Sesiones de verano (y III). Mi propio festival de cine de verano

Durante este mes de agosto, he tenido mi propio festival de cine de verano con varios visionados que tenía pendientes y descubrimientos de clásicos que todavía no había visto. Desde hace años, no me muevo en agosto. Mi ciudad es agradable durante este mes de parón. No solo pude vivir el eclipse en un parque (y me hizo más ilusión de lo que pensaba), hice alguna que otra escapadita gastronómica, alguna que otra celebración, completé lecturas que tenía pendientes y elaboré varios trabajos, sino que no me faltó el cine. No pude acercarme a la sala de cine, y eso que agosto es un mes muy rico en oportunidades cinéfilas, pero sí he tenido la oportunidad de disfrutar de muchas buenas películas en casa.

Mucho cine estadounidense de los setenta

Daisy Miller, una película del Nuevo Hollywood.

Me gusta mucho todo lo relacionado con el Nuevo Hollywood y los setenta, aunque los ecos de cambio ya sonaban a mediados de los sesenta, así que siempre he tratado de ver todo lo que cae en mis manos de esta etapa, pero todavía me quedan bastantes títulos por ver. Y este verano me he empapado de varios de esas películas pendientes.

Me encantó descubrir la ópera prima de Alan J. Pakula, El cuco estéril, una crónica de un amor universitario en absoluto tópico y con una protagonista femenina demoledora en su complejidad (Liza Minnelli).

Luego una de mis grandes pendientes de Peter Bogdanovich, del que prácticamente he visto toda su filmografía, era Daisy Miller, su adaptación de la novela corta de Henry James. ¡Cómo he disfrutado de esta película, más de lo que esperaba! Bogdanovich sorprende con su ligereza en el retrato de Daisy para presentar finalmente un relato cinematográfico melancólico que te golpea fuerte.

Por último, me metí en una de las obras de Paul Schrader que todavía no había visto, Hardcore, uno de sus relatos cinematográficos con antihéroe que baja a los infiernos y encuentra un camino de redención inesperado. Esta vez es un padre de familia profundamente religioso e intransigente que busca a su hija desaparecida y entra en el mundo del cine porno con una mirada muy diferente y totalmente opuesta a Boogie Nights.

Sin abandonar los setenta, revisioné uno de esos grandes éxitos del cine de catástrofes, La aventura del Poseidón. Este cine de catástrofes fue una manera de preservar la herencia y los preceptos del cine clásico en Hollywood y el sistema de estudios, con repartos estelares con actores que estaban emergiendo en la década que se mezclaban con otros que habían reinado en el Hollywood clásico. Productos cinematográficos bien hechos, con buenos personajes y una historia coral con catástrofe de fondo que enganchaba desde el primer segundo.

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Ristra de curiosidades. De exposiciones, series, fallecimientos y películas controvertidas

Expresionismo. Un arte de cine (Fundación Canal)

Qué bueno cuando las exposiciones de cine te descubren películas.

El domingo tuve la suerte de escaparme y visitar la exposición Expresionismo. Un arte de cine, una magnífica puerta de entrada para descubrir este movimiento cultural, centrándose sobre todo en su aportación al séptimo arte, el cine. Un cuidado recorrido con un discurso expositivo bien planteado entre cuadros, fotogramas y fragmentos de película, con cartelas con la información necesaria y paneles de texto con llaves y claves para tirar de los hilos necesarios.

La iluminación y el espacio era como viajar a un espacio onírico, tenebroso y expresionista, como escaparse por los miedos de la mente humana. Disfrute de muchas de las secuencias cinematográficas. Qué ganas me entraron de ver de nuevo El último de F. W. Murnau. Pero sobre todo quise descubrir Nervios (Nerven, 1919) de Robert Reinert. Me quedé varias veces parada en sus fragmentos y fotogramas. No hace mucho he vuelto a disfrutar de Nosferatu y El gabinete del doctor Caligari. Son películas tan gozosas… Siempre que leo o veo algo como esta exposición me entran unas ganas irrefrenables de hacerme un enorme maratón de películas de expresionismo alemán.

De momento advertir que en la página web de la Fundación Canal para todo aquel que no pueda acercarse o no tenga tiempo hay una estupenda oportunidad de hacer una visita virtual a la exposición con los textos y las cartelas, que merece la pena, pudiéndose acercar con el zoom a cada uno de los fotogramas, cuadros, ilustraciones y demás, así como disfrutar de las secuencias de las películas.

Muerte de Lee Tamahori

Guerreros de antaño, una de esas películas que me marcaron en los 90.

Me compro la revista de Fotogramas y como siempre doy un repaso a su sección de The End, me sorprendo al comprobar que el 7 de noviembre falleció el cineasta Lee Tamahori. Y es cierto que ha tenido una filmografía bastante irregular, pero para mí es imposible olvidar el impacto que me causó en los noventa su debut cinematográfico, Guerreros de antaño (Once Were Warriors, 1994). Tanto es así que la fui adquiriendo en todos sus formatos. Todas las veces que la he visto me he quedado enganchada a ella y a ese retrato de una familia de maoríes de finales del siglo xx en Nueva Zelanda.

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Barbara Loden (y II). Wanda (Wanda, 1970)

El señor Dennis y Wanda, una pareja de forajidos.

Durante la investigación que realizó Nathalie Léger para su libro Vida de Barbara Loden, contactó con Mickey Mantle, un famoso jugador de béisbol, de los Yankees de Nueva York. Este había conocido a Barbara Loden durante sus inicios, cuando bailaba en el Copacabana, un famoso club nocturno durante la década de los cincuenta. Y el jugador de béisbol le da una definición inesperada y reveladora de la historia que se refleja en Wanda, la única película que dirigió Barbara Loden: «Como ya sabrá, Wanda y el señor Dennis son igual que una pareja de payasos, Ahab y Bartleby viajando juntos —uno empecinado a muerte en hacer algo y otro que preferiría no hacerlo—, una verdadera historia de amor, no se extrañe tanto».

Juego no obstante ante la pantalla para atrapar a «esa pareja» y realizar mi propio análisis. Y el hilo del que tiro es una historia de un par de fugitivos o una pareja fuera de la ley, pero sin el halo heroico y romántico que suele habitar en este tipo de películas en el cine estadounidense. El señor Dennis y Wanda viven en un mundo gris y sin alicientes, sin un futuro al que aferrarse, ni siquiera planifican un sueño. Cuando miran por la ventana, los paisajes con los que se topan no son bonitos, ni tampoco las calles por las que pasean o los hoteles y casas por los que pasan…, es esa América que está muy lejos del sueño, pero que es más real.

El señor Dennis y Wanda no tienen que ver con los protagonistas desesperados, pero enamorados hasta las trancas, de Solo se vive una vez, ni con Los amantes de la noche, ni siquiera con los de El demonio de las armas o con Bonnie y Clyde. No, no se parecen a ellos. Es difícil, incluso sentir alguna empatía hacia ellos o conectar un poco. Pero Barbara Loden termina realizando una triste historia de dos fuera de la ley y del sistema…, de dos fracasados. Una película que llega, que toca hondo, que no se olvida, que marca. La realizadora logra que lo que les ocurre nos conmueva. Sí, hace una desencantada historia de amor de dos seres sin futuro. Wanda y el señor Dennis no dejan indiferentes, conmueven.

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Sesiones dobles para tardes de verano (7). Annette (Annette, 2021) de Leos Carax/El médico de Budapest (Zárójelentés, 2020) de István Szabó

Annette es una película espectacular y mágica para ver en sala de cine y dejarse llevar. El médico de Budapest es de esas historias humanas que te arrastran hasta el final, y emocionan. ¿Tienen un nexo en común, además de ser películas de estreno? Pues aunque parezca mentira, sí: la ópera. Las dos tienen un personaje femenino que es cantante de ópera de éxito. En la de Leos Carax es la protagonista: Ann Defrasnoux (Marion Cotillard) y en la de István Szabó es un rol secundario: la esposa del médico (Dorottya Udvaros). En ambos largometrajes la ópera es un arte excelso, que trasciende, para gozo de un público minoritario.

Leos Carax es un realizador francés con una breve filmografía. Sus películas son extremas, excesivas, extravagantes, atormentadas y poéticas. O entras en su universo… o te quedas fuera. Su trayectoria cinematográfica comenzó en los años ochenta y todo conducía a que terminaría realizando un poderoso musical como el que ofrece (tan solo hay que recordar ciertos momentos de Los amantes de Pont Neuf o de Holy Motors).

István Szabó es un director húngaro ya octogenario que desde los sesenta está en el mundo del cine. En sus películas la gran protagonista es la Historia y su influencia en la vida de sus personajes. La desgracias cotidianas vienen de la mano de los acontecimientos históricos. Su última obra no es solo humanista, sino que habla de la gente que sigue luchando y, que a pesar de un mundo duro, continúan manteniendo la esperanza y las ganas de las cosas bien hechas.

El primero siempre me ha llamado la atención, su filmografía es breve. Me marcó Los amantes de Pont Neuf y también Holy Motors. Del segundo, estoy en pañales; es más he visto tan solo dos películas que rodó fuera de Hungría: Cita con Venus y Conociendo a Julia. Para conocer su cine y cada una de sus películas, recomiendo el dossier que está publicando Yago París en Cine Divergente.

Annette (Annette, 2021) de Leos Carax

Annette. Lo que empieza como una romántica historia se convierte en una relación oscura.

Desde el principio, Leos Carax te invita a que te sumerjas en una historia donde todo es explosión y fantasía. Él mismo está en una sala de sonido, como ser omnipresente y creador, y, junto a su hija Nastya, da entrada a una canción de los Sparks, que se levantan del estudio de grabación, salen de allí y no dejan de cantar y avanzar en un plano secuencia, donde se les van añadiendo un grupo de personas, entre ellos los actores principales: Adam Driver y Marion Cotillard. Todos entonan “So May We Start”. Una invitación a una representación que empieza…

Annette es un musical de principio a fin, sin palabra alguna, todo es cantado. Y en el centro una historia de amor y desamor entre una pareja de artistas: de un monologuista provocador y una cantante de ópera. Leos Carax ha dirigido un proyecto arriesgado, similar a lo que en su día hizo Coppola con Corazonada. Solo que Annette posee el desgarro y la poética del realizador.

El espectador o se mete de lleno en el delirio o sucumbe a la tormenta y se hunde en su asiento preguntándose qué diablos está viendo. Desde el primer segundo, entré en Annette y ya no abandoné la propuesta. El punto de inflexión de este musical es el nacimiento de la hija de los protagonista, Annette. Ahí ocurre algo extraordinario relacionado con el bebé, pero que al final cobra todo su sentido.

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Una joven prometedora (Promising Young Woman, 2020) de Emerald Fennell

Una joven prometedora me ha suscitado reflexiones desde que la vi en la sala de cine y ofrece una mirada determinada que dota de sentido toda la película, incluido su tono. La vi hace varios días y sigo dándole vueltas. Voy a intentar explicarme. Ahora mismo estoy disfrutando de lo lindo con un enorme volumen de Cuentos de hadas (Impedimenta, 2016) de Angela Carter, donde la escritora recopila una ristra de cuentos tradicionales de todas las partes del mundo con un nexo común: están protagonizados por mujeres. Como dice en la introducción: “pese que este sea un libro de cuentos maravillosos o cuentos de hadas, entre sus páginas vas a encontrar pocas hadas”…, lo que encuentras, sin embargo, es todo tipo de mujeres.

La traductora Consuelo Rubio Alcover en un Prefacio a la antología facilita una definición certera de este tipo de cuentos del historiador y filósofo rumano Mircea Eliade: “según el cual estos cuentos proponen ‘modelos de comportamiento humano’ que, por lo tanto, dotan de ‘sentido y validez’ a la vida”. Pues bien en estos cuentos nuestras heroínas se encuentran protagonizando situaciones límites y en ellos hay violencia, sexo, muerte, dolor, desengaño… y también litros y litros de humor negro.

¿Y por qué esta introducción? Porque es como debe tomarse Una joven prometedora, como un cuento contemporáneo protagonizado por una mujer. La heroína se enfrenta a un mundo donde la violencia contra las mujeres está no solo bien enraizada, sino donde los lobos pueden tener piel de cordero, además de ser protegidos, cuidados y exonerados de culpa por la sociedad. ¿No suena algo de esto con echar un vistazo a un periódico y leer alguna de sus noticias? Pero nuestra protagonista se pone el mundo por montera con dosis de amargura y trata de sobrevivir en un mundo cruel. El cuento presenta un mundo de colorines, con canciones de Paris Hilton o Britney Spears, para mostrar en realidad su reverso oscuro. Y ese tono genera momentos incómodos, además de aderezarlos con dosis de humor negro.

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Quiéreme o déjame (Love me or Leave me, 1955), de Charles Vidor

Quiéreme o déjame, una película más en la que James Cagney deja una interpretación para el recuerdo.

Cuando escribí un breve artículo en el blog con motivo de la muerte de Doris Day (el 13 de mayo de 2019), varios lectores y amigos mencionastéis una película que aún no había visto, Quiéreme o déjame. Y se me quedó la copla. Ya sabéis que pienso que hay películas que nos llaman y llegan hasta nosotros por diferentes caminos. Esa fue la primera llamada que tuve con la película de Vidor.

Hace poco en una de mis vueltas por una librería, no pude resistir la tentación de comprarme una nueva edición de un libro de cine de François Truffaut, Las películas de mi vida (Cult Books, 2021). Curiosamente en esta recopilación de críticas de Truffaut se encontraba una sobre esta producción. Y en un momento del texto, el crítico y cineasta francés recuerda una frase de Jean Renoir para explicar su mirada sobre Quiéreme o déjame: “No hay realismo en el cine americano. Nada de realismo, sino algo que importa mucho más: una gran verdad” y entonces añade que en el musical sobre la cantante Ruth Etting se narra la historia de una pareja con “una crueldad desgarradora y tiene una sonoridad más trágica, más atroz. En definitiva, suena a más real y toca más el corazón”.

No hace mucho acudí a una tienda de DVD, que para todo amante del cine clásico es una gozada. Y cuando me puse a mirar películas, escogí a voleo una de sus múltiples torres hasta arriba de carcasas. Y, de repente, al retirar la primera película me topé con el dvd de Quiéreme o déjame. Y no perdí ni un segundo, cogí el dvd y me lo llevé. No podía ser de otra manera.

Ya la he visto dos veces, y sé que no será la última. Su análisis no es fácil. Efectivamente, hay una verdad que sobrecoge, y que se convierte en totalmente creíble gracias a cómo se construye y se refleja la relación que establecen Ruth Etting (Doris Day) y el gánster Martin Snyder (James Cagney). Pero además James Cagney consigue un milagro con su interpretación, pues nos sobrecogemos al empatizar con un hombre con todas las características para tacharlo sin ningún escrúpulo: chantajista, matón, violento, machista, maltratador, capaz de humillar al otro una y otra vez… Pero a la vez se dibujan otros aspectos del personaje que nos hacen entender cómo es (que no justificarlo) y también destaca la energía indestructible que tiene para lo bueno y para lo malo.

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Falling (Falling, 2020) de Viggo Mortensen

Padre e hijo en un continuo campo de batalla verbal en Falling.

En una cocina, sentados a una mesa, mientras comen, un padre provoca continuamente a su hijo a través de la palabra ofensiva, que duele. Y el hijo se ha hecho la promesa de no estallar. Lo intenta. Porque la relación con su padre se ha convertido en un campo de batalla interminable. Mientras, en una pequeña televisión a la que apenas hacen caso emiten Río Rojo de Howard Hawks, justo la secuencia del enfrentamiento final entre los personajes encarnados por John Wayne y Montgomery Clift. Y tiene todo su sentido. Estos dos actores representaron en esa historia dos tipos de masculinidad. La tiránica, conservadora y ruda de Wayne, el patriarcado de la vieja escuela; la sensible, progresista y conciliadora de Clift, un nuevo modelo masculino. Pero, sin embargo, los personajes del western construían y conservaban un vínculo, pese al conflicto. Lograban ver las virtudes del otro y, por lo menos, convivir. Ese mismo choque es el que tienen el padre (un emocionante Lance Henriksen) y el hijo (Viggo Mortensen). Y los dos, a pesar de los pesares, tienen ese vínculo.

La bienvenida del padre al hijo, cuando este es un bebé, ya aporta el tono Falling que se balancea entre lo incómodo y lo bello. Un hombre se queda cuidando un rato a su pequeño encima de la mesa, mientras espera su cambio de pañales. De pronto, el rostro enorme del padre se acerca al crío y le dice: “Siento haberte traído a este mundo para que luego tengas que morir”. Y el bebé se pone a llorar.

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Una mirada particular a Oliver (Oliver, 1968) de Carol Reed

Nancy y Bill, y entre medias de los dos Fagin, su socio en fechorías en Oliver, de Carol Reed. Los dos son protagonistas de una tremenda historia de violencia de género.

Varias obras de Charles Dickens han sido adaptadas al cine, y Oliver Twist en concreto ha tenido varias versiones, quizá las más conocidas sean la de David Lean y Roman Polanski, pero también existió una versión muda con Jackie Coogan, el niño inolvidable en El chico de Charlie Chaplin. Otra de ellas fue este elegante y sobrio musical de Carol Reed que regala momentos inolvidables. Esta película convertía en puro cine el musical de Lionel Bart, que tuvo la osadía de subir a los escenarios y convertir en éxito un drama de Dickens, con canciones y bailes, durante los sesenta tanto en Londres como en Broadway.

Como musical tiene momentos con una enorme fuerza visual, un elegante equilibrio y una belleza especial, como el momento de trabajo y comida de los niños en el orfanato y que sirve además como presentación del personaje de Oliver. Mark Lester se puso en su piel, un actor infantil con una sensibilidad especial que tan solo un año antes había sido uno de los niños de esa película inquietante en su forma de presentar el universo infantil que es A las nueve cada noche, de Jack Clayton. Pero, sobre todo, el número más hermoso es el que acompaña a la canción coral Who will buy?, que representa cómo despierta el barrio rico donde Oliver ha encontrado cierta paz y tranquilidad junto al señor Brownlow (Joseph O’Conor).

Pero durante todo el largometraje mi mirada se ha centrado en dos de sus personajes secundarios y su historia. Lo cierto es que Oliver, de Carol Reed, muestra una historia de violencia de género desgarradora, brutal y triste. Así se ve desde el principio la relación dañina y tóxica entre Nancy (Shani Wallis) y Bill Sikes (Oliver Reed). Ella, dulce, inteligente y vital, está atrapada en una relación que la daña, pero lo ama a pesar de que se sabe maltratada cada día. Así después de un puñetazo de Bill, que la tira al suelo delante de Fagin (Ron Moody), el socio en robos de su amado, y los niños que roban para ellos, cobra un doloroso sentido la canción que canta, una vez que se levanta y sale sola a la calle, As long as he needs me, donde justifica estar junto a él, pues cree que este la necesita. Nancy piensa que nadie podrá quererlo como ella lo hace.

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Enamorada de Docs Barcelona (segunda parte). Diario cinéfilo de Hildy Johnson durante la cuarentena (4)

Docs Barcelona. Winter Journey (2019) de Anders Østergaard

Y con esta segunda tanda de documentales en Docs Barcelona seguí, durante los días de mayo que duró el evento, abriendo puertas a la realidad y a sus distintas formas de contarla. Rescato una frase de un director del documentales al que admiro, el chileno Patricio Guzmán: “Un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotos” porque me permite una reflexión. Y es que es cierto, este tipo de cine documenta la realidad y, a veces, su buena labor es escarbar historias que nunca verían la luz, silenciadas. Rescatar historias, recuperar el alma o espíritu de un lugar o país, poner nombre a seres anónimos y por lo que pasaron… y pasar una y otra vez las páginas de un álbum para comprender el mundo en el que vivimos. Pero además los documentales son ricos en su forma de narrar, pues como dice el documentalista Albert Solé: “El documental tiene un lenguaje extremadamente ágil y rico, con muchas posibilidades”, como se muestra en las ocho siguientes obras.

El gran viaje al país pequeño (2019) de Mariana Viñoles

La uruguaya Mariana Viñoles persigue con su cámara y mucha sensibilidad a dos familias sirias que entran dentro de un programa de acogida de refugiados sirios a Uruguay que impulsó José Mújica en 2014. Todo empieza con la entrevista de una de las familias protagonistas en la embajada uruguaya en el Líbano, pues ellos están allí en un campo de refugiados. La cámara de Viñoles capta todo el proceso a lo largo de los años hasta la actualidad. Y el camino no es fácil. Las familias viven todo un proceso: la ilusión de irse de las zonas de conflicto para llegar a un nuevo país del que no conocen ni el idioma, pero también la decepción de sentirse perdidos, solos y alejados de su cultura. No sienten las promesas cumplidas y no perciben Uruguay como el paraíso soñado. Tanto es así que durante sus primeros meses de estancia, ante la desesperación de no encontrar trabajo, se manifiestan para regresar de nuevo a Siria. Se filma todo el proceso de adaptación en su nuevo país en el que poco a poco van encontrando su sitio, aunque la nostalgia hacia lo que han dejado siempre les acompaña, sufren alejados de su familias y al ver lo que ocurre en su Siria van siendo conscientes de que quizá no regresen nunca y que continuarán perdiendo a los suyos.

Mariana Viñoles deja el protagonismo absoluto a sus protagonistas y sus reacciones ante lo que van viviendo. La cámara se convierte en cómplice, en un confesionario íntimo donde se sinceran y hablan libremente de sus decepciones, sueños, logros y nostalgias.

Il varco (2019) de Michele Manzolini y Federico Ferrone

Una de las apuestas más innovadoras y hermosas de Docs Barcelona fue la de los italianos Michele Manzolini y Federico Ferrone. Los directores unen un valioso material audiovisual de diferentes archivos, la poderosa voz en off del escritor y músico Emidio Clementi y una banda sonora que todo lo envuelve para construir una historia con garra y mucha realidad a cuestas. Con una labor de documentación de varios diarios de soldados italianos que se dirigieron hacia Rusia durante la Segunda Guerra Mundial funden todas las voces en una para hacer nacer a un único soldado que va narrando la historia de un viaje en tren que le arrastra directamente al infierno.

Ese soldado, con el recuerdo siempre de lo que deja y menos perdido que los demás por su conocimiento del ruso, va descubriendo otra realidad de la guerra y va mirando de otra manera a los alemanes. De pronto en ese recorrido en tren que le lleva al frente de Ucrania escucha historias de soldados italianos que se unen a los partisanos rusos u otros que desertan, y una idea de huida y regreso se va construyendo en su cabeza. En el documental se va armando otra memoria, no solo de nostalgia hacia un país al que no saben si volverán sino también de memoria desgarrada de otras guerras, como la de Etiopía, en las que participaron los soldados italianos y les dejaron una herida profunda. Entre las imágenes de archivo también se cuela el color para traer el presente, pues esa Ucrania sigue siendo hoy un territorio de conflictos.

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Primeros pasos de dos realizadores. Polytechnique (Polytechnique, 2009) de Denis Villeneuve/Shotgun Stories (Shotgun Stories, 2007) de Jeff Nichols

Polytechnique (Polytechnique, 2009) de Denis Villeneuve

Polytechnique

Abro el periódico o pongo el televisor y me preocupan las declaraciones vertidas por algunos hombres (y, por desgracia, también mujeres) sobre la sentencia de un juicio, sobre otros asuntos que solo atañen a las mujeres (o en todo caso a una decisión de pareja), sobre que en un documento hay que cambiar un término por otro (porque, fíjate, resulta que es que amplía más el concepto) o sobre opciones de cómo vivir o llevar adelante las relaciones personales o la vida de uno mismo. Más bien me empiezan a entrar sudores, sobre todo cuando se sueltan dichas afirmaciones sin consecuencia alguna, como si fuera algo normal y corriente, como si esa afirmación no ocultara una violencia o no demostrase lo peligroso que es, a veces, jugar con el lenguaje. Me entristece ver cómo El cuento de la criada de Margaret Atwood no refleja un mundo lejano o una sociedad imposible. O de pronto me entra un escalofrío cuando descubro que lo que relata Denis Villeneuve en Polytechnique ocurrió en 1989, pero que desgraciadamente podría haber pasado ahora, en el panorama actual. Y me hace pensar y me asusta, los tiempos no han cambiado tanto.

Polytechnique es el tercer largometraje de ficción del canadiense Denis Villeneuve antes de su salto internacional y recrea, tras un trabajo de investigación y de entrevistarse con los familiares de las víctimas y los supervivientes, la matanza en la Escuela politécnica de Montreal, el 6 de diciembre de 1989. Un joven de 25 años, Marc Lépine, mató a catorce personas e hirió a otras catorce antes de suicidarse. Lo peculiar del caso es que las veintiocho víctimas eran mujeres. Y lo sangrante es que Lépine escribió una carta donde explicaba que su acto era político y que odiaba a las feministas que le habían arruinado la vida. Dejaba claro que estaba cuerdo al realizar este acto.

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