Tiempo de comedia (2). Más extraño que la ficción (Stranger than fiction, 2006) de Marc Forster/ El cielo… próximamente (Defending your life, 1991) de Albert Brooks/Un espíritu burlón (Blithe spirit, 1945) de David Lean

¿Qué es lo que une a Más extraño que la ficción, El cielo… próximamente y Un espíritu burlón? Son tres comedias que indagan en el sentido de la vida y en el más allá. Durante épocas de crisis o de guerra, el cine indaga sobre la vida y la muerte, y nacen películas de corte fantástico como El fantasma y la señora Muir, Su milagro de amor, Jennie, El difunto protesta, La muerte de vacaciones, Liliom…, algunas de ellas en clave de comedia. Los que paseáis por este blog sabéis la predilección de Hildy por este tipo de películas. Por eso en esta serie de Tiempo de comedia, dejo tres más.

Más extraño que la ficción (Stranger than fiction, 2006) de Marc Forster

Más extraño que la ficción, una comedia con mucha poesía sobre la vida.

Cada vez que veo más veces Más extraño que la ficción, más me gusta. Sí, es una comedia melancólica y triste con un personaje gris…, brillante y poético, Harold Crick (Will Ferell). Y nunca mejor dicho, un personaje. Pues Marc Forster cuenta la historia de un inspector de Hacienda solitario que un día oye una voz que está contando su propia vida y que anuncia su muerte inminente e inesperada. Crick lucha desesperadamente por averiguar quién es la narradora y detener su destino. Y para ello busca la ayuda de un profesor de literatura (Dustin Hoffman).

Ante la incertidumbre de esa muerte cercana, Harold Crick empieza a meter el “desorden” en su ordenada y monótona existencia. Se atreve a disfrutar de los pequeños gestos, como comprarse una guitarra, cantar una canción o cuidar más su relación con un compañero de su oficina (algo cercano a la amistad). Y sobre todo se atreve a construir una hermosa historia de amor con una pastelera, Ana Pascal (Maggie Gyllenhaal), a la que le está realizando una inspección de su declaración. Ella es una insumisa de Hacienda. No paga todos los impuestos porque, aunque está de acuerdo y ve que son necesarios los gastos sociales, no apoya contribuir con su dinero a, por ejemplo, la compra de armas. Así que en un principio Crick tiene todas las de perder, la relación empieza desde la confrontación.

Y es conmovedor ver cómo Harold, que ha hecho una de las tareas que le ha puesto el profesor para ver qué tipo de narradora cuenta su vida (dicha tarea es dilucidar si esta es una comedia o una tragedia), corre a comunicarle que su trayectoria es una comedia porque la chica que tanto lo odiaba, ahora lo ama. Pues esa es una de las claves de toda buena screwball comedy.

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Tiempo de comedia (1). El doctor se casa (The doctor takes a wife, 1940) de Alexander Hall

Loretta Young y Ray Milland, pareja sorpresa para un buen screwball comedy, El doctor se casa.

Los años treinta y cuarenta fueron las décadas doradas de la screwball comedy o comedia alocada. Y precisamente el año 1940 cosechó grandes películas de este género. Por ejemplo, Luna nueva, Historias de Filadelfia, Mi mujer favorita o El bazar de las sorpresas. Las screwball se convirtieron en un buen antídoto contra la Depresión. Y además de provocar la risa, hacían pensar. Normalmente, siempre solía haber un personaje que ponía patas arriba el mundo ordenado o en un mundo loco entraba alguien cuerdo. El choque y el roce eran siempre motivo de malentendidos, risas y amor, mucho amor. En las mejores screwball había una lectura de clases sociales y una crítica al sistema. También solían ser protagonizadas por fuertes e independientes personajes femeninos, y a menudo estas eran también la “pieza” del desorden. La guerra entre sexos siempre estaba servida. Entre tanta joya alguna ha quedado sepultada, y su descubrimiento es todo un deleite.

Así ocurre con El doctor se casa, también de 1940, una deliciosa y divertida screwball comedy muy olvidada. Su director es Alexander Hall, y no hace mucho dediqué una entrada a una de sus películas más recordadas: El difunto protesta (Here comes, mr. Jordan, 1941). La pareja protagonista son Loretta Young y Ray Milland (él ya había protagonizado una comedia alocada inolvidable: Una chica afortunada, de Mitchell Leisen), seguidos por unos secundarios de oro, algunos asiduos a este tipo de comedias: Reginald Gardiner, Gail Patrick y Edmund Gwenn, entre otros. Young y Milland están deliciosamente divertidos y con una química muy especial. Ella es June Cameron, una escritora feminista de éxito. Él es el doctor Timothy Sterling, que ambiciona una cátedra en la Universidad que le permita seguir investigando sobre las migrañas, además de tener en su cabeza ideas retrógradas sobre las mujeres. Uno de los guionistas es George Seaton, que también dirigiría películas posteriormente. Es más, es recordado sobre todo por una película navideña de culto: De ilusión también se vive. Pero en su filmografía puede encontrarse una interesante película de espías (Espía por mandato) u otra que inauguró el cine de catástrofes (Aeropuerto).

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10 razones para amar El club de los poetas muertos (Dead poets society, 1989) de Peter Weir

El profesor Keating dejando su semilla del saber en El club de los poetas muertos.

Razón número 1: Carpe Diem. Por qué me marcó la primera vez que la vi

Me recuerdo en un cine al aire libre, adolescente total, hace muchos años… Un cine de verano en un destino de playa. Y yo totalmente hipnotizada frente a El club de los poetas muertos. En mi oído retumbando una expresión latina: Carpe Diem. Así como su significado: “Aprovecha el momento”. Y repensarla posteriormente una y otra vez hasta ir reconvirtiéndose a lo largo del camino en “vive cada momento con pasión, como si fuera el último”.

Me viene a la mente cómo de toda esa pandilla de adolescentes, me quedé con el más tímido, aquel que no puede expresarse, pero que desea gritar. Y a partir de esta película no he dejado de seguirlo: Ethan Hawke. Me visualizo deseando que se cruzara en mi camino un profesor como Keating (Robin Williams) con conocimientos apetecibles (adoraba la asignatura de literatura) y que me transmitiese tanta pasión por la vida y el saber (y he de decir que unos pocos buenos profesores y profesoras se cruzaron por mi camino de enseñanza —antes y después de la película—, también variso bastante malos). Digamos que El club de los poetas muertos fue de esas películas que en un momento de tu vida ves y no olvidas.

Pero la rememoro también visualmente, sus imágenes se quedaron en mi retina. A Peter Weir ya le puse a partir de aquel momento nombre y apellido. De hecho ya me había fascinado con Único testigo. Luego vinieron La Costa de los Mosquitos (otra película que me dejó huella), Matrimonio de conveniencia (que aumentó mi lista de comedias románticas imprescindibles) o El show de Truman. Poco después descubrí sus primeras películas australianas (alguna me queda todavía por visionar), la primera Gallipoli y luego vendría Picnic en Hanging Rock.

Pero sobre todo El club de los poetas muertos ha quedado vinculada para siempre a dos palabras: Carpe Diem, y a lo que me hicieron pensar en ese momento y ahora.

Razón número 2: Me sigue gustando en todos los visionados que hago

Hay películas que no vuelves a ver porque no surge la oportunidad (o porque es difícil volver a acceder a ellas) y otras que repites en distintas pantallas, dispositivos, formatos… Este último caso es el de El club de los poetas muertos, pues la he visto varias veces (la última antes de realizar este texto). Curiosamente es una película que va cosechando una legión de detractores, y alrededor de ella se han escrito críticas y análisis negativos que también tienen interés y ofrecen otras miradas de dicha obra cinematográfica. Por no seguir hablando de las parodias alrededor de ciertas secuencias como la última (todos subidos a las mesas) o la repetida coletilla: “¡Oh capitán, mi capitán!”. Se ataca su “sensiblería”, el “reflejo falso” de lo que tiene que ser un buen profesor, la “superficialidad” de la propuesta, el “guion flojo y previsible”, que qué tipo de “rebeldía” es la que desarrolla, que es una historia de “niños elitistas y pudientes” en un instituto privado, etcétera, etcétera. Y leyendo los argumentos que se exponen no puedo decir que algunos de ellos no sean ciertos, pero para mí continúa siendo una película que me aporta. No solo me parece que esté bien rodada por Peter Weir o bien interpretada, sino que me cala más profundamente. Hay algo en el interior de El club de los poetas muertos que me llega. Es una película con un corazón que late.

Quizá el secreto esté en cómo refleja ese aplastamiento de los anhelos y sueños a través del poder y la sumisión, instrumentos de un sistema que quiere a todo el mundo de color gris, sin colores. Todo esto plasmado en una América conservadora de los años 50 y en una institución de enseñanza de élite (recinto cerrado) donde sus trasnochados principios: tradición, honor, disciplina y excelencia, son transmitidos a sus alumnos, que serán los que ocupen futuros puestos de poder para continuar perpetuando un mundo no solo gris, sino sin posibilidad de cambio. Tipos que a su vez aplastarán los sueños, anhelos y ganas de cambio y mejora de otros ciudadanos. Y en esa América por supuesto todo lo que huela a sensibilidad, empatía, poesía, rebeldía, cultura, arte, teatro, libros…, todo aquello que haga volar la imaginación del hombre… es sospechoso. Pero ¿solo ocurre en ese instituto de élite y en esa América de los 50?

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El viaje de los malditos (Voyage of the damned, 1976) de Stuart Rosenberg

El barco de El viaje de los malditos sin rumbo fijo…

El universo fílmico sobre la Segunda Guerra Mundial (y los años previos) encierra un montón de historias que muchas veces, si no fuera por el cine, terminan siendo enterradas. Así ocurre con El viaje de los malditos, que no deja de tener una triste y desgarrada vigencia, que narra la trágica travesía de un barco, el San Luis. Este barco zarpó del puerto de Hamburgo el 13 de mayo de 1939 con 937 judíos y se dirigían a La Habana. Todos habían conseguido su visado. Muchos de ellos contaban con familiares allí. Lo que parecía un viaje hacia la libertad y la esperanza se convirtió en una pesadilla.

En realidad el viaje tenía fines propagandísticos para la Alemania nazi, que no le importaba qué iba a ser de cada uno de los pasajeros, sino que además la travesía les servía para alimentar su red de espionaje. Goebbels lo ideó para hacer ver que los judíos podían salir de Alemania, pero además dejó al descubierto el antisemitismo que se extendía por todo el mundo. Los viajeros del barco no pudieron desembarcar en Cuba y fueron rechazados por varios países. Tuvieron que regresar de nuevo a Europa y fueron, finalmente, aceptados por un acuerdo entre Bélgica, Países Bajos, Francia y Reino Unido. Pudieron desembarcar en Amberes y acudir a sus distintos países de acogida, pero desgraciadamente la Segunda Guerra Mundial acechaba, y muchos de ellos volvieron no solo a ser perseguidos sino que murieron en los campos de concentración.

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10 razones para amar Desaparecido (Missing, 1982) de Costa-Gavras

Uno de los motivos para amar Missing: Jack Lemmon y Sissy Spacek.

Razón número 1: Basada en hechos reales

Missing empieza y termina con una voz en off objetiva y distante. Primero informa de que es una película basada en hechos reales recientes, explica que hay algunos nombres cambiados y no se especifica cuál es el país donde transcurren los hechos, aunque sí se nombra posteriormente Santiago y Viña del Mar, por tanto no es difícil situarla en Chile, durante el golpe de Estado y los días posteriores. Es decir la odisea de los protagonistas arranca el 11 de septiembre de 1973.

Al final de la película esa voz surge de nuevo ante una imagen impactante de un ataúd deslizándose por la rampa de un avión, y da un carácter más sombrío a la historia. Más cuando la última frase que se ha escuchado del personaje de Jack Lemmon va dirigida al enlace de la embajada americana en Chile y le suelta que se alegra de vivir en un país donde se juzga a tipos como ellos. La voz en off informa de que esto no será así y que no se esclarecerán los hechos ni se juzgará tan pronto a nadie.

Si uno lee atentamente los créditos finales también se fija que la película adapta un libro del periodista Thomas Hauser, que entró en el panorama editorial en 1978 con The Execution of Charles Horman. An American Sacrifice. Luego el realizador franco-griego Costa-Gavras para su debut americano moldea un material sensible que en su momento y en la actualidad todavía remueve (el último juicio referente a los hechos relatados en la película se celebró en 2012). No pasó ni pasa desapercibida, y menos en los nuevos tiempos oscuros que corren.

Así Missing trata sobre las vicisitudes que pasaron Ed Horman y su nuera Joyce para localizar a su hijo y marido, Charles Horman, uno de los desaparecidos en la dictadura chilena. El motivo: Horman era un joven periodista norteamericano que colaboraba en medios progresistas y alternativos y tanto la película como la investigación en la que se apoya apuntan que fue asesinado para ocultar la participación estadounidense en el golpe de Estado. Charles Horman tenía esa información, pues contactó casualmente con militares americanos en Viña del Mar justo en el momento del golpe, y estos compartieron alegremente información con Horman por el mero hecho de que era americano… Y no fue el único americano desaparecido o asesinado, junto a miles y miles de chilenos, la obra de Costa-Gavras refleja también el paradero de otro compañero de Horman, Frank Teruggi.

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Tierras de ningún lugar. Utopía y cine, de Antonio Santos (Cátedra —Signo e imagen—, 2017)

Shangri-La, un espacio utópico de Frank Capra, de su película Horizontes perdidos. El ensayo de Antonio Santos propone un viaje a través de utopía y cine

¿Qué tienen en común películas tan dispares como El show de Truman, Horizontes perdidos, Brigadoon, La Misión, La taberna del irlandés, Almas de metal o Un lugar en el mundo? Todas tienen su lugar en este interesante ensayo de Antonio Santos, porque con cada una de ellas puede analizarse y tocarse un matiz de un término infinito en sus posibilidades: la utopía.

Hay una cita que siempre me ha perseguido y que recoge también esta obra. Su autor es el uruguayo Eduardo Galeano y dejó las siguientes palabras: “¿Para qué sirve la utopía? Sirve para esto: para caminar”. Y ahí está el quid de la cuestión, la humanidad siempre ha tratado de idear un “mundo feliz”. Y en ese espacio solucionar todos los males que nos aquejan. Esos mundos felices se han escrito e imaginado, y algunos incluso se han intentado formalizar, convertirlos en reales. En estos “experimentos utópicos” se ha visto la fina línea entre el “mundo feliz” y el paso a la distopía (fruto también de un ensayo del mismo autor, al que dedicaré, una vez finalizada su lectura, también unas líneas). El secreto de la validez de la utopía es la capacidad del ser humano para soñar y para querer mejorar, avanzar hacia un mejor mundo posible. La utopía permite al hombre pensar y buscar soluciones para una sociedad armónica, capaz de solucionar y lidiar problemas y conflictos, así como de crear espacios adecuados para la felicidad de todos los seres vivos. Un lugar donde exista la armonía entre el ser humano y la Naturaleza… entre las personas y el mundo que les rodea.

Los espacios utópicos, sean fruto de la imaginación o sean reales (esos intentos de formalizarlos), son lugares aislados y únicos. Y finalmente reflejan la sombra o parte oscura de ese mundo perfecto y feliz, el sacrificio para mantener la armonía es no poder dar una nota discordante. La uniformidad puede ser la nueva cárcel.

Antonio Santos (doctor en Historia del Arte, y también especialista en cine) realiza un itinerario apasionante por esas tierras de ningún lugar, dibujando un mapa imposible con paradas soñadas a lugares imaginarios, experiencias prometedoras y fallidas y al entendimiento de diferentes conceptos utópicos, que también han trazado una original manera de analizar la Historia. Utopía y cine, dos conceptos que se dan la mano.

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Solo nos queda bailar (Da cven vicekvet, 2019) de Levan Akin

Irakli y Merab, amor y sensualidad en Solo nos queda bailar

Merab (Levan Gelbakhiani) está enamorado de Irakli (Bachi Valishvili), y, en un momento de felicidad, reacciona como un Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, saltando de alegría. Toda la atracción sensual y sexual se nota cuando bailan juntos. El erotismo se percibe, se respira. Y es tan bello. Los dos están dentro de una compañía nacional de danza georgiana donde no hay sitio para la homosexualidad. Como dice un maestro: “La danza georgiana se apoya en lo masculino. Aquí no hay espacio para la debilidad”, y otro, guardián de la tradición, suelta: “La danza georgiana no son solo pasos. Es la expresión de la sangre de nuestra nación”. Merab descubre tanto el amor como su sexualidad, y con su cuerpo se siente libre de amar a Irakli. Tan libre como cuando baila. También posee la capacidad para apasionarse y respetar la danza georgiana y su tradición…, y lucha por conseguir una plaza importante como bailarín.

Solo nos queda bailar da a conocer al director y guionista Levan Akin con su tercer largometraje. Akin es sueco pero sus orígenes están en Georgia, de hecho de pequeño veraneaba allí. La película empezó a gestarse en su cabeza cuando en 2013 vio por televisión cómo unos cincuenta chicos fueron atacados violentamente por un montón de personas, con el apoyo de la Iglesia Ortodoxa y grupos conservadores. El motivo: habían intentado organizar en Tiflis, capital de Georgia, el primer desfile del orgullo gay.

Desde la vergüenza que le produjeron esas imágenes, sintió la necesidad de volver a su tierra y contar una historia. Así nació el germen de Solo nos queda bailar. Allí no pusieron fácil las cosas a su director durante el rodaje, incluso cuando pidió la colaboración a un famoso grupo de ballet tradicional, estos explicaron que no existía la homosexualidad en sus filas, y alertaron a las demás compañías. Tuvieron que rodar con sumo cuidado, y recibieron presiones y amenazas. Solo nos queda bailar se convierte así en una historia de amor y baile, pero que cuenta también una realidad social y política. No se ha recibido con mucha alegría en Georgia el éxito internacional de la propuesta.

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Sophia Loren y Richard Burton. El viaje (Il viaggio, 1974) de Vittorio de Sica/Breve encuentro (Brief Encounter, 1974) de Alan Bridges

En 1974 Sophia Loren y Richard Burton fueron pareja cinematográfica en dos películas que han caído en olvido. La primera fue también la última película de Vittorio de Sica y es la adaptación libre de un hermoso relato, con el mismo título, de Luigi Pirandello. Y la segunda es otra adaptación (que se realizó para la televisión) de la obra de teatro en un acto de Noel Coward, Still life, de la que David Lean realizó una película inolvidable en 1945. Ninguna de las dos es redonda (la segunda es más bien fallida), pero, sin embargo, esconden una matizada belleza y detalles interesantes.

Las dos reflejan un melancólico romanticismo. Dos historias tristes de amores efímeros, imposibles. En ambos el presente de los personajes adquiere una importancia vital. Son un canto a la vida y a atrapar algo tan inexplicable e intangible como los lazos que se establecen entre dos personas, sin saber muy bien el porqué.

En un libro que narra la historia de Liz Taylor y Richard Burton, El amor y la furia, se cuenta brevemente algunos detalles de lo que pudieron suponer estos rodajes. Sophia Loren y Carlo Ponti pusieron en marcha el proyecto de El viaje, y acogieron a un Richard Burton que trataba de dejar el alcohol (pero caía una y otra vez) y se encontraba en plena separación y tormenta con Liz Taylor (con reconciliaciones entre medias). Un Burton envejecido y deteriorado, que preocupaba al mismísimo De Sica, se incorporó al rodaje: “Llegaba al rodaje temblando, mareado. Se me partía el corazón al verlo…”. Sophia Loren también se preocupó de Burton, pero construyeron una amistad entre tantos truenos. De hecho fue ella la que pidió a continuación de El viaje que le contratasen para el remake de Breve encuentro (en un principio iba a actuar Robert Shaw, pero le esperaba Tiburón). En esta película para televisión también estaba detrás su esposo Carlo Ponti. Ninguna de las dos películas se suele nombrar cuando se repasa la filmografía de ambos. En las dos se desvela un Richard Burton envejecido, apagado y muy envarado, al que salva su magnetismo natural, su poderosa voz y la mirada de sus ojos azules. Y acompañado de una bellísima, sofistica y madura Sophia Loren.

El viaje (Il viaggio, 1974) de Vittorio de Sica

Sophia Loren y Richard Burton como personajes pirandellianos en El viaje, testamento de Vittorio de Sica.

No sería una mala sesión doble El viaje y Una historia inmortal (1968) de Orson Welles. Hay algo que las une, en su narración cinematográfica, en la melancolía que se les escapa, en esa luz cercana a la irrealidad, en un lirismo especial… Y en la elección de dos hermosos relatos de un tiempo pasado, efímero. El viaje es un canto a una vida que se escapa, que se va. Sí, es una última película. Un canto a la belleza. Irregular y hermosa, como la propia existencia.

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Jojo Rabbit (Jojo Rabbit, 2019) de Taika Waititi

Jojo Rabbit y su madre, Rosie.

Jojo es un niño de diez años que todavía no sabe abrocharse los zapatos. Y, por eso, se fija mucho en ellos. Su madre Rosie le anima a que pase lo que pase en la vida, nunca deje de bailar. Y ella tiene unos bonitos zapatos, granates y blancos. Con ellos pedalea, baila y protege a su hijo. La visión de esos zapatos en un momento determinante será una dura bofetada para que Jojo abandone de golpe la infancia y entienda, de la manera más dura, el mundo que habita. No son los zapatos rojos que llevan por el camino de baldosas amarillas, son los que vuelven a un niño consciente de la cruda realidad que le rodea. A partir de ese momento, sabrá abrocharse los cordones, pues ya ha sido duramente preparado para la madurez. Jojo Rabbit cierra con una frase del poeta Rainer Maria Rilke, que sigue haciendo referencia, de alguna manera, a los zapatos: “Deja que todo te pase, la belleza y el terror, solo sigue andando, ningún sentimiento es definitivo”.

El acierto de Taika Waititi es la mirada que elije para su historia. Y es la de un niño con una imaginación desbordante que vive en la Alemania nazi. Un niño que se siente perdido y solo, pese a la figura protectora de la madre y a la presencia de su gran amigo, Yorki (sus intervenciones son geniales). El padre de Jojo está ausente, el niño tiene muchas inseguridades y poca facilidad para hacerse amigos. Además están en guerra. Y esa mirada construye una historia de desbordante imaginación con todos los ingredientes de un buen cuento. Un cuento donde un niño debe seguir un camino, con diversos obstáculos, para enfrentarse a la vida. En ese camino hay muchos compañeros de viaje, y como muchos cuentos clásicos, se mezcla lo bello e insólito con el horror más absoluto. De manera que Jojo vivirá un momento hermoso e inocente, siguiendo el vuelo de una mariposa con alas azules, y esta la guiará hasta unos zapatos, que enfrentarán al niño al horror más absoluto.

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Kirk Douglas, un extraño en mi vida

Kirk Douglas, así lo quiero recordar.

No podría decir cuál es mi primer recuerdo de Kirk Douglas. Siempre estuvo ahí. Un extraño en mi vida, pero presente en muchos momentos. De hecho para mí ya era inmortal. Como un semidiós. Sin embargo, sabía que continuaba en este mundo. No hace tanto, contó en un libro, con entusiasmo y energía, el rodaje de Espartaco y su lucha contra las listas negras (Yo soy Espartaco).

No podría decir cuál es mi primer recuerdo de Kirk Douglas. Pero sí que me gustaba su pelo alborotado, rojizo. Su hoyuelo. Y esa sonrisa pícara. Quiero despedirme con una imagen tierna, recuperar a ese marinero aventurero y revoltoso, que toca el banjo con una foca en 20.000 leguas de viaje submarino.

Escribió sus memorias. Le gustaba contar historias. Era el hijo del trapero. Un hombre con mucha fuerza. Luchador y cabezota. Y apegado a sus raíces. Cuando se hizo productor, le puso a su compañía el nombre de su madre, Byrna.

Cuando le recuerdo, me viene a la cabeza otro actor con el que hizo bastantes películas, y además eran buenos amigos, Burt Lancaster. ¡Menudo dúo! Los dos de sonrisa amplia, y siempre a punto con una pirueta en el aire. Es más uno de mis recuerdos de la infancia me sitúa en un cine, ilusionada y pasándomelo de lo lindo con los dos en su última película juntos: Otra ciudad, otra ley (Tough Guys, 1986).

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