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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Dedicado a todos los amigos comentaristas que se pasan por aquí y a los debates interesantes que se generan en el blog. Nunca os lo agradeceré lo suficiente. Precisamente en el de Soldado azul no pude participar porque no la había visto…

Soldado azul

Una historia intimista bajo una cruda realidad.

Soldado azul no dejó indiferente a nadie cuando se estrenó, y su visionado sigue en la actualidad causando controversia. Es decir, o es una película que impresiona e impacta, o, por lo contrario, es cuestionada por su manera de presentar y contar esa historia. La película es hija de su tiempo, y en el contexto histórico se entiende su realización y el tono empleado. Su análisis se convierte en apasionante porque si bien tiene un contenido que hace meditar, su ejecución es irregular y basta. Se convierte en un western que no es brillante, incluso olvidable (si no estuvieran presentes ciertas peculiaridades) dentro de la corriente cinematográfica claramente revisionista de la historia del Oeste que empezó a partir de los años cincuenta con Flecha rota.

Soldado azul contiene dos películas en una. Y su mecanismo de unión funciona hasta cierto punto. Por una parte una ingenua y bonita historia de amor entre dos jóvenes, rodeados de la estética bella, pura y pacifista del movimiento hippy y el amor libre y salvaje. Sus protagonista son Cresta Lee (Candice Bergen), una mujer que ha vivido con los indios durante dos años y los conoce bien además de ser una superviviente nata, y un idealista e inocente soldado (Peter Strauss) que pronto descubre los mecanismos oscuros del séptimo de caballería. Es decir, mirará con otros ojos una “lucha” que él creía justa y clara. En su caminata y viaje por la supervivencia la que realmente guía, la que posee la mirada más realista, sabe cómo desenvolverse por el “salvaje Oeste” y es pragmática es la chica. Cresta (su nombre indio) “guía” al joven soldado y le muestra otra realidad, abre sus ojos. Ella es la tipa dura, la que sabe del mundo, de los sentimientos, del dolor y el amor y él es el joven inocente y delicado. Y entre ambos surge el encuentro y la pasión. Era inevitable.

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El exorcista (The Exorcist, 1973) de William Friedkin

El exorcista

William Friedkin se muestra transparente en un interesante documental sobre su filmografía, Friedkin sin censuras. Y por eso dicho documental provoca ganas de adentrarse en su trayectoria, más intensa, atrevida e interesante de lo que parece, además de volver a visitar alguno de sus éxitos como El exorcista. Siempre que se habla de cine de terror, se reconoce que El exorcista supuso una obra importante dentro de la historia del género. Sí, hay un salto reconocible… desde aquellos “monstruos” y ese “mal externo” del cine clásico de terror de la Universal, de la RKO, de la factoría de Roger Corman o de la Hammer (sin olvidar el giallo italiano, que es transición de un periodo y otro) hasta un terror más asentado en lo real, más cotidiano, más cercano de lo que creemos, y más inevitable, donde el mal puede triunfar, y cambiar la vida de uno para siempre. Ese tránsito lo explicó de manera sublime Peter Bogdanovich con su segunda película de ficción, El héroe anda suelto (Targets, 1968). La clave de El exorcista quizá esté, como dice Friedkin, en buscar el mal en lo cotidiano y en dar a la película esa apariencia casi documental, de vida en directo. Así somos testigos incómodos de una posesión inexplicable en el cuerpo de una niña a punto de pasar a la adolescencia (estremecedora Linda Blair).

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Polytechnique (Polytechnique, 2009) de Denis Villeneuve

Polytechnique

Abro el periódico o pongo el televisor y me preocupan las declaraciones vertidas por algunos hombres (y, por desgracia, también mujeres) sobre la sentencia de un juicio, sobre otros asuntos que solo atañen a las mujeres (o en todo caso a una decisión de pareja), sobre que en un documento hay que cambiar un término por otro (porque, fíjate, resulta que es que amplía más el concepto) o sobre opciones de cómo vivir o llevar adelante las relaciones personales o la vida de uno mismo. Más bien me empiezan a entrar sudores, sobre todo cuando se sueltan dichas afirmaciones sin consecuencia alguna, como si fuera algo normal y corriente, como si esa afirmación no ocultara una violencia o no demostrase lo peligroso que es, a veces, jugar con el lenguaje. Me entristece ver cómo El cuento de la criada de Margaret Atwood no refleja un mundo lejano o una sociedad imposible. O de pronto me entra un escalofrío cuando descubro que lo que relata Denis Villeneuve en Polytechnique ocurrió en 1989, pero que desgraciadamente podría haber pasado ahora, en el panorama actual. Y me hace pensar y me asusta, los tiempos no han cambiado tanto.

Polytechnique es el tercer largometraje de ficción del canadiense Denis Villeneuve antes de su salto internacional y recrea, tras un trabajo de investigación y de entrevistarse con los familiares de las víctimas y los supervivientes, la matanza en la Escuela politécnica de Montreal, el 6 de diciembre de 1989. Un joven de 25 años, Marc Lépine, mató a catorce personas e hirió a otras catorce antes de suicidarse. Lo peculiar del caso es que las veintiocho víctimas eran mujeres. Y lo sangrante es que Lépine escribió una carta donde explicaba que su acto era político y que odiaba a las feministas que le habían arruinado la vida. Dejaba claro que estaba cuerdo al realizar este acto.

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Nunca la olvidaré

Alrededor de la mesa…

Mister Hyde (Cedric Hardwicke), el huésped de una familia humilde de inmigrantes noruegos en San Francisco, todas las tardes se reúne con ellos alrededor de la mesa para leerles novelas de su biblioteca. Un día le toca el turno a Historia de dos ciudades de Charles Dickens, y la hija mayor de la familia, Katrin (Barbara Bel Geddes), decide, por la emoción que siente al escuchar la historia, que va a ser escritora. A partir de ese momento esas tardes son sagradas. Nunca la olvidaré es una película evocadora y nostálgica inspirada en las vivencias y en la escritura de Kathryn Forbes (1908-1966), pero también en la obra de teatro de John Van Druten sobre el universo literario de la escritora. Así el espectador es testigo de la vida cotidiana, a principios del siglo XX, de esta familia, pero a través de los recuerdos de Katrin, de su mirada. Y ella articula el relato familiar alrededor de la madre (Irene Dunne). Después de ser testigo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el director George Stevens regresó al mundo del cine de ficción con una película de una sensibilidad extrema, luego iría encadenando una detrás de otra las películas de su filmografía que todo el mundo recuerda: Un lugar en el sol, Raíces profundas, Gigante o El diario de Ana Frank.

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Con la última frase del libro, “En medio de la fresca transparencia de su inolvidable película [los autores se refieren a Los espigadores y la espigadora], Varda descodifica el universo de la representación habiendo aprendido la lección de nuestro guionista invisible: sabemos que el mundo es un escenario, pero no nos resignamos a ser solo sus espectadores”, termino la lectura del ensayo cinematográfico que más me ha gustado en lo que va de año, y que no tengo duda será una de mis lecturas predilectas de 2019.

Sabía que El mundo, un escenario. Shakespeare: el guionista invisible iba a interesarme por dos motivos, pero las expectativas han sido superadas. El primero es que había leído otro ensayo de los dos autores que ya me había enganchado a su manera de mirar y entender el cine: La semilla inmortal. Los argumentos universales en el cine. Y el segundo es que de niña descubrí El sueño de una noche de verano en un cómic y me convertí en una enamorada de Shakespeare. En una devoradora lectora de sus obras de teatro y en una espectadora fiel siempre que he podido admirar algún montaje en el escenario.

Pero por supuesto tampoco he dejado escapar toda película que caía en mis manos que tuviese que ver con el universo shakesperiano. Así devoraba todos aquellos directores que se han sentido influenciados por él y han llevado a la pantalla sus obras como Keneth Branagh, Orson Welles, Akira Kurosawa, Franco Zeffirelli o Laurence Olivier. O también aquellos que se han interesado por alguna de sus obras y las han trasladado a la pantalla como Joseph Leo Mankiewicz, Baz Luhrmann o los actores Al Pacino y Ralph Fiennes. O aquellos realizadores que se dejaban inspirar por sus historias y “argumentos universales”, creando un universo propio o especial, ofreciendo así nuevas lecturas, como Robert Wise, Gus Van Sant o los hermanos Taviani.

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Los hermanos Sisters (Les frères Sisters, 2018) de Jacques Audiard

Los hermanos Sisters

Dos hermanos mercenarios en busca de un hogar…

Las huellas del universo de Audiard siguen presentes en este western crepuscular. La violencia unida irremediablemente a la naturaleza humana, la importancia de los lazos de sangre y el anhelo de un hogar como utopía. El director francés lleva a la pantalla un tono melancólico que a veces hace caída libre hacia un humor sutil (que últimamente no aparecía por su filmografía). Toma como punto de partida una novela contemporánea del canadiense Patrick deWitt, y entre sus líneas está presente ya ese tono triste y divertido a la vez, que ha casado con la mirada de Audiard.

Pero si lo miramos con ojos de western clásico, la película se pierde entre las huellas de El tesoro de Sierra Madre, otros films que atrapan las odiseas de hermanos matones por el viejo Oeste y el regreso al hogar a lo Centauros del desierto. Y también sigue la estela de los nuevos western del siglo XXI que atrapan ese Oeste ya sin tanta leyenda ni épica sino que apunta más a lo emocional (a un punto de vista humanista y existencial), pero con vocación clásica, con dosis de realidad y unas gotas de poesía, tipo El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford o Valor de ley.

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El carnicero

Los ojos azules de Stéphane Audran cuentan esta triste historia de amor.

El rostro de Stéphane Audran, con su pelo corto rubio y sus enormes ojos azules, ocupa la pantalla en los momentos más intensos de El carnicero. La musa y también esposa de Claude Chabrol, otro de los personales directores de la Nouvelle Vague, se pone en la piel de Helene, la directora del colegio de un pueblo rural francés. Y Claude Chabrol la convierte en protagonista de una desgarradora historia amor. Porque Helene vuelve a sentir otra vez, su corazón late con el carnicero del pueblo (Jean Yanne), pero este esconde un secreto que convierte su amor en imposible: es un asesino en serie. A Helene y a Popaul no les separan las clases sociales de las que provienen cada uno, ni sus profesiones tan dispares, ni tampoco lo urbanita que es ella y lo rural que es él…, les separan los instintos primitivos y oscuros que están agazapados en el interior del carnicero. Y Chabrol, sin embargo, es capaz de con ese material tan negro y macabro, filmar una triste, elegante y delicada historia de amor. Y eso incomoda. Si Hitchcock y Buñuel vieron El carnicero, seguro que fue un plato delicatessen para ellos, pues bajo sus fotogramas laten las pulsiones y claves de sus filmografías. La oscuridad y complejidad del amor revolotea en cada una de sus imágenes.

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Semana de cine chileno

Semana chilena

Una oportunidad para ver buen cine.

Una de las cinematografías más emergentes de los últimos años está siendo la chilena. Chile está ofreciendo un cine innovador, inquietante, interesante y con una mirada distinta, renovadora. Así que Cinemachile, el organismo que está promocionando alrededor del mundo el cine patrio, lanza una iniciativa para celebrar su décimo aniversario: la proyección de las diez mejores películas chilenas de esta década según la selección de diez programadores de distintas partes del mundo. Este evento se celebrará en Madrid, París, Berlín y Los Ángeles. Y las salas Golem serán las que acojan esta iniciativa en Madrid. Diez películas que se concentran entre los días 30 de mayo hasta el 2 de junio y que proporcionan la oportunidad de volver a ver algunas obras potentes de directores como Pablo Larraín (No y El club) o Sebastian Lelio (Una mujer fantástica y Gloria) o películas que sorprendieron en la cartelera como La nana o Violeta se fue a los cielos. También recupera algunas películas que se pudieron escapar entre los estrenos como Jesús, Lucía o Matar a un hombre. Y, por último, incluso se proyecta una película no estrenada todavía en España, Tarde para morir joven, de Dominga Sotomayor. También como aliciente, algunas proyecciones contarán al final con coloquios donde estarán presentes los protagonistas, actores chilenos que ya son rostros referentes, como Paulina García, Daniela Vega, Antonia Zegers y Alfredo Castro.

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Las mariposas son libres

Jill y Don crean su propio universo nada más conocerse.

Hay películas pequeñas y olvidadas que de pronto las ves una tarde y te la alegran. Y eso es lo que me ha pasado con Las mariposas son libres. La película es una adaptación de una obra de teatro de Leonard Gershe, y este mismo escribió también el guion. De hecho parte del equipo repitió aventura en la pantalla blanca (el dramaturgo, el director de la obra de teatro y dos de sus actores). Del escenario de teatro a las salas de cine. Los protagonistas de la película son Goldie Hawn, que se estaba convirtiendo en toda una estrella; Edward Albert, que logró buenas críticas en su primer papel protagonista y que he descubierto que era el hijo de un actor al que tengo gran cariño, Eddie Albert, al que recordaréis como el amigo fotógrafo del personaje de Gregory Peck en Vacaciones en Roma; y Eileen Heckart, una secundaria de lujo, que ganó un oscar por su papel en esta película. Si hablo de los actores es porque en este tipo de películas son la clave, y las conversaciones y las relaciones que establecen entre sí son lo que hacen avanzar la trama. En este caso, los personajes nos conducen por una comedia romántica con alguna lágrima. Y los tres están maravillosos como Jill, una chica de 19 años, divertida y alocada, que en su día fue hippy y con un miedo atroz a atarse y al compromiso; como Don, un joven ciego de 21 años, que trata de vivir su vida e independizarse de su madre y que sueña con ser cantante; y la señora Baker, madre de Don, que no lleva bien el desapego de un hijo al que ha protegido y cuidado siempre y que no querría que sufriera por nada del mundo.

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El trompetista

Adiós, Doris…

Hoy que Hildy Johnson cumple un año más…, y es feliz por poder contar con más tiempo para disfrutar de mis pasiones, se despide de Doris Day con una preciosa coincidencia.

Ayer recibí un wasap donde me avisaban del fallecimiento de la actriz. Justo en esos momentos estaba leyendo (y, confieso, pasándomelo fenomenal) las memorias de Michael Caine, La gran vida. The Elephant to Hollywood, (que pronto tendrán su reseña) y, de pronto, os lo juro, no habían pasado ni unos minutos de la noticia cuando leo esto:

“Cruzando la calle se encontraba la Daisy, la primera discoteca de Beverly Hills. Shirley me llevó una noche, temprano, para tomar una copa antes de cenar, y el local estaba prácticamente vacío. De pronto, se abrió la puerta e irrumpieron unas cuarenta chicas idénticas a Doris Day. No era casualidad: participaban en una competición de dobles de la actriz —se llamaba “Doris for a Day”— y las paseaban por los locales favoritos de los artistas… a una hora a la que difícilmente las estrellas estarían en sus lugares favoritos. Sin embargo, aquella era su noche de suerte. En cuanto vieron a Shirley empezaron a proferir agudos chillidos, dos de las chicas se desmayaron y más de una se echó a llorar. Aprovechamos el caos para escapar. ¡Bienvenido a Hollywood!”.

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