Tiempo de comedia (1). El doctor se casa (The doctor takes a wife, 1940) de Alexander Hall

Loretta Young y Ray Milland, pareja sorpresa para un buen screwball comedy, El doctor se casa.

Los años treinta y cuarenta fueron las décadas doradas de la screwball comedy o comedia alocada. Y precisamente el año 1940 cosechó grandes películas de este género. Por ejemplo, Luna nueva, Historias de Filadelfia, Mi mujer favorita o El bazar de las sorpresas. Las screwball se convirtieron en un buen antídoto contra la Depresión. Y además de provocar la risa, hacían pensar. Normalmente, siempre solía haber un personaje que ponía patas arriba el mundo ordenado o en un mundo loco entraba alguien cuerdo. El choque y el roce eran siempre motivo de malentendidos, risas y amor, mucho amor. En las mejores screwball había una lectura de clases sociales y una crítica al sistema. También solían ser protagonizadas por fuertes e independientes personajes femeninos, y a menudo estas eran también la “pieza” del desorden. La guerra entre sexos siempre estaba servida. Entre tanta joya alguna ha quedado sepultada, y su descubrimiento es todo un deleite.

Así ocurre con El doctor se casa, también de 1940, una deliciosa y divertida screwball comedy muy olvidada. Su director es Alexander Hall, y no hace mucho dediqué una entrada a una de sus películas más recordadas: El difunto protesta (Here comes, mr. Jordan, 1941). La pareja protagonista son Loretta Young y Ray Milland (él ya había protagonizado una comedia alocada inolvidable: Una chica afortunada, de Mitchell Leisen), seguidos por unos secundarios de oro, algunos asiduos a este tipo de comedias: Reginald Gardiner, Gail Patrick y Edmund Gwenn, entre otros. Young y Milland están deliciosamente divertidos y con una química muy especial. Ella es June Cameron, una escritora feminista de éxito. Él es el doctor Timothy Sterling, que ambiciona una cátedra en la Universidad que le permita seguir investigando sobre las migrañas, además de tener en su cabeza ideas retrógradas sobre las mujeres. Uno de los guionistas es George Seaton, que también dirigiría películas posteriormente. Es más, es recordado sobre todo por una película navideña de culto: De ilusión también se vive. Pero en su filmografía puede encontrarse una interesante película de espías (Espía por mandato) u otra que inauguró el cine de catástrofes (Aeropuerto).

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10 razones para amar El club de los poetas muertos (Dead poets society, 1989) de Peter Weir

El profesor Keating dejando su semilla del saber en El club de los poetas muertos.

Razón número 1: Carpe Diem. Por qué me marcó la primera vez que la vi

Me recuerdo en un cine al aire libre, adolescente total, hace muchos años… Un cine de verano en un destino de playa. Y yo totalmente hipnotizada frente a El club de los poetas muertos. En mi oído retumbando una expresión latina: Carpe Diem. Así como su significado: “Aprovecha el momento”. Y repensarla posteriormente una y otra vez hasta ir reconvirtiéndose a lo largo del camino en “vive cada momento con pasión, como si fuera el último”.

Me viene a la mente cómo de toda esa pandilla de adolescentes, me quedé con el más tímido, aquel que no puede expresarse, pero que desea gritar. Y a partir de esta película no he dejado de seguirlo: Ethan Hawke. Me visualizo deseando que se cruzara en mi camino un profesor como Keating (Robin Williams) con conocimientos apetecibles (adoraba la asignatura de literatura) y que me transmitiese tanta pasión por la vida y el saber (y he de decir que unos pocos buenos profesores y profesoras se cruzaron por mi camino de enseñanza —antes y después de la película—, también variso bastante malos). Digamos que El club de los poetas muertos fue de esas películas que en un momento de tu vida ves y no olvidas.

Pero la rememoro también visualmente, sus imágenes se quedaron en mi retina. A Peter Weir ya le puse a partir de aquel momento nombre y apellido. De hecho ya me había fascinado con Único testigo. Luego vinieron La Costa de los Mosquitos (otra película que me dejó huella), Matrimonio de conveniencia (que aumentó mi lista de comedias románticas imprescindibles) o El show de Truman. Poco después descubrí sus primeras películas australianas (alguna me queda todavía por visionar), la primera Gallipoli y luego vendría Picnic en Hanging Rock.

Pero sobre todo El club de los poetas muertos ha quedado vinculada para siempre a dos palabras: Carpe Diem, y a lo que me hicieron pensar en ese momento y ahora.

Razón número 2: Me sigue gustando en todos los visionados que hago

Hay películas que no vuelves a ver porque no surge la oportunidad (o porque es difícil volver a acceder a ellas) y otras que repites en distintas pantallas, dispositivos, formatos… Este último caso es el de El club de los poetas muertos, pues la he visto varias veces (la última antes de realizar este texto). Curiosamente es una película que va cosechando una legión de detractores, y alrededor de ella se han escrito críticas y análisis negativos que también tienen interés y ofrecen otras miradas de dicha obra cinematográfica. Por no seguir hablando de las parodias alrededor de ciertas secuencias como la última (todos subidos a las mesas) o la repetida coletilla: “¡Oh capitán, mi capitán!”. Se ataca su “sensiblería”, el “reflejo falso” de lo que tiene que ser un buen profesor, la “superficialidad” de la propuesta, el “guion flojo y previsible”, que qué tipo de “rebeldía” es la que desarrolla, que es una historia de “niños elitistas y pudientes” en un instituto privado, etcétera, etcétera. Y leyendo los argumentos que se exponen no puedo decir que algunos de ellos no sean ciertos, pero para mí continúa siendo una película que me aporta. No solo me parece que esté bien rodada por Peter Weir o bien interpretada, sino que me cala más profundamente. Hay algo en el interior de El club de los poetas muertos que me llega. Es una película con un corazón que late.

Quizá el secreto esté en cómo refleja ese aplastamiento de los anhelos y sueños a través del poder y la sumisión, instrumentos de un sistema que quiere a todo el mundo de color gris, sin colores. Todo esto plasmado en una América conservadora de los años 50 y en una institución de enseñanza de élite (recinto cerrado) donde sus trasnochados principios: tradición, honor, disciplina y excelencia, son transmitidos a sus alumnos, que serán los que ocupen futuros puestos de poder para continuar perpetuando un mundo no solo gris, sino sin posibilidad de cambio. Tipos que a su vez aplastarán los sueños, anhelos y ganas de cambio y mejora de otros ciudadanos. Y en esa América por supuesto todo lo que huela a sensibilidad, empatía, poesía, rebeldía, cultura, arte, teatro, libros…, todo aquello que haga volar la imaginación del hombre… es sospechoso. Pero ¿solo ocurre en ese instituto de élite y en esa América de los 50?

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El viaje de los malditos (Voyage of the damned, 1976) de Stuart Rosenberg

El barco de El viaje de los malditos sin rumbo fijo…

El universo fílmico sobre la Segunda Guerra Mundial (y los años previos) encierra un montón de historias que muchas veces, si no fuera por el cine, terminan siendo enterradas. Así ocurre con El viaje de los malditos, que no deja de tener una triste y desgarrada vigencia, que narra la trágica travesía de un barco, el San Luis. Este barco zarpó del puerto de Hamburgo el 13 de mayo de 1939 con 937 judíos y se dirigían a La Habana. Todos habían conseguido su visado. Muchos de ellos contaban con familiares allí. Lo que parecía un viaje hacia la libertad y la esperanza se convirtió en una pesadilla.

En realidad el viaje tenía fines propagandísticos para la Alemania nazi, que no le importaba qué iba a ser de cada uno de los pasajeros, sino que además la travesía les servía para alimentar su red de espionaje. Goebbels lo ideó para hacer ver que los judíos podían salir de Alemania, pero además dejó al descubierto el antisemitismo que se extendía por todo el mundo. Los viajeros del barco no pudieron desembarcar en Cuba y fueron rechazados por varios países. Tuvieron que regresar de nuevo a Europa y fueron, finalmente, aceptados por un acuerdo entre Bélgica, Países Bajos, Francia y Reino Unido. Pudieron desembarcar en Amberes y acudir a sus distintos países de acogida, pero desgraciadamente la Segunda Guerra Mundial acechaba, y muchos de ellos volvieron no solo a ser perseguidos sino que murieron en los campos de concentración.

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10 razones para amar Desaparecido (Missing, 1982) de Costa-Gavras

Uno de los motivos para amar Missing: Jack Lemmon y Sissy Spacek.

Razón número 1: Basada en hechos reales

Missing empieza y termina con una voz en off objetiva y distante. Primero informa de que es una película basada en hechos reales recientes, explica que hay algunos nombres cambiados y no se especifica cuál es el país donde transcurren los hechos, aunque sí se nombra posteriormente Santiago y Viña del Mar, por tanto no es difícil situarla en Chile, durante el golpe de Estado y los días posteriores. Es decir la odisea de los protagonistas arranca el 11 de septiembre de 1973.

Al final de la película esa voz surge de nuevo ante una imagen impactante de un ataúd deslizándose por la rampa de un avión, y da un carácter más sombrío a la historia. Más cuando la última frase que se ha escuchado del personaje de Jack Lemmon va dirigida al enlace de la embajada americana en Chile y le suelta que se alegra de vivir en un país donde se juzga a tipos como ellos. La voz en off informa de que esto no será así y que no se esclarecerán los hechos ni se juzgará tan pronto a nadie.

Si uno lee atentamente los créditos finales también se fija que la película adapta un libro del periodista Thomas Hauser, que entró en el panorama editorial en 1978 con The Execution of Charles Horman. An American Sacrifice. Luego el realizador franco-griego Costa-Gavras para su debut americano moldea un material sensible que en su momento y en la actualidad todavía remueve (el último juicio referente a los hechos relatados en la película se celebró en 2012). No pasó ni pasa desapercibida, y menos en los nuevos tiempos oscuros que corren.

Así Missing trata sobre las vicisitudes que pasaron Ed Horman y su nuera Joyce para localizar a su hijo y marido, Charles Horman, uno de los desaparecidos en la dictadura chilena. El motivo: Horman era un joven periodista norteamericano que colaboraba en medios progresistas y alternativos y tanto la película como la investigación en la que se apoya apuntan que fue asesinado para ocultar la participación estadounidense en el golpe de Estado. Charles Horman tenía esa información, pues contactó casualmente con militares americanos en Viña del Mar justo en el momento del golpe, y estos compartieron alegremente información con Horman por el mero hecho de que era americano… Y no fue el único americano desaparecido o asesinado, junto a miles y miles de chilenos, la obra de Costa-Gavras refleja también el paradero de otro compañero de Horman, Frank Teruggi.

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Sophia Loren y Richard Burton. El viaje (Il viaggio, 1974) de Vittorio de Sica/Breve encuentro (Brief Encounter, 1974) de Alan Bridges

En 1974 Sophia Loren y Richard Burton fueron pareja cinematográfica en dos películas que han caído en olvido. La primera fue también la última película de Vittorio de Sica y es la adaptación libre de un hermoso relato, con el mismo título, de Luigi Pirandello. Y la segunda es otra adaptación (que se realizó para la televisión) de la obra de teatro en un acto de Noel Coward, Still life, de la que David Lean realizó una película inolvidable en 1945. Ninguna de las dos es redonda (la segunda es más bien fallida), pero, sin embargo, esconden una matizada belleza y detalles interesantes.

Las dos reflejan un melancólico romanticismo. Dos historias tristes de amores efímeros, imposibles. En ambos el presente de los personajes adquiere una importancia vital. Son un canto a la vida y a atrapar algo tan inexplicable e intangible como los lazos que se establecen entre dos personas, sin saber muy bien el porqué.

En un libro que narra la historia de Liz Taylor y Richard Burton, El amor y la furia, se cuenta brevemente algunos detalles de lo que pudieron suponer estos rodajes. Sophia Loren y Carlo Ponti pusieron en marcha el proyecto de El viaje, y acogieron a un Richard Burton que trataba de dejar el alcohol (pero caía una y otra vez) y se encontraba en plena separación y tormenta con Liz Taylor (con reconciliaciones entre medias). Un Burton envejecido y deteriorado, que preocupaba al mismísimo De Sica, se incorporó al rodaje: “Llegaba al rodaje temblando, mareado. Se me partía el corazón al verlo…”. Sophia Loren también se preocupó de Burton, pero construyeron una amistad entre tantos truenos. De hecho fue ella la que pidió a continuación de El viaje que le contratasen para el remake de Breve encuentro (en un principio iba a actuar Robert Shaw, pero le esperaba Tiburón). En esta película para televisión también estaba detrás su esposo Carlo Ponti. Ninguna de las dos películas se suele nombrar cuando se repasa la filmografía de ambos. En las dos se desvela un Richard Burton envejecido, apagado y muy envarado, al que salva su magnetismo natural, su poderosa voz y la mirada de sus ojos azules. Y acompañado de una bellísima, sofistica y madura Sophia Loren.

El viaje (Il viaggio, 1974) de Vittorio de Sica

Sophia Loren y Richard Burton como personajes pirandellianos en El viaje, testamento de Vittorio de Sica.

No sería una mala sesión doble El viaje y Una historia inmortal (1968) de Orson Welles. Hay algo que las une, en su narración cinematográfica, en la melancolía que se les escapa, en esa luz cercana a la irrealidad, en un lirismo especial… Y en la elección de dos hermosos relatos de un tiempo pasado, efímero. El viaje es un canto a una vida que se escapa, que se va. Sí, es una última película. Un canto a la belleza. Irregular y hermosa, como la propia existencia.

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Roxie Hart (Roxie Hart, 1942) de William A. Wellman

Cualquier momento es bueno para que Roxie Hart y compañía se fotografíen para la prensa.

Llevaba detrás de esta película bastante tiempo, pero curiosamente dos acontecimientos han hecho que por fin me decidiera. Por una parte, el blog La chica del parasol blanco, de mi querida Bet, realizó una serie muy interesante sobre películas que recreaban los años 20 y una de sus entradas era Roxie Hart. Por otra, leí hace poco una lista que proporcionó Stanley Kubrick a la revista americana Cinema en 1963 sobre sus diez películas imprescindibles. Y ahí estaba Roxie Hart. Así que me llamó la atención averiguar qué pudo ver Kubrick en ella. Sin embargo, los motivos para verla siempre han sido muchos. Y su visionado me ha hecho ver que no me equivocaba.

Cada vez que me enfrento a una nueva película de William A. Wellman, me doy cuenta de que este director va subiendo puestos en mi lista de favoritos. Y curiosamente navega en el olvido de la memoria cinéfila. Si doy un paseo por el blog, su presencia suele ser siempre gozosa: Gloria y hambre (1933), Barrio Chino (1932), La estrella de variedades (1943), Incidente en Ox Bow (1943) o Ha nacido una estrella (1937). También es el director de una película que todavía no he podido encontrar, pero desde hace años deseo su visionado: Beggars of life (1928), con Louise Brook como una de sus protagonistas. Y por si fuera poco es el director de uno de mis westerns de la infancia: Caravana de mujeres (1951). Aquí en Roxie Hart vuelve a mostrar su dominio del lenguaje cinematográfico y, junto al director de fotografía Leon Shamroy, logra reflejar una historia aparentemente banal y cómica, pero con los ingredientes del buen cine negro. Así nace una película extraña (quizá por ahí va su olvido) en la que todos sus personajes tienen más sombras que luces, pero muy atractiva, que además emplea un tono satírico y crítico hacia los medios de comunicación, el sistema judicial así como hacia la sociedad en sí (y ahí creo que tocó a Kubrick que le quedaba apenas un año para estrenar su sátira política sobre un tema muy serio en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú). ¿Dónde están los ingredientes de cine negro? No solo en la dirección y espléndida fotografía, sino en su estructura. Un personaje que cuenta en off una historia del pasado, los flashback. Su protagonista puede ser una de esas mujeres fatales que puebla el género. Mantiene no solo el suspense, sino también la ambigüedad moral de todos sus personajes. Y un largo etcétera.

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Feliz Navidad y maravilloso 2020. Recuerdo de una noche (Remember the Night, 1940) de Mitchell Leisen

Recuerdo de una noche

Feliz Navidad y Feliz 2020 a todos con Recuerdo de una noche.

Lee (Barbara Stanwyck), detenida por robar una pulsera en una joyería y con antecedentes, mira a John (Fred MacMurray), el fiscal que consiguió un aplazamiento para que su caso fuera juzgado por el jurado después de las fiestas de Navidad. En esa mirada hay lágrimas, pero también esperanza. Desde aquel día, el del aplazamiento, hasta ese momento, mucho ha cambiado entre los dos que han pasado estas fiestas especiales juntos. Sus últimas palabras, antes de que aparezca Fin en la pantalla, son: “¿Estarás a mi lado y me cogerás de la mano cuando lean la sentencia?”. “Claro que sí”. “Entonces no tendré miedo”.

Y en eso consiste la vida. En encontrar personas que te rodeen, que te arropen (y viceversa), poder coger manos y no tener miedo para afrontar los obstáculos de la vida, y llegar siempre a lugares deseados (físicos y mentales). En el caso de Lee y John regresar otra vez a esas cataratas del Niágara que han sido testigos de una promesa: permanecer juntos.

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Pigmalión (Pygmalion, 1938) de Anthony Asquith y Leslie Howard

Pigmalión

Un profesor de fonética y una vendedora de flores…

Esta versión cinematográfica, que es también una adaptación de la obra teatral de George Bernard Shaw, ha quedado totalmente eclipsada por el musical de George Cukor, My fair lady (1964). Y, sin embargo, no hay apenas diferencias en cómo avanza y se resuelve la historia. Digamos que en la película de Asquith y Howard (en la que Shaw participó en su guion) ya está la esencia de My fair lady. Y es curioso porque en ambas se elimina en su secuencia final la nueva lectura del mito clásico que ofrece Shaw. Pigmalión es más concisa, directa y realista; no cuenta con el glamour, la estilización y la elegancia del musical de Cukor. Es una historia más de carne y hueso, más cercana. El profesor Henry Higgins (Leslie Howard) y su alumna, Eliza Doolittle (Wendy Hiller), van construyendo su historia de encuentros y desencuentros con una naturalidad especial. Su historia es en blanco y negro.

Como decían Jordi Balló y Xavier Pérez en su magnífico ensayo La semilla inmortal, el mito de Pigmalión es uno de esos argumentos universales que ha permitido nuevas miradas una y otra vez en los escenarios teatrales o en la pantalla de cine. El mito cuenta la historia de un escultor que no encuentra a la mujer ideal. Decide no casarse y se dedica a esculpir una estatua. La estatua de una joven recibe el nombre de Galatea, y el escultor se enamora perdidamente de ella. La diosa del amor, Afrodita, la convierte en una mujer de carne y hueso y se convierte en su esposa. Shaw convirtió a Pigmalión en un profesor de fonética, Henry Higgins. Solterón, exquisito y misógino, totalmente entregado a su trabajo. Y a Galatea en Eliza Doolittle, una vendedora de flores de los barrios bajos de Londres, que quiere salir de su situación. Lo que hace el profesor es convertir, a través de la dicción y el lenguaje, a la vendedora de flores en toda una dama. Higgins pone todo su empeño y esfuerzo para ganar una apuesta que ha hecho con su amigo coronel Pickering: que en seis meses convierte a Liza en una dama elegante. Eliza Doolittle pone todo su empeño en aprender porque quiere salir de los bajos fondos, quiere poner una tienda de flores y huir de la miseria y los golpes de la vida.

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Cuatro pasos por las nubes (Quattro passi fra le nuvole, 1942) de Alessandro Blasetti

Cuatro pasos por las nubes

Maria y Paolo, dos buenas personas.

Gracias a Santiago, por descubrirme tantos títulos de cine italiano y volver así a emocionarme una y otra vez frente la pantalla

De pronto una se encuentra frente la pantalla con una película y se pregunta cómo es posible que todavía no la hubiese visto. Atrapada desde el primer fotograma hasta el último. Inevitable terminar con una lágrima y una sonrisa en mi rostro. Un momento donde las emociones fluyen a borbotones. Y esto es así porque ha pasado por mis ojos la historia de un hombre bueno y responsable, la historia de Paolo Bianchi (bravo por Gino Cervi). Y el Paolo de la primera secuencia, que despierta en su hogar, con una esposa antipática a su lado, unos niños durmiendo, y realizando las tareas de la casa y rituales diarios para enfrentarse a la batalla cotidiana y a una nueva jornada de trabajo, nada tiene que ver con el de la última, ese hombre que regresa de nuevo una mañana al hogar familiar y se le caen a los pies esos rituales diarios. Sufre vértigo y desmayo, algo parecido a la desesperación. Porque Paolo Bianchi ha tenido un paréntesis, dos días en los que realmente ha dado cuatro pasos por las nubes. Ha salido de su zona de confort y rutina para ser consciente de que ha rozado algo parecido a la felicidad. Y eso es un mazazo difícil de soportar. Y ese final, rompe al espectador. Además de mostrarle que algo se estaba gestando en el cine italiano.

Durante el periodo fascista se construyó Cinecittà y también el Centro Sperimentale di Cinematografía, y ahí nacieron y desarrollaron sus carreras grandes realizadores italianos. Alessandro Blasetti fue uno de los directores que trabajó durante este periodo, así pudo llevar a cabo una película bajo el impulso de Mussolini como La corona de hierro (1941), como sorprender con una tragicomedia delicada como Cuatro pasos por las nubes, con huellas notables y ecos de lo que sería el Neorrealismo. No hay más que mirar los créditos y descubrir como creador de la historia a Cesare Zavattini. Si se quiere ver a Blasetti en acción, no hay más que visitar una maravillosa película de Luchino Visconti, de su periodo neorrealista, Bellísima (1951), donde es este director precisamente el que en Cinecittá convoca un casting para seleccionar a una niña que actuará en su nueva película. Y ese casting es el principio del drama de una madre, Maddalena Cecconi (Ana Magnani), que se ciega porque su hija pequeña entre en ese mundo.

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Fascinación (Obssesion, 1976) de Brian de Palma

Fascinación

Aviso: si no la has visto, y no quieres saber nada, sino mantener el suspense, advierto que cuento prácticamente toda la trama

Michael Courtland (Cliff Robertson), entre alucinado y fascinado (nunca mejor dicho), escucha a Sandra Portinari (Geneviève Bujold), una ayudante de restauración, que le explica cómo debajo de un fresco de la Virgen de Agnolo Gaddi había otra pintura más antigua, una especie de borrador, y que tuvieron que decidir entre restaurar el original, pero sin saber nunca qué había debajo, o ver lo que había oculto. Pregunta entonces a Michael que él qué hubiese hecho. Este contesta que conservar la pintura de Gaddi, y añade “debemos proteger la belleza”. Bien, algo así ocurre con este artilugio maravilloso que es Fascinación de Brian de Palma, donde está esta secuencia. Es mejor dejarse llevar por esta bella y retorcida historia de amor más allá de la muerte y por todo un metraje de ensoñación y nebulosa, que rascar y encontrar lo inverosímil que se esconde tras las imágenes. Algo semejante ocurría con su fuente de inspiración, algo que nunca ocultó Brian de Palma, Vértigo (Vertigo, 1958) de Alfred Hitchcock.

Hay películas donde es absurdo emplear la lógica, sino que lo mejor es dejarse fascinar obsesivamente y arrastrarse por sus imágenes escuchando una banda sonora brillante que hace que el espectador se deslice con emoción por cada una de las secuencias. Y es que es Bernard Herrmann, uno de los compositores de cabecera del maestro de suspense, quien creo la partitura para otra historia de amor obsesivo y oscuro. Si además se emplea como plató cinematográfico dos ciudades como Florencia y Nueva Orleans y la luz suave, como de sueño continuo, del director de fotografía Vilmos Zsigmond, se logra alcanzar un estado de hipnosis. Pero es que también, para escapar de toda lógica, la película cuenta con el espíritu atormentado de Paul Schrader en el guion. Schrader se dedica a bajar a los infiernos, para qué diablos quiere ser verosímil.

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