Diccionario cinematográfico (234). Melopeas

Las melopeas es, en tono coloquial, como se nombran las borracheras o los estados de embriaguez… En el cine se han representado desde sus inicios las distintas borracheras de sus protagonistas. Y estas tienen una doble mirada: o desencadenan la tragedia o la comedia.

El millonario de borrachera con Charlot en Luces de la ciudad.

Melopeas de comedia. Charlot sabía muy bien hacer de borracho; de hecho uno de sus cortos, Charlot a la una de la madrugada, es una pantomima pura y dura sobre un hombre en plena melopea. El personaje de Chaplin regresa a casa después de una juerga nocturna con una borrachera considerable encima, y, claro, todos los objetos de la casa se le vuelven en contra. Pero en Luces de la ciudad parte de sus gags cómicos vienen de un personaje que no es Charlot, un millonario borracho (Harry Myers). Cuando está bebido, siente amor y amistad por el pequeño vagabundo, pero cuando está sereno no recuerda absolutamente nada y se convierte en un hombre de lo más estirado.

Muchas comedias basan algunos de sus gags en las melopeas de sus personajes principales. Por ejemplo, no hay borrachera más glamurosa y romántica que la que protagonizan James Stewart y Katharine Hepburn, dos personas no muy acostumbradas al alcohol, en Historias de Filadelfia. O Preston Sturges, que parte de una borrachera de su personaje principal para desarrollar la loca trama de El milagro de Morgan Creek, una comedia divertidísima. En ella una joven de un pueblo, después de una noche de juerga con varios soldados que se hospedan en la aldea, amanece sola sin acordarse de nada, con un anillo de casada, y poco después, embarazada.

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Daniel (Daniel, 1983) de Sidney Lumet

Cómo afecta a un hijo, Daniel, la herencia política de sus padres, sobre todo si arrastra una desgracia que rompe su unidad.

Susan Isaacson (Amanda Plummer) se queda mirando tristemente a su hermano Daniel (Timothy Hutton) durante su visita al sanatorio mental en el que está recluida, y antes de marcharse le dice: «Todavía nos están jodiendo, Daniel. ¿Te has dado cuenta?». Y es que esta inexplicablemente olvidada película de Sidney Lumet (es difícil localizarla y además tampoco es emitida por televisión) tiene ese tono melancólico y sombrío para contarnos un episodio negro de la historia política de EEUU. Lumet adaptó la novela El libro de Daniel de E. L. Doctorow, y además el propio autor elaboró el guion.

Así surge una película íntima y muy personal del realizador, donde cuida el fondo y la forma para devolver una obra cinematográfica dolorosa, pero tremendamente hermosa. No trata un tema fácil ni complaciente, sino bastante incómodo (puede que a eso se deba el silencio alrededor de la cinta), y Lumet junto a Doctorow tocan sutilmente todas las aristas para narrar lo que quieren. La verdad es que puede verse en una jugosa sesión doble junto otro título del director, del que hace relativamente poco escribí un post: Un lugar en ninguna parte (1988).

Uno de los alicientes de Daniel es la forma en la que está contada. La mirada predominante, el empleo del color, la estructura de la historia y la alternancia de los tiempos o el uso inteligente de la banda sonora… Todo para narrar la herencia que reciben dos hermanos por el compromiso político de sus padres, y el dolor que arrastran ante la desgracia familiar que acontece y que les destruye la vida. Esa desgracia tiene que ver con los tiempos que corrían, donde la militancia comunista de sus padres chocó con un momento de intolerancia política, miedo, sospecha y rechazo hacia la izquierda americana.

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Original y remake. La otra (1946) de Roberto Gavaldón/Su propia víctima (Dead Ringer, 1964) de Paul Henreid

Roberto Gavaldón y Paul Henreid unidos por una misma historia. Me gusta cómo un descubrimiento me lleva a otro. Así ha pasado con las dos películas de esta sesión que propongo. Indagando en el catálogo de una plataforma, descubro que han subido una nueva película de Bette Davis que no conozco, Su propia víctima. Y me agrada más cuando veo que está dirigida por el actor Paul Henreid, un inolvidable Victor Laszlo en Casablanca. Es otro de los temas que me gusta analizar, películas dirigidas por actores o actrices. Me deleito en su papel como realizador, sobre todo de numerosos capítulos de Alfred Hitchcock presenta.

Y me pongo a leer información antes de verla y entonces descubro que es un remake de película anterior, ambas basadas en una historia del guionista y autor Rian James. Y esa película original es del periodo de oro del cine mexicano, otra época en la que me gusta ahondar. Ni más ni menos que La otra de Roberto Gavaldón, con una genial Dolores del Río. Buscando en Internet descubro una página de la UNAM de México que facilita cine en línea, también con un canal en YouTube, y entre otras películas ofrece el visionado de una copia de buenísima calidad de esta obra cinematográfica de Gavaldón.

Roberto Gavaldón filma con maestría y elegancia visual un poderoso melodrama, y Paul Henreid crea una obra visualmente más plana y sencilla, pero fuerte tanto en la construcción de personajes, como en envolverlo todo de suspense y dejando huellas de cine negro para construir una película muy oscura.

La otra (1946) de Roberto Gavaldón

Roberto Gavaldón crea una obra cuidada formalmente y haciendo hincapié en la culpa, la redención y el romanticismo con una bella y gran actriz, Dolores del Río.

La película empieza en un entierro de un hombre con un alto poder adquisitivo, se nota por el carácter de la ceremonia y por los asistentes. Su viuda está totalmente cubierta de negro, su rostro también. Llega presurosa una joven hermosa y humilde, y pronto sabemos que es la hermana de la viuda. Una vez terminado el entierro es invitada a la mansión de esta. Cuando se retira el velo del rostro, descubrimos que son gemelas. Premisa fundamental de la historia. Durante el encuentro de ambas, de María y Magdalena (Dolores del Río), descubrimos sus distintas personalidades y suertes.

Una se ha subido al tren de la fortuna pisando a quien tuviese que pisar. Y la otra es una mujer trabajadora, con problemas económicos y amargada por su situación. La rivalidad entre ambas es evidente, incluso se deja entrever que el marido de la millonaria primero pretendió a la humilde. Cuando María, la humilde, se entera de la cantidad económica que va a heredar su hermana, su insatisfacción por la vida que tiene, aumenta. E incluso no la deja ver que hay un hombre a su lado, Roberto (Agustín Irusta), que no solo la ama, sino que quiere que pasen todos los problemas de la vida juntos. El trato humillante que recibe por parte de su jefe y de los clientes, en la peluquería donde trabaja, y su dificultad para pagar el alquiler de la vivienda donde vive, así como la imposibilidad de momento de casarse con Roberto hace que María tome una decisión: matar a su hermana y suplantarla. Planea el crimen perfecto.

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El jorobado de Notre Dame. Cuatro versiones cinematográficas de Nuestra Señora de París de Victor Hugo

El jorobado de Notre Dame, Quasimodo, es uno de los personajes más reconocibles de la literatura francesa. Victor Hugo escribió una obra de un romanticismo trágico para salvar el gótico de París que no estaba siendo muy respetado durante el siglo XIX. Así el escritor recreó el medievo francés en París y contó la historia de varios personajes alrededor de Notre Dame durante más de setecientas páginas en Nuestra Señora de París. Entre medias de las desgracias de sus personajes dirigidos por la fatalidad, su pluma dejaba sus reflexiones sobre el arte, el conocimiento, la arquitectura, el progreso… y diversas descripciones. Todo para exaltar su amor hacia la arquitectura gótica parisina.

El cine ha adaptado numerosas veces la novela, dejando las reflexiones, las descripciones y ciertas tramas entre las páginas del libro, y muchas veces alterando el argumento o tomándose diversas licencias, pero atrapando algo de su esencia o recuperando para la pantalla algunos de sus personajes. Aunque hay varios protagonistas en este universo literario alrededor de la catedral parisina, en el cine el “rey” de esta historia ha sido Quasimodo, el jorobado, el campanero deforme y sordo de Notre Dame. Y no es de extrañar que siempre sea interpretado por actores con una enorme presencia y personalidad en la pantalla. Así en el cuarteto de películas elegido para analizar, el jorobado tiene el rostro de Lon Chaney, Charles Laughton, Anthony Quinn y Mandy Patinkin.

Por otro lado, siempre en sus versiones se ha respetado la fatalidad de los hechos (aunque a veces el cine guarde un final feliz a algunos de los personajes después de tanta desdicha) y el romanticismo trágico, sobre todo ese amor imposible y platónico entre el campanero y Esmeralda, la gitana. En realidad, lo que ha llamado poderosamente la atención es que es otra versión de un argumento clásico de la literatura francesa, y también repetido una y otra vez en distintas películas: la bella y la bestia. Cada una de las versiones cinematográficas de la novela de Victor Hugo tienen sus peculiaridades, sus personajes y sus momentos o ideas que merecen la pena. También cada historia hace hincapié en un aspecto determinado. Y la calidad y el acabado de las cuatro es diferente.

El jorobado de Notre Dame (The hunchback of Notre Dame, 1923) de Wallace Worsley

Lon Chaney como el jorobado Quasimodo. Y en el momento en que el personaje de Esmeralda le ofrece agua.

Uno de los alicientes de la película era ver la transformación del hombre de las mil caras, Lon Chaney. Y su conversión en el jorobado, como un ser deforme y monstruoso, cumplió las expectativas. De hecho, de los cuatro es el que tiene más de monstruo que de humano, aunque no olvida su sensibilidad de bestia maltratada capaz de amar y corresponder. El jorobado de Notre Dame es una película muda de la Universal que además de poner los cimientos del futuro cine de terror, era una apuesta del estudio, una superproducción.

Monumental su recreación en estudio de Notre Dame y sus alrededores, se centra en la historia de amor imposible entre la inocente Esmeralda (Patsy Ruth Miller), presentada como la niña pura de la novela, y el caballero vinculado a la corona, Phoebus. Ella es una zíngara, aunque se explica que sus orígenes son de una buena familia y que fue secuestrada por dos mujeres gitanas, y él es un caballero del rey, a punto de casarse con una dama de la corte. Para que la historia entre los dos pueda terminar felizmente hace falta la intervención del desgraciado campanero para proteger a Esmeralda y acabar con aquel dificulta la relación, Jehan, vinculado a los poderosos y a la catedral por su hermano, Claude, el archidiácono. El personaje del malvado en la novela es, en realidad, el archidiácono de Notre Dame, pero aquí pierde su identidad, y es su hermano el que ejerce el mal. Así la Iglesia queda desvinculada de la maldad de la corte y sus aristócratas, esto no ocurre en otras versiones.

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Buscando antecedentes del terror en la Universal: las películas de Paul Leni

Carl Laemmle, cabeza visible de los estudios de la Universal, buscaba talentos en Europa e invitó a un joven alemán a Hollywood para que dirigiera sus películas. Este hombre fue Paul Leni. Este se había formado como escenógrafo en teatro, con lo cual dominaba los efectos que podía crear con los decorados en el set para contar sus historias, y después, cuando entró a trabajar en el cine, se empapó del expresionismo alemán. Así que pisó los estudios americanos con un buen bagaje a sus espaldas, y rodó dos películas mudas que sembrarían muchas semillas de lo que sería el periodo de oro del cine de terror.

Por una parte una película protagonizada por un monstruo, donde no solo lo humaniza sino que propicia la identificación del público con su desgracia. Y, por otra, la atmósfera y el ambiente de las casas misteriosas y encantadas donde se reúnen un grupo variopinto de personas, así como la mezcla acertada de humor y terror. Para ambas obras cinematográficas buscaría inspiración en libros. En una, una novela de Victor Hugo, y en la otra una popular obra de teatro de John Willard. Por desgracia no se sabe qué rumbo hubiese tomado la carrera de Paul Leni, que empezó de forma tan brillante, pues falleció tempranamente en 1929.

El hombre que ríe (The man who laughs, 1928)

Paul Leni sigue la tradición del monstruo humanizado, hundido en su desgracia.

Conrad Veidt puso rostro a Cesare, el desgraciado coprotagonista de una de las cumbres del cine expresionista, El gabinete del doctor Caligari (1920) de Robert Wiene, y también fue cabeza de cartel en El hombre que ríe como Gwynplaine. La Universal puso en marcha todo su arsenal para llevar al cine la novela de Victor Hugo, y Paul Leni supo mezclar el desgarro del periodo de entreguerras con los locos años 20, para crear un triste y doloroso retrato de un personaje trágico. El guion de la película de Leni apunta un final feliz para su personaje, a pesar de que esto no es así en el libro, donde a Gwynplaine se le arrebatará también el derecho a ser feliz.

El payaso Gwynplaine sigue la tradición ya abierta en la Universal por el gran Lon Chaney de seres monstruosos, pero con una humanidad que rompe. Películas además rodeadas de un romanticismo trágico. Al principio de la película se nos desvela los orígenes aristocráticos del personaje y cómo la venganza de un rey hacia su padre construye la marca de su desgracia. El niño no solo es secuestrado, y privado de una vida de privilegios, sino que es vendido para un negocio de lucro, donde hombres sin escrúpulos desfiguran a los niños entregados para convertirlos en atracciones de ferias o transformarlos en bufones que provoquen la risa continua. A Gwynplaine le dejan una horrible sonrisa perpetua. Abandonado a su suerte, cuando una orden real destierra a los que se dedican a tal negocio, en su deambular solitario se encuentra con una bebé ciega que será el amor de su vida, Dea, y ambos serán acogidos por un artista ambulante al que llaman Ursus, el filósofo. Gwynplaine se transforma en un famoso artista ambulante conocido como el hombre que ríe.

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Periodo de oro del terror en la Universal. El doble asesinato en la calle Morgue (Murders in the Rue Morgue, 1932) de Robert Florey / El caserón de las sombras (The Old Dark House, 1932) de James Whale

No sería mala idea complementar esta sesión doble, con el documental Universal Horror (1988) de Kevin Brownlow, perfecto para poder entender los antecedentes del periodo de oro de las películas de terror y disfrutar de sus momentos de gloria. La influencia y el éxito de las películas de este estudio se extendieron a otras majors, que no dudaron en alimentar la ilusión de miedo y evasión del público con otras míticas producciones cinematográficas durante los años entre las dos guerras mundiales y con el crack del 29 en EEUU alimentando los miedos cotidianos del día a día.

Dos joyas del séptimo arte, una adapta el relato policiaco de Edgar Allan Poe, Los crímenes de la calle Morgue, y la otra es una adaptación de la novela Benighted de J.B. Priestley. Las dos toman como base el material literario y vuelan libremente para transformarse en extrañas obras de arte del cine de terror. Tanto Robert Florey como James Whale son dos directores icónicos, que muestran no solo un dominio del lenguaje cinematográfico excepcional, sino que hacen que el visionado de estas películas siga siendo imprescindible.

La primera se alimenta del mito de la bella y la bestia; mete al mad doctor, uno de los personajes característicos del cine de terror; muestra la influencia del expresionismo en el cine de Hollywood; y es además antecedente de una obra cinematográfica mítica. La segunda refleja la maravillosa combinación que ha hecho siempre el miedo y el humor, además su escenario es una de esas casas con vida propia, que después inspiraría a tantas casas u hoteles encantados, y también resalta un buen y variado reparto, típico en este tipo de producciones de la Universal.

El doble asesinato en la calle Morgue (Murders in the Rue Morgue, 1932) de Robert Florey

Una joya del cine de terror de la Universal. Bela Lugosi como un mad doctor que hace sufrir a una de sus víctimas.

Después de no haber podido rodar Frankenstein (porque el estudio prefirió encomendársela a James Whale), película que junto a Drácula de Tod Browning, inauguraría este periodo de oro de cine de terror de la Universal, Robert Florey se pone al frente de El doble asesinato en la calle Morgue. Y todavía hoy hipnotiza el espíritu y la atmósfera enfermiza de este film, que bebe en su ambientación y atmósfera de El gabinete del doctor Caligari de Robert Wiene.

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Septiembre (September, 1987) de Woody Allen

… dos amigas esperando septiembre… El final del ensueño.

Creo que uno de los libros que voy a leer este verano va a ser la autobiografía de Woody Allen, A propósito de nada. Me apetece mucho. Lo que es cierto es que llevo un tiempo que estoy repasando de nuevo películas de su filmografía que tenía muy olvidadas y que a lo mejor solo había visto cuando se estrenaron o en algún pase televisivo. Algo tiene su cine y su forma de contar historias que me engancha. Algunos diálogos son un deleite escucharlos. Sus personajes suelen mostrar sus luces y sus sombras, y algunos se desnudan emocionalmente frente al espectador, sin pudor alguno. Una de esas películas que tenía totalmente olvidada era Septiembre. La rodó entre Hannah y sus hermanas y Días de radio, y frente ese binomio quedó algo enterrada, y olvidada. No me ha decepcionado.

Todo empieza en las habitaciones vacías de una casa de campo aislada. De pronto, oímos voces en francés, hasta que nos topamos con un hombre y una mujer dando una clase de dicho idioma. Ahí empieza el periplode varios personajes en un corto periodo de tiempo. Y durante unas horas todos vivirán una catarsis para que poco después todo vuelva a la calma. Septiembre cuenta una historia con el espíritu de una obra de Chejov, a lo tío Vania, mezclado con una película de Bergman, tipo Sonata de Otoño, y arrastrando los miedos, las obsesiones y las neuras de Woody Allen. No faltarán amores no correspondidos y otros imposibles, con notas musicales especiales de Art Tatum, Irving Berlin o Rudy Vallee. Y estará el publicista que quiere ser escritor junto a la fotógrafa desgraciada o la esposa en crisis con el profesor de francés enamorado. Y se mezclarán unos con otros. Los personajes que despertarán de su sueño veraniego a los cuatro anteriores serán una anciana modelo y actriz y su pareja, un científico. Ella tiene una personalidad arrolladora y un pasado muy parecido al de Lana Turner (con asesinato incluido). De alguna manera es como si el viejo y glamuroso Hollywood se codeara con los tristes personajes de Chejov, los intelectuales del mundo de Allen y los sesudos personajes bergmanianos. Y este cóctel especial funciona.

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10 razones para amar Harold y Maude (Harold and Maude, 1971) de Hal Ashby

Harold y Maude, una pareja singular.

Razón número 1: Un número tatuado

Es una imagen rápida, como una ráfaga, que incluso puede pasar desapercibida si uno no está atento. Y es un momento revelador que cambia toda la historia y la mirada hacia uno de sus personajes principales, Maude (Ruth Gordon). De pronto, su forma de ser y su filosofía de vida cobra todo el sentido. De pronto, muchas de sus palabras y actos se entienden de otra manera. Maude deja de ser una anciana estrafalaria y vital para transformarse en una anciana superviviente y sabia que sabe verdaderamente lo que es la vida y lo que esto supone, y aun así la aprecia.

Un atardecer, una mujer mayor y un chico sentados juntos frente a un lago, a su alrededor todo lleno de escombros, y detrás de ellos, una autopista… Un paisaje poco acogedor y romántico, pero convertido en un sitio especial, como si todos los lugares que pisaran Harold y Maude se transformaran bajo su mirada en los espacios más hermosos. Conversan tranquilos, como dos enamorados, y Harold (Bud Cort) coge el brazo de Maude, y en ese instante se ven unos números tatuados en su brazo. Nada más. A continuación, Maude atrapa su atención y le cuenta una anécdota significativa de Dreyfus en la Isla de Diablo y las gaviotas. Los dos se quedan mirando el atardecer. Pero ese plano sobre el brazo de Maude da otro sentido a la película.

Razón número 2: Un piano, un ukelele y una canción

Harold y Maude hace hincapié en las cosas bellas que depara la vida y se detiene en la música. De hecho una de las primeras preguntas que le hace Maude a Harold es si sabe cantar y bailar. Y después en una cita de los dos en el vagón de tren donde vive ella, esta se queda perpleja porque Harold no sabe tocar ningún instrumento, y abre un armario lleno de ellos y saca un ukelele y le dice que solo tiene que tocar para que salgan notas. Antes, sin ningún complejo, sin preocuparle si desafina o no, Maude aporrea su piano y canta una canción a voz en grito: “Si quieres cantar, canta. Y si quieres ser libre, sé libre…”. El hecho es cantar, sin complejos y sin sentido del ridículo, qué más da. Y ese es el camino que tomará Harold, enfrentarse a la vida sin miedo, coger el ukelele y aporrear sus cuerdas, bailar y dar saltos, vivir… porque “si quieres cantar, canta. Y si quieres ser libre, sé libre…”. De nuevo la filosofía de Maude es sabia y triunfa.

El leit motiv musical de la película es esta canción de Cat Stevens, “If you want to sing out, sing out”, que aparece en tres momentos cumbre de la película. Aunque Stevens compuso bastantes más canciones para la película, esta queda grabada en la memoria sobre todo con esta secuencia donde una desprejuiciada Maude canta como la viene en gana…

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Diario cinéfilo de Hildy Johnson durante la cuarentena (2)

Mientras espero la apertura de mis queridas salas de cine, y me reafirmo en que no hay sitio mejor donde ver una película que en una pantalla grande, continuo con mi particular diario durante la cuarentena. Creo que la clave está en el equilibrio de la convivencia entre el mundo analógico y el mundo digital. Este panorama de un mundo con pandemia me hace añorar lo analógico: creo que lo presencial es mucho más cercano y enriquecedor que lo digital. O mejor dicho, creo en la convivencia enriquecida de ambos mundos que convergen. Pues es cierto que las nuevas tecnologías han traído muchísimas ventajas, de las que disfruto, pero el calor de la cercanía que provoca el encuentro en un cine, en un teatro, en una biblioteca o en un aula de literatura; el placer de pasar las páginas de un libro o de contemplar un cuadro a unos pocos metros de distancia; la alegría de una reunión de amigos o de la familia nunca me la proporcionará una conferencia on line, una videoconferencia o un e-book. Además me doy cuenta de cómo los bancos, las compañías telefónicas o eléctricas, las administraciones u otros organismos oficiales, etcétera están tendiendo a gestionar todo por la red, donde es mucho más difícil reclamar o tratar de que te expliquen algo. El objetivo final es eliminar los espacios físicos y el trato de persona a persona, porque que todo sea más impersonal permite no solo que se nos vayan metiendo más cosas que no necesitamos sin queja posible, sino que cada vez sea más difícil reclamar o acceder a alguien que te ofrezca una información o una solución a un problema.

Sí que es cierto que Internet es una puerta a un mundo que merece la pena (mismamente este blog me proporciona el poder compartir una pasión con muchas personas y la práctica de la escritura), pero no quiero que se convierta en mi única puerta. Y eso que yo llevo años bastante conectada, pues el ordenador es mi herramienta de trabajo. Además, la pandemia ha dejado ver de nuevo un asunto que se olvida a menudo, que la brutal brecha social también está en las nuevas tecnologías, y que el confinamiento ha traído más problemas todavía y ha sido más duro para muchos ciudadanos que no cuentan con Internet, con móviles u ordenadores.

Durante la cuarentena, el cine ha sido uno de mis refugios. Me proporciona mi hora y media o dos horas sagradas de distanciarme de todo lo que ha generado la pandemia: no solo la tragedia de la enfermedad y la muerte, la angustia de un futuro de incertidumbres laborales y económicas, sino la preocupación de asistir a una polarización cada vez más insalvable en la sociedad. Una polarización que se fomenta desde aquellos espacios en los que se debería estar luchando por construir, reparar y dar soluciones juntos. Y esa polarización me asusta porque no fomenta ni el diálogo ni busca puntos de encuentro o un camino hacia la construcción de un mundo mejor y más justo. Esa polarización busca la crispación, el desencuentro, el enfado y el odio.

Creo que la pandemia, y este tiempo que ha proporcionado la cuarentena, ofrecía una oportunidad para repensar nuestra forma de vivir, para darnos cuenta de que es importante la sostenibilidad y el cuidado de la naturaleza y para ser conscientes de la importancia de cuidar a los demás (y de dejarnos cuidar). Así como una oportunidad para poner el foco en el valor de la ciencia y la investigación, resaltar la importancia de la cultura, la educación y el trabajo bien hecho, así como la importancia de fomentar el espíritu comunitario y la importancia de seguir creyendo en la utilidad de los espacios comunes. Bueno, estamos a tiempo.

Es cierto, que como siempre en circunstancias extremas, se ha visto lo mejor del ser humano, pero también lo peor. Sin embargo, trato de creer en el equilibrio y en la esperanza de que el sentido común y lo mejor que escondemos cada uno sea lo que aflore cada día. Y creo que el cine es una gran herramienta, junto a la literatura o el teatro, para aprender a mirar y entender el mundo. Para reflexionar y poder enfrentarse a la vida diaria. Así que ahí va mi segunda tanda de películas.

Ficciones con alma (2)

Durante la cuarentena. La ceniza es el blanco más puro.

Quien ha buceado en la filmografía de Jia Zhangke, conocía ya la ciudad de Wuhan, el epicentro de la pandemia, y donde dio comienzo a que viéramos a todo un país sumergido en la cuarentena. En su último largometraje La ceniza es el blanco más puro (Jiang hu er nv, 2018) dicha ciudad sale nombrada. Y no solo eso sino que se refleja una China en transformación continua, tanto su paisaje como su sociedad, dejando un panorama complejo de una sociedad agresivamente capitalista bajo un mando único. Así como el choque continuo de un país de contrastes donde lo tradicional y ancestral siguen conviviendo con un mundo altamente tecnológico y moderno. Y en ese paisaje Jia Zhangke se va, de nuevo, a los bajos fondos, a los márgenes, para construir un melodrama hipnótico con aires de cine de gánsteres. En su primera parte atrapa para hacer avanzar al espectador por un camino desolador y desesperanzador en dos saltos temporales. La historia transcurre bajo la mirada de Qiao (Zhao Tao, musa y esposa del director), una mujer enamorada de Bin, el cabecilla de la mafia de Datong. Por amor termina en la cárcel y a su salida se ve abandonada y traicionada por Bin. Sin embargo, años después, Qiao continua fiel a la mafia, y Bin volverá a ella, acabado y hundido. Jia Zhangke construye el retrato complejo y especial de Qiao, que se va transformando como el paisaje a su alrededor, pero que se mantiene fiel a su esencia y a sus sentimientos.

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Diario cinéfilo de Hildy Johnson durante la cuarentena (1)

Dos meses de cuarentena son muchas horas para ponerse al día con películas recientes. No solo de clásicos se alimenta Hildy Johnson. También, durante estas extrañas jornadas, han tenido un especial protagonismo los documentales sobre cine que han alimentado mis ganas de saber un poco más. Por eso propongo durante los tres próximos textos un pequeño recorrido por un mapa de películas y documentales que me han despertado sensaciones y reflexiones.

Ficciones con alma

Diario cinéfilo de Hildy Johnson. La luz de mi vida

En tiempos de pandemia, no han faltado películas con dicha temática, y que, premonitorias, se estrenaron muy recientemente. Por una parte, una de animación stop motion de Wes Anderson: Isla de perros (Isle of dogs, 2018). Un cuento sensible con ese universo característico de su director, que crea un peculiar mundo distópico, sobre un niño que busca a su perro en un gigantesco vertedero donde han sido confinados los mejores amigos del hombre por una pandemia. Anderson cuenta sus historias con notas de humor, pero con una melancolía latente y con la reflexión de una sociedad oscura donde hay pocas posibilidades de luces, pero donde alguno de sus personajes lucha por no perder su identidad y no sucumbir en un pozo negro sin salida. Y me ha sorprendido también muy gratamente la última película que dirigió Casey Affleck, La luz de mi vida (Light of my life, 2019). El actor (que escribe, dirige y protagoniza la película) refleja el universo íntimo que construyen un padre y una hija en un mundo hostil arrasado por una pandemia que afecta a las mujeres. Así lo que le interesa a Affleck es mostrar esa relación que se va armando a través de las sesiones nocturnas de cuentos e historias bajo la luz de una linterna. Cuentos que se transforman en un manual de supervivencia para los dos en un mundo de incertidumbres y peligros constantes.

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