Reflexión a partir de Hamnet o cómo El blog de Hildy Johnson siempre ha sucumbido a la influencia de William Shakespeare

Hamnet es el principio de todo este sendero de William Shakespeare por el blog.

Soy Hildy Johnson y me declaro culpable por mi total devoción hacia William Shakespeare y todo lo relacionado con su persona. Una de las lecturas más emocionantes del año pasado fue Hamnet de Maggie O’Farrell. El otro día fui a ver la película de Chloé Zhao, que por suerte atrapa la esencia de esta obra literaria: cómo a través del arte, el proceso de creación del artista y la catarsis que puede provocarnos una interpretación cuando somos público se puede superar el duelo por la ausencia de un ser querido.

Y me viene a la cabeza otra de las películas que este 2025 me ha tocado muy fuerte: Ghostlight de Alex Thompson y Kelly O’Sullivan, precisamente porque toca exactamente lo mismo. Como una familia herida por una ausencia logra comprender lo que ha pasado cuando el padre por hilos del destino termina en un grupo de teatro amateur que pretende poner en pie un peculiar montaje de Romeo y Julieta.

A raíz de estas propuestas artísticas alrededor del bardo me doy cuenta de cómo este blog siempre ha estado empapado por lo shakesperiano y también mi vida. Más de una vez he contado y aquí va de nuevo (cual abuela Cebolleta) que mi puerta de entrada al señor William Shakespeare fue siendo niña cuando me sentí totalmente hipnotizada por un cómic de ediciones Deana (1982) de El sueño de una noche de verano. La adaptación que me cautivó por sus dibujos fue del historietista Miguel Quesada Cerdán.

Me enganché fuerte a esa noche mágica de seres fantásticos que se mezclaba con la historia de esos jóvenes que se enamoraban, perdidos en el bosque, y que les pasaban cosas que les nublaban el juicio y con esos personajes del pueblo que querían ensayar una obra para representar ante los poderosos.

A partir de ahí el idilio con Shakespeare aún no ha terminado. Nunca he podido desprenderme de esa noche de verano. En el blog he nombrado alguna vez mi fascinación por un montaje que realizó la compañía Ur Teatro en Sala Cuarta Pared de Madrid durante los años noventa. Y también mi felicidad cuando Tim Robbins presentó dicha obra en 2015 en Teatro Salón Cervantes en Clásicos en Alcalá. Con la emoción de Hildy por ver a Robbins cerquita, cerquita, disfrutando de su propio montaje desde un palco del teatro.

Si bien las distintas adaptaciones cinematográficas de El sueño de una noche de verano en el cine que he podido ver a mi parecer no logran captar la magia de los escenarios (me refiero a la de Michel Hoffman o la de William Dieterle y Max Rinhardt), nunca puedo olvidar la importancia de esta obra en El club de los poetas muertos y sobre todo para uno de los personajes más carismáticos de la película de Peter Weir, Neil Perry (Robert Sean Leonard).

Hay mucho del espíritu shakesperiano en la representación que realiza Neil de Puck, personaje clave de El sueño de una noche de verano, así lo escribí en su momento: «Un personaje que es una criatura nocturna, un ser creativo e imaginativo, que no pertenece a un mundo gris. De pronto, Neil no solo es feliz actuando, sino que se siente Puck, habitando un mundo mágico donde él se siente dueño de su destino, donde puede expresarse y sentir, donde huye de la realidad gris en la que sus padres quieren hundirle. Cuando ese sueño de una noche de verano se aleja, entonces Neil se hunde. No encuentra su sitio en ese futuro que le están construyendo».

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10 razones para amar ¡Qué ruina de función! (Noises off, 1992) de Peter Bogdanovich

¡Qué ruina de función! o cómo entender la comedia en el cine.

Razón número 1: Qué difícil es hacer reír

De ¡Qué ruina de función!, de Peter Bogdanovich, ya escribí un texto hace años en el blog, pero la semana pasada, volví a verla y supe que es de esas películas que amo con locura, así que vuelvo de nuevo a ella para dictar diez motivos por los que merece la pena dejarse llevar y disfrutarla en cada visionado. Y el primero de ellos es constatar una premisa: qué difícil es hacer reír. Creo que la comedia es de las artes más complicadas. Sin duda, provocar una lágrima es más fácil que lograr una carcajada.

Para mí el poder de ¡Qué ruina de función! es que la puedo ver una y otra vez y termino siempre llorando de la risa y ahogándome, porque las carcajadas no me dejan respiro. Pero es que además me atrevería a decir que es una comedia perfectamente construida, una reliquia de la risa y un mecanismo sin fisuras.

Razón número 2: Diversidad de comedia

¿Qué tipos de comedia hay? ¿Qué es lo que provoca la risa? ¿Cuáles son sus secretos? ¿Cómo se construye una comedia? En ¡Qué ruina de función!, Peter Bogdanovich, director de cine, da toda una lección de este género y deja muchas claves para entenderlo. ¿Cómo se provoca una carcajada? Nos puede hacer reír la situación planteada: unos actores que cada función que realizan es un puro desastre. O nos genera risa la actitud del propio personaje ante la vida, su manera de moverse o de recibir una noticia; por ejemplo, la vena cómica de actores como Carol Burnett o John Ritter que a través de su forma de actuar son capaces de generar la risa.

También hay un tipo de interpretación, todo un arte en el cine mudo, que practicaban genios como Chaplin, que podía estar al servicio de la risa: la pantomima, el arte de la representación mediante la mímica, contar algo tan solo con gestos y expresiones. Entre bambalinas, cuando se está representando una obra es necesario el silencio…, todos se tienen que comunicar por mímica…

Pero además el cine ha permitido dentro de la comedia vertientes insospechadas, y todas están reunidas en la película de Bogdanovich. Desde los orígenes del cine, se supo aprovechar la risa que provoca una caída, un buen empujón, un tortazo… Así en el cine mudo, el slapstick puso de relieve la fuerza del humor físico. Lo bien que funciona una buena caída por algo que el personaje es incapaz de esquivar (un sillón) o porque es protagonista de una broma pesada (le atan los cordones de los zapatos).

Y durante los años treinta, cuando ya se dominaba el arte del diálogo en la pantalla, se encontró la eficacia del screwball comedy, la comedia alocada, de conversaciones rápidas y chispeantes, de ritmo acelerado, situaciones absurdas y un sentido del caos muy pronunciado.

Además ¡Qué ruina de función! está dentro de esas películas que tratan el género del teatro dentro del cine… Y la trama principal son unos actores de gira en distintas ciudades y subiéndose a los escenarios con una comedia de enredos, donde la clave es buscar un conflicto por el que los personajes se muevan en el continuo malentendido o equívoco.

Y así podríamos continuar escribiendo y escribiendo sobre cómo Peter Bogdanovich con esta película realiza un verdadero tratado de la comedia. De hecho, en varios de los siguientes puntos que amo de esta película se visibiliza cómo emplea las distintas herramientas que permiten construir una comedia a través del lenguaje cinematográfico.

Razón número 3: El juego que da un plato de sardinas

En esta comedia maravillosa todo arranca con un plato de sardinas. Sí, la obra de teatro que están representando este grupo de actores tiene como motivo cómico un plato de sardinas. Un gag es un recurso, un efecto cómico, que cuando funciona, en este caso dentro de esta película, provoca la carcajada. Y este en concreto es un gag repetitivo. Nunca un plato de sardinas dio tanto juego.

Ese plato de sardinas es un elemento del atrezo, pero a la vez motiva, por repetición y por las distintas maneras para lo que se emplea, que se convierta en un recurso cómico… y según aparece el famoso plato de sardinas, provoca situaciones varias y la risa va en aumento. El plato de sardinas se olvida, está cuando no tiene que estar y viceversa, se cae al suelo o las sardinas terminan encima de la cabeza de alguien… ¡¡¡El espectador está preocupado y expectante por saber qué va a pasar la próxima vez con el bendito plato de sardinas!!!

Lo que pasa es que estamos ante una comedia virtuosa y hay otros tipos de gags sonoros, visuales, repetitivos que hacen su visionado un deleite. También se juega en un momento dado con una botella de alcohol o hay una secuencia divertidísima que se construye con un micrófono y el mensaje repetitivo que avisa al público de cuándo va a dar comienzo la obra…

Razón número 4: Tres niveles

Peter Bogdanovich emplea la estructura clásica de una obra, los tres actos, para construir la película. Así los tres momentos fundamentales que sustentan la historia son: el ensayo general, la representación de la obra entre bambalinas y la representación desastre, donde todo salta por los aires. Cada vez todo es más caótico y, después del caos, regresa el orden y el triunfo, porque el espectáculo siempre debe continuar. Lo bonito de este grupo de actores con su director de obra y los sufridos profesionales y técnicos que están entre bambalinas (los que están detrás del telón para que todo salga adelante) es que siempre representan hasta el final, hasta que baja el telón, aunque todo esté siendo un auténtico desastre.

Pero también hay tres niveles de significado cuando vemos la película y asistimos a cada una de las representaciones. Por una parte, está lo que el público está viendo encima de los escenarios: una obra de enredos. Después, todo lo que acontece entre bambalinas, qué es lo que ocurre tras el telón, durante los momentos de espera hasta que un actor tiene que salir, cómo solucionan problemas que tienen que ir improvisando para salir adelante…, etcétera. Y, por último, está el elemento humano y lo que va haciendo que todo se convierta en un auténtico caos, las relaciones que se establecen entre los actores y también con otros profesionales vinculados, y cómo afecta a las representaciones. Porque además no solo son relaciones profesionales o de amistad, sino que también juega el amor y el desamor.

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Descubrimientos veraniegos (5). El amor en su lugar (Love Gets a Room, 2021) de Rodrigo Cortés

El amor en su lugar, una oda al poder salvador del teatro.

¿Puede hacerse un musical ambientado en el gueto de Varsovia? Sí. ¿Puede ser una buena película? Sí. ¿Puede estar rodada por un director español? Sí ¿Puede tener corazón y además una forma que atrapa…? También. Todo esto es El amor en su lugar de Rodrigo Cortés.

Para los que no conocían sus cortometrajes ni su largometraje debut, Concursante, su nombre empezó a sonar en 2010 con Buried. Una película que con escasos medios provocaba emoción y tensión. Un intenso thriller protagonizado por Ryan Reynolds que se convierte en Paul Conroy, un hombre que vive su peor pesadilla cuando se despierta encerrado en un ataúd, tan solo cuenta con un teléfono móvil y un mechero. Si en aquel momento construyó toda una historia con tan pocos elementos y en un mínimo espacio, no extraña entonces que El amor en su lugar transcurra en tiempo real mientras unos actores y unos músicos interpretan una obra musical en un teatro.

Cine y teatro se dan la mano y nace una película que toca, que hace sentir. Lo bonito es que Rodrigo Cortés se inspira en hechos reales. En noviembre de 1940, los judíos de Varsovia fueron confinados en un gueto con unas condiciones de vida espeluznantes, les aplicaron unas medidas tan duras que les abocaron todos los días a la tensión, el miedo, la angustia y el estrés, causando un estado de shock permanente. Sin embargo, si algo no se paró fue la creatividad y la cultura. Cultura y arte como vía de escape, pero también como expresión de una situación infernal.

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Críticas en unas pocas palabras de películas de estreno

El triunfo (Un triomphe, 2020) de Emmanuel Courcol

El triunfo, cine y teatro en armonía.

Cuando estaba viendo esta película francesa, me vino a la cabeza una británica de Peter Cattaneo, Lucky Break y una italiana de los hermanos Tavianni, César debe morir. En los tres largometrajes, unos presos en una cárcel se interesan por el teatro y sienten la posibilidad de alcanzar la libertad. Y las tres películas muestran una manera muy diferente de contar esta historia.

La francesa se inspira en una historia verídica, y presenta a un profesor de teatro que ama lo que hace, que trata a los presos como actores profesionales y que les propone montar algo muy serio: Esperando a Godot de Samuel Beckett. En El triunfo se respira en cada fotograma un amor inusitado hacia el teatro; el poder que siente uno encima de un escenario; cómo la vida alimenta a la ficción, y viceversa; y, por último, deja sentir una obra de teatro que puede hacer comprender una situación, unas vidas y esa sensación de espera…

La hija oscura (The Lost Daughter, 2021) de Maggie Gyllenhaal

La hija oscura, una reflexión incómoda sobre la maternidad.

La actriz Maggie Gyllenhaal se pone detrás de la cámara para rodar una historia psicológica e incómoda sobre la maternidad, adaptando una novela de Elena Ferrante. Se pone en la piel de una profesora de literatura, Leda (maravillosa Olivia Colman), que está de vacaciones en un idílico lugar al lado del mar. De pronto, su contacto con una joven madre (enigmática y sensual Dakota Johnson) y su hija pequeña desata una tormenta interior en Leda. Desde ese momento, rememora su propio papel como madre joven (Jessie Buckley) de dos niñas.

Desde el principio todo lo vemos desde la mirada de Leda que cada vez está más incómoda y todo lo que la rodea va adquiriendo una tonalidad siniestra, desagradable y amenazante. A la vez que también va tomando decisiones y llevando a cabo acciones cada vez más incomprensibles: como esa muñeca que acaba en su poder y que desata una tormenta interior. En realidad, Leda trata de reconciliarse con una decisión que tomó en el pasado y con las sensaciones encontradas que tiene con lo que sintió: la felicidad sin las ataduras de la maternidad.

Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 2022) de Kenneth Branagh

Muerte en el Nilo, cuando el cine es puro entretenimiento.

Kenneth Branagh apuesta por el cine puro y duro de entretenimiento, llevándonos a lugares exóticos, dejándonos arrastrar por el glamour, por las pasiones desatadas, por varios asesinatos y un peculiar detective belga para resolverlos. Si al principio de su carrera, Branagh abrazó a William Shakespeare, ahora se siente cómodo en el universo de Agatha Christie.

Una cosa está clara en sus dos películas sobre el universo de la dama del misterio: se siente cómodo como Hércules Poirot, y no solo eso…, sino que se lo pasa bien en su piel. Es más, en esta glamurosa Muerte en el Nilo, le regala un pasado en que se nos revela la razón de su famoso bigote, y le regala la posibilidad de enamorarse.

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Septiembre (September, 1987) de Woody Allen

… dos amigas esperando septiembre… El final del ensueño.

Creo que uno de los libros que voy a leer este verano va a ser la autobiografía de Woody Allen, A propósito de nada. Me apetece mucho. Lo que es cierto es que llevo un tiempo que estoy repasando de nuevo películas de su filmografía que tenía muy olvidadas y que a lo mejor solo había visto cuando se estrenaron o en algún pase televisivo. Algo tiene su cine y su forma de contar historias que me engancha. Algunos diálogos son un deleite escucharlos. Sus personajes suelen mostrar sus luces y sus sombras, y algunos se desnudan emocionalmente frente al espectador, sin pudor alguno. Una de esas películas que tenía totalmente olvidada era Septiembre. La rodó entre Hannah y sus hermanas y Días de radio, y frente ese binomio quedó algo enterrada, y olvidada. No me ha decepcionado.

Todo empieza en las habitaciones vacías de una casa de campo aislada. De pronto, oímos voces en francés, hasta que nos topamos con un hombre y una mujer dando una clase de dicho idioma. Ahí empieza el periplode varios personajes en un corto periodo de tiempo. Y durante unas horas todos vivirán una catarsis para que poco después todo vuelva a la calma. Septiembre cuenta una historia con el espíritu de una obra de Chejov, a lo tío Vania, mezclado con una película de Bergman, tipo Sonata de Otoño, y arrastrando los miedos, las obsesiones y las neuras de Woody Allen. No faltarán amores no correspondidos y otros imposibles, con notas musicales especiales de Art Tatum, Irving Berlin o Rudy Vallee. Y estará el publicista que quiere ser escritor junto a la fotógrafa desgraciada o la esposa en crisis con el profesor de francés enamorado. Y se mezclarán unos con otros. Los personajes que despertarán de su sueño veraniego a los cuatro anteriores serán una anciana modelo y actriz y su pareja, un científico. Ella tiene una personalidad arrolladora y un pasado muy parecido al de Lana Turner (con asesinato incluido). De alguna manera es como si el viejo y glamuroso Hollywood se codeara con los tristes personajes de Chejov, los intelectuales del mundo de Allen y los sesudos personajes bergmanianos. Y este cóctel especial funciona.

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Una reflexión sobre el cine a través de una secuencia de Mi semana con Marilyn

Mi semana con Marilyn tiene un momento que explica quizá la fascinación que sentimos por el cine.

A veces a través de películas trato de encontrar una respuesta a la fascinación que me provoca el cine. Y la pasión que me despierta. He vuelto a ver Mi semana con Marilyn (My week with Marilyn, 2011) de Simon Curtis. Sí, no es una película redonda, pero tiene cierto encanto. Se revisita con gusto. La película se inspira en las vivencias de un joven de buena familia, Colin Clark, que entra a trabajar como ayudante de producción durante el rodaje de El príncipe y la corista (The prince and the showgirl, 1957). Dicha película la dirigió y protagonizó Laurence Olivier, un actor de teatro, que amplió su abanico interpretativo en el mundo del cine. Junto a él actuaba Marilyn Monroe, la mayor estrella del momento. Olivier se desesperó con la forma de trabajar, de actuar y de ser de la Monroe… Pero en la película de Curtis cae finalmente fascinado ante la fuerza que emana la actriz en la pantalla. Ella tiene ese secreto que pocos rostros consiguen. Y reconoce que ella le eclipsa y le roba la película limpiamente.

Al final de Mi semana con Marilyn, hay un momento en que en una sala de cine solitaria coinciden Laurence Olivier (Kenneth Branagh) y Colin Clark (Eddie Redmayne), cuando ya ha finalizado el rodaje, y ambos admiran secuencias con Marilyn actuando. Los dos están fascinados con lo que ven. Con esa sombra en la pantalla que es Marilyn o mejor dicho su personaje, la corista Elsie Marina.

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Delicatessen francés (III). French Cancan (French Cancan, 1955)/Elena y los hombres (Elena et les hommes, 1956) de Jean Renoir

La belle epoque según Jean Renoir (I). French Cancan (French Cancan, 1955)

French cancan

Después de su exilio en EEUU, Renoir vuelve a hacer cine en Francia e indaga en la alegría de vivir de una manera muy especial. Continúa la estela que ya inició con La carroza de oro (1952) para pensar sobre la representación y la realidad, y en películas donde todo es luz y color reflexiona sobre estos límites, sobre la vida y el teatro o la vida y el arte… Y él elige quedarse con el arte para entender la vida. Así French cancan es la primera de estas representaciones de su particular belle epoque, de esa vida en Europa antes de la Primera Guerra Mundial… y la “pinta” un hombre con su cámara a todo color, un hombre que ha vivido esa época, que además su padre la atrapó con pinceles, y que sabe lo que ocurrió después, pues vivió las dos guerras mundiales. Pues bien, este hombre, Jean Renoir, atrapa esa alegría de vivir en un mundo lleno de problemas y dilemas. Y elige el triunfo de la representación, el arte, el amor y las cosas bellas…, aunque haya que lidiar con el caos en el que el mundo se mueve.

Así bajo una apariencia alegre, incluso frívola, Jean Renoir dibuja la historia de Henri Danglard (Jean Gabin), un hombre entregado al amor y al arte, que recibe los reveses de la vida con tranquilidad, pues prefiere mimar su libertad artística y enamorarse una y mil veces de sus descubrimientos. Y sus descubrimientos, sean femeninos o masculinos, cuando prueban las mieles del escenario y la vida bohemia de Danglard así como su filosofía de vida se consagran eternamente a los escenarios, formando parte de una extraña familia con lazos fuertes. Y todos recibirán el caos, las desavenencias, los conflictos y los problemas de la vida con alboroto, pero a la vez con un grito de guerra: hay que seguir viviendo, y viviendo con energía.

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El mundo, un escenario. Shakespeare: el guionista invisible, de Jordi Balló y Xavier Pérez (Anagrama, Colección Argumentos, 2015)

Con la última frase del libro, “En medio de la fresca transparencia de su inolvidable película [los autores se refieren a Los espigadores y la espigadora], Varda descodifica el universo de la representación habiendo aprendido la lección de nuestro guionista invisible: sabemos que el mundo es un escenario, pero no nos resignamos a ser solo sus espectadores”, termino la lectura del ensayo cinematográfico que más me ha gustado en lo que va de año, y que no tengo duda será una de mis lecturas predilectas de 2019.

Sabía que El mundo, un escenario. Shakespeare: el guionista invisible iba a interesarme por dos motivos, pero las expectativas han sido superadas. El primero es que había leído otro ensayo de los dos autores que ya me había enganchado a su manera de mirar y entender el cine: La semilla inmortal. Los argumentos universales en el cine. Y el segundo es que de niña descubrí El sueño de una noche de verano en un cómic y me convertí en una enamorada de Shakespeare. En una devoradora lectora de sus obras de teatro y en una espectadora fiel siempre que he podido admirar algún montaje en el escenario.

Pero por supuesto tampoco he dejado escapar toda película que caía en mis manos que tuviese que ver con el universo shakesperiano. Así devoraba todos aquellos directores que se han sentido influenciados por él y han llevado a la pantalla sus obras como Keneth Branagh, Orson Welles, Akira Kurosawa, Franco Zeffirelli o Laurence Olivier. O también aquellos que se han interesado por alguna de sus obras y las han trasladado a la pantalla como Joseph Leo Mankiewicz, Baz Luhrmann o los actores Al Pacino y Ralph Fiennes. O aquellos realizadores que se dejaban inspirar por sus historias y “argumentos universales”, creando un universo propio o especial, ofreciendo así nuevas lecturas, como Robert Wise, Gus Van Sant o los hermanos Taviani.

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Noticias de cine. Semana de cine chileno/ Jesuchrist Superstar en los escenarios/Michael Caine y la gran vida

Semana de cine chileno

Semana chilena

Una oportunidad para ver buen cine.

Una de las cinematografías más emergentes de los últimos años está siendo la chilena. Chile está ofreciendo un cine innovador, inquietante, interesante y con una mirada distinta, renovadora. Así que Cinemachile, el organismo que está promocionando alrededor del mundo el cine patrio, lanza una iniciativa para celebrar su décimo aniversario: la proyección de las diez mejores películas chilenas de esta década según la selección de diez programadores de distintas partes del mundo. Este evento se celebrará en Madrid, París, Berlín y Los Ángeles. Y las salas Golem serán las que acojan esta iniciativa en Madrid. Diez películas que se concentran entre los días 30 de mayo hasta el 2 de junio y que proporcionan la oportunidad de volver a ver algunas obras potentes de directores como Pablo Larraín (No y El club) o Sebastian Lelio (Una mujer fantástica y Gloria) o películas que sorprendieron en la cartelera como La nana o Violeta se fue a los cielos. También recupera algunas películas que se pudieron escapar entre los estrenos como Jesús, Lucía o Matar a un hombre. Y, por último, incluso se proyecta una película no estrenada todavía en España, Tarde para morir joven, de Dominga Sotomayor. También como aliciente, algunas proyecciones contarán al final con coloquios donde estarán presentes los protagonistas, actores chilenos que ya son rostros referentes, como Paulina García, Daniela Vega, Antonia Zegers y Alfredo Castro.

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Ciclo de cine italiano (y III). Más allá de los directores estrella

Vida de perros (Vita da cani, 1950) de Steno y Mario Monicelli

Vida de perro

Steno y Mario Monicelli trabajaron en unas ocho películas juntos y una de ellas fue Vida de perros, una deliciosa tragicomedia, género en la que los italianos son estrella. La risa y el llanto, como la vida misma, se reúnen en esta crónica sobre las aventuras y desventuras de una compañía de variedades que viajan sin parar y llevan sus espectáculos a pueblos y ciudades. Trenes, hospedajes de mala muerte, escenarios de todo tipo, bares y restaurantes…, pero el espectáculo, pase lo que pase, siempre debe continuar. La compañía gira alrededor de su director: que cuida y acoge a todos. Pícaro y hombre bueno, trata siempre de suplir, como puede, los inconvenientes económicos. Él es un estupendo Aldo Frabrizi, que construye un personaje precioso. Vital, siempre adelante y capaz del sacrificio amoroso para no convertirse en obstáculo de una joven promesa.

Por una parte está la fuerza arrasadora del personaje del director de la compañía y, por otro, el destino de tres de las integrantes que aportan las gotas tragicómicas de la película. Por una parte, la bella y fría Franca (Tamara Lees) que deja todo, novio incluido (un Marcello Mastroianni al principio de su carrera), para huir de la miseria. Para ella la compañía es solo un paso para conseguir un marido rico. Ella es la protagonista de la historia más melodramática. Parece la más fuerte y, sin embargo, se mostrará la más herida, frágil y vulnerable. Vera (Delia Scala) es la chica trabajadora, enamorada de su novio de toda la vida, pero no bien vista por el padre de este. Ella da el tono costumbrista y social a la película. Y, por último, una joven polizonte que huye de su hogar, Margherita (una vital, divertida y encantadora Gina Lollobrigida), que recibe la ayuda del director y se queda en la compañía. Ella es la pieza fundamental de la tragicomedia. Vida de perros es de esas películas que gozan de encanto y que provocan felicidad durante su visionado a pesar de que no evita las tristezas y contradicciones de la vida.

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