Nunca la olvidaré

Alrededor de la mesa…

Mister Hyde (Cedric Hardwicke), el huésped de una familia humilde de inmigrantes noruegos en San Francisco, todas las tardes se reúne con ellos alrededor de la mesa para leerles novelas de su biblioteca. Un día le toca el turno a Historia de dos ciudades de Charles Dickens, y la hija mayor de la familia, Katrin (Barbara Bel Geddes), decide, por la emoción que siente al escuchar la historia, que va a ser escritora. A partir de ese momento esas tardes son sagradas. Nunca la olvidaré es una película evocadora y nostálgica inspirada en las vivencias y en la escritura de Kathryn Forbes (1908-1966), pero también en la obra de teatro de John Van Druten sobre el universo literario de la escritora. Así el espectador es testigo de la vida cotidiana, a principios del siglo XX, de esta familia, pero a través de los recuerdos de Katrin, de su mirada. Y ella articula el relato familiar alrededor de la madre (Irene Dunne). Después de ser testigo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el director George Stevens regresó al mundo del cine de ficción con una película de una sensibilidad extrema, luego iría encadenando una detrás de otra las películas de su filmografía que todo el mundo recuerda: Un lugar en el sol, Raíces profundas, Gigante o El diario de Ana Frank.

Y es que la mesa es el lugar de reunión no solo para la lectura, en tiempos donde todavía ni la radio ni la televisión ni la informática había irrumpido en los hogares, sino también para entre todos ver cómo va la economía doméstica, si llega para todo y para todos, en qué puede contribuir cada uno, e ir viendo dónde van las partidas…, para que la madre concluya feliz, después de gestionar todos los gastos y todo lo que es necesario, que por suerte no tendrán que ir al banco. O también es el lugar de reunión con otros miembros de la familia donde se cuentan confidencias, discuten o se alcanzan acuerdos. La mesa es el lugar donde se come o donde se toma el café, un ritual donde todavía no pueden participar los hijos, como niños que son, hasta que no sean personas maduras.

Katrin va contando distintas anécdotas donde su madre, con gran sentido común, está siempre en el centro. El hogar es el mundo que ella mejor conoce, y tardará en darse cuenta de que también es su fuente de inspiración. A la vez va presentando a otros miembros de su familia: su padre, sus tres hermanos, el cascarrabias y entrañable tío Chris (Oscar Homolka), y sus tres tías… Todos con sus personalidades definidas y protagonistas de alguna anécdota que sirve de aprendizaje. Así entre recuerdos Katrin se va haciendo mayor, pero también se forma como escritora, encuentra qué es lo que quiere contar. Nunca la olvidaré está plagada de personajes entrañables con todas sus virtudes y sus defectos. Y cuenta con una galería de buenos actores que cuentan con su momento culminante. Con cada uno de ellos Katrin va recibiendo lecciones de vida: sobre las relaciones, sobre la muerte, sobre hacerse mayor, sobre las responsabilidades, sobre los sueños, sobre los deseos, sobre las frustraciones cotidianas… Pero siempre protegida por la gran personalidad de la madre, una mujer sencilla, pero con una inteligencia emocional que le permite tirar de todos los miembros de la familia.

Pero además George Stevens no solo maneja una buena historia, sino que muestra sus dotes como “escritor cinematográfico” y proporciona una puesta en escena elegante, llena de momentos inolvidables. No solo instantes alrededor de la mesa, sino cómo utiliza los distintos espacios de la casa para contar algo. Por ejemplo, todo lo que ocurre mientras el padre arregla una ventana. El uso de las puertas, de los distintos rincones de la casa o cómo evoca el pasado Katrin mientras lee las páginas de su manuscrito en el hogar vacío donde todos estaban… Hay momentos mágicos que no ocurren dentro de la vivienda familiar, cómo la visita a escondidas de la madre al hospital donde han operado a su hija pequeña o cuando van al hogar de un tío Chris moribundo. Nunca la olvidaré es una película sencilla, cotidiana, plagada de pequeños momentos… y a través de una mirada sensible, única. Y es que George Stevens sabía que era fundamental la mirada especial de un personaje para comprender a los otros o a uno mismo. Esa mirada prácticamente es una firma de sus grandes obras.

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