10 razones para amar Magnolias de acero (Steel Magnolias, 1989) de Herbert Ross

Magnolias de acero, todas en la peluquería…

Razón número 1: Recuerdos en una sala de cine

No hace mucho he vuelto a ver Magnolias de acero. Y es una película que, confieso, he visto varias veces durante toda mi vida. Siempre me emociona y me hace reír. Es de esas películas a las que no me importa volver continuamente. Sí, lo sé no es una película que vaya a formar parte de la historia del cine, ni hay nada novedoso o innovador en su manera de narrar y contar. Magnolias de acero, sin embargo, logra tocarte y acariciarte. Es de esos largometrajes en los que apetece perderse. Tiene buenos momentos y personajes bien construidos.

Además recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Sí, fue en una sala de cine que ya no existe (ahora es un supermercado). En Madrid, en el barrio Salamanca, uno de sus muchos cines era el Fantasio, que hacía unas sesiones dobles buenísimas. Y ahora aprecio lo bien que programaban. Era un cine que estaba cerca de donde vivía mi abuela paterna. Así que aquella tarde elegimos ver Magnolias de acero con mi hermano pequeño.

Yo era una adolescente a la que le estaba encantando esa película, pero según iba pasando el metraje, yo me iba poniendo malísima y notaba cómo me estaba dando una bajada de tensión impresionante. Estaba al borde del desmayo, pero ¡yo no quería preocupar a mi abuela ni tampoco perderme nada de lo que estaba ocurriendo! Así que protagonicé uno de esos momentos tragicómicos de la vida. Y es que precisamente Magnolias de acero se mueve como pez en el agua en la tragicomedia, el género de la vida por excelencia.

Razón número 2: Herbert Ross, un director con notas musicales

Su director es Herbert Ross y cuando repaso su filmografía, compruebo que varias de sus películas formaron parte de mi memoria cinéfila. Es uno de esos realizadores que no es considerado un gran maestro del arte cinematográfico, pero sí ha logrado meterse en la memoria sentimental de muchos cinéfilos con sus largometrajes. Sí supo conectar con el público…, aunque como veremos más adelante no hizo precisamente que el rodaje de Magnolias de acero fuese muy idílico.

¡La de veces que pude ver también de adolescente por televisión Sueños de un seductor (1972)! Cómo me gustaba esta película protagonizada por Diane Keaton y Woody Allen. Me reía tanto con esta nueva lectura de Casablanca y me parecía el colmo del romanticismo. Luego también fue el director de otro clásico de los ochenta con unos créditos maravillosos y que nos dejó muchas ganas de bailar y de ver en otras películas a Kevin Bacon, Footloose (1984).

Y es que Herbert Ross era muy musical, porque trabajó como coreógrafo desde los años cincuenta en el mundo de los escenarios. Luego terminó dedicándose al mundo del cine. A él se debe también la segunda parte de Funny girl, que en esa primera ocasión dirigió William Wyler (y Ross trabajó como coreógrafo). La continuación de Ross se tituló Funny Lady (1975) y esta vez acompañaba a Barbra Streisand… mi adorado James Caan. O también los pinitos como actor por parte del bailarín clásico Mikhail Baryshnikov los dio con Ross en una película interesante sobre ballet clásico, Paso decisivo (1977). No fueron sus únicos musicales.

Razón número 3: Sororidad, cuando todavía no se decía esa palabra

La película cuenta la amistad de seis mujeres durante un periodo de tiempo en una localidad sureña de Luisiana. Y si bien es cierto que nada tengo que ver con ninguna de estas seis mujeres sí que logro conectar con ellas y con la amistad que construyen entre todas, con esa sororidad que se va viendo con el paso del tiempo. Ahí están las seis tanto para los buenos como los malos momentos, estrechan sus lazos y encaran la vida desde la tragicomedia. Y cuando aún no se utilizaba la palabra sororidad ya estaba el espíritu de ese concepto en estas seis amigas de distintas generaciones de esa localidad de Luisiana.

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10 razones para amar El gran carnaval (Ace in the hole, 1951) de Billy Wilder

Chuck Tatum, el periodista sin escrúpulos, protagonista absoluto de El gran carnaval.

Razón número 1: Kirk Douglas como el periodista Chuck Tatum

El gran carnaval tiene un único punto de vista y es el del periodista Chuck Tatum. Este no es un profesional honesto, no es una persona llena de cualidades, no persigue la verdad ni la excelencia en el trabajo. A Chuck Tatum le conocemos buscando un trabajo en un anodino periódico de provincias en Alburqueque.

Le dice a su director que ha sido expulsado de un montón de buenas publicaciones y que se ofrece por nada. Le explica que tiene problemas con el alcohol y también de faldas. Pero que tiene ambición, olfato y que espera conseguir la noticia que le devuelva el prestigio. Al director le desarma su sinceridad, este es un hombre recto y sabe lo que hace, y ve que Tatum puede dar vida a la redacción si le mantiene a raya. Le contrata. No es fácil empatizar con Tatum, solo cuenta con una vitalidad envidiable, mucha ambición y un olfato para buscar la noticia.

Tras un año en la redacción y ya desesperado por el aburrimiento y el estancamiento, en un viaje hacia un aburrido y rutinario reportaje de una competición de serpientes, para en una aislada gasolinera, tienda de souvenirs y motel, al lado de una montaña. Allí inesperadamente encuentra una noticia. En dicha montaña, hay una cueva donde fueron enterrados los indios con sus enseres personales hace mucho tiempo, hay leyendas y maldiciones alrededor del desértico paisaje. El hijo de los dueños, Leo Minosa, un antiguo héroe de guerra, busca de vez en cuando estos enseres para venderlos, pero en la cueva hay un desprendimiento y se queda atrapado.

Enseguida la mente de Tatum se pone en marcha y convierte su rescate en una noticia de “interés humano” alargándolo todo lo que puede y creando alrededor todo un carnaval y espectáculo a costa de la vida de un hombre. Habrá mucha gente que se beneficie y que le secunde en tan dudosa hazaña.

Kirk Douglas se arriesga y se entrega totalmente a una recreación creíble y veraz de Chuck Tatum. Y se arriesga porque no solo es un protagonista con el que es difícil empatizar, sino que el personaje principal de la película es un hombre sin escrúpulos y lleno de defectos que reaccionará demasiado tarde al circo que ha montado para su propio beneficio. Y se entrega totalmente, porque es imposible no sentirse seducido por su personaje a pesar de arrastrar múltiples defectos. Su interpretación está llena de matices y emociones. No queda sentimiento que reflejar en su rostro y ni un segundo del metraje está quieto o en calma.

Razón número 2: binomio cine y periodismo

Si hay un binomio bien avenido es el de cine y periodismo. Es increíble la extensa filmografía que hay donde los periodistas hacen acto de presencia o son parte central de la trama. También las noticias han sido y son fuente de inspiración para guionistas y cineastas. Este es un estudio inabarcable.

La figura de Billy Wilder es muy interesante en este sentido, puesto que durante el periodo de entreguerras, buscó sustento como periodista. Antes de embarcarse en el mundo del cine en EEUU fue reportero y conoció bien la profesión en su lugar de origen. Ejerció la profesión y daba rienda suelta a la pluma para contar historias y entrevistar a personalidades de la vida cultural del momento.

No hace mucho se publicó en español un interesante libro, Billy Wilder, reportero. Reportajes desde el Berlín de Weimar y la Viena de entreguerras en la editorial Laertes, donde se presentaba una selección de sus artículos.

Después cuando ya voló hacia Hollywood, hacia finales de los años treinta, y fue ganándose la vida como guionista y más tarde como director, el periodismo no fue ajeno a su obra cinematográfica como demuestra El gran carnaval o Primera Plana (The Front Page, 1974), nueva adaptación de la obra teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur. Pero también los periodistas están presentes como personajes secundarios en sus distintas producciones como, por ejemplo, en el final estremecedor de El crepúsculo de los dioses.

En El gran carnaval la visión del periodismo y la forma de trabajar y crear noticia de Chuck Tatum desgraciadamente sigue siendo totalmente actual. Es una película que continúa muy vigente y es totalmente demoledora. Cómo actúa Chuck Tatum a lo largo de todo el rescate, la figura del joven fotografo que en un principio no ve con buenos ojos la manera de actuar de su compañero, pero que luego se siente seducido por el éxito y la adrenalina hasta ser testigo de su caída o cómo se comportan los otros periodistas que van llegando al escenario de los hechos dibujan una visión crítica, poco poética e idealizada de la profesión.

No obstante, esta visión contrasta con el maravilloso personaje del director del periódico de provincias (Porter Hall) que cree en que la labor de los periodistas es contar la verdad y muestra también ser un perro viejo honrado que sabe dar oportunidades y creer en sus profesionales. Parece que no todo está perdido y que se puede actuar de otra manera.

Razón número 3: Billy Wilder sin Charles Brackett

El gran carnaval es una película clave en la filmografía de Billy Wilder como director. Durante años había colaborado y trabajado mano a mano con el guionista Charles Brackett. Los dos formaban un matrimonio de éxito. Fruto de su colaboración nacieron películas inolvidables como Días sin huella, Berlín Occidente o El crepúsculo de los dioses (su último largometraje juntos). Pero su matrimonio fue tormentoso y llegó un momento en que ambos decidieron separar sus caminos.

La primera película de Wilder sin Brackett fue El gran carnaval y se jugaba mucho. Para esta película colaboró en el guion con Lesser Samuels y Walter Newman. Y crearon una historia potente, que pasan los años y no pierde ni actualidad ni fuerza.

Sin embargo, fue su primer batacazo comercial, pero Wilder no se amilanó y siguió con buen pulso detrás de las cámaras, contando las historias que quería y trabajando con otros guionistas en cada una de sus películas hasta que en 1957 encontró de nuevo a un profesional con el que crear un prolífico dúo creativo: I.A.L. Diamond… y ya saben, esa ya fue otra historia…

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10 razones para amar Un extraño en mi vida (Strangers when we meet, 1960) de Richard Quine

Kim Novak es la mejor Maggie para Un extraño en mi vida.

Razón número 1: Kim Novak

Durante varios días, Kim Novak ha vuelto a las páginas de los periódicos, a las revistas y a los medios. El motivo: su león de oro en el festival de Venecia y la presentación de un documental sobre su vida, Kim Novak’s Vertigo (Alexandre O. Philippe, 2025). Así que pensé en su filmografía y me apeteció dedicar un texto a una película que ya había aparecido hace muchos años en este blog (en concreto en 2012), pero que merece diez razones para amarla: Un extraño en mi vida. De nuevo, vi la película y otra vez quedé atrapada en la bella crónica de una infidelidad.

Kim Novak ha sido una de esas actrices que se negó a ser solo objeto de deseo y florero. Al final, optó por abandonar Hollywood a finales de los sesenta, porque no lograba ser ella misma. Tan solo realizó posteriormente alguna que otra aparición esporádica hasta abandonar definitivamente la actuación durante los noventa. Su última experiencia cinematográfica no fue buena, Pasiones prohibidas (Liebestraum, Mike Figgis, 1991), pues le recordó demasiado a la fábrica de los sueños de la que había huido.

Su rebeldía molestó años atrás a los poderosos de Columbia, aun así ella procuró no dejarse aplastar. No quiso convertirse ni en leyenda ni en mártir, como no pudo evitar una de sus contemporáneas, bien querida en este blog, Marilyn Monroe.

Y ahí sigue con 92 años, superviviente, reivindicativa y guerrera, sin miedo a desvelar sus miedos y traumas, así como hablando siempre claro de los fantasmas que le han seguido siempre, pero contra los que ha batallado sin tregua: el trastorno bipolar y la depresión.

Razón número 2: el hoyuelo de Kirk Douglas

Uno de los detalles magníficos de Un extraño en mi vida es aprovechar un atributo físico y peculiar de su actor principal para el personaje que interpreta y la historia que se está contando.

Si esta es mi segunda razón es por un único motivo: este largometraje está lleno de matices que lo enriquecen en cada visionado. Así una de las peculiaridades del rostro de Kirk Douglas, su hoyuelo en la barbilla, sirve de pretexto para construir una escena. El arquitecto al que da vida, Larry Coe, tiene esa distinción en su rostro. Algo que no pasa desapercibido para su amante, Maggie (Kim Novak).

Así en un momento distendido y tranquilo, Larry y Maggie están sentados en una mesa al lado de una ventana frente al mar. Mientras él, apasionado, le dibuja en la mesa el diseño de la casa que está construyendo con pasión y muchas ganas; ella mira con interés su rostro. Y entonces le pregunta que cómo se afeita el hoyuelo. Y se lo toca con la mano. Él se ríe y bromea con que tiene una maquinilla diminuta especial para ello. Un delicado momento de intimidad y complicidad, ¿verdad?

Razón número 3: entre una casa y un libro

La historia de la infidelidad de esos dos amantes que dan rienda suelta al deseo, y se construyen un mundo propio alejado de sus cómodas vidas en uno de esos barrios que representaban el sueño americano en los sesenta, se desarrolla entre dos obras creativas. Así Richard Quine crea una hermosa metáfora, la libertad y pasión que se apodera de uno durante el proceso creativo de una obra puede equipararse a la intimidad que construyen dos amantes durante lo que dura su relación amorosa.

La historia entre Maggie y Larry dura lo mismo que tarda el arquitecto protagonista en levantar una casa en la que consigue toda la libertad creativa posible sin pensar en ajustarse a un mínimo presupuesto. En la construcción de esa casa es partícipe desde el principio Maggie. De hecho, su primer encuentro es en el terreno vacío, en la colina donde se construirá. Larry le pide a Maggie que le ayude con el metro a tomar las medidas pertinentes. Y su última cita, como no podía ser de otra manera, será en la casa ya terminada. Se cierra el círculo.

Es hermoso porque los amantes se construyen, sin ser conscientes en un principio, la casa de sus sueños, aislada de todo y de todos. Y esa preciosa, moderna y original casa de madera se construyó durante el rodaje en el barrio de Bel Air al mismo tiempo que se iba desarrollando esa infidelidad de Maggie y Larry, los personales de la película. Un precioso trabajo del director artístico Ross Bellah y del arquitecto Carl Anderson.

A su vez, Larry Coe le está construyendo esa casa a Roger Altar (Ernie Kovacs), un escritor de best sellers, que ansía un reconocimiento crítico que aún no ha tenido. Es Coe quien le dice que escriba sin importarle los dictados del mercado, que haga un proceso de creación totalmente libre. Y así lo hace Altar, su proceso creativo dura lo mismo que la construcción de esa casa, solo para darse cuenta al final de su vacío existencial que no puede llenar ni unas buenas críticas ni la soledad que le espera en una casa en la colina.

Entre el proceso de creación de la casa que construye el arquitecto y la escritura de la obra libre del escritor transcurre la crónica de una infidelidad.

Razón número 4: triste declaración de amor de Richard Quine

Si algo es evidente en Un extraño en mi vida es que la cámara está enamorado de Kim Novak. La cámara la acaricia, la desea y hace el amor con ella. Recorre su rostro, bordea su cuerpo, se regodea en su espalda, en su boca o en sus ojos. Para esa cámara Maggie es un bello misterio, que nunca llega a comprender ni atrapar. Detrás de esa cámara estaba Richard Quine que regala una triste declaración de amor a Kim Novak.

Los dos no solo formaron un buen tándem profesional, sino que Quine se enamoró totalmente de ella. Llegaron a estar juntos un tiempo durante 1959, pero finalmente no se casaron. Cuentan que él nunca dejó de estar enamorado de Kim Novak. La cámara de Richard Quine siempre se mostró enamorada de la actriz, así en cada una de sus películas declaró su amor eterno: La casa número 322 fue el descubrimiento; Me enamoré de una bruja reveló el encantamiento mágico; Un extraño en mi vida supuso la triste despedida y en La misteriosa dama de negro, ya que no había amor, recupera el sentido cómico de la vida en una intriga junto al rostro amado.

En Un extraño en mi vida ya no estaban juntos, la ruptura era reciente, así que Quine vuelca su tristeza representando una relación que nunca pudo ser. Un hombre y una mujer que no pueden aislarse del mundo que les rodea y amarse sin responsabilidades ni prejuicios. Y en esta película hay verdad, alma y corazón.

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Volvieron cinco (Five came back, 1939) de John Farrow

Volvieron cinco es una emocionante película de aventuras con gotas de catástrofe y muy, muy humana.

Volvieron cinco es de esas películas de setenta y cinco minutos que hacía la RKO como cine de serie B que, sin embargo, tiene una precisión en su ejecución y un interés especial en su manera de contar la historia. Poco presupuesto, mucha imaginación. Es de esos largometrajes que suponen una agradable sorpresa cuando se descubren por uno u otro motivo.

Todo está en su sitio: una buena historia; unos personajes trabajados; unos diálogos que dejan alguna que otra frase memorable; un reparto de impresión; un director, John Farrow, eficiente y con el suficiente conocimiento del lenguaje cinematográfico como para hacer una buena película que atrapa al espectador por su puesta en escena y el ritmo impuesto; un director de fotografía, Nicholas Musuraca, que saca todo el potencial al blanco y negro y a la naturaleza de lo que se narra.

Si algo llama la atención cuando arrancan los títulos de crédito de Volvieron cinco son los nombres de sus guionistas: Dalton Trumbo, el novelista y dramaturgo Nathanael West y el más desconocido, Jerome Cady. Lo que está claro es que los tres construyen no solo buenos personajes, sino que aportan interesantes relaciones entre ellos y comportamientos que aportan unos giros de trama que enriquecen y profundizan la narración cinematográfica.

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Supervivientes en el mar. Náufragos (Lifeboat, 1944) de Alfred Hitchcock / El mar no perdona (Seven waves away, 1957) de Richard Sale

Dos barcos hundidos y los supervivientes a la deriva en un bote salvavidas. Dos maneras de presentar las desgracias y las dinámicas de dos grupos de seres humanos que hacen lo que pueden por salvar la vida. La primera es de las obras más originales del maestro del suspense, con fondo bélico y toques de cine de propaganda en plena Segunda Guerra Mundial. La segunda es un drama contundente, una película que plantea distintos y complejos dilemas morales sobre decisiones que tomar para poder sobrevivir, decisiones al borde de la muerte.

Náufragos (Lifeboat, 1944) de Alfred Hitchcock

Supervivientes a la deriva. En Náufragos, el grupo frente al nazi…

Un barco es torpedeado por un submarino alemán que también a su vez ha sido destruido. En una barca salvavidas van subiendo los supervivientes: una periodista, una enfermera, una mujer con su bebé muerto y varios hombres civiles o que forman parte del personal del barco con distintos cargos (uno de máquinas, un marinero herido, un mayordomo, un operador de radio, un empresario naval…). En el último momento, rescatan a un alemán que ha sobrevivido del submarino. Las distintas posturas respecto al prisionero van creando las tensiones en el grupo, además tienen que luchar juntos por su supervivencia.

En Náufragos es evidente cómo el alemán no solo es el que crea la tensión y división en el grupo, sino que también sabrá ir manipulando a los supervivientes y llevándolos a su terreno. Es el único además que esconde utensilios tan útiles para la supervivencia como una brújula. También se hace valer y es fuerte dentro del grupo, pues muestra no solo que no desfallece (luego se sabrán los motivos), sino que tiene conocimientos médicos y también de navegación. Va ganándose adeptos, mientras que otros no terminan de fiarse nunca de él.

En un momento dado, arrastrando varias vicisitudes, mal tiempo, debilidad física y mental del grupo, parece que el alemán no solo va a convertirse en líder, sino que les dirige directos a un destino de lo más negro.

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Redescubriendo clásicos (5). Barreras invisibles (Invisible Stripes, 1939) de Lloyd Bacon / El camino del pino solitario (The Trail of the Lonesome Pine, 1936) de Henry Hathaway

Barreras invisibles (Invisible Stripes, 1939) de Lloyd Bacon

En Barreras invisibles dos amigos con amistad leal y transparente se nos presentan de una manera muy especial… En la ducha antes de conseguir la libertad.

Lloyd Bacon se pone al frente de una entretenida historia con un montón de detalles que enriquecen la propuesta. Es un largometraje con tintes sociales, habituales en la Warner, y con dos potentes tramas principales: una de amistad y otra fraternal. Es una película con apariencia de puro cine de gánsteres, en su ritmo y personajes, pero con mucho más fondo.

Barreras invisibles está muy bien contada y tiene un reparto, sobre todo masculino, del que se extrae mucho jugo. El trío protagonista está formado por dos tipos duros y un joven actor en ciernes que tardaría en alcanzar el estrellato, pero que desde sus primeras apariciones dejaba ver su versatilidad y carisma. George Raft, Humphrey Bogart y un jovencísimo William Holden se empapan de tres personajes que dan rienda suelta a un montón de emociones por parte del espectador.

La historia arranca con la salida de la cárcel después de una estancia larga de dos delincuentes: Cliff Taylor (George Raft) y Charles Martin (Humphrey Bogart). Ya dice mucho la manera de presentarlos. Dándose una ducha, totalmente desnudos para todos, mostrando una amistad basada en la confianza mutua y en la transparencia. Toman caminos diferentes, pero no se traicionarán y serán leales el uno al otro. Cliff trata de incorporarse a la sociedad buscando un trabajo honrado. Charles sabe que no tiene oportunidad alguna y no duda en que va a delinquir de nuevo.

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10 razones para amar Noche en la ciudad (Night and the City, 1950) de Jules Dassin

Harry Fabian corre en una carrera sin retorno en Noche en la ciudad.

Razón número 1: Cine negro en estado puro

Noche en la ciudad es cine negro en estado puro. No solo el increíble uso del blanco y negro, la importancia de la atmósfera conseguida, el espíritu pesimista que rodea la historia, el destino del personaje principal tatuado en su frente, la peculiaridad de la ciudad y sus bajos fondos, la presencia del antihéroe como protagonista, las cuestiones sociales siempre en primer plano, el realismo mostrado con veracidad, el romanticismo trágico o la redención final como ingredientes indispensables revelan su adscripción al género, sino también porque los implicados sabían bien cómo realizar este tipo de películas, además de que el momento en el que se realizó y las circunstancias que la rodearon eran tan oscuras, tensas y pesimistas como el alma de la película.

Jules Dassin estaba encadenando a finales de la década de los cuarenta (década que fue la etapa de oro del cine negro estadounidense) una serie de largometrajes del género que culminaron fuera de EEUU con Noche en la ciudad en Londres y Rififi (Du rififi chez les hommes, 1955) en París. Dassin es una de las figuras claves del film noir con historias tan características como las reflejadas en Fuerza Bruta (Brute Force, 1947), La ciudad desnuda (The Naked City, 1948) y Mercado de ladrones (Thieves’ Highway, 1949).

La novela que servía como material de partida, con el mismo título que la película, de Gerald Kersh, contaba con ambientes que bien conocía su autor por moverse entre pubs nocturnos y haber tenido empleo en el ámbito de la lucha libre en Londres. Por otra parte, Dassin contó con la profesionalidad del director de fotografía Mutz Greenbaum, que ya había realizado dos películas de cine negro victoriano notables como So Evil My Love y Gritos en la noche y con la labor del guionista Jo Eisinger, que abordó uno de sus mejores trabajos, aunque fue una de las plumas también presentes en el guion de otra obra mítica del cine negro estadounidense, Gilda.

Razón número 2: Al borde del exilio

Las circunstancias extracinematográficas de Noche en la ciudad son muy especiales, pero hacen entender mucho mejor el alma que subyace en cada uno de los fotogramas. Ese pesimismo y poca fe en el mundo, pero también una mirada de compresión hacia el personaje del perdedor. Se respira el pesimismo, el desencanto hacia el ser humano, la traición, el dolor de la delación. Se siente la tensión. La incertidumbre y el desequilibrio.

Jules Dassin se encontraba en un momento extremadamente delicado, pues la caza de brujas estaba en su apogeo y el director se hallaba en el punto de mira. El productor de la Fox, Darryl F. Zanuck, decidió alejarle de EEUU, y el rodaje de Noche en la ciudad se trasladó a Londres. Aunque después del rodaje regresó a EEUU, sufrió inmediatamente la presión del macartismo, su nombre fue dicho en varias declaraciones de distintos compañeros, formó parte de las tristes listas negras y no tuvo más remedio que exiliarse a Europa. De hecho, hasta cinco años después no consiguió los apoyos necesarios para realizar Rififi, cuyo éxito le permitió llevar a cabo una segunda carrera cinematográfica en Europa.

Así que Jules Dassin sabía que estaba en el punto de mira y se sentía tan presionado como Harry Fabian, el protagonista de su película. Así a ese timador de poca monta le envuelve una pátina de compasión y comprensión ante la encerrona que va sufriendo.

Razón número 3: Harry Fabian

Harry Fabian se carga todos sus sueños y una posible vida feliz junto a Mary.

El actor Richard Widmark se estaba convirtiendo en un actor imprescindible del género; de hecho debutó en la magnífica El beso de la muerte. Su presencia podía denotar la maldad más absoluta como en su debut o estar al lado de la ley y ser absolutamente creíble como en Pánico en las calles o Un rayo de luz. Solo que en Noche en la ciudad logra mostrar un personaje ambiguo, que si bien empieza transmitiendo rechazo, termina provocando la compasión del espectador.

En Noche en la ciudad, su carisma le permite dar matices fundamentales al personaje de Harry Fabian. Este perdedor y timador de poca monta que se mueve en los bajos fondos y tiene grandes sueños de grandeza y ambiciones, deseando dar el pelotazo que le permita vivir tranquilo, no tiene escrúpulos a la hora de engañar y enredar a los que le rodean. Es capaz de engañar a su novia o engatusar a un hombre mayor para que baile a su son. Solo desea una vida mejor, pero no le importa si tiene que pisar para lograr sus objetivos. Posee una energía sin igual y aunque fracase una y otra vez y deba dinero a todo el mundo y cada vez tenga menos credibilidad, enseguida vuelve a levantarse y a intentar dar otro palo.

Sin embargo, Harry Fabian muestra también su vulnerabilidad, sus sueños, su alma de perdedor, su desesperación por esa vida que no logra y, finalmente, el dolor que siente y el desencanto cuando descubre que toda su vida ha sido un error, que no ha hecho nada bien y que tal y como ha hecho él, todo el mundo a su alrededor le delata y le traiciona. Ni siquiera le permiten que le salga bien su redención final, cuando trata de compensar a la mujer que quiere, pero que nunca ha cuidado.

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Redescubriendo clásicos (1). Sangre en Filipinas (So Proudly We Hail!, 1943) de Mark Sandrich / Miedo en la tormenta (Storm Fear, 1955) de Cornel Wilde

Sangre en Filipinas (So Proudly We Hail!, 1943) de Mark Sandrich

Sangre en Filipinas, la historia dura de un grupo de enfermeras en la Segunda Guerra Mundial.

Películas bélicas en tiempos de guerra. Sangre en Filipinas esconde varias sorpresas. En plena Segunda Guerra Mundial, Hollywood pone en marcha la maquinaria. Se estrenan un montón de títulos de dicho género. Algunos meramente propagandísticos y otros que encerraban bastante más. Sangre en Filipinas, un éxito de público y taquilla de aquellos tiempos, muestra un sorprendente drama bélico con un punto de vista bastante atractivo. La guerra desde el punto de vista de las enfermeras que trabajaban en primera línea.

Mark Sandrich, habitual director de películas de Fred Astaire, sorprende con Sangre en Filipinas, un drama bélico de gran fuerza emocional con momentos muy a tener en cuenta cinematográficamente hablando. La gran baza de este largometraje de la Paramount es obviamente su reparto femenino con tres grandes estrellas de Hollywood y un grupo de buenas secundarias. Los roles masculinos corren a cargo de actores que encontraron su oportunidad por no estar en aquellos momentos, por distintos motivos, en el campo de batalla, no como otras estrellas de cine que estuvieron durante esos años fuera de las pantallas cinematográficas.

Por otra parte, presenta un reflejo de la guerra bastante crudo y no un momento de victoria, sino de incertidumbre total. De no saber muy bien qué es lo que iba a ocurrir en un futuro próximo. Justamente la película ilustra cómo el ataque inesperado a Pearl Harbour cambia el destino de un grupo de enfermeras que terminan en Filipinas, en concreto en Bataán, y el asedio continuo que sufren por parte del ejército japonés. Así se presenta la historia sin una imagen edulcorada y sí es bastante realista al reflejar el trabajo incansable y valioso de este grupo de mujeres. La película empieza con la evacuación de las enfermeras de la zona de combate, pero sin saber cuál será el destino de sus compañeros ni si acabará de una vez la guerra.

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Pantallas de plata (Alfaguara, 2014) de Carlos Fuentes

Carlos Fuentes considera La sombra del caudillo (1960) de Julio Bracho una de las mejores películas mexicanas.

Pantallas de plata es uno de los libros póstumos de Carlos Fuentes. Consiste en una recopilación de varios textos donde se recoge una de las pasiones del autor: el cine. En cada uno de estos pequeños ensayos con notas autobiográficas, el escritor mexicano va encadenando sus conocimientos, reflexiones y pasiones cinéfilas. Un nombre le lleva a otro hasta crear verdaderos hilos desde los cuales tirar.

Su vida se mezcla con su pasión. Hay filigranas y retahílas de datos, historias, gustos y anécdotas que van dando forma a cada uno de los textos. Hubiera seguido leyendo mucho más. Me pregunto si el libro fue así concebido por Carlos Fuentes o formaba parte de un proyecto mucho más ambicioso. Me decanto más por la segunda opción.

Cada texto es un pequeño deleite. Uno desea tener un lápiz a mano e ir apuntando un montón de datos e ideas. De momento, he copiado en una de mis agendas las películas mexicanas que más le gustaron a Carlos Fuentes, entre las que están La sombra del caudillo, Flor silvestre o Campeón sin corona, y quien sabe si trataré de localizar todas para hacerme un ciclo especial y escribir sobre ello.

En los textos abundan las referencias sobre el cine clásico de Hollywood. Apenas escribe sobre cine actual (Carlos Fuentes falleció en 2012), tan solo en el último párrafo de un pequeño ensayo sobre cine mexicano, nombra a toda una generación de nuevos realizadores donde aparecen los nombres de Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro o Carlos Reygadas. También en Pantallas de plata, hay presencia del cine europeo, pero durante su etapa clásica.

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Una película en una sola secuencia

Charles Chaplin en El peregrino. Una secuencia que revela al genio.

No hace mucho vi por primera vez La calle del Delfín Verde (Green Dolphin Street, 1947) de Victor Saville. Es uno de esos dramones románticos y de aventuras que te enganchan desde el minuto cero. La película en su conjunto es algo irregular, pero, de pronto, tiene secuencias que justifican absolutamente su visionado. De ahí surgió una reflexión de cómo una secuencia no solo puede salvar un largometraje, sino que sobrevive también como unidad independiente. A través de un secuencia se puede definir una película. Así que después de ver La calle del Delfín Verde, pude disfrutar bajo esta premisa de otras dos películas que tenía pendientes: Un lugar en el sol (A Place in the Sun, 1951) y El peregrino (The Pilgrim, 1923). Y ahí va un breve análisis de tres secuencias.

1. La secuencia que salva la película. En La calle del Delfín Verde (Green Dolphin Street, 1947) de Victor Saville hay un montón de personajes secundarios. Dos de ellos protagonizarán una de las secuencias que salvan la película. Muchos son los motivos del mérito. En tan solo unos segundos cuenta toda una historia de amor. Es una secuencia de actores y guion. Por una parte, Edmund Gwenn y Gladys Cooper. Por otra, el guionista Samson Raphaelson.

La secuencia está contada desde el punto de vista de Marguerite Patourel (Donna Reed), una de las dos hermanas protagonistas, que es testigo de la historia de amor de sus padres en el lecho de muerte de la madre. Sophie Patourel (Gladys Cooper) se despide de su esposo Octavius Patourel (Edmund Gwenn) y le confiesa cómo se casó con él enamorada de otro hombre, pero a lo largo de los años ha ido amándole por lo vivido juntos. Lo emocionante es ver el rostro de Octavius ante las palabras de ella, y cómo le revela a su amada esposa que siempre supo lo que le está contando, pero que él siempre la ha amado con la seguridad de que podía hacerla feliz. Es tal la emoción contenida en esa secuencia y tan hermosa la historia que cuenta, que solo por ella merece la pena ver esta película.

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