a pasar su verano en la vieja casa de campo.

Lo primero que llama la atención y que estarán presentes durante toda la película serán los colimbos. No solo los veremos, sino que también los estaremos escuchando. Ethel es una enamorada, los saluda, los observa, imita sus ruidos, se comunica con ellos y no hace más que pedirle a Norman que se muestre tan contenta como ella con su presencia.

También en un momento crítico de la película, Billy, el muchacho que estará todo un mes con ellos, pescará un colimbo muerto, que inquietará a Norman, quien sabe que la presencia de la muerte le acecha. Y preferirá no comentar nada con el crío, simplemente cortar el hilo de la caña y dejar que se hunda el colimbo, en silencio.

Mi poca sabiduría en aves me hace recordar algo curioso. Las primeras veces que vi esta película, en la traducción decían que dichas aves eran somormujos, pero, sin embargo, últimamente las veces que la he visto se habla de colimbos. Creo viendo las imágenes de estas aves por internet, que los de la película son estos últimos. Pero yo me quedé para siempre con esa palabra sonora que es somormujo.

Si hay algo que unirá a Norman con Billy será la pesca y sobre todo el intentar localizar a un trucha gigante que el anciano nunca ha podido atrapar, Walter. En el momento más inesperado, lograrán pescarla, pero Norman tomará una decisión y Billy estará de acuerdo: Walter es un superviviente y volverán a echarle al lago. Precisamente, la pesca les hará pasar las aventuras más peligrosas y emocionantes.

La película juega con un humor elegante y fino. Y este se eleva cuando aparece el prometido de Chelsea, un dentista de Nueva York, muy pero que muy urbano. Para Bill (Dabney Coleman), el futuro yerno de los ancianos, todos los ruidos, las sombras y formas que ve por la noche, justo cuando llegan, tienen que ver con un inexistente oso pardo. Chelsea había bromeado con padre e hijo poco más o menos que vivían en una selva rodeados de incomodidades y animales salvajes… Chelsea tiene también el espíritu bromista y el humor negro de su padre.

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Irene Dunne y Charles Boyer, una química especial. Otra vez juntos (Together Again, 1944) de Charles Vidor

Otra vez juntos dos estrellas con química, Irene Dunne y Charles Boyer.

Irene Dunne y Charles Boyer, una de las grandes parejas cinematográficas del cine clásico hollywoodiense ha caído totalmente en olvido, y es una verdadera pena. Hicieron tres películas juntos, se llevaron bien delante y detrás de las cámaras y al público les gustaba verles en pantalla. De sus tres películas me faltaba por ver Otra vez juntos, una agradable sorpresa. Es una comedia simpática sin más, pero rodada con elegancia y profesionalidad por Charles Vidor.

El año clave de esta pareja fue 1939, Leo McCarey les unió en Tú y yo, esa historia inolvidable entre el playboy francés y la cantante famosa a bordo de un trasatlántico… y la quedada más famosa y fallida del mundo mundial en el Empire State Building. Esta última cita ha inspirado a toda una hilera de comedias románticas. Sin embargo, esta versión de 1939 ha sido mucho menos vista que el remake que hizo el mismo director en 1957 con Debora Kerr y Cary Grant. Pero ¡no hay sesión doble más bonita que esta para recomendar en una de esas tardes tontas que una le apetece ver algo bonito! Sí, ver a la vez la de 1937 y la 1957, es un buen plan.

Y ese mismo año protagonizaron también un maravilloso y olvidado melodrama de John M. Stahl, Huracán (When Tomorrow Comes). Esta vez la historia de amor giraba alrededor de una camarera sindicalista y un pianista famoso, de por medio un huracán y una iglesia donde se refugian los dos enamorados sin saber qué va a ser de ellos el día siguiente. De nuevo, la química entre los dos actores fue evidente. Te crees que esas dos personas se conozcan y se enamoren. Y, claro, ¡existe el remake de Douglas Sirk, Interludio de amor (Interlude, 1957)!

Así que cuando cinco años más tarde les surgió la posibilidad de trabajar juntos, ambos actores aceptaron encantados y esta vez fue para protagonizar una comedia romántica y ligera, sin demasiadas pretensiones, simplemente para pasarlo bien. Y se les nota a ambos que se divierten. Otra vez juntos no es una gran película, ni siquiera es inolvidable, pero se ve con agrado, y eso es un lujo en ciertas ocasiones.

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Un cumpleaños más… y mucho cine

Un 14 de mayo, fecha de mi cumpleaños, se hizo la primera proyección pública de cine en Madrid. Sus espectadores pudieron ver entre otras cosas imágenes en movimiento en la Puerta del Sol.

Pues sí, he cumplido un año más. ¡Y menos mal! El otro día un amigo me decía que cada vez que era su cumpleaños le entraba angustia, pues se planteaba que cada vez le quedaba menos tiempo para leer, ver películas, exposiciones, obras de teatro, escuchar canciones…, que había tanto que disfrutar y nos faltaban horas. Y yo le doy un pequeño giro, un cumpleaños es un año más que tenemos para, por suerte, poder hacer todas esas cosas.

De pronto, por el algoritmo de mi móvil me entró ayer una noticia, justo el día de mi cumpleaños, el 14 de mayo, que me hizo recordar algo maravilloso. Y que os cuento con orgullo. Este día estaba destinado para mí. ¡Fue el día donde se realizó la primera proyección pública de cine en Madrid! Qué emoción me produjo leerlo justo el día de mi cumpleaños.

Sí, en un lejano 14 de mayo de 1896, uno de los pioneros operadores de cámara de los hermanos Lumière, Alexandre Promio, se vino a Madrid a presentar el invento. Y para esa exhibición que mejor que grabar una ciudad viva en su día a día: la salida de unas alumnas de un colegio, la actividad en la Puerta del Sol, que si la plaza de toros, que si las maniobras de artillería en Vicálvaro y mucho más… El lugar elegido para dicho evento fue el salón del ya desaparecido Hotel Rusia, que según dicha información, actualmente es el Centro de Salud Las Cortes.

Pensé que no me hubiese importado mirar por un agujerito y presenciar cómo fue esa exhibición y qué supuso para los que estuvieron presentes. Si algunos lo olvidaron nada más salir y si a otros dicha proyección les marcó o les dejó hambre de más…

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Adiós, Adolfo Aristarain

El universo de Adolfo Aristarain con sus personajes Dante, Alicia y Martín padre. Los tres son guías especiales para un joven perdido.

Con tristeza leí el lunes, nada más levantarme, que había fallecido Adolfo Aristarain. Y esta noticia me hizo retroceder a los años noventa. Recuerdo durante esos años que Aristarain era cita obligada en los cines españoles. Todo empezó con Un lugar en el mundo (1992). Esa película se convirtió en la favorita de muchos y es de esas películas a las que apetece volver siempre. Es una historia de idealismos en forma de western con unas gotas de Raíces profundas.

Después, recuerdo con gran cariño, pero no he vuelto a verla, La ley de la frontera (1995), una película puramente de aventuras con pillos, bandoleros y fotógrafa que atrapa instantes. Más tarde, tocó Martín (Hache) (1997). Y la última película que vi del argentino en cines fue Lugares comunes (2002), que la disfruté en el propio festival de San Sebastián, sobre ilusiones perdidas y recuperadas. Se me quedó en el tintero la última película que rodó dos años más tarde, Roma, que sin duda veré algún día.

El martes en la segunda cadena de la televisión pública española emitieron, como despedida, Martín (Hache), y pude volver a verla. Reconozco que regresando a ella en este siglo XXI y cuando ya soy mucho más mayor, la he entendido mucho mejor que en su momento y me ha llegado más. Sí, en ciertas secuencias, me emocioné mucho y en otras me enfadé bastante (todas las relacionadas con el personaje de Alicia, su final y la reacción de los demás personajes, sobre todo de Martín adulto).

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10 razones para amar Magnolias de acero (Steel Magnolias, 1989) de Herbert Ross

Magnolias de acero, todas en la peluquería…

Razón número 1: Recuerdos en una sala de cine

No hace mucho he vuelto a ver Magnolias de acero. Y es una película que, confieso, he visto varias veces durante toda mi vida. Siempre me emociona y me hace reír. Es de esas películas a las que no me importa volver continuamente. Sí, lo sé no es una película que vaya a formar parte de la historia del cine, ni hay nada novedoso o innovador en su manera de narrar y contar. Magnolias de acero, sin embargo, logra tocarte y acariciarte. Es de esos largometrajes en los que apetece perderse. Tiene buenos momentos y personajes bien construidos.

Además recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Sí, fue en una sala de cine que ya no existe (ahora es un supermercado). En Madrid, en el barrio Salamanca, uno de sus muchos cines era el Fantasio, que hacía unas sesiones dobles buenísimas. Y ahora aprecio lo bien que programaban. Era un cine que estaba cerca de donde vivía mi abuela paterna. Así que aquella tarde elegimos ver Magnolias de acero con mi hermano pequeño.

Yo era una adolescente a la que le estaba encantando esa película, pero según iba pasando el metraje, yo me iba poniendo malísima y notaba cómo me estaba dando una bajada de tensión impresionante. Estaba al borde del desmayo, pero ¡yo no quería preocupar a mi abuela ni tampoco perderme nada de lo que estaba ocurriendo! Así que protagonicé uno de esos momentos tragicómicos de la vida. Y es que precisamente Magnolias de acero se mueve como pez en el agua en la tragicomedia, el género de la vida por excelencia.

Razón número 2: Herbert Ross, un director con notas musicales

Su director es Herbert Ross y cuando repaso su filmografía, compruebo que varias de sus películas formaron parte de mi memoria cinéfila. Es uno de esos realizadores que no es considerado un gran maestro del arte cinematográfico, pero sí ha logrado meterse en la memoria sentimental de muchos cinéfilos con sus largometrajes. Sí supo conectar con el público…, aunque como veremos más adelante no hizo precisamente que el rodaje de Magnolias de acero fuese muy idílico.

¡La de veces que pude ver también de adolescente por televisión Sueños de un seductor (1972)! Cómo me gustaba esta película protagonizada por Diane Keaton y Woody Allen. Me reía tanto con esta nueva lectura de Casablanca y me parecía el colmo del romanticismo. Luego también fue el director de otro clásico de los ochenta con unos créditos maravillosos y que nos dejó muchas ganas de bailar y de ver en otras películas a Kevin Bacon, Footloose (1984).

Y es que Herbert Ross era muy musical, porque trabajó como coreógrafo desde los años cincuenta en el mundo de los escenarios. Luego terminó dedicándose al mundo del cine. A él se debe también la segunda parte de Funny girl, que en esa primera ocasión dirigió William Wyler (y Ross trabajó como coreógrafo). La continuación de Ross se tituló Funny Lady (1975) y esta vez acompañaba a Barbra Streisand… mi adorado James Caan. O también los pinitos como actor por parte del bailarín clásico Mikhail Baryshnikov los dio con Ross en una película interesante sobre ballet clásico, Paso decisivo (1977). No fueron sus únicos musicales.

Razón número 3: Sororidad, cuando todavía no se decía esa palabra

La película cuenta la amistad de seis mujeres durante un periodo de tiempo en una localidad sureña de Luisiana. Y si bien es cierto que nada tengo que ver con ninguna de estas seis mujeres sí que logro conectar con ellas y con la amistad que construyen entre todas, con esa sororidad que se va viendo con el paso del tiempo. Ahí están las seis tanto para los buenos como los malos momentos, estrechan sus lazos y encaran la vida desde la tragicomedia. Y cuando aún no se utilizaba la palabra sororidad ya estaba el espíritu de ese concepto en estas seis amigas de distintas generaciones de esa localidad de Luisiana.

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Películas de la semana, sorpresas cinéfilas. La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) de Mike Flanagan/ From Darkness to Light (2024) de Eric Friedler, Michael Lurie / El equívoco (The Hireling, 1973) de Alan Bridges / Recién nacidas (Jeunes Mères, 2025) de los hermanos Dardenne

Ha sido esta una semana de bienvenidas sorpresas cinéfilas. Primero, una de esas películas que no pude ir a ver a una sala de cine y que me quedé en su momento con muchas ganas. Y una vez vista, confirmo que es de esas obras que me tocan y me dejan huella. Luego disfruté de uno de esos documentales reveladores sobre cine que habla sobre una película maldita en la carrera del cómico Jerry Lewis. Con la cabeza en la entrada anterior del diccionario cinematográfico, llevaba tiempo detrás de una película protagonizada por un chófer y esta me ha sorprendido gratamente. Y, por último, he podido meterme de lleno en el último largometraje de los hermanos Dardenne con uno de los finales más bellos que he visto últimamente. Películas y más películas que cada día calman mi hambre de cine.

La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) de Mike Flanagan

Hay una serie de películas que con un punto fantástico y jugando con el concepto del tiempo son verdaderos tratados de filosofía sobre el sentido de nuestra existencia. Y siempre me han tocado la fibra y me han hecho pensar.

En ese conjunto de películas entra de lleno La vida de Chuck, desconozco el relato de Stephen King del que parte, pero la película me ha parecido un ejercicio de sensibilidad que casa muy bien con la incertidumbre de un mundo que se sustenta en lo digital. Sin embargo, los humanos seguimos con nuestra única certeza: todos moriremos. Y con esa certeza tratamos de ir viviendo lo mejor posible con o sin internet ni todas sus parafernalias, que ya descubrimos en el gran apagón de 2025 la debilidad y fragilidad del mundo virtual.

Esta película me hizo pensar en otros largometrajes que en la misma dirección que La vida de Chuck me han marcado de una manera u otra, pues me han hecho pensar en el sentido de nuestra existencia, en nuestro papel, qué hacemos aquí, hacia dónde vamos, qué significamos… Y surgen títulos como Atrapado en el tiempo, Más extraño que la ficción o la más reciente Here>, que adaptaba un magnífico cómic. Son películas para filosofar, pero que además se arriesgan en su manera de ser contadas.

La vida de Chuck cuenta la vida de un hombre, un contable, en tres actos en orden inverso y de una manera muy especial. En esa manera de contar se contiene un mundo apocalíptico, un puro musical y una película de adolescente con casa encantada. Y esos tres actos funcionan maravillosamente para captar el sentido de una vida, para atrapar el momento mágico, para explicar la muerte y la herencia que arrastramos.

La película se sustenta en un verso de Walt Whitman, «Soy inmenso, contengo multitudes» y que aparece desde el primer momento y va adquiriendo más y más significado. Así se habla de los mundos especiales que contenemos cada uno en nuestro interior y que nos definen, que cada ser humano nunca mejor dicho es un universo… Que somos nuestras vivencias, recuerdos, aromas, pasiones, relaciones, risas, heridas, aromas… Nuestra única certeza, una revelación que todos vivimos en algún momento, es la muerte, así que si el mundo nos deja (que mira que lo tenemos difícil), tratemos de vivir lo mejor posible con una idea: «Soy maravilloso, me merezco ser maravillos y contengo multitudes».

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Diccionario cinematográfico (242). Chófer

Paseando a miss Daisy, película de corte clásico con chófer entrañable de protagonista (Morgan Freeman).

Yo que nunca he aprendido a conducir, que no tengo coche, que me gusta viajar, siempre pienso que no me importaría contratar a uno de estos profesionales si pudiese permitírmelo.

Y anda que no hay chóferes en el cine.

Como personaje principal o secundario siempre tienen bastantes matices interesantes.

Precisamente ayer estuve viendo un clásico de Bruce Beresford, Paseando a miss Daisy (1989). Cuenta una historia extremadamente sencilla durante veinticinco años (1948-1973): la relación cotidiana entre una anciana judía con su chófer negro. La película no es épica ni cuenta con momentos crudos. La mayoría ocurre en la casa de la anciana o en sus trayectos con su chófer a la tienda, al templo, al cementerio o a alguna celebración familiar. El tiempo pasa, y del mismo modo que las transformaciones sociales en EEUU son muy lentas y tímidas, así ocurre con la relación entre ambos personajes, que pasa del rechazo absoluto, sobre todo por parte de la mujer, a una relación tímida y distante de amístad y cariño.

No hace mucho hubo otra película que también ganó el óscar a mejor película, Green book (2018), que contaba la historia de un chófer italoamericano que es contratado en los años sesenta por un pianista negro para una gira por el sur de EEUU. En ambas películas se toca de dicha manera, por la relación entre un chófer y su cliente, el movimiento y la lucha por los derechos civiles.

Hay chóferes entrañables que hacen no solo de Pepito Grillo sino que acompañan a un personaje que no se maneja muy bien en las relaciones sociales. Así ocurre con el chófer asignado a llevar de un lado a otro a la seria e irascible autora de Mary Poppins, P. L. Travers en Al encuentro de Mrs Banks (2013) de John Lee Hancock.

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Reflexiones alrededor del revuelo con la nueva versión de Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, 2026) de Emerald Fennell

«Cumbres Borrascosas», con comillas, de Emerald Fennell.

Cierro las páginas de la edición que siempre he leído de Cumbres borrascosas y ha vuelto a engancharme y a meterme en ese universo fantasmal y de amor fou que Emily Brontë vertió en su novela. Otra vez, me he sentido transportada a esas casas de campo de los Earnshaw y la de los Linton en medio de la naturaleza salvaje.

Y me ha estremecido, como siempre, ese personaje oscuro que es Heathcliff, que nunca se supo de dónde vino ni tampoco adónde va ni cómo consigue su fortuna cuando abandona la casa de Cathy. Lo trajo de la calle el padre de Cathy y Hindley y cambió la dinámica familiar para siempre.

Ese hombre que cuando siente que su compañera de juegos y enamorada Cathy puede sucumbir a la vida cómoda de los Linton y alejarse de su lado, huye, para regresar con fortuna y vengarse. No se sabe nunca dónde ni qué hace ni cómo vuelve con dinero.

Y cuando regresa, vive solo para devolver odio a los que le hicieron daño y también a las generaciones futuras. Todo arrastrado por su tormentosa relación con esa niña con la que creció en las landas y con la que se siente irremediablemente unido…

La historia de Cathy y Heathcliff nos es contada por otros que vivieron con ellos. Sobre todo por esa ama de llaves fiel, Nelly. Y esta a veces sabe lo ocurrido por otros que le narran lo acontecido. Todo es a través de sus ojos, ¿es una narradora objetiva y fiable? Ese es otro de los elementos que dan encanto y ambigüedad al relato. ¿Es Cathy egoísta, voluble, rencorosa y demás atributos? ¿Es Heathcliff hombre tan misterioso y oscuro?

Si algo ha conseguido Emerald Fennell es que se vuelva a hablar de Cumbres borrascosas y de las hermanas Brontë (sobre todo de Emily), puede que alguien lo vuelva a leer (como me ha pasado a mí) o que otro se adentre en su lectura por primera vez. Los que nunca la hayan leído, asistirán alucinados a una obra desconocida, pues nada tiene que ver la novela con la historia que nos cuenta Fennell.

En numerosas entrevistas la directora y guionista dice que hay que tener en cuenta las comillas del título, pero es que no es una adaptación libre o heterodoxa, que atrapa su espíritu. No, no tiene nada que ver con eso.

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10 razones para amar El gran carnaval (Ace in the hole, 1951) de Billy Wilder

Chuck Tatum, el periodista sin escrúpulos, protagonista absoluto de El gran carnaval.

Razón número 1: Kirk Douglas como el periodista Chuck Tatum

El gran carnaval tiene un único punto de vista y es el del periodista Chuck Tatum. Este no es un profesional honesto, no es una persona llena de cualidades, no persigue la verdad ni la excelencia en el trabajo. A Chuck Tatum le conocemos buscando un trabajo en un anodino periódico de provincias en Alburqueque.

Le dice a su director que ha sido expulsado de un montón de buenas publicaciones y que se ofrece por nada. Le explica que tiene problemas con el alcohol y también de faldas. Pero que tiene ambición, olfato y que espera conseguir la noticia que le devuelva el prestigio. Al director le desarma su sinceridad, este es un hombre recto y sabe lo que hace, y ve que Tatum puede dar vida a la redacción si le mantiene a raya. Le contrata. No es fácil empatizar con Tatum, solo cuenta con una vitalidad envidiable, mucha ambición y un olfato para buscar la noticia.

Tras un año en la redacción y ya desesperado por el aburrimiento y el estancamiento, en un viaje hacia un aburrido y rutinario reportaje de una competición de serpientes, para en una aislada gasolinera, tienda de souvenirs y motel, al lado de una montaña. Allí inesperadamente encuentra una noticia. En dicha montaña, hay una cueva donde fueron enterrados los indios con sus enseres personales hace mucho tiempo, hay leyendas y maldiciones alrededor del desértico paisaje. El hijo de los dueños, Leo Minosa, un antiguo héroe de guerra, busca de vez en cuando estos enseres para venderlos, pero en la cueva hay un desprendimiento y se queda atrapado.

Enseguida la mente de Tatum se pone en marcha y convierte su rescate en una noticia de “interés humano” alargándolo todo lo que puede y creando alrededor todo un carnaval y espectáculo a costa de la vida de un hombre. Habrá mucha gente que se beneficie y que le secunde en tan dudosa hazaña.

Kirk Douglas se arriesga y se entrega totalmente a una recreación creíble y veraz de Chuck Tatum. Y se arriesga porque no solo es un protagonista con el que es difícil empatizar, sino que el personaje principal de la película es un hombre sin escrúpulos y lleno de defectos que reaccionará demasiado tarde al circo que ha montado para su propio beneficio. Y se entrega totalmente, porque es imposible no sentirse seducido por su personaje a pesar de arrastrar múltiples defectos. Su interpretación está llena de matices y emociones. No queda sentimiento que reflejar en su rostro y ni un segundo del metraje está quieto o en calma.

Razón número 2: binomio cine y periodismo

Si hay un binomio bien avenido es el de cine y periodismo. Es increíble la extensa filmografía que hay donde los periodistas hacen acto de presencia o son parte central de la trama. También las noticias han sido y son fuente de inspiración para guionistas y cineastas. Este es un estudio inabarcable.

La figura de Billy Wilder es muy interesante en este sentido, puesto que durante el periodo de entreguerras, buscó sustento como periodista. Antes de embarcarse en el mundo del cine en EEUU fue reportero y conoció bien la profesión en su lugar de origen. Ejerció la profesión y daba rienda suelta a la pluma para contar historias y entrevistar a personalidades de la vida cultural del momento.

No hace mucho se publicó en español un interesante libro, Billy Wilder, reportero. Reportajes desde el Berlín de Weimar y la Viena de entreguerras en la editorial Laertes, donde se presentaba una selección de sus artículos.

Después cuando ya voló hacia Hollywood, hacia finales de los años treinta, y fue ganándose la vida como guionista y más tarde como director, el periodismo no fue ajeno a su obra cinematográfica como demuestra El gran carnaval o Primera Plana (The Front Page, 1974), nueva adaptación de la obra teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur. Pero también los periodistas están presentes como personajes secundarios en sus distintas producciones como, por ejemplo, en el final estremecedor de El crepúsculo de los dioses.

En El gran carnaval la visión del periodismo y la forma de trabajar y crear noticia de Chuck Tatum desgraciadamente sigue siendo totalmente actual. Es una película que continúa muy vigente y es totalmente demoledora. Cómo actúa Chuck Tatum a lo largo de todo el rescate, la figura del joven fotografo que en un principio no ve con buenos ojos la manera de actuar de su compañero, pero que luego se siente seducido por el éxito y la adrenalina hasta ser testigo de su caída o cómo se comportan los otros periodistas que van llegando al escenario de los hechos dibujan una visión crítica, poco poética e idealizada de la profesión.

No obstante, esta visión contrasta con el maravilloso personaje del director del periódico de provincias (Porter Hall) que cree en que la labor de los periodistas es contar la verdad y muestra también ser un perro viejo honrado que sabe dar oportunidades y creer en sus profesionales. Parece que no todo está perdido y que se puede actuar de otra manera.

Razón número 3: Billy Wilder sin Charles Brackett

El gran carnaval es una película clave en la filmografía de Billy Wilder como director. Durante años había colaborado y trabajado mano a mano con el guionista Charles Brackett. Los dos formaban un matrimonio de éxito. Fruto de su colaboración nacieron películas inolvidables como Días sin huella, Berlín Occidente o El crepúsculo de los dioses (su último largometraje juntos). Pero su matrimonio fue tormentoso y llegó un momento en que ambos decidieron separar sus caminos.

La primera película de Wilder sin Brackett fue El gran carnaval y se jugaba mucho. Para esta película colaboró en el guion con Lesser Samuels y Walter Newman. Y crearon una historia potente, que pasan los años y no pierde ni actualidad ni fuerza.

Sin embargo, fue su primer batacazo comercial, pero Wilder no se amilanó y siguió con buen pulso detrás de las cámaras, contando las historias que quería y trabajando con otros guionistas en cada una de sus películas hasta que en 1957 encontró de nuevo a un profesional con el que crear un prolífico dúo creativo: I.A.L. Diamond… y ya saben, esa ya fue otra historia…

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Confession (Confession, 1937) de Joe May

Confession, todo un descubrimiento. Joe May, ojo observador, crea esa atmósfera entre la pureza visual y experimental europea con todo el glamour del melodrama contenido de los años treinta en Hollywood.

Confession es un buen melodrama a reivindicar. Durante los años treinta funcionaron en Hollywood tramas donde se presentaban mujeres de vida dispersa que se redimían a través del sacrificio más extremo, pues renunciaban a la maternidad muy a su pesar. Películas como Barrio Chino (Frisco Jenny, 1932) o Stella Dallas (1937) de King Vidor provocaban auténticas lloreras en las plateas de la sala oscura.

En ellas, actrices como Ruth Chatterton o la increíble Barbara Stanwyck mostraban sus dotes de fuertes sufridoras. Pues bien, Kay Francis, otra de las reinas del melodrama elegante y contenido de la década de los treinta, también tuvo su película de madre sacrificada, Confession, dirigida por un realizador austriaco que terminó sus días en la fábrica de los sueños.

Muchos aspectos son reseñables y merece la pena dejarlos en evidencia después de ver Confession. Warner Brothers adquirió los derechos de un éxito alemán de Willi Forst protagonizado por la diva Pola Negri, Mazurka (1935), y realizó un remake idéntico, incluso en ideas visuales, para Hollywood y su estrella, Kay Francis.

Pero Joe May sabía muy bien lo que hacía y buscaba su hueco en Hollywood, alcanzando un cierto reconocimiento con Confession. Era un realizador veterano, que conocía bien el lenguaje cinematográfico y su fuerza visual. Un pionero del cine mudo europeo que había dejado obras interesantes como el díptico de La tumba india con el guion de Thea von Harbour y Fritz Lang, que más tarde el propio Lang haría un remake y se convertiría en una de sus últimas obras. O también dirigió esa joya con antecedentes del cine de gánsteres con gotas de expresionismo alemán, Asfalto (Asphalt, 1929).

Los giros de guion en Confession van enganchando hasta dejarnos una historia depurada y extrema, además también parte de un aliciente que se dice al principio en una cartela, que la historia está basada en un caso legal real.

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