Un cumpleaños más… y mucho cine

Un 14 de mayo, fecha de mi cumpleaños, se hizo la primera proyección pública de cine en Madrid. Sus espectadores pudieron ver entre otras cosas imágenes en movimiento en la Puerta del Sol.

Pues sí, he cumplido un año más. ¡Y menos mal! El otro día un amigo me decía que cada vez que era su cumpleaños le entraba angustia, pues se planteaba que cada vez le quedaba menos tiempo para leer, ver películas, exposiciones, obras de teatro, escuchar canciones…, que había tanto que disfrutar y nos faltaban horas. Y yo le doy un pequeño giro, un cumpleaños es un año más que tenemos para, por suerte, poder hacer todas esas cosas.

De pronto, por el algoritmo de mi móvil me entró ayer una noticia, justo el día de mi cumpleaños, el 14 de mayo, que me hizo recordar algo maravilloso. Y que os cuento con orgullo. Este día estaba destinado para mí. ¡Fue el día donde se realizó la primera proyección pública de cine en Madrid! Qué emoción me produjo leerlo justo el día de mi cumpleaños.

Sí, en un lejano 14 de mayo de 1896, uno de los pioneros operadores de cámara de los hermanos Lumière, Alexandre Promio, se vino a Madrid a presentar el invento. Y para esa exhibición que mejor que grabar una ciudad viva en su día a día: la salida de unas alumnas de un colegio, la actividad en la Puerta del Sol, que si la plaza de toros, que si las maniobras de artillería en Vicálvaro y mucho más… El lugar elegido para dicho evento fue el salón del ya desaparecido Hotel Rusia, que según dicha información, actualmente es el Centro de Salud Las Cortes.

Pensé que no me hubiese importado mirar por un agujerito y presenciar cómo fue esa exhibición y qué supuso para los que estuvieron presentes. Si algunos lo olvidaron nada más salir y si a otros dicha proyección les marcó o les dejó hambre de más…

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Adiós, Adolfo Aristarain

El universo de Adolfo Aristarain con sus personajes Dante, Alicia y Martín padre. Los tres son guías especiales para un joven perdido.

Con tristeza leí el lunes, nada más levantarme, que había fallecido Adolfo Aristarain. Y esta noticia me hizo retroceder a los años noventa. Recuerdo durante esos años que Aristarain era cita obligada en los cines españoles. Todo empezó con Un lugar en el mundo (1992). Esa película se convirtió en la favorita de muchos y es de esas películas a las que apetece volver siempre. Es una historia de idealismos en forma de western con unas gotas de Raíces profundas.

Después, recuerdo con gran cariño, pero no he vuelto a verla, La ley de la frontera (1995), una película puramente de aventuras con pillos, bandoleros y fotógrafa que atrapa instantes. Más tarde, tocó Martín (Hache) (1997). Y la última película que vi del argentino en cines fue Lugares comunes (2002), que la disfruté en el propio festival de San Sebastián, sobre ilusiones perdidas y recuperadas. Se me quedó en el tintero la última película que rodó dos años más tarde, Roma, que sin duda veré algún día.

El martes en la segunda cadena de la televisión pública española emitieron, como despedida, Martín (Hache), y pude volver a verla. Reconozco que regresando a ella en este siglo XXI y cuando ya soy mucho más mayor, la he entendido mucho mejor que en su momento y me ha llegado más. Sí, en ciertas secuencias, me emocioné mucho y en otras me enfadé bastante (todas las relacionadas con el personaje de Alicia, su final y la reacción de los demás personajes, sobre todo de Martín adulto).

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Reflexiones alrededor del revuelo con la nueva versión de Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, 2026) de Emerald Fennell

«Cumbres Borrascosas», con comillas, de Emerald Fennell.

Cierro las páginas de la edición que siempre he leído de Cumbres borrascosas y ha vuelto a engancharme y a meterme en ese universo fantasmal y de amor fou que Emily Brontë vertió en su novela. Otra vez, me he sentido transportada a esas casas de campo de los Earnshaw y la de los Linton en medio de la naturaleza salvaje.

Y me ha estremecido, como siempre, ese personaje oscuro que es Heathcliff, que nunca se supo de dónde vino ni tampoco adónde va ni cómo consigue su fortuna cuando abandona la casa de Cathy. Lo trajo de la calle el padre de Cathy y Hindley y cambió la dinámica familiar para siempre.

Ese hombre que cuando siente que su compañera de juegos y enamorada Cathy puede sucumbir a la vida cómoda de los Linton y alejarse de su lado, huye, para regresar con fortuna y vengarse. No se sabe nunca dónde ni qué hace ni cómo vuelve con dinero.

Y cuando regresa, vive solo para devolver odio a los que le hicieron daño y también a las generaciones futuras. Todo arrastrado por su tormentosa relación con esa niña con la que creció en las landas y con la que se siente irremediablemente unido…

La historia de Cathy y Heathcliff nos es contada por otros que vivieron con ellos. Sobre todo por esa ama de llaves fiel, Nelly. Y esta a veces sabe lo ocurrido por otros que le narran lo acontecido. Todo es a través de sus ojos, ¿es una narradora objetiva y fiable? Ese es otro de los elementos que dan encanto y ambigüedad al relato. ¿Es Cathy egoísta, voluble, rencorosa y demás atributos? ¿Es Heathcliff hombre tan misterioso y oscuro?

Si algo ha conseguido Emerald Fennell es que se vuelva a hablar de Cumbres borrascosas y de las hermanas Brontë (sobre todo de Emily), puede que alguien lo vuelva a leer (como me ha pasado a mí) o que otro se adentre en su lectura por primera vez. Los que nunca la hayan leído, asistirán alucinados a una obra desconocida, pues nada tiene que ver la novela con la historia que nos cuenta Fennell.

En numerosas entrevistas la directora y guionista dice que hay que tener en cuenta las comillas del título, pero es que no es una adaptación libre o heterodoxa, que atrapa su espíritu. No, no tiene nada que ver con eso.

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Reflexiones alrededor del documental Grey Gardens (1975) de Albert y David Maysles

Grey Gardens, un documental que me ha impactado su visionado.

Han pasado cincuenta años desde que los hermanos Maysles pusieron su cámara en la decadente mansión de Grey Gardens en East Hampton en el estado de Nueva York. Rodeada de otras mansiones y segundas residencias con vecindario de posición alta, se encontraba esta antigua casa atravesada por un jardín que más bien parecía ya una selva con unas vistas maravillosas al mar. En esa decadente casa vivían desde hacía décadas dos mujeres, madre e hija, que se habían creado un mundo propio entre ruinas.

Estas inquilinas, Big y Little Edie, eran además la tía y la prima de dos famosas estadounidenses que formaban parte de una aristocracia formada a base de papel couché, Jacqueline Kennedy (posteriormente Onassis) y su hermana pequeña Lee Radziwill. Rastreando información por la red de distintos medios y fuentes varias, parece ser que en un principio los documentalistas, que abogaban por poner la cámara e intervenir lo menos posible, observar y conectar con los protagonistas de sus obras, fueron contratados por Lee, la hermana pequeña de Jackie, para documentar su vida desde su infancia.

Ella fue quien les llevó hasta East Hampton y ahí los hermanos tuvieron noticia de las peculiares Bouvier. Los hermanos prefirieron prescindir de su millonaria y privilegiada mecenas y lanzarse a documentar la personalidad de esas dos ovejas negras de la familia. Así nació Grey Gardens (1975).

Un documental que ha tenido vida propia desde entonces y que a partir de él se han derivado diversas obras. Es más, hay un culto alrededor de las Edie, ambas ya desaparecidas, y de esa mansión que ha ido pasando por distintas manos y reformas.

A partir del documental de los Maysles nació, por ejemplo, un musical; una película sobre las Edie encarnadas por Jessica Lange y Drew Barrymore y otros dos documentales, uno centrándose en la figura de un joven manitas, que ayudaba a las mujeres en tareas de mantenimiento, que aparece en distintas ocasiones en Gray Gardens y que Little Eddie llama el fauno de mármol (El fauno de mármol de Gray Gardens de Jason Hay y Steve Pelizza, en 2011) y otro que dirigió en 2006 Albert Maysles con descartes del mítico documental que rodó con su hermano titulado, The Beales of de Grey Gardens.

Llevaba tiempo detrás del documental original y, por fin, he podido verlo. Mentiría si no dijese que me ha impactado su visionado y que reconociendo mi incomodidad ante lo que estaba viendo no pude apartar la mirada de Grey Gardens. La incomodidad (y soy consciente de que soy contradictoria, pues nada más fácil que ante lo incómodo que dejar de verlo) venía provocada por ese asalto a una intimidad de dos mujeres con una realidad tan frágil, oscura, compleja y decadente.

Aunque curiosamente, las Edies no solo consienten y parecen encantadas de que se las filme, se las escuche y puedan expresarse ante las cámaras, sino que además transmiten un peculiar mundo que ellas mismas han creado a través de sus ropas, sus rituales, su manera de hablar y contar historias pasadas, sus canciones y bailes, sus discusiones, su alimentación, relación con los animales o con las pocas personas con las que se relacionan.

Los hermanos Maysles no contextualizan, ni dirigen una entrevista a ambas damas, sino que ruedan y escuchan. Tan solo nos sirven de guía unos cuantos recortes de periódicos donde se nos dice de quién son familia y que se ha intervenido no hace mucho en esa casa en ruinas para no expulsarlas del vecindario por las condiciones insalubres en las que viven.

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Reflexión a partir de Hamnet o cómo El blog de Hildy Johnson siempre ha sucumbido a la influencia de William Shakespeare

Hamnet es el principio de todo este sendero de William Shakespeare por el blog.

Soy Hildy Johnson y me declaro culpable por mi total devoción hacia William Shakespeare y todo lo relacionado con su persona. Una de las lecturas más emocionantes del año pasado fue Hamnet de Maggie O’Farrell. El otro día fui a ver la película de Chloé Zhao, que por suerte atrapa la esencia de esta obra literaria: cómo a través del arte, el proceso de creación del artista y la catarsis que puede provocarnos una interpretación cuando somos público se puede superar el duelo por la ausencia de un ser querido.

Y me viene a la cabeza otra de las películas que este 2025 me ha tocado muy fuerte: Ghostlight de Alex Thompson y Kelly O’Sullivan, precisamente porque toca exactamente lo mismo. Como una familia herida por una ausencia logra comprender lo que ha pasado cuando el padre por hilos del destino termina en un grupo de teatro amateur que pretende poner en pie un peculiar montaje de Romeo y Julieta.

A raíz de estas propuestas artísticas alrededor del bardo me doy cuenta de cómo este blog siempre ha estado empapado por lo shakesperiano y también mi vida. Más de una vez he contado y aquí va de nuevo (cual abuela Cebolleta) que mi puerta de entrada al señor William Shakespeare fue siendo niña cuando me sentí totalmente hipnotizada por un cómic de ediciones Deana (1982) de El sueño de una noche de verano. La adaptación que me cautivó por sus dibujos fue del historietista Miguel Quesada Cerdán.

Me enganché fuerte a esa noche mágica de seres fantásticos que se mezclaba con la historia de esos jóvenes que se enamoraban, perdidos en el bosque, y que les pasaban cosas que les nublaban el juicio y con esos personajes del pueblo que querían ensayar una obra para representar ante los poderosos.

A partir de ahí el idilio con Shakespeare aún no ha terminado. Nunca he podido desprenderme de esa noche de verano. En el blog he nombrado alguna vez mi fascinación por un montaje que realizó la compañía Ur Teatro en Sala Cuarta Pared de Madrid durante los años noventa. Y también mi felicidad cuando Tim Robbins presentó dicha obra en 2015 en Teatro Salón Cervantes en Clásicos en Alcalá. Con la emoción de Hildy por ver a Robbins cerquita, cerquita, disfrutando de su propio montaje desde un palco del teatro.

Si bien las distintas adaptaciones cinematográficas de El sueño de una noche de verano en el cine que he podido ver a mi parecer no logran captar la magia de los escenarios (me refiero a la de Michel Hoffman o la de William Dieterle y Max Rinhardt), nunca puedo olvidar la importancia de esta obra en El club de los poetas muertos y sobre todo para uno de los personajes más carismáticos de la película de Peter Weir, Neil Perry (Robert Sean Leonard).

Hay mucho del espíritu shakesperiano en la representación que realiza Neil de Puck, personaje clave de El sueño de una noche de verano, así lo escribí en su momento: «Un personaje que es una criatura nocturna, un ser creativo e imaginativo, que no pertenece a un mundo gris. De pronto, Neil no solo es feliz actuando, sino que se siente Puck, habitando un mundo mágico donde él se siente dueño de su destino, donde puede expresarse y sentir, donde huye de la realidad gris en la que sus padres quieren hundirle. Cuando ese sueño de una noche de verano se aleja, entonces Neil se hunde. No encuentra su sitio en ese futuro que le están construyendo».

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Ristra de curiosidades. De exposiciones, series, fallecimientos y películas controvertidas

Expresionismo. Un arte de cine (Fundación Canal)

Qué bueno cuando las exposiciones de cine te descubren películas.

El domingo tuve la suerte de escaparme y visitar la exposición Expresionismo. Un arte de cine, una magnífica puerta de entrada para descubrir este movimiento cultural, centrándose sobre todo en su aportación al séptimo arte, el cine. Un cuidado recorrido con un discurso expositivo bien planteado entre cuadros, fotogramas y fragmentos de película, con cartelas con la información necesaria y paneles de texto con llaves y claves para tirar de los hilos necesarios.

La iluminación y el espacio era como viajar a un espacio onírico, tenebroso y expresionista, como escaparse por los miedos de la mente humana. Disfrute de muchas de las secuencias cinematográficas. Qué ganas me entraron de ver de nuevo El último de F. W. Murnau. Pero sobre todo quise descubrir Nervios (Nerven, 1919) de Robert Reinert. Me quedé varias veces parada en sus fragmentos y fotogramas. No hace mucho he vuelto a disfrutar de Nosferatu y El gabinete del doctor Caligari. Son películas tan gozosas… Siempre que leo o veo algo como esta exposición me entran unas ganas irrefrenables de hacerme un enorme maratón de películas de expresionismo alemán.

De momento advertir que en la página web de la Fundación Canal para todo aquel que no pueda acercarse o no tenga tiempo hay una estupenda oportunidad de hacer una visita virtual a la exposición con los textos y las cartelas, que merece la pena, pudiéndose acercar con el zoom a cada uno de los fotogramas, cuadros, ilustraciones y demás, así como disfrutar de las secuencias de las películas.

Muerte de Lee Tamahori

Guerreros de antaño, una de esas películas que me marcaron en los 90.

Me compro la revista de Fotogramas y como siempre doy un repaso a su sección de The End, me sorprendo al comprobar que el 7 de noviembre falleció el cineasta Lee Tamahori. Y es cierto que ha tenido una filmografía bastante irregular, pero para mí es imposible olvidar el impacto que me causó en los noventa su debut cinematográfico, Guerreros de antaño (Once Were Warriors, 1994). Tanto es así que la fui adquiriendo en todos sus formatos. Todas las veces que la he visto me he quedado enganchada a ella y a ese retrato de una familia de maoríes de finales del siglo xx en Nueva Zelanda.

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De despedidas, legados y muerte

David Lynch como Gordon Cole en Twin Peaks. Fuego camina conmigo.

Amor, muerte y misterio. En Twin Peaks: Fuego camina conmigo (Twin Peaks: Fire Walk with Me, 1992), un alto cargo del FBI, Gordon Cole, destaca en el abanico de extraños personajes que pueblan el universo especial alrededor de esta localidad. Cole tiene el rostro del director y creador de dicho mundo, David Lynch, que otorga un carácter extraño y entrañable a un hombre que no oye bien y habla a gritos en todo momento; sin embargo, todos los demás personajes asumen con naturalidad su discapacidad, como si no existiera. Como todo el mundo asume la grandeza creativa de David Lynch y esa filmografía especial que ha seducido a un montón de apasionados del cine desde que irrumpió a finales de los setenta con Cabeza borradora.

Ayer tuve la oportunidad de ver en pantalla grande la única pieza del puzle que me faltaba para completar ese paisaje de Twin Peaks. Y lo disfruté a lo grande, porque fui una de esas muchas espectadoras seducidas y marcadas por la muerte de Laura Palmer. David Lynch nos dejó el 16 de enero de 2025 y pensé que esa localidad imaginaria seguía más viva que nunca. Lynch se ha ido, pero ha dejado detrás de él todo un legado cinematográfico que seguirá siendo descubierto por generaciones de espectadores.

Entonces, una vez me subí a las tantas de la noche al búho, pues la proyección fue bastante tardía, me di cuenta de que durante este año hemos tenido varias pérdidas de rostros que han formado parte de mi educación cinéfila. Algunos de ellos se me hace extraño darme cuenta de que no volveré a una sala de cine para disfrutar de alguno de sus estrenos. Y con otros he ido descubriendo y amando el cine sin remedio. De cada uno tengo uno o varios recuerdos.

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Un libro soñado. Tiempo de vivir, tiempo de revivir. Conversaciones con Douglas Sirk de Antonio Drove (Athenaica ediciones, 2024)

Douglas Sirk, un hombre sabio y elegante, es el protagonista de este libro. Antonio Drove juega para el título de su libro con el título de una de las películas más bellas del realizador: Tiempo de amar, tiempo de morir.

Si el nombre de Douglas Sirk está en la portada, este libro va llamar mi atención. Ya lo he dicho en otras ocasiones. De pronto, hay libros con los que conecto irremediablemente. Este lo hace de manera inevitable. El cine de Douglas Sirk ha sido importante para mí. Sus películas son una fuente inagotable de maneras de contar. Su dominio del lenguaje cinematográfico es un deleite. Y cómo a través de un género tan denostado como el melodrama hace una interesante lectura de la vida explica su exquisita y elegante personalidad.

En una de esas librerías con encanto, que tanto me gusta visitar por mi ciudad, la persona que me acompaña me dice que me regala un libro. Veo en la estantería un volumen que ya he perseguido varias veces, que ha vuelto a ser reimpreso, Tiempo de vivir, tiempo de revivir. Conversaciones con Douglas Sirk de Antonio Drove (Athenaica ediciones, 2024), y me digo que esa es una buena oportunidad para conseguirlo.

Es una publicación con mucha historia sobre sus hombros. La primera vez que apareció fue en 1995, financiado por la Comunidad Autónoma de Murcia en coedición con la Filmoteca Regional de Murcia y la Editora Regional de Murcia. El director de cine, Antonio Drove (un gran desconocido para mí), lo publica para que no se pierda en el olvido un trabajo que hizo para Televisión Española a principios de los años ochenta. Grabó una extensa entrevista al director Douglas Sirk en Suiza para ilustrar cada una de las películas que se iban a emitir en un ciclo dedicado al realizador. Una entrevista mítica, que por distintos avatares, no volvió a emitirse e incluso el propio Antonio Drove, tras la publicación del libro, no llegó a tener idea alguna de si todavía existía copia en los archivos de Televisión Española.

Años después, en 2019, vuelve a publicarse. El libro ha tenido distintas ediciones y la última reimpresión de 2024 es la que tengo en mis manos. Leo en la última página, en los agradecimientos del editor, que sí han podido constatar que los capítulos de Directed by Douglas Sirk; es decir, los distintos episodios que recogen la entrevista que grabó Drove, no se han perdido. Ahora sí, por líos burocráticos y entre departamentos, permisos audiovisuales y no sé cuántos inconvenientes, no es posible que sea fácil acceder a dicho material. ¿No sería interesante a partir de toda esta historia y todo el material que se pueda recopilar construir y montar un documental? ¿Es misión posible superar todos los obstáculos?

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Cóctel de películas por San Valentín: sobre amor, descubrimientos y revelaciones

Estoy viviendo últimamente buenos momentos cinematográficos, así que me ha parecido buena idea escribirlos. Que mejor que celebrar un día dedicado al amor (quitemos los artificios comerciales) que alimentando una pasión que nos cuida. Y ¿qué película, incluso las de más mal rollo, no esconde en el fondo una historia de amor?

The Brutalist, la magia de la sala de cine

Pildora de amor 1. The Brutalist o un hombre roto.

Disfruté del espectáculo del cine con una sala llena: The Brutalist de Brady Corbet. Me hubiese gustado verla en una sala de esas enormes de mi infancia con el telón que tapaba la pantalla para vivir la magia completa. La película de Corbet es una de esas películas largas a lo West Side Story, Lawrence de Arabia o Camelot con su intermedio y todo… Un largometraje donde todo se cuida, desde los créditos del principio, porque así se completa una obra.

The Brutalist tiene imágenes de esas que ya no olvidas. Como la llegada al nuevo mundo del protagonista, el arquitecto László Toth (Adrien Brody), después de haberse roto por completo con la brutalidad de los campos de concentración. Lo primero que ve es la Estatua de la Libertad invertida. En un principio, no sabemos bien dónde se encuentra si un tren de la muerte, si en un campo hacia una cámara de gas… No distinguimos dónde quiere o dónde intenta salir, hasta que se descubre que está en un barco y que sale fuera, al aire libre, para ver Nueva York.

Me gusta cómo me cuentan ese relato de un hombre quebrado que llega a EEUU y tiene que seguir lidiando, sin poder recompenerse nunca. La película baila entre dos frases. Una la escribe su esposa en una carta. Su voz se oye en off durante los primeros minutos y le dice: «Quienes más libres se creen, son quienes más lejos están de la libertad». Y la otra forma parte de un discurso que da su sobrina en una muestra de la obra arquitectónica de su tío en el epílogo: «Lo importante no es el camino, sino el destino».

Entre medias, está el proyecto creativo de un hombre que es artista y todo lo que no puede decir, expresar, sentir o contar lo deja en un edificio. No le salen las palabras, no escribe, pero sí puede plasmar en una obra arquitectónica lo que siente.

El camino de László está lleno de dolor, tragedia y daño. Todo lo sufre en un cuerpo y un alma que ya están rotas por el horror sufrido. Dentro de la desgracia, solo puede dejar su firma. Una biblioteca donde lo importante es la luz que entra en un espacio diáfano o un edificio brutalista que significa muchas cosas, incluso cada medida revela algo en concreto. Si venía de una Europa que era puro infierno aterriza en una tierra que no es ningún sueño, sino una pesadilla. En todas partes, hay personas que pisan y los que son pisados. En el infierno y en la tierra prometida.

Buster Keaton, cara de palo tierno

Otro momento especial fue en el salón de casa de mi madre. Nos preparamos una noche para ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928) y desde que empieza hasta que termina lloramos de la risa. Y sientan tan bien esas risas. Buster Keaton recibe los envites de la vida con su cara de palo y transmite golpe tras golpe una ternura infinita. Yo reía, pero tenía ganas enormes de meterme en la pantalla y abrazar a Willie. Está llena de momentos cumbre, pero no me voy a ir a la tempestad, sino cuando su padre se empeña en entrar en una sombrerería para que se quite la boina y se compre un sombrero. Es sublime el rostro de Keaton con distintos sombreros y su empeño por conseguir llevarse uno que le gusta y a su padre le espanta…

Supongo que me estoy preparando para el gran acontecimiento que voy a vivir este sábado: El maquinista de la general(The General, 1926) con una banda de jazz en directo. Creo que voy a reír y llorar a la vez.

Odas al mal rollo

Píldora de amor 2. Longlegs y todo el mal rollo del mundo.

No, no es fácil generar mal rollo a través de una película. Me ha pasado últimamente con dos largometrajes. Por una parte, Longless de Osgood Perkins (sí, sí, el hijo de Anthony Perkins). Desde el segundo uno transmite una atmósfera que provoca incomodidad. Todo es a través de la mirada extraña de una agente del FBI, que arrastra varios traumas. Cómo está contada la historia, los movimientos de cámara, la interpretación de los actores, el villano más raro que os podáis imaginar, unas muñecas que dan grima pero a la vez son perfectas, los distintos formatos de pantalla para contar la historia…, todo crea en el espectador unas sensaciones que generan malestar. Como ese miedo que provoca caer a un abismo inexplicable.

La otra que me ha generado muy mal rollo ha sido una española, Salve María de Mar Coll. La directora convierte la maternidad en la peor de las pesadillas. Tiene momentos que provocan auténtico terror y pavor. Juega con el suspense y el miedo. Mar Coll realiza una radiografía estremecedora de una madre con depresión posparto. Sufrí cada instante con ella y con su bebé, Eric.

Lo interesante es que esa madre es novelista, crea universos y mundos. Y su depresión se convierte en material literario. Escribe lo que no puede gritar. Lo que le avergüenza y le da pánico expresar. De nuevo, una mirada que cuenta el infierno que vive. La protagonista, esa madre al borde del abismo, lee un suceso de otra madre que mata a sus bebés en una bañera y su mente se obsesiona con esa historia, porque está sintiendo cosas que la hacen tener mucho miedo de sí misma. Por cierto, nunca un cuervo que entra en una habitación me dio tan mal agüero.

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Sobre Nora Ephron: de libros, anécdotas, películas y otras recetas

Nora Ephron deja su huella en una de las musas de la comedia romántica, Meg Ryan, y que fue la protagonista de varios de sus guiones.

Estas Navidades decidí hacerme a mí misma un regalo de Reyes. En uno de esos días en que me hago una ruta de pequeñas librerías que me fascinan, en una de ellas un libro me llamó, ya lo había hecho en otras ocasiones, pero me había resistido. Un libro de tapa dura, perfectamente editado e ilustrado con cuidado y cariño. Dicho volumen recogía dos de los últimos libros de Nora Ephron, periodista, guionista, novelista, dramaturga y directora de cine. Estos libros son No me gusta mi cuello y No me acuerdo de nada (Libros del Asteroide, 2024). Los dos recopilan una serie de textos con reflexiones, anécdotas, opiniones, recetas, listados…, que dejan al descubierto el personal universo de Ephron, su filosofía de vida. No me pude hacer mejor regalo. Los devoré y de alguna manera noté una fuerte conexión con esas palabras.

También curiosamente durante esas fechas vi la última película de Meg Ryan, también dirigida por ella, que ha pasado sin pena ni gloria y como todo comedia romántica que se precie, mirada por encima del hombro. Yo no solo la disfruté, sino que al final me fijé que Ryan se la dedicaba, y no podía ser de otra manera, a Nora. La película en cuestión se titula Lo que sucede después (What Happens Later, 2023).

Así que como no hace mucho he terminado el libro en cuestión, me he visto pensando en Ephron y en por qué me ha gustado su lectura. Y también he reflexionado sobre su herencia cinematográfica y por qué me gustó Lo que sucede después. Nora Ephron practicaba en su vida algo que creo que es muy sano: reírse de sí misma; convertir en humor las desgracias de la vida. Su propia experiencia vital se convierte en material literario. En ambos libros recoge anécdotas de su trayectoria laboral, de la familia, de sus amores, de sus amistades, de sus gustos culinarios… y por muy dramáticos que sean algunos de estos pedazos cotidianos al final es capaz de que el lector puede dejar asomar una sonrisa e incluso una risa. Siempre se dice que en la mejor comedia hay dolor.

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