Cómo afecta a un hijo, Daniel, la herencia política de sus padres, sobre todo si arrastra una desgracia que rompe su unidad.

Susan Isaacson (Amanda Plummer) se queda mirando tristemente a su hermano Daniel (Timothy Hutton) durante su visita al sanatorio mental en el que está recluida, y antes de marcharse le dice: «Todavía nos están jodiendo, Daniel. ¿Te has dado cuenta?». Y es que esta inexplicablemente olvidada película de Sidney Lumet (es difícil localizarla y además tampoco es emitida por televisión) tiene ese tono melancólico y sombrío para contarnos un episodio negro de la historia política de EEUU. Lumet adaptó la novela El libro de Daniel de E. L. Doctorow, y además el propio autor elaboró el guion.

Así surge una película íntima y muy personal del realizador, donde cuida el fondo y la forma para devolver una obra cinematográfica dolorosa, pero tremendamente hermosa. No trata un tema fácil ni complaciente, sino bastante incómodo (puede que a eso se deba el silencio alrededor de la cinta), y Lumet junto a Doctorow tocan sutilmente todas las aristas para narrar lo que quieren. La verdad es que puede verse en una jugosa sesión doble junto otro título del director, del que hace relativamente poco escribí un post: Un lugar en ninguna parte (1988).

Uno de los alicientes de Daniel es la forma en la que está contada. La mirada predominante, el empleo del color, la estructura de la historia y la alternancia de los tiempos o el uso inteligente de la banda sonora… Todo para narrar la herencia que reciben dos hermanos por el compromiso político de sus padres, y el dolor que arrastran ante la desgracia familiar que acontece y que les destruye la vida. Esa desgracia tiene que ver con los tiempos que corrían, donde la militancia comunista de sus padres chocó con un momento de intolerancia política, miedo, sospecha y rechazo hacia la izquierda americana.

Tanto el libro como la película se inspiran en un episodio muy concreto de la historia política americana: la detención, juicio y pena de muerte en la silla eléctrica de un matrimonio de civiles, los Rosenberg, acusados de espías y de pasar secretos relacionados con la bomba atómica a la URSS. Corrían los años 50 y el macartismo actuaba con virulencia en la sociedad. En la película la familia protagonista se apellida Isaacson. Paul y Rochelle Isaacson (Mandy Patinkin y Lindsay Crouse) son un matrimonio judío políticamente comprometido con el comunismo desde su juventud. Así sutilmente en la película se dan pinceladas de la izquierda americana durante finales de los 30, 40 y 50 hasta finales de los 60 y principios de los 70 (en el momento de las manifestaciones pacifistas en contra de la guerra de Vietnam).

También Daniel es la historia del desmoronamiento de una familia y lo que pesa la herencia de los padres. Así como el dolor que provoca en los dos hermanos no solo la pérdida de su mundo y felicidad, sino el sentimiento de culpa y la impotencia de no poder proclamar el daño sufrido así como la dificultad de encontrar una única verdad en lo que ocurrió (más bien lo imposible que es toparse con una única verdad, y ser conscientes de que cada persona lleva a sus espaldas “su verdad”), entender lo vivido, superar los secretos y los silencios y, sobre todo, cómo gestionar la memoria, qué hacer con el recuerdo y la herencia ideológica de sus padres.

Daniel Isaacson, marcado por la Historia con mayúscula.

Daniel es la mirada, el análisis y los recuerdos fragmentados del hijo herido psicológicamente. El personaje principal además se remueve y sufre cada vez que es consciente de que su hermana pequeña, Susan, no solo no levanta cabeza, sino que se hunde más y más, aunque esta tiene mucho más claro la necesaria reivindicación de sus padres o de buscarles un hueco en su vida. La película es un recorrido por la introspección de Daniel en lo referente a sus padres, su sufrimiento y dolor silencioso que le hace cruel (sobre todo con su joven esposa), el análisis sobre lo acaecido en el pasado, sus intentos de reconstrucción y encuentro con la verdad, y, por último, asumir su pasado y rescatar lo que le hace bien de ese legado recibido. Impresiona su monólogo intercalado en distintos momentos de la película donde enumera los distintos métodos que se han utilizado a lo largo de la historia desde el poder para aplicar la pena de muerte.

La película refleja los recuerdos infantiles, el retrato de los padres así como de una vida familiar feliz y comprometida. Tras la detención, los años del desmoronamiento familiar y el desarraigo y miedo de los niños. Y, por último, un presente triste donde Daniel tras un nuevo intento de suicidio de su hermana trata de analizar, entender y reconstruir su pasado. Así la película es un salto de tiempos, perfectamente concatenados por los distintos acontecimientos, que van uniendo pasado y presente. A su vez la película está envuelta en el recuerdo y en las emociones, y el uso de los tonos y el color cuenta también la película. En un principio el pasado es de tonos cálidos, y el presente es más azul, triste, pero poco a poco esos tonos van también cambiando, según el personaje principal va gestionando y asumiendo todo lo ocurrido. Es más, finalmente el personaje continua en la lucha. Sidney Lumet además se sirve también para contar esta historia intimista de la música y de los cantos espirituales negros de Paul Robeson en momentos claves de la narración (en una de ellas el personaje bíblico de Daniel es protagonista y tiene similitudes con el proceso que está viviendo el personaje y su familia).

Es una película dolorosa, pero cuenta con secuencias bellísimas, incluso las más duras, como esa huida de los dos hermanos del hogar infantil donde están recluidos, mientras sus padres están encarcelados, en busca de su barrio y de su casa… Los personajes están muy bien matizados y cada secuencia ofrece un lado sobre una historia compleja, donde se expone todo un abanico de puntos de vista. No es sencillo lo que quiere transmitir ni cómo lo transmite. No esconde nada, así la secuencia de la ejecución de los padres es directa y fría, pero con una carga emocional casi insoportable. Y Daniel vuelve a mostrar a un cineasta comprometido con su tiempo y con una capacidad de análisis y profundidad necesarios. Además es un director que sabe contar muy bien una historia. La vuelvo a pensar, y sigo sin entender cómo es una película de Sidney Lumet sobre la que pesa el olvido y el silencio cuando es una de sus obras más cercanas, intimistas y redondas de su filmografía.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.