10 razones para amar El gran carnaval (Ace in the hole, 1951) de Billy Wilder

Chuck Tatum, el periodista sin escrúpulos, protagonista absoluto de El gran carnaval.

Razón número 1: Kirk Douglas como el periodista Chuck Tatum

El gran carnaval tiene un único punto de vista y es el del periodista Chuck Tatum. Este no es un profesional honesto, no es una persona llena de cualidades, no persigue la verdad ni la excelencia en el trabajo. A Chuck Tatum le conocemos buscando un trabajo en un anodino periódico de provincias en Alburqueque.

Le dice a su director que ha sido expulsado de un montón de buenas publicaciones y que se ofrece por nada. Le explica que tiene problemas con el alcohol y también de faldas. Pero que tiene ambición, olfato y que espera conseguir la noticia que le devuelva el prestigio. Al director le desarma su sinceridad, este es un hombre recto y sabe lo que hace, y ve que Tatum puede dar vida a la redacción si le mantiene a raya. Le contrata. No es fácil empatizar con Tatum, solo cuenta con una vitalidad envidiable, mucha ambición y un olfato para buscar la noticia.

Tras un año en la redacción y ya desesperado por el aburrimiento y el estancamiento, en un viaje hacia un aburrido y rutinario reportaje de una competición de serpientes, para en una aislada gasolinera, tienda de souvenirs y motel, al lado de una montaña. Allí inesperadamente encuentra una noticia. En dicha montaña, hay una cueva donde fueron enterrados los indios con sus enseres personales hace mucho tiempo, hay leyendas y maldiciones alrededor del desértico paisaje. El hijo de los dueños, Leo Minosa, un antiguo héroe de guerra, busca de vez en cuando estos enseres para venderlos, pero en la cueva hay un desprendimiento y se queda atrapado.

Enseguida la mente de Tatum se pone en marcha y convierte su rescate en una noticia de “interés humano” alargándolo todo lo que puede y creando alrededor todo un carnaval y espectáculo a costa de la vida de un hombre. Habrá mucha gente que se beneficie y que le secunde en tan dudosa hazaña.

Kirk Douglas se arriesga y se entrega totalmente a una recreación creíble y veraz de Chuck Tatum. Y se arriesga porque no solo es un protagonista con el que es difícil empatizar, sino que el personaje principal de la película es un hombre sin escrúpulos y lleno de defectos que reaccionará demasiado tarde al circo que ha montado para su propio beneficio. Y se entrega totalmente, porque es imposible no sentirse seducido por su personaje a pesar de arrastrar múltiples defectos. Su interpretación está llena de matices y emociones. No queda sentimiento que reflejar en su rostro y ni un segundo del metraje está quieto o en calma.

Razón número 2: binomio cine y periodismo

Si hay un binomio bien avenido es el de cine y periodismo. Es increíble la extensa filmografía que hay donde los periodistas hacen acto de presencia o son parte central de la trama. También las noticias han sido y son fuente de inspiración para guionistas y cineastas. Este es un estudio inabarcable.

La figura de Billy Wilder es muy interesante en este sentido, puesto que durante el periodo de entreguerras, buscó sustento como periodista. Antes de embarcarse en el mundo del cine en EEUU fue reportero y conoció bien la profesión en su lugar de origen. Ejerció la profesión y daba rienda suelta a la pluma para contar historias y entrevistar a personalidades de la vida cultural del momento.

No hace mucho se publicó en español un interesante libro, Billy Wilder, reportero. Reportajes desde el Berlín de Weimar y la Viena de entreguerras en la editorial Laertes, donde se presentaba una selección de sus artículos.

Después cuando ya voló hacia Hollywood, hacia finales de los años treinta, y fue ganándose la vida como guionista y más tarde como director, el periodismo no fue ajeno a su obra cinematográfica como demuestra El gran carnaval o Primera Plana (The Front Page, 1974), nueva adaptación de la obra teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur. Pero también los periodistas están presentes como personajes secundarios en sus distintas producciones como, por ejemplo, en el final estremecedor de El crepúsculo de los dioses.

En El gran carnaval la visión del periodismo y la forma de trabajar y crear noticia de Chuck Tatum desgraciadamente sigue siendo totalmente actual. Es una película que continúa muy vigente y es totalmente demoledora. Cómo actúa Chuck Tatum a lo largo de todo el rescate, la figura del joven fotografo que en un principio no ve con buenos ojos la manera de actuar de su compañero, pero que luego se siente seducido por el éxito y la adrenalina hasta ser testigo de su caída o cómo se comportan los otros periodistas que van llegando al escenario de los hechos dibujan una visión crítica, poco poética e idealizada de la profesión.

No obstante, esta visión contrasta con el maravilloso personaje del director del periódico de provincias (Porter Hall) que cree en que la labor de los periodistas es contar la verdad y muestra también ser un perro viejo honrado que sabe dar oportunidades y creer en sus profesionales. Parece que no todo está perdido y que se puede actuar de otra manera.

Razón número 3: Billy Wilder sin Charles Brackett

El gran carnaval es una película clave en la filmografía de Billy Wilder como director. Durante años había colaborado y trabajado mano a mano con el guionista Charles Brackett. Los dos formaban un matrimonio de éxito. Fruto de su colaboración nacieron películas inolvidables como Días sin huella, Berlín Occidente o El crepúsculo de los dioses (su último largometraje juntos). Pero su matrimonio fue tormentoso y llegó un momento en que ambos decidieron separar sus caminos.

La primera película de Wilder sin Brackett fue El gran carnaval y se jugaba mucho. Para esta película colaboró en el guion con Lesser Samuels y Walter Newman. Y crearon una historia potente, que pasan los años y no pierde ni actualidad ni fuerza.

Sin embargo, fue su primer batacazo comercial, pero Wilder no se amilanó y siguió con buen pulso detrás de las cámaras, contando las historias que quería y trabajando con otros guionistas en cada una de sus películas hasta que en 1957 encontró de nuevo a un profesional con el que crear un prolífico dúo creativo: I.A.L. Diamond… y ya saben, esa ya fue otra historia…

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Volvieron cinco (Five came back, 1939) de John Farrow

Volvieron cinco es una emocionante película de aventuras con gotas de catástrofe y muy, muy humana.

Volvieron cinco es de esas películas de setenta y cinco minutos que hacía la RKO como cine de serie B que, sin embargo, tiene una precisión en su ejecución y un interés especial en su manera de contar la historia. Poco presupuesto, mucha imaginación. Es de esos largometrajes que suponen una agradable sorpresa cuando se descubren por uno u otro motivo.

Todo está en su sitio: una buena historia; unos personajes trabajados; unos diálogos que dejan alguna que otra frase memorable; un reparto de impresión; un director, John Farrow, eficiente y con el suficiente conocimiento del lenguaje cinematográfico como para hacer una buena película que atrapa al espectador por su puesta en escena y el ritmo impuesto; un director de fotografía, Nicholas Musuraca, que saca todo el potencial al blanco y negro y a la naturaleza de lo que se narra.

Si algo llama la atención cuando arrancan los títulos de crédito de Volvieron cinco son los nombres de sus guionistas: Dalton Trumbo, el novelista y dramaturgo Nathanael West y el más desconocido, Jerome Cady. Lo que está claro es que los tres construyen no solo buenos personajes, sino que aportan interesantes relaciones entre ellos y comportamientos que aportan unos giros de trama que enriquecen y profundizan la narración cinematográfica.

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Oleanna (Oleanna, 1994) de David Mamet

Oleanna o el enfrentamiento destructor entre un profesor universitario y su alumna.

Es el mismo David Mamet quien dirige y escribe para el cine su adaptación a la obra teatral Oleanna, que escribió en 1990 y no estrenó hasta dos años después. Y como la obra de teatro, que suscitó en su momento entre los espectadores grandes controversias, debates y discusiones, la película no es cómoda para el espectador, sino que toca teclas y remueve. Con una dirección y puesta en escena menos sencilla de lo que aparenta, respeta los tres actos de la obra. Oleanna refleja tres diálogos en un despacho de un profesor universitario. Todo empieza cuando una alumna, Carol (Debra Eisenstadt), se dirige al despacho de su profesor John (William H. Macy) porque quiere entender por qué le ha suspendido.

El espacio, cómo se sitúan los personajes en él, cómo se mueven y se posicionan en las dos estancias del despacho, su forma de vestir, la expresión corporal… todo cuenta para dar significado a lo que vemos. Porque en Oleanna la complejidad viene de la ambigüedad. No hay nada que sea ni claro ni obvio. Y eso es lo que incomoda. No es fácil posicionarse, porque no es una historia de buenos y malos. Lo que expone es una relación de poder y también cómo el lenguaje nos construye o destruye. Entre Carol y John, la incomunicación y el detentar el poder en cada uno de los diálogos los conduce a una vorágine y a un drama que los rompe.

Para construir su historia, David Mamet escribe con precisión tres diálogos con los que apunta el conflicto, el desarrollo y el fulminante desenlace. El material es delicado: asistimos a los tres diálogos y somos testigos en todo momento de lo que acontece. Y, sin embargo, no es fácil que nos posicionemos. El dramaturgo incomoda y hace que el espectador se pregunte continuamente qué es lo que está viendo realmente. Qué entiende.

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El caftán azul (Le bleu du caftan, 2022) de Maryam Touzani

El caftán azul, una película que capta la intimidad y complicidad de una bonita relación a tres bandas.

Hay películas que muestran una sensibilidad especial a la hora de contar una historia. Y así ocurre con El caftán azul. Una relación a tres bandas contada con detalles, matices, miradas y silencios. Con un ritmo sereno. Es difícil conseguir la sensación de complicidad; es decir, ser testigos de una relación íntima. Y eso es lo que ocurre con el matrimonio formado por Halim (Saleh Bakri) y Mina (Lubna Azabal). Por circunstancias de la vida, la pareja tiene que dejar entrar en esa complicidad a un joven, Youssef (Ayoub Missioui).

Halim y Mina llevan un taller artesanal de costura de caftanes en la medina de Salé. Halim es el sastre, Mina administra el local, atiende a los clientes y es una eficaz ayudante. Cuando les conocemos, sabemos que les cuesta sacar el negocio adelante, que Mina no se encuentra bien y que para sacar los pedidos pendientes necesitan contratar a un joven aprendiz.

Poco a poco vamos descubriendo que Halim es todo un artista de la costura. Un sabio de las telas y las puntadas. Cada una de las prendas las realiza con un gran amor y cuidado. Respeta absolutamente su profesión. En el momento en el que le conocemos está llevando a cabo para una clienta un caftán azul y está siendo una de sus piezas más elaboradas. Es un hombre silencioso, respetuoso y bueno, con la mirada lo dice todo. Mina es una mujer luminosa, con carácter y fuerza, con don de gentes.

Como dice Halim en un momento de la película, Mina es la roca de la relación. Con su vitalidad, sacan todo adelante, pero ahora está enferma. Mina ama Halim, Halim ama a Mina. Los dos tienen una complicidad preciosa, saben reírse juntos, mantienen un equilibrio precioso y un secreto. Halim reprime su sexualidad. Ahora en esa complicidad perfecta que han construido durante años entra Youssef… y la vida les obliga a restablecer las líneas de un nuevo equilibrio.

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Joyas del cine clásico latinoamericano (VII). Sur (1988) de Fernando E. Solanas

Sur, de Fernando E. Solanas, toda una tanguedia.

Hace muchos años, cuando era universitaria, acudí a un seminario sobre cine latinoamericano en la Casa de América. Una de las proyecciones que hubo fue Sur (1988) de Fernando E. Solanas. Me pareció muy hermosa. No aparté la mirada de la pantalla. A los pocos días me enteré de que volvían a proyectarla en la filmoteca. Y regresé. La emoción fue la misma. Desde entonces se me quedaron en la cabeza los tangos clásicos cantados por Roberto Goyeneche y otros compuestos por Astor Piazzolla que salían en la película. Pero sobre todo no he olvidado uno de ellos, «Naranjo en flor».

Es más, en aquel momento me compré un vinilo con canciones que salían en diferentes películas y ahí estaba este tango que me aprendí de memoria: «Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento… Perfume de naranjo en flor, promesas vanas de un amor que se escaparon con el viento». Todo esto ocurrió en los años noventa del siglo pasado. Y ya no pude volver a ver de nuevo esta película. Nunca la pillé en televisión ni en ningún otro ciclo. La busqué en vhs, dvd o blu ray… y jamás la encontré.

Hasta que el otro día trasteando por internet la localizé en YouTube con una maravillosa calidad. Y me emocioné. No tuve duda y me la puse de nuevo. No tenía miedo de estropear el recuerdo. La miré con ojos nuevos, descubriendo más matices y detalles, pero volvió a parecerme tremendamente hermosa. De nuevo, sentí esa congoja que sentí cuando era más joven, esa sensación de melancolía, pero también con un cierto sentimiento de esperanza. «¿Quién va a defender lo que soñaste sino vos?».

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Ráfaga de películas que no tuvieron un texto propio

Siempre hay una alfombra roja de películas que una va viendo y se quedan sin texto propio. En un verano que no he parado, también he sacado tiempo para ver largometrajes que me apetece confesar qué huella me han dejado. He decidido ir nombrándolas e ir destacando algo de ellas para que no caigan en olvido en mi memoria. Tal vez alguna de ellas en un futuro tenga su propio texto. Pero por si acaso, aquí va una breve presencia en el blog. No voy a seguir orden alguno, iré escribiendo sobre ellas según las vaya recordando.

Nop de Jordan Peele, con un héroe de rostro inmutable (un estupendo Daniel Kaluuya).

La primera es para recordarme que tengo que volver al ritmo habitual de pisar la sala de cine, pues además hay varias que espero no perderme próximamente. Me apetecía ver Nop de Jordan Peele, ya que no me he perdido las dos anteriores: Déjame salir y Nosotros. Pues bien en ese cine espectáculo donde hay idas de olla, fuerza visual, amor al cine, un héroe en estado de shock con rostro imperturbable (un estupendo Daniel Kaluuya), influencias de cine de terror, de western, de cine serie B, de aventuras, de ciencia ficción…, yo me lo pasé de miedo. No buscaba más, por cierto. Lo mejor para mí es lo que más controversia genera: el chimpacé Gordy.

Una de las películas que me faltaba para completar la filmografía de Ingrid Bergman era Las campanas de Santa María (Bells of St. Mary’s, 1945) de Leo McCarey. Después del éxito de Siguiendo mi camino (Going My Way, 1944), sobre las aventuras del padre padre O´Malley (Bing Crosby) en una parroquia, McCarey decide continuar sus andanzas con una secuela. Dicho padre llega a un colegio de monjas, donde la madre superiora es ni más ni menos que Bergman. Leo sabía filmar con emoción, y esta película tiene una secuencia reveladora de este arte: el ensayo de una representación navideña alrededor del portal de Belén por un grupo de pequeños alumnos, que terminan cantando el cumpleaños feliz alrededor del nacimiento.

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Barbara Loden (I). Vida de Barbara Loden (Sexto piso, 2022) de Nathalie Léger

Quién es Barbara Loden. La autora, Nathalie Léger, recibió un encargo a priori sencillo: una entrada de Barbara Loden para un diccionario cinematográfico. De pronto, la escritora se convierte en una araña que teje un libro bello, sensible e inteligente. Descubre que no puede limitarse a una objetiva y fría entrada, donde tan solo se mencione algunos datos biográficos, su trayectoria como actriz y glosar la única película que dirigió en 1970, Wanda. Entonces, se ve inmersa en un proceso de investigación, donde va tejiendo diferentes hilos. La escritora y también realizadora Marguerite Duras en una conversación con Elia Kazan expresó que «existe una inmediata y decidida coincidencia entre Barbara Loden y Wanda».

Nathalie Léger ofrece un libro de 114 páginas con una prosa rozando lo poético que va guiándote por una telaraña que te deja atrapada entre sus líneas. Lo primero que me llamó la atención fue su portada. Siempre me fijé en Barbara Loden. Una ilustración de la actriz en Wanda de Ruth Gwily se convierte en una llamada. Una vez en mi poder lo leí una vez y me dejó tan fascinada que inmediatamente acometí la segunda lectura para saborearlo despacio. Y no tengo duda, lo voy a leer muchas más veces. Es un libro soñado, en el sentido de que me hubiese gustado escribirlo, lo confieso.

Como amante del cine de Elia Kazan, no olvido un triste personaje en Esplendor en la hierba. Sí, todo el mundo recuerda a Dennie Loomis (Natalie Wood) y Bud Stamper (Warren Beatty), pero también está Ginny Stamper. Personaje trágico con rostro de Barbara Loden. La hermana mayor de Bud, joven rebelde, herida y vulnerable, que nos enteramos al final que ha fallecido en un accidente de coche. Loden da todos los matices al personaje: alocada, divertida, seductora, pero totalmente perdida, herida y dañada. Y los hombres que la rodean van cavando más honda su tumba. Esplendor en la hierba es de 1961, pero, sin embargo, plasma con tremendo realismo una violación grupal a una Ginny absolutamente borracha y desolada.

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Sesiones dobles para tardes de verano (6). El tiempo: Tiempo (Old, 2021) de M. Night Shyamalan / La verdad (La vérité, 2019) de Hirokazu Koreeda

Una de las posibilidades que más me gusta en el cine es la representación del tiempo y sus múltiples variantes. Y cómo este puede convertirse en argumento central para construir una historia. En diversos largometrajes, el tiempo tiene reglas diferentes a las que conocemos y estamos acostumbrados, y eso permite no solo giros inesperados, sino la magia de otras existencias posibles. Esta vez, en esta sesión doble, vamos a dos obras cinematográficas muy recientes (una en sala de cine todavía) donde dos directores a los que siempre suelo seguir juegan con el concepto de tiempo. Ellos son M. Night Shyamalan y Hirokazu Koreeda.

Shyamalan se va al relato cinematográfico fantástico. ¿Qué pasaría si toda una vida se condesara tan solo en unas horas? Y Hirokazu Koreeda realiza una maravillosa reflexión del cine dentro del cine y juega como quiere con el tiempo, la realidad, la ficción, la memoria y la verdad.

El tiempo en el cine da para todo un ensayo cinematográfico apasionante. Hay géneros que suelen flirtear más con el concepto, sobre todo la ciencia ficción y el fantástico. Pero tampoco es fácil para un cineasta manejar el tiempo real: el paso de los minutos, las estaciones o las distintas etapas de una vida. Captar el instante…

Tiempo (Old, 2021) de M. Night Shyamalan

Tiempo…, toda una vida familiar en unas horas.

M. Night Shyamalan es un contador de historias. Se le nota que disfruta con la narración cinematográfica. En sus imágenes se cruzan cuentos de hadas, cómics de superhéroes, historias de fantasmas o leyendas lejanas. Le gusta el cine de género: el terror y el fantástico. Maneja la intriga y el suspense. Después, esos finales que para muchos son su gran hándicap y para otros ese momento en que todo toma sentido.

El realizador sabe jugar con la atmósfera y sus personajes siempre están atrapados en universos especiales. Esta vez en Tiempo parece, en una primera impresión, que la protagonista de la película es una familia en crisis por la posible separación de los padres. No obstante, han encontrado por internet un lugar paradisiaco y ven la posibilidad de vivir un breve paréntesis antes de tomar decisiones que cambiarán el rumbo de sus vidas. Es tiempo de vacaciones. Además, la madre acaba de recibir una noticia preocupante respecto su salud.

Sin embargo, la gran protagonista de la función es una cala donde van a parar esta familia con otras personas del hotel. Lo que es un día de relax en un sitio precioso se va transformando en una auténtica pesadilla… El increíble paisaje, el mar, la arena, las formaciones rocosas, los corales se convierten en una enorme cárcel.

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Sesiones dobles para tardes de verano (1). Reencuentro (The Big Chill, 1983)/ Silverado (Silverado, 1985), de Lawrence Kasdan

Recuerdo y siento gran cariño por las películas de Lawrence Kasdan como director y guionista. Siempre es un placer volver a ellas. Kasdan empezó a dirigir en los ochenta, trató de revitalizar ciertos géneros (como el cine negro o el western) y también reflejó el sentir de toda una generación en una de las películas que tengo más cariño de su trayectoria.

Por una parte, para esta sesión doble especial, propongo la película que habla de esa generación que pensó en cambiar el mundo en EEUU y que años después lidia contra el desencanto. Por otra, invito a una emocionante visita al Oeste, toda una celebración del género.

Reencuentro (The Big Chill, 1983)

La amistad según Lawrence Kasdan.

Lawrence Kasdan inauguró con Reencuentro una temática concreta: la de las reuniones de grupos de amigos que por un motivo concreto vuelven a encontrarse después de cierto tiempo sin verse. Y conviven unos días juntos, otra vez. Ese momento pone sobre la mesa temas pendientes del pasado, aviva de nuevo los lazos (para bien o para mal), describe emociones y sensaciones, y dibuja un mapa de las vidas de cada uno de los asistentes de la reunión, con sus sueños, frustraciones y fracasos. Después de la película de Kasdan, esta temática ha seguido dando títulos que no se olvidan, y en distintas partes del mundo: Los amigos de Peter, Pequeñas mentiras sin importancia o Las distancias.

La película empieza con la muerte por suicidio de uno de los amigos de la pandilla, Alex. Como curiosidad queda que el elegido para este papel fue Kevin Costner. En un principio su papel iba a ser más largo pues iba a protagonizar varios flashback, pero al final Kasdan optó por otra manera de contar la historia: Alex iba a ser solo nombrado. Así que Costner aparece nada más en los créditos y tan solo partes de su cuerpo, mientras lo están preparando para el entierro. Es el gran personaje ausente de la historia, pero todo gira alrededor de él.

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Gaza, mon amour (Gaza mon amour, 2020) de Mohammed Abou Nasser, Ahmad Abou Nasser

En Gaza, una historia de amor entre un pescador y una costurera.

Los hermanos gemelos Nasser cuentan con su cámara un pequeño cuento, una fábula sobre el amor que transcurre en la franja de Gaza. Así logran otra manera de reflejar la realidad palestina. Ellos se centran en la gente y su día a día. En las personas que a pesar de las condiciones inhumanas en las que viven tratan de sentir, amar, vivir, superar los obstáculos diarios, ilusionarse, tener esperanza, disfrutar de los pequeños momentos…, aunque intenten arrebatárselos continuamente.

Su protagonista es un pescador soltero enamorado de una viuda costurera. Ambos rondan los sesenta años. Y los dos, rodeados de un mundo lleno de dificultades, se ilusionan por vivir un romance otoñal. Issa (Salim Dau), el pescador, se enamora como un adolescente. Para él Siham (Hiam Abbass) es la mujer de sus sueños. Con una inocencia, timidez y ternura infinitas trata de conquistar a la dama.

Y entre medias de su lenta y pausada historia, Issa atrapa en sus redes una hermosa estatua fálica de Apolo. Aunque esta misteriosa pieza le mete en muchos líos, parece como si tuviese un influjo mágico en su vida. La llamada del amor no puede esperar más. Los realizadores se inspiraron para esta parte de la trama en una historia real a principios del siglo XXI: realmente hubo una estatua que fue rescatada del mar.

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