Han pasado cincuenta años desde que los hermanos Maysles pusieron su cámara en la decadente mansión de Grey Gardens en East Hampton en el estado de Nueva York. Rodeada de otras mansiones y segundas residencias con vecindario de posición alta, se encontraba esta antigua casa atravesada por un jardín que más bien parecía ya una selva con unas vistas maravillosas al mar. En esa decadente casa vivían desde hacía décadas dos mujeres, madre e hija, que se habían creado un mundo propio entre ruinas.
Estas inquilinas, Big y Little Edie, eran además la tía y la prima de dos famosas estadounidenses que formaban parte de una aristocracia formada a base de papel couché, Jacqueline Kennedy (posteriormente Onassis) y su hermana pequeña Lee Radziwill. Rastreando información por la red de distintos medios y fuentes varias, parece ser que en un principio los documentalistas, que abogaban por poner la cámara e intervenir lo menos posible, observar y conectar con los protagonistas de sus obras, fueron contratados por Lee, la hermana pequeña de Jackie, para documentar su vida desde su infancia.
Ella fue quien les llevó hasta East Hampton y ahí los hermanos tuvieron noticia de las peculiares Bouvier. Los hermanos prefirieron prescindir de su millonaria y privilegiada mecenas y lanzarse a documentar la personalidad de esas dos ovejas negras de la familia. Así nació Grey Gardens (1975).
Un documental que ha tenido vida propia desde entonces y que a partir de él se han derivado diversas obras. Es más, hay un culto alrededor de las Edie, ambas ya desaparecidas, y de esa mansión que ha ido pasando por distintas manos y reformas.
A partir del documental de los Maysles nació, por ejemplo, un musical; una película sobre las Edie encarnadas por Jessica Lange y Drew Barrymore y otros dos documentales, uno centrándose en la figura de un joven manitas, que ayudaba a las mujeres en tareas de mantenimiento, que aparece en distintas ocasiones en Gray Gardens y que Little Eddie llama el fauno de mármol (El fauno de mármol de Gray Gardens de Jason Hay y Steve Pelizza, en 2011) y otro que dirigió en 2006 Albert Maysles con descartes del mítico documental que rodó con su hermano titulado, The Beales of de Grey Gardens.
Llevaba tiempo detrás del documental original y, por fin, he podido verlo. Mentiría si no dijese que me ha impactado su visionado y que reconociendo mi incomodidad ante lo que estaba viendo no pude apartar la mirada de Grey Gardens. La incomodidad (y soy consciente de que soy contradictoria, pues nada más fácil que ante lo incómodo que dejar de verlo) venía provocada por ese asalto a una intimidad de dos mujeres con una realidad tan frágil, oscura, compleja y decadente.
Aunque curiosamente, las Edies no solo consienten y parecen encantadas de que se las filme, se las escuche y puedan expresarse ante las cámaras, sino que además transmiten un peculiar mundo que ellas mismas han creado a través de sus ropas, sus rituales, su manera de hablar y contar historias pasadas, sus canciones y bailes, sus discusiones, su alimentación, relación con los animales o con las pocas personas con las que se relacionan.
Los hermanos Maysles no contextualizan, ni dirigen una entrevista a ambas damas, sino que ruedan y escuchan. Tan solo nos sirven de guía unos cuantos recortes de periódicos donde se nos dice de quién son familia y que se ha intervenido no hace mucho en esa casa en ruinas para no expulsarlas del vecindario por las condiciones insalubres en las que viven.
Todo lo demás se va reconstruyendo de esas discusiones que tienen madre e hija, de esa relación compleja de dependencia que tienen ambas, de esas historias pasadas que van dejando caer y, sobre todo, de esos álbumes de fotografía que dejan ver un pasado privilegiado y brillante que de pronto desapareció y esa marginación consciente que van sufriendo ambas hasta vivir rodeadas de gatos y mapaches en una mansión que se cae a pedazos.
Las dos poseen además una exquisita educación artística que dejan escapar en breves destellos relacionados con el mundo de la canción, el baile, la literatura y la poesía. Aun viviendo en la más absoluta decadencia y alejadas de la realidad, muestran un mundo peculiar en su forma de vestir, de moverse y comportarse. Mantienen también una extraña relación con la comida.
Big Edie tiene unos 80 años y vive mayormente en una cama llena de desperdicios y gatos donde también cocina, a veces, mazorcas de maíz. Es consciente y se conforma con su decadencia, además sabe que necesita de la asistencia que le ofrece su hija. Habla en alto de tiempos pasados y deja ver a su hija que su única salida está en ese cuarto junto a ella. Resulta entre conmovedor y patético, escucharle cantar viejas canciones que su hija pone en un viejo tocadiscos, recordando un pasado marcado por la separación y finalmente divorcio del patriarca de la familia, el abogado Phelan Beale.
Little Edie es una extraña mujer en la cincuentena que muestra la belleza que fue con sus estrafalarios modelos y tapándose siempre la cabeza con distintos pañuelos, jerséis y toallas para disimular su alopecia. Pasea su decadencia y preocupaciones a la vez que se muestra infantil, exhibicionista, despreocupada y alegre con unas infinitas ganas de mostrar con entusiasmo sus bailes y canciones, así como sus historias o discusiones continuas con su madre. Le echa en cara estar atada a ella en una casa que odia a la vez que nunca decide marcharse de allí. Culpa a su madre de expulsar a sus candidatos a maridos durante su juventud, pero se muestra feliz sola entre sus mil y un modelos de colores, sus extrañas comidas, sus baños en la playa, sus raros bailes, y alimentando a los mapaches en los distintos rincones de la decadente mansión.
El mundo reflejado por los hermanos Maysles es perturbador y fascinante, porque además no dan ningún tipo de explicación. Las Edies ponen en evidencia esa frase tan manida de que la realidad nada tiene que envidiar a la ficción. Nos podemos creer que estamos en la mansión de miss Havisham o en la de Norma Desmond. Sentimos que vivimos dentro de esa película de Robert Aldrich donde se filmaba la compleja y dependiente relación de dos hermanas en Qué fue de Baby Jane. Nos podemos sentir dentro de cualquiera de los argumentos atormentados de Tennessee Williams donde mostraba a sus frágiles heroínas desconectadas de la realidad, aunque siendo supervivientes en un mundo real que no deja de golpearlas como Blanche Dubois, la madre e hija de El zoo de cristal o la tremenda Violet Venable, encerrada en su mansión manipulando a su hijo y a su sobrina.
Como estas heroínas de la ficción, las Edie son el reflejo de dos mujeres que viven al margen de un mundo privilegiado, pero asfixiante y doloroso para ellas, en el que tal vez no pudieron, no quisieron o no supieron adaptarse ni alcanzar quizá esa libertad que deseaban y que ahora en esa mansión decadente han alcanzado, aunque nadie ni ellas mismas se entiendan.
Vuelvo de nuevo a lo que me incomodó al ver este documental con imágenes y secuencias tremendamente potentes, como todas esas en las que vemos los álbumes de las viejas fotografías de sus vidas privilegiadas donde las dos se muestran como mujeres bellísimas y con todo a sus pies o ese retrato aristocrático de Big Edie en el suelo, donde se asoma un gato negro que sin duda está haciendo sus necesidades, o esa estrafalaria secuencia del cumpleaños de Big Edie, donde incluso asisten dos invitados.
Pues los hermanos observan a estas mujeres, pero no intervienen, no juzgan, ni tratan de entender su situación; sin embargo, se meten en su intimidad sin pudor, mostrando momentos de extrema vulnerabilidad como una discusión entre madre e hija, donde Big Edie quiere marcharse del cuarto y casi se le cae la ropa, enseñando uno de sus pechos o adentrándonos sin filtros ni frenos en los delirios de Little Edie.
Y me pregunto al final del visionado, y reconociendo como digo mi contradicción como espectadora que además valora lo que ha visto, cuál era la finalidad de mostrarnos el universo de estas dos mujeres. ¿Les sirvió para algo a ambas o solo consiguieron dinero rápido? ¿Qué querían reflejar los hermanos? ¿Solo el morbo de las ovejas negras de la familia de Jacqueline o pretendían algo más?
Está claro que ambas a partir de entonces han obtenido un curioso culto y una cierta «inmortalidad», quizá las Bouvier solo reflejan, como he escrito, que la realidad es tan fascinante como la ficción y que esas heroínas que creíamos solo existían entre páginas y fotogramas, también pueblan el mundo real: esa galería de mujeres vulnerables desconectadas de la realidad y creando universos propios porque el mundo real golpea y asfixia y solo encuentran algo parecido a la libertad al margen, aunque sea rodeadas de decadencia.
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Mientras te leía me rondaba en la cabeza el recuerdo de otra historia semejante, los hermanos Collyer. La fascinación que nos provocan este tipo de historias. Si conectas con ellas, no sé si por un tipo de sensibilidad tal vez extrema o por el simple hecho de ser conscientes de qué sencillo es pasar al otro lado del espejo de la cordura. O si supiera qué parte de cordura me mantiene cuerda o qué parte me mantiene dentro de los cánones de una sociedad también pelin enferma, para qué engañarnos. En fin, tendría cuerda para rato con este tema, Hildy, jeje, podemos jugar con el doble sentido de cuerda. En cualquier caso, gracias por darme a conocer este documental. Lo veré con todas esas dudas que planteas y las mias propias, que no son menos.
Hola Hildy
Algo había oído sobre las hermanas Bouvier -las «otras» Bouvier- creo que en un articulo de no hace mucho en «El País».
Por aquellas fechas también se filmó a una familia peculiar en un docu que está en nuestra historia «El Desencanto, Chávarri 1976». No tienen mucho que ver o tal vez propongan un corolario al manido «Todas las familias felices se parecen, las desdichadas lo son cada una a su modo… y luego están las ramas desdichadas de los troncos felices».
Un saludo, Manuel.
Queridísima Marga, acabo de leer, en cuanto les has nombrado, sobre los hermanos Collyer. Menuda historia. En tu sabio comentario dices reflexiones interesantes como «qué sencillo es pasar al otro lado del espejo de la cordura». O también comentas algo tan interesante como «o si supiera qué parte de cordura me mantiene cuerda o qué parte me mantiene dentro de los cánones de una sociedad también pelin enferma, para qué engañarnos». Todos estos planteamientos, dudas y demás enriquece el visionado de un documental como «Grey Gardens».
A mí su visionado me ha hecho pensar un montón y he seguido a las Edies durante todo el documental. Indiferentes no dejan. Me alegro un montón que te haya interesado el post.
Beso enorme
Hildy
¡¡¡Amigo, Manuel, qué pedazo sesión doble: El desencanto de Chavarri y Grey Gardens de los hermanos Maysles!!!
Tienes razón que son dos familias diferentes, pero tienen algunos rasgos comunes como esa decadencia latente en personalidades que lo han tenido todo y en esas relaciones dependientes de padres e hijos, esos universos propios y esa frágil salud mental.
¡Sí, después de ver el documental quedé tan tocada que no paré de leer lo que se había escrito sobre él en la red y como hacía nada cumplió 50 años había bastantes artículos muy interesantes sobre el documental, entre otros el de El País que comentas! Ahí la periodista Elsa Fernández-Santos rubrica el artículo con una frase final maravillosa que decía Little Edie en el que expresaba que su madre y ella eran unas flores salvajes que la sociedad se empeñaba en arrancar, pero que esas malas hierbas siempre renacían.
Beso
Hildy
Hola Hildy. Al leer todas las referencias que mencionas en tu interesante comentario y pensar en el punto de locura aparente de esa madre y su hija he pensado tambien en el cine de Cassavetes lleno de personajes problematicos, y es que el propio Cassavetes decia que todos estamos un poco locos, y bueno algunos incluso muy locos.
Es curioso que mencionas que ambas parece que tenian un pasado prometedor y que eran bellas, sin embargo como apuntas no supieron o no pudieron adaptarse a la sociedad de modo satisfactorio. Y es que no es facil para muchos integrarse en un mundo pelin enfermo, como mencionaba arriba la compañera comentarista. Esa casa que habitan esas mujeres nos puede parecer horrible, incluso repugnarnos, pero no es menos cierto que el mundo exterior puede ser tambien horrible, a veces incluso mas terrible. Guerras, hambre, pobreza, indiferencia hacia el dolor ajeno, politica, o simplemente ver el telediario un dia cualquiera.
En fin, seguramente no sera la historia mas alegre del mundo, la de estas dos mujeres, pero no conviene olvidar que nadie sabe si un dia llegara la decadencia a su vida. Es como en Y el mundo marcha de Vidor que el protagonista se reia de aquel hombre que hacia de cartelanuncio humano, sin saber que en el futuro seria tambien su destino. Ser cartelanuncio.
Bueno, bueno. Bonito tema nos traes hoy Hildy, ja ja, para un domingo quiero decir, y yo no lo he mejorado.
Un beso optimista.
Querido Luis, qué buena observación. Sí, me ha venido Una mujer bajo la influencia.
Y tus reflexiones respecto la mirada hacia las Edies y la mansión, con la puntualización de Marga de fondo, es de lo mas rica e interesante y ofrece una mirada lúcida al documental.
Qué buena es esa secuencia que sacas a relucir de Y el mundo marcha de Vidor.
El hilo es muy fino de estar cuerdo o no, de estar al margen o no…
Ay, Luis, mirar el mundo y comprenderlo no es fácil, pero merece la pena el intento.
Beso enorme
Hildy