Pigmalión (Pygmalion, 1938) de Anthony Asquith y Leslie Howard

Pigmalión

Un profesor de fonética y una vendedora de flores…

Esta versión cinematográfica, que es también una adaptación de la obra teatral de George Bernard Shaw, ha quedado totalmente eclipsada por el musical de George Cukor, My fair lady (1964). Y, sin embargo, no hay apenas diferencias en cómo avanza y se resuelve la historia. Digamos que en la película de Asquith y Howard (en la que Shaw participó en su guion) ya está la esencia de My fair lady. Y es curioso porque en ambas se elimina en su secuencia final la nueva lectura del mito clásico que ofrece Shaw. Pigmalión es más concisa, directa y realista; no cuenta con el glamour, la estilización y la elegancia del musical de Cukor. Es una historia más de carne y hueso, más cercana. El profesor Henry Higgins (Leslie Howard) y su alumna, Eliza Doolittle (Wendy Hiller), van construyendo su historia de encuentros y desencuentros con una naturalidad especial. Su historia es en blanco y negro.

Como decían Jordi Balló y Xavier Pérez en su magnífico ensayo La semilla inmortal, el mito de Pigmalión es uno de esos argumentos universales que ha permitido nuevas miradas una y otra vez en los escenarios teatrales o en la pantalla de cine. El mito cuenta la historia de un escultor que no encuentra a la mujer ideal. Decide no casarse y se dedica a esculpir una estatua. La estatua de una joven recibe el nombre de Galatea, y el escultor se enamora perdidamente de ella. La diosa del amor, Afrodita, la convierte en una mujer de carne y hueso y se convierte en su esposa. Shaw convirtió a Pigmalión en un profesor de fonética, Henry Higgins. Solterón, exquisito y misógino, totalmente entregado a su trabajo. Y a Galatea en Eliza Doolittle, una vendedora de flores de los barrios bajos de Londres, que quiere salir de su situación. Lo que hace el profesor es convertir, a través de la dicción y el lenguaje, a la vendedora de flores en toda una dama. Higgins pone todo su empeño y esfuerzo para ganar una apuesta que ha hecho con su amigo coronel Pickering: que en seis meses convierte a Liza en una dama elegante. Eliza Doolittle pone todo su empeño en aprender porque quiere salir de los bajos fondos, quiere poner una tienda de flores y huir de la miseria y los golpes de la vida.

Para Higgins, en un principio, solo ha ganado una apuesta. Para Eliza supone un paso hacia su libertad. Lo que no se da cuenta el misógino de Higgins, tan solo es consciente cuando su alumna huye de la casa, es que se ha acostumbrado a vivir con ella. Es que goza de la compañía de Eliza. Es que ha vivido seis meses de felicidad…

Y tanto la versión cinematográfica británica como la versión norteamericana deciden apostar por la historia de amor de Higgins y Eliza, es decir, por seguir a rajatabla el mito: Pigmalión se queda con Galatea, después de esculpirla tal y como él ha querido. Sin embargo, Shaw aportó otro final en los escenarios teatrales: Galatea huye para siempre de Pigmalión, y sigue adelante con su propia vida. Galatea se casa con otro hombre y abre su tienda de flores. Galatea se independiza de su “creador”.

Leslie Howard realiza un Higgins sofisticado, elegante, apasionado, cínico y repelente que cae poco a poco ante una Wendy Hiller encantadora y natural como una Eliza que tiene claro que quiere aprender para salir de la miseria.

Pigmalión

Una historia de amor inesperada… El mito se cumple.

Y ella misma da con la clave del éxito: no es solo el aprendizaje del lenguaje y de los usos, costumbres y rituales sociales que también le enseñan tanto Higgis como el coronel lo que hace que alcance el objetivo. No es solo su esfuerzo continuo. No es solo el valor del lenguaje, de saber expresarse correctamente, del poder de las palabras… El secreto está en unas palabras de reproche que lanza al final al profesor: “La diferencia entre una florista y una dama no está en cómo se comporta, sino en cómo la tratan”. Así Eliza quiere hacer ver a Higgins que ha recibido un trato exquisito del coronel, de la señora Pearce, de la madre de Higgins o de su pretendiente Freddy. Todos han creído en ella y la han tratado como una más. Y eso le ha dado las fuerzas suficientes para continuar. El profesor Higgins, sin embargo, nunca ha olvidado que es una vendedora de flores y una apuesta, salvo cuando se apasiona enseñándola para conseguir el objetivo o se enorgullece de su alumna delante de los demás… Higgins no se ha dado cuenta de que no solo se ha acostumbrado a su compañía, sino que siente por ella algo que no entiende.

Su final es un poco ambiguo, pues cuando Higgins ve que Eliza vuelve a casa, este se da la vuelta y le hace una petición cotidiana que siempre la hacía durante esos meses. Pretende que todo siga como antes de la discusión y de la huida. Y no vemos si Eliza la lleva a cabo. Pero lo que está claro es que ella ha regresado de nuevo… Galatea ha vuelto con Pigmalión.

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19 comentarios en “Pigmalión (Pygmalion, 1938) de Anthony Asquith y Leslie Howard

  1. Ay, tengo dos reparos contra esta película: detesté My Fair Lady y Leslie Howard me parece un soso. Al primero no le veo solución pero estoy intentando trabajar con el segundo. Por un lado, tengo entendido que Howard tiene una biografía bastante interesante (por ejemplo, que haya sido director cosa que yo ignoraba, agrega una capa más a su figura); por el otro, tengo pendiente ver El Bosque Petrificado, que según leí es su gran película. Y además está tu texto, que me despierta mucho interés. De modo que intentaré dar con esta versión, aunque más no sea para descubrir la forma de contar de Howard.-
    Ah, y qué interesante ese final original que relatás. Es mucho más natural para la historia.-
    Un beso grande, Bet.-

  2. Jajaja, queridísima Bet, son dos reparos bastante fuertes. Aquí Leslie Howard quedó marcado para siempre por su papel en Lo que el viento se llevó. Nadie entendía por qué Scarlet prefería a Ashley en vez de a Rhett. Pero, fíjate, a mí me caían bien tanto Ashley como Melanie. Más que en El bosque petrificado, me gusta en Cautivo del deseo. He visto otras como Intermezzo o Leslie haciendo de un maduro Romeo que he disfrutado mucho. Yo a Howard le tengo simpatía y sí tiene una vida para ser leída. El misterio que rodea su muerte, su relación con Conchita Montesinos, además como bien dices, dirigió varias películas, su vida en los escenarios…
    Tanto Howard como Hiller están muy bien en sus papeles. Creo que quizá te guste un poco más que My fair lady. Es más sencilla, natural y cercana. Y, bueno, siempre me llama la atención las nuevas lecturas de la mitología y en este caso también la importancia del lenguaje, de cómo expresarse, de las palabras…
    Beso
    Hildy

  3. Me pasa lo mismo, mi querida Hildy, no puedo con el sosainas de Leslie Howard, aunque en abstracto es un tipo que me cae simpático, y cuyo final siempre me ha generado mucha tristeza. Pero es verlo en la pantalla y le daría un par de soplamocos para que espabilara, que siempre es más tonto que hecho de encargo… La prefiero a ella, que está estupenda.

    De Bernard Shaw, en todo caso, prefiero sus venenosos dardos verbales; es de mis «malos» favoritos. Suya es una cita que suele atribuirse a Buñuel porque este la hizo suya: la de «ateo gracias a Dios».

    Besos

  4. Sí, Hiller está maravillosa. Yo la recuerdo mucho en «Sé adonde vas», una película de Powell y Pressburger que tengo mucho cariño. Aunque tiene otros títulos a tener en cuenta en su filmografía. Me gusta Howard como Higgins en esta película. Me están entrando ganas de meterme con el teatro de Bernard Shaw.

    Beso
    Hildy

  5. Gran análisis, Hildy.
    Pero, antes que nada. Me uno de manera entusiasta al club de haters zurradores de Leslie Howard. Un grupo, además, bastante nutrido. Somos legión. Mires hacia donde mires, ahí estamos nosotros, los odiadores de Howard, un grupo tan numeroso e influyente que ocupa altos cargos en la jerarquía del Club Bildelberg y que tiene poder de decisión y de veto en la ONU, en Bruselas y hasta en Washington. Porque la estupidez de Scarlett-Leigh en «Lo que el viento se llevó» no tiene explicación ni pretexto posible. Renunciar al bigote más atractivo de la Historia de la humanidad por semejante estafermo es como renunciar al whisky o a la Coca-Cola para entregarse incondicionalmente a la zarzaparrilla hasta el final de los días. Un absurdo intolerable en un mundo que se llama a sí mismo racional. Pero el caso de Leslie Howard es curioso. Porque, efectivamente, si tú lees su biografía, todo en ella apunta a los rasgos de un tipo carismático y heroico. De hecho, cuando ves documentales americanos o ingleses sobre él, siempre lo enaltecen de manera desproporcionada, más bien por los testimonios de quienes le conocieron en vida o por los curiosos enredos en los que se vio envuelto mas que por el dudoso magnetismo que desprendía en la pantalla. Por no decir nulo. Se podría decir que su caso es inverso y antagónico al de Marilyn Monroe. Decía Howard Hawks en el maravilloso libro de entrevistas «Hawks por Hawks» hablando de ella que, entre plano y plano, en los platós de rodaje, Monroe se podía pasar horas deambulando medio desnuda cubierta con una leve bata entre cachivaches, rudos técnicos, y grupúsculos cerrados que habían entablado animada conversación que nunca le incluían a ella, y que todo el mundo la ignoraba y que incluso no se daban cuenta de su presencia. Algo que a duras penas nos resulta creíble a todos nosotros, que todos tenemos un puntito un tanto mitómano en mayor o menor grado, pero que tiene visos de ser verídico, ya que algo de cierto debe de haber en ello, a la vista de la trágica vida que llevó, ya que casi nadie parecía respetarle. Pero Hawks decía, eso sí, que cuando se encendían las focos, la gente se callaba, y se ponía delante del objetivo, sola o acompañada, la cámara y todos los demás solo podían fijarse en ella. Todos quedaban abducidos, hipnotizados, como si esa diosa hubiera aterrizado repentinamente llegada desde Marte. Y Hawks de esto sabía un rato. Porque hay algo inaprensible en las grandes estrellas que no se explica más que por un carisma misterioso y mágico que marca la diferencia. Porque todos sabemos de casos de starlets con atractivo espectacular e incluso con talento para la interpretación que guiadas por su ambición (como también pudo ser y de hecho fue el caso de Marilyn) hicieron todo lo posible por triunfar, incluso hasta dejarse manosear (y algo más) por los productores, pero que no fueron más allá, pese a ello, de dejar una marca tan testimonial en Hollywood como una raya en el agua. He desarrollado todo este razonamiento porque está claro que a Marilyn la cámara le amaba, pero a Leslie Howard, evidentemente no. Si no fuera así, no habría tal consenso generalizado acerca de su anodina presencia y de su falta de química con las actrices de la época.
    No obstante, hay que decir algo. Por mi experiencia yo diría que eso no es un caso tan raro en la vida real. Tipos aparentemente anodinos pero que acaban seduciendo a la chica más atractiva del barrio, de la ciudad o de todo el país. Más allá de que la visión de Wolfgang Petersen y Brad Pitt sobre «La Ilíada» (que se tomaba libertades un tanto excesivas con Homero) y del carácter más o menos mítico o real de la vida de Helena de Troya, está claro que cuando la bella Helena optó por Paris, estaba tomando partido por un auténtico Pagafantas. Y en la vida creo que también pasa mucho. De maneras a veces incomprensible, pero hasta razonable. Muchas veces los hombres solemos pensar: «¿Pero que hace esta chica tan estupenda con este perfecto idiota?» Y casi diría que, afortunadamente, sucede y debería suceder más a menudo, puesto que eso da muchas veces alas a quienes no son tan guapos o aparentes para tratar de apurar sus opciones con una mujer aparentemente inalcanzable, pero que a lo mejor resulta siempre que son más accesibles de lo que aparentan. Es, en el fondo, la grandeza del Misterio Femenino.
    No obstante, ni siquiera esa magnanimidad de algunas mujeres justifica lo de Leslie Howard. Esa versión de «Romeo y Julieta» de la que hablas, creo que la vi hace no demasiado. Es de George Cukor y, aparte de tener que soportar la nula sexualidad que desprende Howard en su papel, se añade la beatería propia de las producciones de la Metro de la época que solo incitaba al bostezo. Creo que por ahì andaban también andaban Basil Rathbone y John Barrymore, pero nadie, absolutamente nadie era capaz de sacarnos de tan profundo hastío. La versiòn de Franco Zeffirelli era infinitamente mejor, y aunque no he visto la de Baz Luhrmann, incluso con el efectismo vacío de este director y la a veces un tanto imberbe presencia de Di Caprio, estoy seguro de que tanto Luhrmann por su parte, como Leo por la suya ofrecieron una visión más cargada de pasión y sensualidad.
    Y otra cosa. Yo también soy muy partidario de Wendy Hiller. En concreto me encantó su interpretación en la magnífica y no siempre suficientemente valorada (salvo por Jose Luis Garci que la adora) «Mesas separadas» de Delbert Mann. Película maravillosa que se beneficia de un magnífico libreto teatral de Terence Rattigan y de las imponentes presencias de Burt Lancaster, David Niven, Deborah Kerr, Rita Hayworth y la propia Hiller entre otros. En «Mesas separadas» Wendy Hiller encaja como un guante en el papel de sensata, digna y orgullosa mujer de humilde raigambre british, que, aunque difícilmente puede competir con la brutal sensualidad de Rita Hayworth para ganarse el corazón de Burt Lancaster, finalmente consigue retenerlo (es su marido) gracias a su carácter, pragmatismo y fortaleza insobornable. Un papel inolvidable. Porque Hiller es de esas mujeres que se suelen decir que son más atractivas que guapas. Es decir, que su belleza y atractivo pueden pasar desapercibidos a la vista de ojos demasiado superficiales, pero rara vez a los hombres de verdadera inteligencia. Supongo que ese fue uno de los principales motivos por los que Asquith también la eligió para hacer de Eliza Doolittle en esta versión de «Pigmalión» Porque necesitaba a una mujer que pudiera a la vez pasar desapercibida en una multitud si iba un poco desharrapada, y brillar como una luciérnaga en plena noche en otro tipo de contexto si se daban las circunstancias adecuadas. Algo, por cierto, que no se puede decir de Audrey Hepburn, que aunque uno la vea tan desaliñada en «MY fair lady» como si le hubieran echado una tonelada de basura, uno siempre la ve con esa misma planta y compostura como si acabara de venir de una pasarela de moda en la que hubiera estado haciendo un desfile de modelos para Givenchy.
    Eso es todo. Es mi opinión.
    Besos.

  6. Jajajaja, querido Deckard, pobre Leslie Howard, qué pocos adeptos tiene de sus interpretaciones en la pantalla. Su físico correcto, su manera de comportarse no genera pasiones. ¿Y qué puede hacer una contra tantos que no lo soportan como actor? Pues de vez en cuando proclamar que no está mal y descubrir alguna que otra película que corrobore su opinión. Simplemente no me molesta verlo en Lo que el viento se llevó o en otras películas. En Cautivo del deseo o en Intermezzo o en Pimpinela escarlata. Aunque todavía me queda bastante filmografía por descubrir. En fin, será lo que dices, quizá la cámara no lo quería. O quizá hoy parece un hombre de otra época, y hay otros que siguen siendo modernos aunque pasen años y años. Otro misterio que resolver.
    Marilyn es otra actriz apasionante de análisis y estudio. Y justo como señalas por lo contrario. La cámara la adoraba. Me encanta leer sobre ella, ver sus películas, escuchar sus canciones, mirar sus fotografías… Hay toda una mitología a su alrededor.
    Sí, me encantó Mesas separadas y es que además ¡qué reparto! Yo en su día más que por Hiller, la vi por Lancaster y Kerr, pero todos están maravillosos. Me ganó totalmente David Niven. Creo que me apetece volver a verla.
    Y, sí, Hiller es creíble totalmente en su transformación en Pigmalión. Exquisita y arrolladora.

    Beso
    Hildy

  7. Mira, Hildy. Yo no soy especialmente mito mano. Admiro a muchísima, muchísima gente de todos los ámbitos del arte y muy especialmente del cine. Considero que apasionarse por el arte es bueno, pero que nunca hay que renunciar al enfoque crítico para no olvidar que nuestros ídolos son humanos. Algo que los hace doblemente grandes puesto que en muchos casos tienen que sobreponerse a sus defectos de carácter y a sus propios errores. Lo más cerca que tengo de mitificar una época o a un grupo de creadores es mi visión de la etapa de Hollywood que va de la década de los 30 a la de los 80 muy especialmente en la década de los 30 y 40 (aunque las décadas anteriores, las de los pioneros también estaban preñadas de encanto). Muchos han comparado esa época del cine con el Renacimiento porque, además, Hollywood se beneficio del talento europeo exiliado por la guerra mundial porque la industria europea estaba devastada (Billy Wilder, Lubistch, Ophuls, Karl Freund, Renoir, Hitchcock, Fritz Lang, Frédéric Molnar, Brecht, Duvivier, Rene Clair o incluso en menor medida nuestros Edgar Neville o Enrique Jardiel Poncela). Lo que vino después seguía teniendo cierto poder de fascinación, pero ya era otra cosa.
    He dado este rodeo por lo que comentas sobre Marilyn Monroe. Mas allá de su exuberante belleza y sensualidad y del puñado de obras maestras en las que participó, en principio, tampoco es que yo estuviera especialmente interesado en ella. Por otro lado, su vida fue muy triste y yo siempre soy algo reacio a recrearme en ciertos aspectos de la sordidez humana. No obstante, a lo largo de los años, a fuerza de leer sobre el Hollywood clásico me he ido dando cuenta de que ella fue una criatura adorable empujada a la tragedia por gente taimada y retorcida. Ella fue una víctima. Ella vivía su sexualidad volcánica de manera tan natural e incluso ingenua que resultaba irresistible no sólo para la totalidad del universo masculino sino incluso para muchas mujeres (y mucho más en una época tan pacata como la América de los 50, la del senador MC Carthy y la Caza de Brujas). Y los hombres la dejaron literalmente tirada en una cuneta. Algunos de ellos disfrutan de una buena prensa que, francamente, no merecen ni de lejos. Todo ello ha hecho crecer mi fascinación por ella en los últimos años.
    Por ello, Hildy, si verdaderamente te interesa el tema, te recomiendo que leas «Blonde» de Joyce Carol Oates. Una novela espléndida que viene a ser una biografía apócrifa de la Rubia, primorosamente escrita, y que aporta un punto de vista desprejuiciado sobre la verdadera naturaleza de su vida. Bien es cierto que Oates, quizás por cautelas legales, elude la indagación sobre su polémica, misteriosa, y muy incriminatoria muerte (un episodio con el que el gran James Ellroy, que no tiene pelos en la lengua hubiera hecho sangre para culpar a los poderosos y mucho más teniendo en cuenta la conocida, sensibilidad profemenina que tiene Ellroy, cuya madre fue asesinada, como ya es sabido). Pero por lo demás es una novela excepcional. Una, apuesta segura.
    Apuntala en tu lista, Hildy.
    Besos.

  8. Gracias, Deckard, por la recomendación, por tus reflexiones y comentario. ¡He leído «Blonde» y me encanta! Joyce Carol Oates es una novelista que me gusta mucho. ¿Sabes que la van a convertir en película?

    Beso
    Hildy

  9. No, Hildy. La verdad es que no sabía que iban a, adaptar Blonde al cine. Ahí la papeleta va a ser saber quien va a hacer de Marilyn. Hace pocos años Michelle Williams hizo un buen trabajo en la peli esa sobre el rodaje de «El príncipe y la corista» cuyo título ahora mismo no recuerdo. Pero, claro, no era lo mismo. Desde luego, el vocablo «única» se pensó para casos como el de Marilyn. Es difícil imaginar a otra mujer que reúna ese contraste sublimado de inocencia y sensualidad. Ahora se me ocurre que una buena opción podría ser Margot Robbie, por su contundente físico y por sus dotes interpretativas. Claro que su mirada es mucho más felina y maliciosa. Pero trabajando la gestualidad y algún ligero retoque digital podría dar resultado. No se. Lo que no puede ser es hacer una elección que deforme un tanto la realidad. Como Scorsese en «El Aviador» que para interpretar a Ava Gardner escogió a Kate Beckinsale, que, con todos los respetos, salía mucho perdiendo en la comparación. Porque Beckinsale es resultona y tal, pero es demasiado «vecinita del quinto» En estos casos, y más en un papel secundario en el que hay poco diálogo, yo hubiera priorizado a una modelo con parecido razonable y con aspiraciones de ser actriz.

  10. Ana de Armas!!! (lo acabo de leer, Hildy). No se. A priori no me parece del todo mal. Ana de Armas es un bombón y tiene un rostro y labios sensuales como Marilyn, además de mucha personalidad. Pero no se. A priori, a simple vista Ana de Armas parece mucho más bajita que Marilyn, aunque claro, puede que me deje llevar por las apariencias y que ese aspecto de mujeron de la Rubia sea engañoso e inducido por su contundente complexión. Hay que reconocer que es muy complicado encontrarle un avatar real a la Monroe. Por otro lado, el director previsto, Andrew Dominick, no se si es el más adecuado. Esta demasiado pervertido por la influencia panteista y contemplativa de Terrence Malick. Un tocho de casi 1000 páginas como el de Joyce Carol Oates, comprimido en un largometraje tiene que ser forzosamente muy denso. Y Dominick es de esos que se paran a mirar a las mariposas. No se. Habrá, que ver. Una historia como esa merecería, a algún director relativamente joven y heredero del vigor de los clásicos que apuntara una mirada más realista y moderna a una vida tan tortuosa. Mmmm. Un David Fincher, un Steven Soderbergh o alguien un poco en esa línea, hubieran sido mejores opciones. Fincher hubiera estado muy bien. Incluso un Damien Chazelle inspirado. No es fácil encontrar a alguien que pueda hacer justicia a un material así. En fin. Detrás está Netflix, así que por falta de presupuesto no va a ser. Esperaremos con impaciencia.
    Besos.

  11. ¡¡¡Exactamente, Dominick y Ana de Armas… y Blonde!!! Sí, es una novela difícil de adaptar, pero si capta su alma…
    A mí me gusta mucho la obra que escribió Arthur Miller y que uno de los personajes, Maggie, es claramente Marilyn. Es una obra preciosa y amarga: «Después de la caída».

    Beso
    Hildy

  12. Arthur Miller es de esos autores teatrales a los que se pude leer magníficamente sin ir al teatro. Pocas veces se ha escrito una obra tan oportuna como «El Crisol», en pleno maccarthysmo, algo que habla de un autor valiente, con lo caro que podía resultar ser tan crítico en una época tan turbulenta. «Muerte de un viajante» es un clásico contemporáneo estadounidense, pero debería de ser más reconocida a escala universal. Porque desnuda la falsedad de muchas facetas del sueño americano, y por atacar ciertas nociones equivocas de lo que supone el éxito verdadero. Yo haría que esa obra fuera de lectura obligatoria a todos los alumnos de secundaria del planeta Tierra, para, que, se les quitaran de la cabeza ciertas tonterías difundidas desde el ámbito de los influencers, los you tubers y por las muchas veces nocivas redes sociales. En cine está obra no ha tenido demasiada suerte. La adaptación de Volker Schlondorf con Dustin Hoffman y John Malkovich pecaba de excesivamente acartonada aunque es una buena opción para, quienes no la conozcan. Y hay una por ahí de Laslo Benedek creo que con Fredric March (hablo de memoria) que tiene buena pinta pero de escasa o nula difusión en España. Por lo que dices, tengo que leer «Después de la caída» a toda costa.
    Con Miller me pasa al revés que con Tennessee Williams. Con Miller palpo una fibra común que toca el corazón de asuntos esenciales que nos atañen a todos. Williams (ya se que te gusta, guapa, pero te pincho para que le defiendas si te atreves) siento como que su temática es oscura, retorcida, opaca y deliberadamente provinciana. Fíjate que le veo ciertos paralelismos con Almodovar. Y no sólo porque ambos sean gays (que también), sino porque hay algo en ellos de tipos llegados desde la provincia a la gran urbe, de chicos listos del pueblo que llegan a la ciudad con ganas de comerse el mundo a toda costa, y que encima lo consiguen, aunque a veces sea a costa de un cierto tremendismo algo irreal, que les afea sus escritos.
    No se que te parece todo esto.
    Besos.

  13. ¡Deckard, no te había contestado! Adoro a tres dramaturgos norteamericanos con sus diferencias: Eugene O’Neill, Arthur Miller y Tennesse Williams. He disfrutado leyendo a los tres. Sí, tienes razón, Williams me gusta mucho. He leído muchas de sus obras y he visto las adaptaciones cinematográficas una y otra vez. He conectado, más allá de la oscuridad de sus tramas, con una sensibilidad que siento con cada uno de sus personajes. Unos personajes frágiles, rotos, que se fragmentan y resquebrajan, pero supervivientes y con una fuerza que o los rompe del todo o les saca del pozo.
    Beso
    Hildy
    PD: sí, sí, hay una conexión entre los universos de Almodóvar y Williams.

  14. Bueno, Hildy. A tu terna de dramaturgos importantes norteamericanos deberías quizás añadir a David Mamet. Luego quizás cabría hablar de los comediógráfos como Neil Simon (algunos, por lo prolífico que era, le llegaban a comparar con Alfonso Paso,.Sociológicamente al parecer también tendrían puntos de conexión pues ambos sabían tocar la fibra sensible del americano y del español de la clase media, cada uno en su territorio, salvando las distancias). A Eugene O´Neill siempre le quise leer o ver alguno de sus montajes. Al parecer su ambición era trasladar los temas y las formas de la tragedia griega y trasladarlos al territorio americano contemporáneo. No he visto «Deseo bajo los olmos», pero parece que es una de sus mejores adaptaciones. He de decirte que sí que vi la adaptación de «Larga jornada hacia la noche» de Sidney Lumet, pero no me acabó de enganchar demasiado. Si a ti te gustó y me convences a lo mejor la recupero porque está por ahí en alguna estantería echando polvo. Pero es que, no sé, era de un tremendismo un poco como el de Tennessee Williams, (yo diría que tiene ciertos paralelismos con «El zoo de cristal», así a bote pronto, por la temática familiar) y no acabé de conectar. Por otro lado, no sé si Lumet era el director ideal para ese proyecto, puesto que a mi juicio, es un director que se ha desenvuelto mejor en otros territorios que no en las espesuras dramáticas más densas («Doce hombres sin piedad» es una excepción, es un texto ágil, movido,dinámico.Su gran virtud es que te olvidas de que todos están ahí encerrados puesto que el diálogo y las situaciones tienen un ritmo endiablado). Como era una de sus primeras películas, y dado que Lumet era uno de los directores pioneros de la llamada «generación de la televisión» (junto con John Frankenheimer, Arthur Penn y Sidney Pollack), a veces uno tenía la sensación de estar viendo un equivalente a un «Estudio 1» de los de Televisión Española (que no estaban nada mal, pero que parecían responder a una fase un poco experimental del medio naciente, creo que ya me entiendes).
    Bueno, y ya sabrás que a Eugene O´Neill lo interpretó Jack Nicholson en «Rojos» de Warren Beatty, su ambiciosa adaptación de «10 días que conmovieron al mundo» de John Reed, sobre la revolución rusa de 1917. Por lo que cuenta la película de él, debía de ser un tipo tímido, difícil y atormentado, pero el personaje de Diane Keaton también caía en sus brazos, ergo algún atractivo debía de tener también (aparte del talento dramático).
    Y en cuanto a Mamet, he de decirte que pese a que es un hombre que, en la mayoría de su carrera, tanto cinematográfica como teatral, tiene dos ejes principales sobre los que suelen girar sus temáticas (las armas y el juego) que son, precisamente dos asuntos que a mi no me interesan demasiado, pese a ello, hay muchos aspectos en su obra que me interesan mucho. Ya te digo que a mi no me gusta demasiado participar en los juegos de cartas (con la de las cosas interesantes que hay en la vida, creo que hay mejores opciones de ocio que esa, y más si encima hay gente que se dedica a desplumarse mutuamente con dinero: es el colmo), Sin embargo, su ópera prima como director «House of games» es muy, muy interesante porque es una alegoría de los peligros del juego cuando este se traslada del tapete verde a los asuntos de la vida. La ambigüedad de sus personajes, que no sabes hasta qué punto te están engañando, te mantiene en tensión permanente. Aunque, claro, los detractores de esta película dicen que es «tramposa» (que no deja de ser un argumento crítico bastante comodón). Y otra de sus películas que me gusta mucho es «La trama» (título original «The spanish prisoner», alusión patria) y juega muy bien con ese tipo de elementos que además están muy bien dosificados. Guardo muy buen recuerdo de ella, pese a que no la he vuelto a ver desde su estreno. No es la típica película que emitan constantemente en televisión y tiene ese aroma de obra de culto que a veces les perjudica puesto que les contagia un cierto aura de malditismo que conjura para que todos las vayamos olvidando un poquito, pero en mi caso la recuerdo con mucho agrado. Y también me gusta mucho la adaptación que hizo James Foley de su éxito en Broadway «Glengarry Glenn Ross» con un reparto masculino monstruoso (Jack Lemmon, Alec Baldwin,Al Pacino, Kevin Spacey, Jonathan Pryce, Ed Harris, Alan Arkin….si tuvieran que volver a reunir a ese reparto hoy en día los productores hubieran tenido que atracar la Reserva Federal para financiar la película). Y esta es una obra que conecta mucho con «Muerte de un viajante» de Arthur Miller puesto que va al corazón del problema del Sueño Americano: la competitividad a toda costa, la rivalidad encarnizada, la lucha por la supervivencia laboral, el materialismo agobiante, la avaricia y el materialismo galopantes…..)Y Mamet, aparte, escribió un gran guión para «Veredicto final» de Lumet, probablemente una de las películas de juicios y abogados (también creo recordar que son muy de tu gusto) más realistas y humanistas que nunca se han realizado, con un soberbio Paul Newman. Pero Mamet, además, tiene algunos libros entre ensayísticos y memorísticos sobre Hollywood y el cine que no tienen desperdicio. Te recomiendo especialmente dos de ellos. El primero «Una profesión de putas» y el segundo «Bambi contra Godzilla» Son de una mordacidad y de una agudeza brutales. Muy recomendables para todos los amantes del cine y de las artes narrativas en general.
    Bueno. Y en cuanto a los paralelismos entre Pedro Almodóvar y Tennessee Williams, pese a que no he leído las obras de Williams, creo que otro día podríamos alargarnos más, puesto que a Williams de una u otra manera ya lo conocemos bastante a través de sus abundantísimas adaptaciones al cine. Pero no quiero atorraros más. Quizás en otra ocasión, aprovechando alguna entrada tuya que venga un poco más a cuento podamos alargarnos.

    Besos.

  15. Mi homenaje a Wendy Hiller en su espléndida madurez en EL HOMBRE ELEFANTE y ASESINATO EN EL EXPRESO DE ORIENTE
    Me gustaría ver más de su filmografía anterior
    Besos, IVÁN

  16. Querido Iván, qué bueno saber de ti.
    Sí, merece la pena pararse en la breve carrera cinematográfica de Wendy Hiller. Y reivindicarla. Prefirió subirse a los escenarios más veces.

    Beso
    Hildy

  17. Pues voy a ser una excepción y voy a romper una lanza por el bueno de Leslie. No me parece pánfilo ni soso. Tiene el físico y el porte de otra época. Tengo un libro de Charlotte Brontë y en la portada aparece el “Retrato de un joven caballero” que podría pasar por un retrato del Leslie Howard joven. Y es ese encanto añejo, que remite a un tiempo pasado, lo que me lo hace atractivo. Un atractivo etéreo que parece que no se corresponde con su vida privada, más en común con la de James Bond que con la de lánguido caballero victoriano.
    En cambio, George Bernard Shaw no es santo de mi devoción. Por los guiones escritos por él o basados en sus obras o por las adaptaciones teatrales que he visto sobre el escenario me parece un autor muy sobrevalorado. No me gusta denominarlo así, porque hay un deje pedante por mi parte, pero así lo creo. El colonialismo cultural cultura anglosajón (ya sé que él era irlandés, pero identifico aquí a la cultura que se escribe, se hace y se expande en inglés) se ha impuesto de tal manera que a veces, demasiadas, nos hacen comulgar con ruedas de molino. Y la academia sueca también. Sus obras me parecen por lo general, caducas, aburridas y el tipo sería socialista e irlandés, pero ¡que simpática que resulta siempre esa clase alta inglesa! ¡Qué excéntricos y peculiares! Vamos, como ese mentiroso impresentable que acaba de ganar las elecciones en el Reino Unido. Esa presentación del esnobismo, como una idiosincrasia graciosa y no dañina me enfurece. Aparte de los valores que pueda defender (siempre la nación británica, por encima de las diferencias de clase, que continúan siendo abrumadoras en el Reino Unido, empezando por la monarquía, claro) su talento literario me parece escaso. Como decía antes, sus obras me resultan caducas y superadas. Como ese Imperio británico en el que nació y que, con el Brexit, se ha evidenciado lo muy añorado que es por muchos.
    Vi hace algún tiempo el Pigmalión de Howard y la fantástica Wendy Hiller. Lo recuerdo agradable, sin más. Es una de las películas amadas de una muy buena amiga mía. Supongo que formaría parte de ese cine inglés que detestaba Truffaut.
    ¡Yo me quedo con “My fair lady! Una y mil veces. La música y las canciones de Lerner y Loewe (puede que mis autores de musicales favoritos) la dirección de Cukor, la socarronería de Harrison que sin saber cantar borda su personaje, el encanto angelical de Audrey (aunque se que el papel era de Julie Andrews y Jack Warner fue un canalla por negárselo) los colores apastelados de la fotografía de Harry Stradling, la dirección artística exquisita y el vestuario eduardiano de Cecil Beaton. Y ese vals…Todo eleva a la brillantez más absoluta el texto de Shaw, en la que puede que sea, con todo, su mejor obra.
    Cada vez que voy a Londres (intuyo que ya no será tan sencillo a partir de ahora) y estoy en el Covent Garden, cantó, bajito
    “All I want is a room somewhere,
    Far away from the cold night air
    With one enormous chair
    Aww, would’nt it be loverly?”

    Una muy feliz Navidad para ti Hildy, y para todos los que amamos el cine y los libros.

  18. Hay una redundancia en el segundo párrafo.»cultural cultura»(?). En fin, el cerebro me va más rápido que el dedo y a veces no va bien.

  19. Queridísima Lilapop, ¡cómo me alegra una defensora de Howard!
    Leo muy interesada tu comentario, te confieso que no he accedido a la obra de George Bernard Shaw y no tengo opinión formada de él. Tan solo lo conozco a través de sus adaptaciones cinematográficas.
    Sí, My fair lady es una elegante joya del cine musical. ¡El vestuario de Cecil Beaton es una pasada, efectivamente!
    ¡Londres no se puede perder cómo cantas: Aww, would’nt it be loverly?!

    Feliz, feliz, feliz Navidad
    Y muchos libros y cine para este inicio de década, Lilapop

    Besos cargados de ilusión
    Hildy

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