Casi nada más empezar Los paraguas de Cherburgo, un joven mecánico opina sobre el ocio de sus compañeros de trabajo: uno, el protagonista, ha dicho que va a ir al teatro a ver Carmen y otro, que no va a parar de danzar en una sala de baile. El muchacho les dice: “No me gusta la ópera, prefiero el cine” y, poco después, vuelve a insistir: “Tanta gente cantando no me gusta, prefiero el cine”. Más adelante una desolada Geneviève (Catherine Deneuve) le confiesa a su madre que quiere morirse, pues su amado va a partir a la guerra de Argelia. Y la mujer sonríe, acaricia a su hija y le susurra: “Solo en el cine se muere de amor”. Jacques Demy, su director, juega con estas citas en su película. Por una parte, todos los actores cantan, más bien recitan, contradiciendo al joven mecánico en un punto. Sin embargo, le da la razón en algo, Demy prefiere el cine entre todas las artes, porque puede conjugar todo lo que ama escribiendo con su cámara. De tal manera, que finalmente hace llegar al público de una sala de cine una tragedia romántica, como si fuese una ópera vanguardista. Por otra, demuestra a la madre de la protagonista que en el cine, en el género romántico, una enamorada desgraciada no tiene por qué morir de amor. Y que una película musical puede no tener un final feliz, a pesar de estar envuelto en colorines.

No solo eso sino que Demy también homenajea a uno de sus géneros más amados, el cine musical de Hollywood. Refina la paleta de colores y dibuja sin miedo una obra reveladora y original. El rodaje de Los paraguas de Cherburgo fue ir contra viento y marea. El director francés apostó por un proyecto cinematográfico de riesgo, y el esfuerzo mereció la pena. Es más, a punto de cumplir sesenta años, sigue siendo una propuesta fresca, que además continua como modelo de varias obras cinematográficas actuales. No hace mucho por estos lares, no tanto en el aspecto formal, pero sí en el tratamiento e idea fondo, se estrenó Cerca de tu casa, de Eduard Cortés. Ahí se contaba, con todos sus actores cantando, el drama de los desahucios, a través del desmoronamiento de una pareja.

Por si fuera poco, la película lanzó definitivamente al estrellato a una joven actriz, que todavía hoy no ha abandonado las pantallas de cine: Catherine Deneuve. Su personaje se expresa a través de su pelo rubio y los distintos peinados, según el momento que vive. O con vestidos que combinan con los fondos de los cuartos que habita o con las calles que pisa. Geneviève se transforma de una joven enamorada a una mujer que ve su vida cambiada por un revés del destino y por otras circunstancias, como las aspiraciones sociales de su madre. Catherine Deneuve ofrece su rostro perfecto y liso como el mármol para cincelar todo tipo de sentimientos. Y su personaje nunca sabrá si hubiese sido más o menos feliz al lado del primer amor. Como tampoco lo sabrá su amado, Guy (Nino Castelnuovo), el mecánico, que tuvo que partir su historia en dos por el servicio militar y una guerra, la de Argelia.

Con un fuerte sentido de la estética, amor a la paleta de pintura y a los colores, y una partitura afortunada de Michel Legrand, Jacques Demy creó una historia sobre el desamor. El cuerpo principal de Los paraguas de Cherburgo transcurre entre noviembre de 1957 y junio de 1959 y culmina con un epílogo triste en diciembre de 1963. Con el tratamiento de una película musical, cuenta una historia con ingredientes de la vida misma, lejos del artificio feliz, que suele acompañar al género. Aunque ya se sabe que el género musical siempre ha estado muy vivo, y es dado a la experimentación y el riesgo. No olvidemos que incluso en Hollywood, en plena Depresión, se realizó un musical que reflejaba la época, Vampiresas 1933, de Mervyn LeRoy, con impresionantes coreografías de Busby Berkeley. Así que Demy orquestó una pieza bella y delicada, que juega en un principio a la extrañeza de la propuesta, hasta que se entra de lleno en ella, para culminar en un final contenido y elegante, pero arrasadoramente triste. Sí, de amor uno no se muere, se desencanta.

En su estructura en tres actos y un epílogo (La partida, La ausencia y El regreso) queda marcado el paso del tiempo y las estaciones. Lluvia, sol y nieve… en Cherburgo. Amor desatado, desencanto y desamor… Alrededor de Geneviève y Guy orbitan no solo el destino, sino otras personas que serán timones en sus vidas y que serán determinantes en las decisiones que tomen. Una madre a la que le importa la escala social, una tía que desfallece, una joven cuidadora, un hombre de negocios solitario… La historia empieza con ellos dos juntos en el punto álgido del enamoramiento. Luego, cuenta con el punto de vista de cada uno. Primero, Geneviève; después, Guy… Los dos asumen la situación, deciden y continúan viviendo. Para al final volver a encontrarse en un día nevado, y mostrar si se aviva un poco la llama o la nieve invade su alma.

Los paraguas de Cherburgo, y la filmografía de Jacques Demy en general, es como una isla en el cine francés y en la Nouvelle Vague. Un autor peculiar con una escritura propia, con una forma de mirar y de contar. No renuncia al colorido, a la belleza y al artificio para contar un mundo complejo.

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