Cien años de Marilyn Monroe (I). Río sin retorno (River of no return, 1954) de Otto Preminger / El multimillonario (Let’s make love, 1960) de George Cukor

Marilyn Monroe es una vieja amiga de El blog de Hildy Johnson, por eso se merece un buen cumpleaños. La actriz ha aparecido en varias ocasiones por el blog por distintos motivos: un libro, una exposición, un documental o película sobre ella, una reflexión… Y es que servidora siempre ha tenido gran cariño a la actriz desde que de pequeña adquirió en un quiosco una cinta con una recopilación de sus canciones. Con los años el análisis y el estudio de la vida y obra de esta actriz, de la representación de su persona en distintos ámbitos, de cómo ha sido objeto de arte, de literatura, de ensayos, de exposiciones y todo tipo de merchandising han llamado mi atención.

Por eso, antes de empezar esta serie, creo importante explicar qué pretendo con esta pequeña serie de artículos. Lo que deseo es realizar varias sesiones dobles y analizar el legado cinematográfico de Marilyn Monroe como actriz. Muchas veces se ha escrito sobre ella, su figura, su vida, lo que significa, etcétera, pero habitualmente se olvidan sus películas y su trabajo como intérprete. ¿Qué es lo que se ve en sus películas? ¿Aguantan un visionado actualmente? ¿Cómo analizarlas y entender su magnetismo? ¿Dónde radica su magia? Así que será un placer indagar y ver a qué conclusiones llegamos en estas sesiones dobles, donde también veremos algunos aspectos de su vida, siempre que tengan que ver con la película que analicemos.

Río sin retorno (River of no return, 1954) de Otto Preminger

Marilyn Monroe y Robert Mitchum se conocieron cuando aún no eran estrellas sino Norma Jean y un Robert rebelde que todavía no sabía que iba a ser actor.

Si hay algo que se ha difundido es que Marilyn no tuvo una carrera versátil y se la encasilló en un único rol, rubia tonta de buen corazón. Incluso en ese rol, en esas rubias de buen corazón, sus personajes mostraban peculiaridades que hacían que ninguna fuese igual. Pero Marilyn mostró en varias ocasiones que podría haber sido una actriz mucho más versátil capaz de llevar a cabo todo tipo de roles. Y precisamente luchaba por ello, por ser considerada una actriz, no solo una estrella con sex appeal, no solo una modelo convertida en actriz, no solo una pin up con la que soñar.

En Río sin retorno, Marilyn es Kay, una cantante de Saloon. Kay es una muchacha fuerte y curtida que solo trata de salir adelante en un mundo hostil y masculino.

Marilyn Monroe con su blusa y vaqueros ceñidos se convierte en aventurera y protagonista de un western de Otto Preminger. Su personaje no es una rubia tonta de buen corazón. Es una mujer fuerte, comprensiva, que trata de sobrevivir y de entender a todos los que la rodean, incluso a esa pareja que tiene, un jugador de poca monta que está desesperado por vivir bien y que claramente la utiliza.

Kay quiere prosperar y tener una vida sin sobresaltos. No la asusta trabajar en lo que sea. Es una chica de Saloon que va con sus zapatos rojos allá donde haya un escenario, un público y una canción que cantar. No tiene suerte en el amor, pero lo intenta.

Se cruzan en su camino un padre y un hijo con los que tendrá que emprender toda una odisea. El trayecto no será fácil por muchos motivos: su prometido, el jugador, no se lo pone nada fácil y no hace más que meter la pata; el padre del niño busca venganza por lo que el jugador les hace; tienen que huir de los indios y también de otros vaqueros indeseables; y la relación con el padre del niño no es fácil y viven momentos muy tensos.

La película es una rareza por varios motivos. Ninguno de los implicados estaban muy motivados por esta película meramente de encargo. Para Preminger fue un reto técnico, además es el único western de su filmografía. Era la primera vez que Marilyn protagonizaba una película de dicho género. Y para Robert Mitchum, como muchas veces en su carrera, era un puro trámite para poder vivir bien.

Esta película buscaba rentabilizar el lanzamiento de un progreso técnico, el famoso Cinemascope, un nuevo sistema de filmación y proyección que permitía ampliar la pantalla en grandes dimensiones. La horizontalidad de la imagen lograba sacar partido de los paisajes y en películas de aventuras, como esta, era todo mucho más espectacular. Esto daba más motivos al público para acudir al cine y disfrutar de un formato que la televisión, que ya ocupaba todos los hogares, no ofrecía.

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Cóctel de películas por San Valentín: sobre amor, descubrimientos y revelaciones

Estoy viviendo últimamente buenos momentos cinematográficos, así que me ha parecido buena idea escribirlos. Que mejor que celebrar un día dedicado al amor (quitemos los artificios comerciales) que alimentando una pasión que nos cuida. Y ¿qué película, incluso las de más mal rollo, no esconde en el fondo una historia de amor?

The Brutalist, la magia de la sala de cine

Pildora de amor 1. The Brutalist o un hombre roto.

Disfruté del espectáculo del cine con una sala llena: The Brutalist de Brady Corbet. Me hubiese gustado verla en una sala de esas enormes de mi infancia con el telón que tapaba la pantalla para vivir la magia completa. La película de Corbet es una de esas películas largas a lo West Side Story, Lawrence de Arabia o Camelot con su intermedio y todo… Un largometraje donde todo se cuida, desde los créditos del principio, porque así se completa una obra.

The Brutalist tiene imágenes de esas que ya no olvidas. Como la llegada al nuevo mundo del protagonista, el arquitecto László Toth (Adrien Brody), después de haberse roto por completo con la brutalidad de los campos de concentración. Lo primero que ve es la Estatua de la Libertad invertida. En un principio, no sabemos bien dónde se encuentra si un tren de la muerte, si en un campo hacia una cámara de gas… No distinguimos dónde quiere o dónde intenta salir, hasta que se descubre que está en un barco y que sale fuera, al aire libre, para ver Nueva York.

Me gusta cómo me cuentan ese relato de un hombre quebrado que llega a EEUU y tiene que seguir lidiando, sin poder recompenerse nunca. La película baila entre dos frases. Una la escribe su esposa en una carta. Su voz se oye en off durante los primeros minutos y le dice: «Quienes más libres se creen, son quienes más lejos están de la libertad». Y la otra forma parte de un discurso que da su sobrina en una muestra de la obra arquitectónica de su tío en el epílogo: «Lo importante no es el camino, sino el destino».

Entre medias, está el proyecto creativo de un hombre que es artista y todo lo que no puede decir, expresar, sentir o contar lo deja en un edificio. No le salen las palabras, no escribe, pero sí puede plasmar en una obra arquitectónica lo que siente.

El camino de László está lleno de dolor, tragedia y daño. Todo lo sufre en un cuerpo y un alma que ya están rotas por el horror sufrido. Dentro de la desgracia, solo puede dejar su firma. Una biblioteca donde lo importante es la luz que entra en un espacio diáfano o un edificio brutalista que significa muchas cosas, incluso cada medida revela algo en concreto. Si venía de una Europa que era puro infierno aterriza en una tierra que no es ningún sueño, sino una pesadilla. En todas partes, hay personas que pisan y los que son pisados. En el infierno y en la tierra prometida.

Buster Keaton, cara de palo tierno

Otro momento especial fue en el salón de casa de mi madre. Nos preparamos una noche para ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928) y desde que empieza hasta que termina lloramos de la risa. Y sientan tan bien esas risas. Buster Keaton recibe los envites de la vida con su cara de palo y transmite golpe tras golpe una ternura infinita. Yo reía, pero tenía ganas enormes de meterme en la pantalla y abrazar a Willie. Está llena de momentos cumbre, pero no me voy a ir a la tempestad, sino cuando su padre se empeña en entrar en una sombrerería para que se quite la boina y se compre un sombrero. Es sublime el rostro de Keaton con distintos sombreros y su empeño por conseguir llevarse uno que le gusta y a su padre le espanta…

Supongo que me estoy preparando para el gran acontecimiento que voy a vivir este sábado: El maquinista de la general(The General, 1926) con una banda de jazz en directo. Creo que voy a reír y llorar a la vez.

Odas al mal rollo

Píldora de amor 2. Longlegs y todo el mal rollo del mundo.

No, no es fácil generar mal rollo a través de una película. Me ha pasado últimamente con dos largometrajes. Por una parte, Longless de Osgood Perkins (sí, sí, el hijo de Anthony Perkins). Desde el segundo uno transmite una atmósfera que provoca incomodidad. Todo es a través de la mirada extraña de una agente del FBI, que arrastra varios traumas. Cómo está contada la historia, los movimientos de cámara, la interpretación de los actores, el villano más raro que os podáis imaginar, unas muñecas que dan grima pero a la vez son perfectas, los distintos formatos de pantalla para contar la historia…, todo crea en el espectador unas sensaciones que generan malestar. Como ese miedo que provoca caer a un abismo inexplicable.

La otra que me ha generado muy mal rollo ha sido una española, Salve María de Mar Coll. La directora convierte la maternidad en la peor de las pesadillas. Tiene momentos que provocan auténtico terror y pavor. Juega con el suspense y el miedo. Mar Coll realiza una radiografía estremecedora de una madre con depresión posparto. Sufrí cada instante con ella y con su bebé, Eric.

Lo interesante es que esa madre es novelista, crea universos y mundos. Y su depresión se convierte en material literario. Escribe lo que no puede gritar. Lo que le avergüenza y le da pánico expresar. De nuevo, una mirada que cuenta el infierno que vive. La protagonista, esa madre al borde del abismo, lee un suceso de otra madre que mata a sus bebés en una bañera y su mente se obsesiona con esa historia, porque está sintiendo cosas que la hacen tener mucho miedo de sí misma. Por cierto, nunca un cuervo que entra en una habitación me dio tan mal agüero.

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Historias veraniegas (2). Camelot, un musical extremadamente romántico

Lancelot, Arturo y Ginebra, los tres protagonistas de Camelot. Los reyes de la utopía y el germen de la destrucción…

Sí, Camelot es un musical extremadamente romántico y también amado, porque cada vez que lo revisito me envuelve primero una alegría sin igual para hundirme después en una tristeza trágica. Así he vuelto hacerlo en una calurosa tarde de verano. Y su visionado me hizo llorar. Camelot es una celebración que después se convierte en una sinfonía de traición, muerte y desolación. Solo queda una especie de esperanza final, porque sobrevive la leyenda. La idea de la utopía.

Lo dirigió Joshua Logan en 1967, un director que siempre ha dejado huella de un romanticismo extremo en las pocas películas que dirigió. Imposible no dejarse llevar por el trotamundos y la joven pueblerina en Picnic, por la cabaretera de poca monta y el vaquero paleto en Bus Stop, por el militar estadounidense que se enamora hasta las trancas de una bailarina japonesa en plena guerra de Corea en Sayonara, por la joven del puerto y el marinero que la abandona en Fanny o ese trío especial que logran cierta convivencia pacífica en el lejano oeste en La leyenda de la ciudad sin nombre.

Camelot, el musical, fue todo un éxito en los escenarios de Broadway. Un libreto de Alan Jay Lerner y Frederick Loewe, que arrasó con sus tres protagonistas: la voz maravillosa de Richard Burton, una jovencísima Julie Andrews y el bello Robert Goulet. Ahí estaban el rey Arturo, Ginebra y Lancelot consiguiendo que el público se empapara con cada una de sus canciones y se sumergieran en ese mundo de leyenda que suponía Camelot.

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10 razones para amar Siete novias para siete hermanos (Seven Brides for Seven Brothers, 1954) de Stanley Donen

Siete novias para siete hermanos. Las novias esperando la primavera en una cabaña aislada.

Razón número 1: Un disco de vinilo

Mi infancia está unida a muchos recuerdos bonitos. Y uno de ellos tiene que ver con un vinilo. Los domingos por la mañana mis hermanos y yo dormíamos hasta más tarde. Mis padres para que fuéramos abriendo los ojos nos ponían música y uno de los vinilos más empleados era el de la banda sonora de Siete novias para siete hermanos. Según íbamos amaneciendo al son de las canciones, también nos llegaba desde la cocina el delicioso olor de las tortillas francesas con bonito que nos estaban preparando para desayunar.

Razón número 2: Un recuerdo materno

Uno de los recuerdos de la infancia de mi madre tiene que ver con Siete novias para siete hermanos. Mis abuelos la llevaban mucho al cine y aquel día eligieron para ir con ella el musical de Stanley Donen. Compraron las entradas en taquilla y se disponían a pasar felices una tarde de cine… Entonces en la puerta, recriminaron a mi abuelo que cómo era tan imprudente de llevar a una niña a una película así, que sus protagonistas salían en ropa interior, que cómo se atrevía… Así que mis abuelos se murieron de la vergüenza y mi madre se quedó sin ver la película.

Razón número 3: Stanley Donen

Es uno de mis directores amados, porque varias de sus películas han fomentado mi amor por el cine clásico. ¡¡¡Está detrás de Cantando bajo la lluvia!!! Me sorprendió otra vez cuando descubrí hace doce años Juego de pijamas, un musical a mi parecer innovador donde los protagonistas son los empleados de una fábrica que se pone en huelga para conseguir mejoras laborales. Hubo una época que me vi prácticamente toda la filmografía de Audrey Hepburn y Donen tienen tres títulos con ella que figuran entre mis favoritos: Charada, tremendamente divertida; Una cara con ángel, estéticamente impecable y, por supuesto, una de las comedias románticas que más amo, Dos en la carretera. Pero también Donen fue un pionero en el tratamiento de ciertos temas y en 1969 contó la historia de dos hombres que son pareja desde hace treinta años en La escalera.

Siete novias para siete hermanos. Cada uno de los intérpretes de esta película consiguieron no caer en olvido por esta película.

Razón número 4: De cantantes y bailarines

Siete novias para siete hermanos tiene un reparto de cantantes y bailarines que dejan un buen recuerdo. De hecho los siete hermanos Pontipee forman parte de los recuerdos cinéfilos de los que amamos el género. Los siete atractivos solteros que viven aislados en plena naturaleza, rudos, salvajes y maleducados, que, de pronto, «aprenden» a comportarse en sociedad tienen rostros de cantantes y bailarines (menos uno del que hablaremos en el próximo apartado).

El primogénito, Adam, es Howard Keel. De los musicales de Broadway como cantante saltó a la Metro y prestó su voz a más de un musical clásico (Magnolia o Bésame, Kate), aunque también trabajó en muchas películas que no alcanzaron tal estatus. Curiosamente adquirió la mayor popularidad de su carrera cuando trabajó en la serie Dallas. El hermano pequeño, Gideon, es el popular y magnífico bailarín Russ Tamblyn. Sería también el inolvidable Jeff en West Side Story, pero también es recordado como actor en melodramas como Vidas borrascosas o en la serie Twin Peaks.

Mi hermano Pontipee favorito, Frank, fue un gran bailarín, Tommy Rall. Se puede seguir su pista en Mi hermana Elena o también Bésame, Kate. Los otros tres hermanos: Caleb, Daniel y Ephraim fueron también tres bailarines con interesantes carreras en este campo: Matt Mattox (parece ser que fue considerado un experto en la disciplina de danza jazz), Marc Platt y Jacques d’Amboise.

Entre las novias destacan, la esposa de Adam, Milly. El papel fue para Jane Powell, cantante y bailarina. También estuvo presente en otro recordado musical, Bodas reales, donde Fred Astaire bailaba hasta en los techos… Las otras novias también tenían como profesión el baile, el canto o solo la actuación, pero tan solo una de ellas alcanzó cierto recuerdo (como veremos en el próximo apartado). Ellas fueron Ruta Lee (Ruth), Virginia Gibson (Liza), Nancy Kilgas (Alice), Betty Carr (Sarah) y Norma Doggett (Martha).

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Declaraciones de amor al cine (primera parte). Babylon (Babylon, 2022) de Damien Chazelle

Babylon y el exceso sin respiro.

En un cortometraje de 1934 titulado Star Night at the Cocoanut Grove, varias estrellas de la Metro-Goldwyn-Mayer acuden a un evento musical en un club nocturno. El maestro de ceremonias, el artista de vodevil y actor Leo Carrillo, dice unas palabras en su presentación de la gala: «Hollywood, Hollywood. Fabuloso Hollywood. Babilonia de celuloide, gloriosa, fascinante…, ciudad delirante, frívola, seria, audaz y ambiciosa, viciosa y glamurosa. Ciudad llena de dramas, miserable y trágica…, inútil, genial y pretenciosa, tremendo amasijo… Relumbrona, terrible, absurda, estupenda; falsa y barata, asombrosamente espléndida… ¡¡Hollywood!!».

Así empieza el primer tomo de Hollywood Babilonia (1965) de Kenneth Anger, y parece que Damien Chazelle no desconoce este libro escrito por este cineasta experimental y con amor al ocultismo, que logró el éxito con esta publicación plagada de fotografías, rumorología y cotilleos varios del Hollywood clásico. Varias de las historias narradas entre sus páginas se han demostrado posteriormente que solo eran rumores y se han desmentido; no obstante se han convertido muchas de ellas en verdaderas leyendas urbanas.

Es cierto que existe una visión determinada de Hollywood antes del Código Hays: un periodo pionero, de aventura y descubrimiento, un mundo salvaje donde la gente era capaz de todo por el negocio y el arte. Kenneth Anger alimentó además la impresión de que también era una bacanal donde los locos años veinte llegaron a su apogeo máximo. Curiosamente el segundo tomo de Hollywood Babilonia, publicado en los años ochenta, no tuvo tanta repercusión como el primero, quizá los tiempos habían cambiado y ya lo que contaba Anger no era tan escandaloso.

Lo sorprendente es que estas palabras del maestro de ceremonias proceden de un corto del mismo corazón de Hollywood y prácticamente son una sinopsis de lo más acertada del largometraje de Damien Chazelle. Y definen a la perfección Babylon: excesiva, escatológica, desmesurada, contradictoria, mastodóntica, ególatra, imperfecta, pero tremendamente atrayente, divertida, con momentos muy bellos y unos actores absolutamente entregados.

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Elvis (Elvis, 2022) de Baz Luhrmann

Elvis está contada desde el punto de vista de su manager el coronel Tom Parker.

Elvis baila y se mueve al ritmo del montaje frenético e hipnótico de la película de Baz Luhrmann. El director australiano atrapa el alma del rey del rock and roll y se nota su admiración por el artista y los conocimientos que atesora de sus canciones y vida. Luhrmann con su fuerza visual habitual, su barroquismo y sentido del espectáculo levanta una obra que va mucho más allá de un biopic musical. Con Elvis consigue construir la historia de un mito cultural del siglo XX en forma de tragedia. De paso atrapa, durante el relato cinematográfico, el espíritu de un país en convulsión continua durante las décadas de los 50, 60 y 70. Baz Luhrmann es capaz de transmitir la fuerza del legado musical de Elvis Presley y por qué su música sigue sonando.

El sentido del espectáculo de Luhrmann es todo un acierto para ir tallando el nacimiento, desarrollo y declive de una figura tan compleja y rica como Elvis Presley. Desde un respeto absoluto y reverencial hacia el cantante, construye un argumento y unos personajes principales con alma. Por otro lado, consigue una historia potente hasta el punto de que si hay un desconocimiento de base del icono cultural, engancha por reflejar una tragedia poderosa de un hombre que termina encerrado en una jaula de oro. Elvis Presley, devorado por el éxito y la fama y también por el amor extremo que siente por la música una vez se sube a un escenario y que transmite a los espectadores que quedaban cautivados por su música. Amor recíproco.

El punto de vista

Son varios los ingredientes que se unen para hacer de Elvis un largometraje que no deja indiferente. Primero, el punto de vista elegido para contar la historia del mito. Un envejecido, solitario y enfermo coronel Tom Parker (Tom Hanks) cuenta su relación a lo largo de tres décadas con Elvis Presley. La historia del mito surge del relato de Parker y de la relación tóxica que atesoraron durante años el cantante y su manager. De los tejemanejes, manipulaciones y mirada distorsionada de Parker logra sobresalir y volar un Presley auténtico, atrapado en sus redes. Elvis Presley, como héroe rebelde, que, sin embargo, no logra nunca desatarse de la presencia de Parker ni de todo el «imperio» que construye a su alrededor. Claramente se va viendo cómo queda atrapado en esa jaula de oro que le condujo finalmente a una muerte temprana a los 42 años.

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Críticas en unas pocas palabras de películas de estreno

El triunfo (Un triomphe, 2020) de Emmanuel Courcol

El triunfo, cine y teatro en armonía.

Cuando estaba viendo esta película francesa, me vino a la cabeza una británica de Peter Cattaneo, Lucky Break y una italiana de los hermanos Tavianni, César debe morir. En los tres largometrajes, unos presos en una cárcel se interesan por el teatro y sienten la posibilidad de alcanzar la libertad. Y las tres películas muestran una manera muy diferente de contar esta historia.

La francesa se inspira en una historia verídica, y presenta a un profesor de teatro que ama lo que hace, que trata a los presos como actores profesionales y que les propone montar algo muy serio: Esperando a Godot de Samuel Beckett. En El triunfo se respira en cada fotograma un amor inusitado hacia el teatro; el poder que siente uno encima de un escenario; cómo la vida alimenta a la ficción, y viceversa; y, por último, deja sentir una obra de teatro que puede hacer comprender una situación, unas vidas y esa sensación de espera…

La hija oscura (The Lost Daughter, 2021) de Maggie Gyllenhaal

La hija oscura, una reflexión incómoda sobre la maternidad.

La actriz Maggie Gyllenhaal se pone detrás de la cámara para rodar una historia psicológica e incómoda sobre la maternidad, adaptando una novela de Elena Ferrante. Se pone en la piel de una profesora de literatura, Leda (maravillosa Olivia Colman), que está de vacaciones en un idílico lugar al lado del mar. De pronto, su contacto con una joven madre (enigmática y sensual Dakota Johnson) y su hija pequeña desata una tormenta interior en Leda. Desde ese momento, rememora su propio papel como madre joven (Jessie Buckley) de dos niñas.

Desde el principio todo lo vemos desde la mirada de Leda que cada vez está más incómoda y todo lo que la rodea va adquiriendo una tonalidad siniestra, desagradable y amenazante. A la vez que también va tomando decisiones y llevando a cabo acciones cada vez más incomprensibles: como esa muñeca que acaba en su poder y que desata una tormenta interior. En realidad, Leda trata de reconciliarse con una decisión que tomó en el pasado y con las sensaciones encontradas que tiene con lo que sintió: la felicidad sin las ataduras de la maternidad.

Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 2022) de Kenneth Branagh

Muerte en el Nilo, cuando el cine es puro entretenimiento.

Kenneth Branagh apuesta por el cine puro y duro de entretenimiento, llevándonos a lugares exóticos, dejándonos arrastrar por el glamour, por las pasiones desatadas, por varios asesinatos y un peculiar detective belga para resolverlos. Si al principio de su carrera, Branagh abrazó a William Shakespeare, ahora se siente cómodo en el universo de Agatha Christie.

Una cosa está clara en sus dos películas sobre el universo de la dama del misterio: se siente cómodo como Hércules Poirot, y no solo eso…, sino que se lo pasa bien en su piel. Es más, en esta glamurosa Muerte en el Nilo, le regala un pasado en que se nos revela la razón de su famoso bigote, y le regala la posibilidad de enamorarse.

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Películas para empezar el año

Una película buena para terminar el año y otra para empezarlo. Un buen listado para los últimos y primeros días del año. Y estoy contenta porque de cada propuesta he disfrutado bastante, así que ha sido una bonita manera de encaminarme hacia el 2022 con ganas de tener muchas más risas, buenos largometrajes, libros y, sobre todo, muchos momentos con aquellas personas a las que quiero.

West Side Story (West Side Story, 2021) de Steven Spielberg

Rita Moreno, nexo de unión entre las dos versiones cinematográficas de West Side Story.

El nexo de unión de ambas versiones cinematográficas es Rita Moreno. La Anita de la versión de 1961 se transforma en Valentina, la dueña de la tienda donde trabaja Tony. Y para ella, con casi 90 años, es la canción de «Somewhere» en esta nueva mirada de Spielberg.

Lo que logra el director es transmitir no solo su amor por este musical (sus canciones han formado parte de la banda sonora de su vida: desde su infancia hasta la actualidad), sino no traicionar el espíritu de la película de Robert Wise y Jerome Robbins. Cine musical clásico, pero a la vez con toda la frescura de una mirada nueva. Romeo y Julieta vuelven a las calles de Nueva York con sensibilidad del siglo XXI. Me apetecía además un homenaje a Stephen Sondheim, que últimamente lo tengo muy presente.

Si bien es cierto que no sentí el despertar y sobrecogimiento que supuso mi primer visionado de la película de 1961, sí logré volver a engancharme con la historia de los Jets y los Sharks, hundirme por las calles de Nueva York, vivir ese amor interracial más allá del odio y sentir cómo los temas que toca están más de actualidad que nunca (de nuevo Spielberg trabaja con el guionista y dramaturgo Tony Kushner). Como siempre Steven Spielberg atrapa con su fuerza visual.

Y los nuevos Tony y Maria, Bernardo y Anita o Riff viven, cantan y bailan las calles de la ciudad, se dejan ver a través de pañuelos de colores, luchan por un barrio en ruinas o estalla el drama en un almacén de sal. La música, coreografías y canciones vuelven a encandilar. Algunas las sitúa en otro lugar de la trama o realiza variantes y matices distintos que la versión de 1961. En algunos acierta plenamente como el encuentro entre Tony y María en el gimnasio y en otros me quedo sin ninguna duda con la versión de Wise, como la canción y la coreografía de «Cool».

Tres pisos (Tre Piani, 2021) de Nanni Moretti

El número tres, Nanni Moretti nada en el equilibrio para contar un buen melodrama contenido.

Me pareció fascinante esta película de Nanni Moretti donde atrapa tres historias de tres familias diferentes en un vecindario italiano de clase media alta en tres actos en un periodo de diez años aproximadamente. El equilibrio del número tres se repite continuamente en las historias. Como punto de partida el director italiano toma una novela de Eshkol Nevo, donde cuenta la vida de tres familias israelíes.

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Sesiones dobles para tardes de verano (7). Annette (Annette, 2021) de Leos Carax/El médico de Budapest (Zárójelentés, 2020) de István Szabó

Annette es una película espectacular y mágica para ver en sala de cine y dejarse llevar. El médico de Budapest es de esas historias humanas que te arrastran hasta el final, y emocionan. ¿Tienen un nexo en común, además de ser películas de estreno? Pues aunque parezca mentira, sí: la ópera. Las dos tienen un personaje femenino que es cantante de ópera de éxito. En la de Leos Carax es la protagonista: Ann Defrasnoux (Marion Cotillard) y en la de István Szabó es un rol secundario: la esposa del médico (Dorottya Udvaros). En ambos largometrajes la ópera es un arte excelso, que trasciende, para gozo de un público minoritario.

Leos Carax es un realizador francés con una breve filmografía. Sus películas son extremas, excesivas, extravagantes, atormentadas y poéticas. O entras en su universo… o te quedas fuera. Su trayectoria cinematográfica comenzó en los años ochenta y todo conducía a que terminaría realizando un poderoso musical como el que ofrece (tan solo hay que recordar ciertos momentos de Los amantes de Pont Neuf o de Holy Motors).

István Szabó es un director húngaro ya octogenario que desde los sesenta está en el mundo del cine. En sus películas la gran protagonista es la Historia y su influencia en la vida de sus personajes. La desgracias cotidianas vienen de la mano de los acontecimientos históricos. Su última obra no es solo humanista, sino que habla de la gente que sigue luchando y, que a pesar de un mundo duro, continúan manteniendo la esperanza y las ganas de las cosas bien hechas.

El primero siempre me ha llamado la atención, su filmografía es breve. Me marcó Los amantes de Pont Neuf y también Holy Motors. Del segundo, estoy en pañales; es más he visto tan solo dos películas que rodó fuera de Hungría: Cita con Venus y Conociendo a Julia. Para conocer su cine y cada una de sus películas, recomiendo el dossier que está publicando Yago París en Cine Divergente.

Annette (Annette, 2021) de Leos Carax

Annette. Lo que empieza como una romántica historia se convierte en una relación oscura.

Desde el principio, Leos Carax te invita a que te sumerjas en una historia donde todo es explosión y fantasía. Él mismo está en una sala de sonido, como ser omnipresente y creador, y, junto a su hija Nastya, da entrada a una canción de los Sparks, que se levantan del estudio de grabación, salen de allí y no dejan de cantar y avanzar en un plano secuencia, donde se les van añadiendo un grupo de personas, entre ellos los actores principales: Adam Driver y Marion Cotillard. Todos entonan “So May We Start”. Una invitación a una representación que empieza…

Annette es un musical de principio a fin, sin palabra alguna, todo es cantado. Y en el centro una historia de amor y desamor entre una pareja de artistas: de un monologuista provocador y una cantante de ópera. Leos Carax ha dirigido un proyecto arriesgado, similar a lo que en su día hizo Coppola con Corazonada. Solo que Annette posee el desgarro y la poética del realizador.

El espectador o se mete de lleno en el delirio o sucumbe a la tormenta y se hunde en su asiento preguntándose qué diablos está viendo. Desde el primer segundo, entré en Annette y ya no abandoné la propuesta. El punto de inflexión de este musical es el nacimiento de la hija de los protagonista, Annette. Ahí ocurre algo extraordinario relacionado con el bebé, pero que al final cobra todo su sentido.

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Diccionario cinematográfico (236). Monja

Monja de celuloide. Nos ha dejado un montón de protagonistas de una larga y variada filmografía.

«Monja», cuando miramos el significado en la RAE nos dice que es una persona que pertenece a una orden religiosa y vive en un monasterio o bien que es una religiosa de una orden o congregación. Si nos vamos a la pantalla de cine, hay muchas monjas de celuloide para recordar que viven en monasterios o en otros lugares y que pertenecen a una orden o congregación. Incluso alguna falsa monja, que utiliza los hábitos como disfraz.

Hay actrices que han hecho varias veces de monjas, y han protagonizado historias difíciles de olvidar. Por ejemplo, Deborah Kerr se puso los hábitos en la maravillosa y extraña Narciso negro (Black Narcissus, 1947) de Michael Powell y Emeric Pressburger. Una congregación de monjas viven en un templo del Himalaya y se ven envueltas en un clima de sensualidad que las atrapa. Deborah es la madre superiora. Por otro lado, nos encontramos en otra emocionante película a la hermana Ángela, la única habitante de una isla del Pacífico. En su camino se cruza un marine estadounidense con cara de Robert Mitchum. Para colmo los japoneses invaden la isla. Al final, queda una historia de amor imposible entre una monja y un marine. Me estoy refiriendo a Solo Dios lo sabe (Heaven Knows, Mr. Allison, 1957) de John Huston.

También Audrey Hepburn vistió los hábitos en dos películas: por un lado, Historia de una monja (The Nun’s Story, 1959) de Fred Zinnemann. Interesante biografía de una joven belga que se mete a monja, y se cuenta todo lo que le ocurre desde 1927, cuando entra como novicia a la estricta orden Hermanas de la Caridad de Jesús y María, hasta 1944, año en que en plena Segunda Guerra Mundial decide abandonar la orden, después de múltiples experiencias, por ejemplo, en el Congo. La otra ocasión en que Hepburn se vistió de monja fue para poner punto final a una historia de amor mítica: la de Lady Marian y Robin Hood. Una mujer, abadesa, y un hombre ya cansado de tanta aventura ponen punto final a un romance que nunca se ha extinguido. “Te amo más que al amor”.

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