Con la última frase del libro, “En medio de la fresca transparencia de su inolvidable película [los autores se refieren a Los espigadores y la espigadora], Varda descodifica el universo de la representación habiendo aprendido la lección de nuestro guionista invisible: sabemos que el mundo es un escenario, pero no nos resignamos a ser solo sus espectadores”, termino la lectura del ensayo cinematográfico que más me ha gustado en lo que va de año, y que no tengo duda será una de mis lecturas predilectas de 2019.

Sabía que El mundo, un escenario. Shakespeare: el guionista invisible iba a interesarme por dos motivos, pero las expectativas han sido superadas. El primero es que había leído otro ensayo de los dos autores que ya me había enganchado a su manera de mirar y entender el cine: La semilla inmortal. Los argumentos universales en el cine. Y el segundo es que de niña descubrí El sueño de una noche de verano en un cómic y me convertí en una enamorada de Shakespeare. En una devoradora lectora de sus obras de teatro y en una espectadora fiel siempre que he podido admirar algún montaje en el escenario.

Pero por supuesto tampoco he dejado escapar toda película que caía en mis manos que tuviese que ver con el universo shakesperiano. Así devoraba todos aquellos directores que se han sentido influenciados por él y han llevado a la pantalla sus obras como Keneth Branagh, Orson Welles, Akira Kurosawa, Franco Zeffirelli o Laurence Olivier. O también aquellos que se han interesado por alguna de sus obras y las han trasladado a la pantalla como Joseph Leo Mankiewicz, Baz Luhrmann o los actores Al Pacino y Ralph Fiennes. O aquellos realizadores que se dejaban inspirar por sus historias y “argumentos universales”, creando un universo propio o especial, ofreciendo así nuevas lecturas, como Robert Wise, Gus Van Sant o los hermanos Taviani.

Sin embargo, como digo, este ensayo ha superado mis expectativas, porque si bien es cierto que yo misma analizando películas a veces he soltado el adjetivo shakesperiano, diciendo que esta o aquella es una tragedia, drama o comedia shakesperiana o tal personaje parece sacado de una de sus obras, etcétera, etcétera…, nunca había visto tan clara la herencia de Shakespeare y del teatro isabelino en el mundo del cine como entre las apasionantes páginas de este libro. Y ha sido emocionante descubrir cómo el bardo es, efectivamente, un guionista invisible aún activo. Su huella se ve no solo en las películas sino en distintas series de televisión (una asignatura que tengo todavía pendiente).

Lo que hacen Jordi Balló y Xavier Pérez es explicar y reflejar cómo la huella del dramaturgo sigue vigente en la forma de contar las historias. Así se percibe como en el cine clásico, en el contemporáneo o en las series de televisión, la presencia del dramaturgo es evidente en “su tratamiento dramático, dotado de estrategias específicas (los recursos vinculados a la acción y a la estructura, el diseño de los personajes y sus dialécticas, el tratamiento dinámico de la escenografía) que se han convertido, gracias a él, en un soporte constante y en un estímulo de amplio espectro para los creadores posteriores”.

Así sus distintos capítulos van analizando diferentes técnicas que empleaba Shakespeare en cada una de sus obras y cómo se han aplicado o se aplican todavía en el mundo del cine y la televisión. Por ejemplo, saber situar al público desde el primer momento en el centro de la trama. En una misma historia presentar varios escenarios y tramas, dar tanta importancia a los personajes más poderosos como a los aparentemente más secundarios; todos, ricos y pobres, reyes y siervos, hombres y mujeres, jóvenes o ancianos tienen la misma relevancia en la historia y su particular momento brillante. La importancia de crear personajes carismáticos y complejos, incluso psicopatológicamente perturbadores o los más perversos, con todos sus matices, pero también el valor de construir personajes positivos, pasionales y llenos de vitalidad. Y siguiendo con los personajes armar sus motivaciones, lo que les hace funcionar y actuar, los deseos y las mentiras. Cómo se construyen las amistades y los obstáculos para mantenerlas o las relaciones complejas de pareja o entre familiares. La estructura circular para algunas historias o cómo escapar de esa circularidad, de esa violencia brutal que todo lo envuelve. La importancia de crear bien un monólogo, la fuerza manipuladora de las palabras, la función de la confesión en una trama, la magia de la evocación… En fin, lo indispensable del diálogo como motor de una escena, el valor de los duelos verbales bien realizados o de aquellas conversaciones que evocan el pasado. La potencia dramática de la naturaleza o de las grandes batallas. El uso de la violencia explícita o sus excesos como recurso narrativo… La fuerza de la representación: el teatro dentro del teatro para contar algo o el cine como ensayo; el distanciamiento entre la obra representada y la realidad a la que se refiere, la reacción ante ello… o como el mundo es un escenario con un montón de posibilidades.

Así entre las páginas de este ensayo no solo aparecerán las claves y los mecanismos que hicieron universales las más importantes obras del bardo como La fierecilla domada, Romeo y Julieta, Enrique V, Hamlet o Julio César, sino que descubriremos el poderoso atractivo de películas como El silencio de los corderos, Reservoir Dogs o El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford o de series como The Wire, Los Soprano, El ala oeste o The Big Bang Theory porque emplean esas mismas claves y mecanismos en su construcción. Y de esta manera queda acreditado realmente que Shakespeare es ese guionista invisible que todavía está detrás de muchas películas que nos apasionan, demostrando una vez más su genialidad.

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