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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Aviso de Hildy: mis adorados visitantes, durante varios días, hasta el mes de junio, estaré ausente del blog, pero por algo bueno: ¡me tomo unos días de descanso y desconexión! Luego volveré con fuerza y con muchas ganas de seguir aportando textos y mejorando el blog. De momento, guardo en la cartera un doblete maravilloso con William Dieterle y Joseph Cotten. Por una parte la etérea y misteriosa Jennie, una de las obras más importantes de su filmografía; pero por otra también descubriremos una película más desconocida, muy bella y realista, que narra el principio de una historia de amor compleja por la situación que viven los dos personajes principales, Te volveré a ver. También recomendaros Custodia compartida, que cuenta una tremenda historia de violencia de género, pero Xavier Legrand, el director, emplea el lenguaje cinematográfico de un thriller agobiante y de una película de terror que deja sin respiración. Interesante para el análisis del fondo y la forma de una película. Como hago todos los años, en el día de mi cumpleaños (que es hoy), me hago un regalo en forma de película. Este año fui sola a la sala de cine el sábado por la noche… y ¡lo que pude disfrutar con el documental que os voy a reseñar a continuación…!

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Maria by Callas

David Frost entrevista a una Maria Callas sincera y cercana

Durante una entrevista con David Frost en el año 1970, Maria Callas se muestra totalmente cercana y sincera. Y son esas imágenes en blanco y negro las que vertebran el documental de Tom Volf. Desde el principio reconoce cómo a lo largo de su vida Maria ha batallado con Callas y viceversa. La Callas es La Divina, la diva que pisa los escenarios y alcanza el cielo con su canto. Y Maria es una mujer que desea una vida sencilla, estar junto al hombre amado, construir una familia y tener hijos…, poseer una vida íntima alejada de las cámaras. Así Volf con una labor de documentación valiosa, minuciosa y certera presenta las luces y sombras de Maria Callas. Solo hay una guía para construir el retrato de esta mujer, además de sus imágenes, su propia voz.

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Josef von Sternberg fue un creador de ambientes y atmósferas que fueron evolucionando al exotismo y al escapismo. Su cine en blanco y negro era entrar en otro mundo, otro universo. Un director con una mirada especial. Cuando rodó en Alemania El Ángel Azul, descubrió a Marlene Dietrich y los dos crearon un binomio artístico en un mundo exótico. Luego Sternberg fue cayendo en olvido y su musa siguió convertida en leyenda. Pero antes de Marlene, existió un Von Sternberg que ya arriesgaba, innovador y con una personalidad creativa arrolladora. Un director que aunque reflejara los bajos fondos y las más bajas pasiones, aunque el aire transportara la tragedia, permitía la posibilidad del amor fou, de la pasión más arrebatadora, de la huida posible… Y de sus atmósferas y su puesta en escena, surgía la belleza, una belleza al margen, inquietante, pero atrayente. Von Sternberg era capaz de reflejar la humillación de la manera más desgarradora y también la pasión y la entrega irracional al otro. Y de su cine surgían reflexiones complejas, incluso incómodas. Con La ley del hampa se convierte en el precursor del cine gánsteres y deja semillas de lo que será el cine negro…, pero siempre estará su mirada fascinante. Y en La última orden deja una compleja y pesimista reflexión sobre el cine dentro del cine y la revolución. Y en ninguna de las dos está Marlene y sí otra actriz que destacó también con Sternberg y que hoy campa en el olvido: Evelyn Brent, rodeada de plumas y perlas. Las dos películas son puro cine silente.

La ley del hampa (Underworld, 1927)

La ley del hampa

El trío protagonista de La ley del hampa… amistad, pasión y redención.

El germen del cine de gánsteres y de lo que sería también el cine negro está atrapado en los fotogramas de La ley del hampa. También es cierto que estaba la pluma incisiva de Ben Hecht, que visitaría más de una vez los dos géneros. Hecht como periodista sabía captar el pulso de la sociedad y los protagonistas de los periódicos eran los gánsteres y la ley seca. Así que más tarde o más temprano, iban a dar su salto a las pantallas de cine. Von Sternberg extrajo la esencia de ese mundo para encerrarlo en una atmósfera recreada. Y no fija el objetivo de su cámara en el ascenso y caída del gánster, sino en las relaciones de un trío formado por el gánster, su prometida y un alcohólico al que extiende la mano y se convierte en hombre de confianza.

Por lo tanto ya queda instaurado uno de los pilares de varias películas de gánsteres y posteriormente de películas de cine negro: los hilos entre el trío protagonista que suele devenir en tragedia. Los dos amigos con caracteres opuestos pero complementarios. Y la chica… entre los dos, que en La ley del hampa ya esconde características de futuras femme fatales, pero aquí con cierta inconsciencia. A pesar de la brutalidad del protagonista y su desequilibrio emocional ya se le pinta con cualidades que le hacen ganar la simpatía del espectador. En La ley del hampa, el gánster es Bull Weed (George Bancroft), un ladrón de bancos y joyas, que alardea de su fuerza, atrevimiento y bravura. Se cree dueño y señor de la ciudad, impune al mal. Es un bruto que es capaz de echar una mano a un niño hambriento o de dar de beber con su dedo a un gatillo o de ayudar a un hombre alcohólico que luego convierte en amigo, a Rolls Royce (Clive Brook). Es vital, bebe, ríe, se lo pasa bien, amigo de sus amigos… y da todos los caprichos a su novia Feathers McCoy (Evelyn Brent), que hace perder la cabeza a sus rivales.

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La casa junto al mar (La villa, 2017) de Robert Guédiguian

La casa junto al mar

Tres hermanos en una casa junto al mar…

Cuando vi en los noventa Marius y Jeannette, Robert Guédiguian entró a formar parte de la nómina de directores a los que seguiría su trayectoria sin remedio y siempre que pudiera, de manera fiel. Marius y Jeannette por un motivo u otro me deslumbró. Así ya no me separé del director y de su trío protagonista: Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan (y de otros actores frecuentes en sus películas como Jacques Boudet). La última donde volví a verlos juntos fue en Las nieves del Kilimanjaro en 2011. Cuando Guédiguian les hace vivir en su amada Marsella, cuando pone sobre la mesa la dificultad de ser coherente y fiel a un ideario político de izquierdas, cuando habla de ilusiones perdidas, cuando se muestra contrariado por el paso del tiempo y el cambio en los paisajes físicos y mentales, cuando expone a través de los actos de los personajes que nada está perdido…, que se pueden perseguir los ideales y los sueños, que la lucha continúa…, que uno puede equivocarse y cansarse, pero que siempre uno puede levantarse, que la solidaridad no es una palabra vacía, vieja o sin sentido, que sigue existiendo la buena gente…, que hay rebeldes, románticos e idealistas, que las distintas generaciones pueden chocar y tener distintas miradas sobre la realidad, pero que pueden caminar juntos, incluso llegar a entenderse y comprenderse, cuando muestra un sentido tragicómico de la vida; entonces este director particularmente me emociona y me llega a lo más profundo. Y La casa junto al mar reúne todas esas condiciones.

La sensación de estar viendo rostros amigos y de vivir sensaciones que te hacen salir de la sala de cine con una tranquilidad vital, como si realmente pudieras quedarte en esa casa junto al mar, hace que la película pueda dejar al espectador un poso profundo. Robert Guédiguian tiene una manera muy peculiar y elegante de ir a contracorriente con los tiempos que corren. Es encantador ver una secuencia en que de pronto todos los personajes piden un cigarrillo (aunque no fumen o lo hayan dejado) y todos se ponen a fumar tranquilamente, con placer, frente a un balcón, mirando el mar. En un momento en el que en la pantalla de cine no es políticamente correcto ver fumar a personajes que viven en nuestro presente. Y todo después de un momento sobrecogedor.

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Un giro a la comedia romántica. Un sol interior (Un beau soleil intérieur, 2017) de Claire Denis

Un sol interior

Juliette Binoche deja ver en todo momento su sol interior…

¿Os imagináis una comedia romántica donde la heroína (Juliette Binoche) termina más sola que la una, con una empanada mental impresionante, y llorando sus penas a un gurú descreído (Gérard Depardieu), entre adivino y psicólogo? Y que aunque el gurú le ha soltado frases totalmente claves para su felicidad, el espectador sabe que ella seguirá con su empanada y erre que erre buscando el amor, y que todo lo escuchado le entra por un oído y le sale por otro. Esas palabras mágicas son algo así como que no busque más príncipes azules; que disfrute de su pasión, que es la pintura y además su trabajo; que goce, ya que puede, del día a día y de las aventuras que vaya teniendo… Y que si viene el amor, pues bienvenido sea y que si no, pues que no se amargue. Y lo más importante, le suelta: “Tú tienes tu propia luz interior, no hace falta que nadie te la encienda”… Mientras van apareciendo los títulos de créditos y ellos siguen hablando y hablando…

Ahí está el atrevimiento y la gracia de Claire Denis en esta comedia ¿antirromántica?, su heroína, una mujer que ronda los 50, vive angustiada por sus ansias de enamoramiento y sus fracasos continuos; esto la impide ser feliz y se pasa las noches llorando en la cama o en las esquinas. Y no sabe que tiene la solución al alcance de la mano, no la ve. Tiene la suerte de poder vivir el presente o la vida tal y como la viene, que además no está nada mal.

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Agáchate, maldito

La complicidad de Juan y John en ¡Agáchate, maldito!

Juan (Rod Steiger) le dice indignado a John (James Coburn): “La revolución, la revolución… Hazme el favor de no hablarme nunca más de revoluciones. Yo sé muy bien cómo es eso y cómo empieza. Llega un tío que sabe leer libros y va donde están los que no saben leer libros, que son los pobres, y les dice: Ha llegado el momento de cambiar todo. Sé muy bien lo que digo, que me he criado en medio de revoluciones. Los que leen libros dicen a los que no saben leer libros, que son los pobres: Aquí hay que hacer un cambio. Y los pobres diablos van y hacen el cambio. Luego los que leen libros se sientan alrededor de una mesa y hablan, hablan y hablan y comen, hablan y comen… y mientras ¿qué fue de los pobres diablos? Todos muertos. Esa es tu revolución. Por favor, no me hables más de revoluciones. ¡Puerca mentira! ¿Sabes qué pasa luego? Nada”. John le ha escuchado atentamente, se queda mirando el libro que está leyendo y lo tira al suelo: El patriotismo de Mijail Bakunin. Esta es una secuencia de ¡Agáchate, maldito! (película que sufrió varios cambios de títulos durante su distribución: Giù la testa, Erase una vez… la revolución, Duck, you sucker, A fistful of dynamite…) que casa perfectamente con la cita de Mao Tse Tung que abre la película: “La revolución no es una cena social, un evento literario, un dibujo o un bordado. No puede hacerse con elegancia y cortesía. La revolución es un acto de violencia” y con la mirada de Sergio Leone, que cuenta para ello con los ojos de sus dos protagonistas. Los dos personajes principales se conocen en plena revolución mexicana y el director se apropia de sus miradas. Juan y John no son héroes, son dos personajes que arrastran sus propias historias personales y se ven envueltos en la revolución. No hay idealización… No son dos héroes, sino más bien antihéroes con sus contradicciones y defectos a cuestas. Sí se muestra la crudeza, la dureza, la violencia, la traición, el sentimiento de culpa, la venganza… Pero también la amistad, el perdón, el compromiso…

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La casa 322

Dos amantes atrapados en la casa número 322.

Estoy asombrada… Cómo las películas dialogan entre sí o esconden hilos invisibles que van viendo la luz. El otro día me escribía con Bet, del blog La chica del parasol blanco, y le contaba que había visto una nueva película de Barbara Stanwyck y George Sanders que me había gustado mucho, El único testigo (Witness to Murder) de Roy Rowland. Y ella me preguntaba, al enterarse del argumento (una mujer es testigo de un asesinato a través de su ventana), que si haría una buena sesión doble con La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock… y le contesté que sí. Lo que no me esperaba es que al visionar hace poco una película que iba persiguiendo desde hace años: La casa número 322… me iba a dar cuenta de que había descubierto una ¡sesión triple espectacular! ¿Por qué hubo tantas ventanas indiscretas en 1954…, año que además comparten las tres?

La casa número 322 de Richard Quine también está envuelta con los ingredientes del cine negro puro. El protagonista es un policía, en un principio honrado y hombre normal y corriente, con cara de Fred MacMurray… y, de nuevo, como en Perdición, se cruzará con una femme fatale que le conducirá a un destino funesto. Lo único que en aquella MacMurray era un agente de una compañía de seguros que se encontraba con una femme fatale de armas tomar y muy activa en el plan (con rostro de Barbara Stanwyck, aquí la tenemos de nuevo)… Los dos caían conscientemente al abismo. Y en la película de Richard Quine, que esconde en muchas de sus películas un romanticismo trágico, es una femme fatale a su pesar, una superviviente en una sociedad de depredadores. Sí, es la que enciende la mecha, pero como sin darse cuenta, y es una víctima de un mundo masculino que la consume y la arrastra a la deriva. El policía cae en sus brazos… y los dos caen al abismo porque van en busca del dinero. Su falta en el pasado, sus vidas desgraciadas y su instinto de supervivencia hace que lo identifiquen como la única salida para la felicidad en común.

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Matar a Jesús

Matar a Jesús, una reflexión sobre la violencia.

El cine como catarsis. La directora colombiana Laura Mora Ortega (1981) vivió un hecho traumático a los 22 años. Su vida se rompió en mil pedazos: fue testigo de la muerte violenta de su padre por unos sicarios. Entonces, durante su periodo de duelo, rabia e impotencia por la injusticia (a día de hoy el caso de su padre no se ha resuelto), tuvo un sueño: Laura se vio fumando en un mirador con vistas a Medellín, de repente un chico de su edad se ponía a su lado a hablar con ella, y en un momento de la conversación él le decía: “Yo me llamo Jesús y yo maté a tu papá”. Y a partir de ahí empezó a dar forma a este personaje… y a escribir y escribir. Conversaba con el asesino de su padre y trataba de dar respuesta a todas las preguntas que escondía en lo más hondo de su alma. Vomitó lo que tenía dentro en un guion y se puso detrás de una cámara para rodar Matar a Jesús. El cine como vómito, pero también como reflexión inteligente sobre la violencia y la venganza.

La protagonista de su película, Paula, es una universitaria con inquietudes artísticas y arropada por su familia, sobre todo por su admirado padre, un profesor de Ciencias Políticas en la universidad pública de Medellín. Un día va a buscarlo a su clase y de regreso a casa en coche, ella es testigo de cómo pasa una moto con dos jóvenes y uno de ellos dispara contra su padre y lo mata. A partir de ahí la vida de Paula se disuelve y también la unidad familiar, además de que cada vez va creciendo más su impotencia y su rabia cuando ve que las fuerzas del Estado no responden ante el asesinato de su padre. Y un día que sale con sus amigos universitarios por la noche, se cruza con el joven sicario. Y decide acercarse a él y conocerlo… con el objeto de vengarse, sin importarle las consecuencias. El joven sicario se llama Jesús.

Antes de que muera asesinado, Paula ve a su padre dar una de sus populares clases donde apela a la inquietud y a mantenerla siempre viva… Preguntarse por las cosas, por los motivos, entender el mundo que le rodea… Y eso es lo que hace Laura Mora Ortega con su película. Pero también hace una película política, se posiciona. Y su cita referencial también la dice ese padre de la ficción en su clase, citando a Michel Foucault: “A los individuos nos corresponde indignarnos, a los gobiernos reflexionar y actuar”. Así Mora se indignó con lo que le ocurrió, pero encontró la manera de reflexionar, algo que los sucesivos gobiernos de su país (y de tantos otros países) no hacen. Canalizó su rabia y su dolor, sus ganas de violencia y venganza.

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Piel de asno

El cuento de Piel de asno bajo la mirada de Demy

Charles Perrault recopiló varios cuentos populares bajo el título Los cuentos de mamá oca (o también Los cuentos de mamá ganso). Así recogió de la sabiduría popular historias como la de La bella durmiente, El gato con botas, Caperucita Roja, Cenicienta, Barbazul… En posteriores ediciones se añadieron algunos cuentos más con la peculiaridad de que no eran en prosa… sino en verso. Y entre ellos se encontraba Piel de asno. Estos cuentos de hadas presentan siempre elementos mágicos, de fantasía, donde se agazapa el inconsciente… y una mirada al mundo donde no se esconde lo oscuro, lo grotesco, lo terrible… Eran historias de tradición oral y que su público fuera infantil es algo más tardío, de los siglos XIX y XX. Los cuentos son herramientas para entender cómo funciona el mundo o cómo enfrentarse a distintos obstáculos. Y algunos de ellos se quedan grabados en la memoria infantil para siempre. Y a Jacques Demy uno de los cuentos que le marcó fue precisamente Piel de asno. Hoy este cuento no creo que sea muy leído por las nuevas generaciones. Es más no creo que Jacques Demy hubiese podido plantear actualmente la película con esa mirada hacia su universo infantil.

Hoy en día hay una corriente que considera que hay cuentos de hadas, populares, que no se amoldan a la mirada actual, que no son políticamente correctos. Y que por eso, para transmitírselo a los niños de hoy, es mejor modificarlos. No es algo nuevo. Walt Disney transformó los cuentos a su propio universo. Si nos ponemos puristas hasta recopiladores como el propio Perrault o los hermanos Grimm…, los suavizaban. También es cierto que ellos lidiaban con varias versiones orales y creaban una historia escrita. Pero esta corriente actual hace que se pierdan joyas literarias como Barbazul o Piel de asno y que otras se modifiquen absurdamente. Y yo me hago una pregunta: ¿no sería mejor dejar esos cuentos tal y como están, sin modificarlos, que son pequeñas joyas literarias y que poseen un análisis apasionante… y para transmitir esa “nueva mirada” se crearan cuentos nuevos acordes a “nuestros tiempos”? Y es que la literatura infantil está viva y es rica… y me consta (pues me encanta indagar por estos mundos) que se están creando relatos maravillosos… Entonces ¿por qué tocar esos cuentos de hadas? Además hay otra cuestión apasionante, cuando el niño escucha o lee el cuento… su recreación, lo que atrapa es uno de los grandes misterios de la literatura. Y es que esos cuentos tienen revelaciones y cada lector los absorbe, “los mira”, “los siente” de manera diferente. A mí me marcaron mucho en mi infancia Barbazul, El traje nuevo del emperador o La bella durmiente. Y de Barbazul me quedaba con lo siniestro, con el terror y con la heroína que investigaba, que sentía curiosidad, que quería saber… No era un personaje pasivo. Sí, es cierto, los cuentos de hadas presentan un mundo duro, cruel, oscuro, terrible, plantea cuestiones complejas… y a veces no tienen finales felices, pero ¿cómo es la vida? ¿Y cómo es la realidad que vivimos?

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La vida lliure (La vida lliure, 2017) de Marc Recha

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El arte de contar historias… Marc Recha necesita pocos ingredientes para construir una película de aventuras. Un rincón hermoso de Menorca, dos niños con imaginación desbordante y mucho tiempo, su rudo tío (un hombre sencillo, de campo, pero con toda la sabiduría rural), la ausencia de la madre (en tierras lejanas), un misterioso barco anclado y sus visitantes, el encuentro de un tesoro… y Rom, un hombre maduro y solitario. La película, como un libro abierto en el que se van pasando las páginas con gozo, nos sitúa en una historia tardía, del pasado, a finales de la Primera Guerra Mundial, y con la virulencia de la gripe española siempre presente. La mirada inocente de unos niños, sus juegos… y un deseo: reunirse con la madre en Argel. Y mientras, el paso del tiempo, el misterio, la vida de los pequeños en compañía de Rom y del tío (como dos extraños antagonistas). Una sinfonía de rostros con historias (desde los niños, Mariona Gomila y Macià Arguimbau, a Sergi López convertido en el orondo Rom, como si fuera un viejo pirata). Sí, puro cine de aventuras sin artificio alguno.

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Para Isis

El ojo de la aguja

Dos amantes trágicos en la isla de las tormentas

La isla de las tormentas es el título de la novela de Ken Follet que adapta Richard Marquand en la película El ojo de la aguja. Y es curioso porque los dos títulos hacen justicia a esta cinta. El primero, el de la novela, más simbólico, describe perfectamente la naturaleza emocional de la película y su parte de historia de amor desatada con aires de melodrama exaltado… El segundo, El ojo de la aguja, más incisivo nos describe la frialdad y racionalidad del mundo de los espías en la Segunda Guerra Mundial. La película funciona a la perfección porque alcanza el equilibrio justo entre esas dos perspectivas: entre la película de espías y el romanticismo desesperado. El ojo de la aguja va preparando la incisión perfecta, como si Marquand tuviera el estilete del protagonista, para llegar al clímax final con las dosis suficientes de ritmo, emoción y tensión.

Pero hay otros elementos que hacen no solo que funcione El ojo de la aguja, sino que la película permanezca en el recuerdo y sea además una película sumamente entretenida. Por una parte el personaje del espía nazi, el malo de la función, aquel que se apoda El aguja (porque su arma más eficaz es un estilete), pues curiosamente el espectador lo conoce como un frío, solitario, inteligente y calculador asesino para convertirse, de pronto, en un hombre enamorado y atrapado en una guerra que no le deja alcanzar la felicidad. El aguja se transforma en el héroe romántico por excelencia. Su talón de Aquiles será una mujer aislada y también atrapada en una isla que arrastra unas trágicas circunstancias personales, pero que no dudará en convertirse en sujeto activo de una historia que la tenía al margen…, aunque la suponga de nuevo la soledad. Estos personajes tienen el rostro de dos actores con carisma y mucha química: Donald Sutherland y  Kate Nelligan, una secundaria de carácter en uno de sus pocos personajes protagónicos.

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