Pigmalión

Un profesor de fonética y una vendedora de flores…

Esta versión cinematográfica, que es también una adaptación de la obra teatral de George Bernard Shaw, ha quedado totalmente eclipsada por el musical de George Cukor, My fair lady (1964). Y, sin embargo, no hay apenas diferencias en cómo avanza y se resuelve la historia. Digamos que en la película de Asquith y Howard (en la que Shaw participó en su guion) ya está la esencia de My fair lady. Y es curioso porque en ambas se elimina en su secuencia final la nueva lectura del mito clásico que ofrece Shaw. Pigmalión es más concisa, directa y realista; no cuenta con el glamour, la estilización y la elegancia del musical de Cukor. Es una historia más de carne y hueso, más cercana. El profesor Henry Higgins (Leslie Howard) y su alumna, Eliza Doolittle (Wendy Hiller), van construyendo su historia de encuentros y desencuentros con una naturalidad especial. Su historia es en blanco y negro.

Como decían Jordi Balló y Xavier Pérez en su magnífico ensayo La semilla inmortal, el mito de Pigmalión es uno de esos argumentos universales que ha permitido nuevas miradas una y otra vez en los escenarios teatrales o en la pantalla de cine. El mito cuenta la historia de un escultor que no encuentra a la mujer ideal. Decide no casarse y se dedica a esculpir una estatua. La estatua de una joven recibe el nombre de Galatea, y el escultor se enamora perdidamente de ella. La diosa del amor, Afrodita, la convierte en una mujer de carne y hueso y se convierte en su esposa. Shaw convirtió a Pigmalión en un profesor de fonética, Henry Higgins. Solterón, exquisito y misógino, totalmente entregado a su trabajo. Y a Galatea en Eliza Doolittle, una vendedora de flores de los barrios bajos de Londres, que quiere salir de su situación. Lo que hace el profesor es convertir, a través de la dicción y el lenguaje, a la vendedora de flores en toda una dama. Higgins pone todo su empeño y esfuerzo para ganar una apuesta que ha hecho con su amigo coronel Pickering: que en seis meses convierte a Liza en una dama elegante. Eliza Doolittle pone todo su empeño en aprender porque quiere salir de los bajos fondos, quiere poner una tienda de flores y huir de la miseria y los golpes de la vida.

Para Higgins, en un principio, solo ha ganado una apuesta. Para Eliza supone un paso hacia su libertad. Lo que no se da cuenta el misógino de Higgins, tan solo es consciente cuando su alumna huye de la casa, es que se ha acostumbrado a vivir con ella. Es que goza de la compañía de Eliza. Es que ha vivido seis meses de felicidad…

Y tanto la versión cinematográfica británica como la versión norteamericana deciden apostar por la historia de amor de Higgins y Eliza, es decir, por seguir a rajatabla el mito: Pigmalión se queda con Galatea, después de esculpirla tal y como él ha querido. Sin embargo, Shaw aportó otro final en los escenarios teatrales: Galatea huye para siempre de Pigmalión, y sigue adelante con su propia vida. Galatea se casa con otro hombre y abre su tienda de flores. Galatea se independiza de su “creador”.

Leslie Howard realiza un Higgins sofisticado, elegante, apasionado, cínico y repelente que cae poco a poco ante una Wendy Hiller encantadora y natural como una Eliza que tiene claro que quiere aprender para salir de la miseria.

Pigmalión

Una historia de amor inesperada… El mito se cumple.

Y ella misma da con la clave del éxito: no es solo el aprendizaje del lenguaje y de los usos, costumbres y rituales sociales que también le enseñan tanto Higgis como el coronel lo que hace que alcance el objetivo. No es solo su esfuerzo continuo. No es solo el valor del lenguaje, de saber expresarse correctamente, del poder de las palabras… El secreto está en unas palabras de reproche que lanza al final al profesor: “La diferencia entre una florista y una dama no está en cómo se comporta, sino en cómo la tratan”. Así Eliza quiere hacer ver a Higgins que ha recibido un trato exquisito del coronel, de la señora Pearce, de la madre de Higgins o de su pretendiente Freddy. Todos han creído en ella y la han tratado como una más. Y eso le ha dado las fuerzas suficientes para continuar. El profesor Higgins, sin embargo, nunca ha olvidado que es una vendedora de flores y una apuesta, salvo cuando se apasiona enseñándola para conseguir el objetivo o se enorgullece de su alumna delante de los demás… Higgins no se ha dado cuenta de que no solo se ha acostumbrado a su compañía, sino que siente por ella algo que no entiende.

Su final es un poco ambiguo, pues cuando Higgins ve que Eliza vuelve a casa, este se da la vuelta y le hace una petición cotidiana que siempre la hacía durante esos meses. Pretende que todo siga como antes de la discusión y de la huida. Y no vemos si Eliza la lleva a cabo. Pero lo que está claro es que ella ha regresado de nuevo… Galatea ha vuelto con Pigmalión.

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