Un lugar en ninguna parte (Running on Empty, 1988) de Sidney Lumet

Un lugar en ninguna parte

Una familia en ninguna parte… en un instante de felicidad.

Una familia alrededor de una mesa. Están de celebración. Es el cumpleaños de la madre. El padre, el hijo pequeño y la novia del hijo adolescente se levantan a recoger y llevar las cosas a la cocina. En el salón se quedan la madre y el hijo mayor. El padre, lo vemos a través de una barra americana, pone el radiocassette. Suena la canción “Fire and rain”, de James Taylor. Y poco a poco cada uno de los miembros de esa familia, unos en una habitación y los otros en la otra, se ponen a cantar y a bailar, hasta que se reúnen todos en el salón. Es un momento íntimo. Un instante efímero. Si se observa por una cámara o una ventana, solo vemos una familia feliz. No sospechamos la mochila que lleva cada uno a sus espaldas, y esa condena que arrastran, huir, siempre huir, porque un día decidieron cambiar el mundo, lo intentaron, pero el camino elegido no fue el adecuado.

Un lugar en ninguna parte es una película con una sensibilidad extrema, por parte de Lumet, para tocar un tema delicado. Y es la historia de toda esa generación de jóvenes que durante finales de los sesenta y principios de los setenta quisieron una revolución y tomaron diferentes sendas. En la América de aquellos años, donde uno de los muchos frentes fue la protesta contra la guerra de Vietnam, algunos jóvenes tomaron las riendas de la revolución armada.

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Identidad borrada (Boy erased, 2018) de Joel Edgerton

Identidad borrada

Madre e hijo frente a frente… ante una pesadilla.

De pronto, la cartelera se convierte en un gran periódico abierto, donde se tocan temas de actualidad, y que permiten a la salida debates y reflexiones apasionadas. Y eso ocurre con Identidad borrada que se inspira en la experiencia de Garrard Conley, un buen chico, educado con unos padres de la iglesia baptista, que cuando llega a la adolescencia descubre su homosexualidad, pero por una denuncia malintencionada desde la universidad, tiene que confesárselo a su familia, sin haber asumido todavía su identidad. Estos deciden llevar a su hijo a Love in Action, un centro donde ofrecen una terapia de conversión… Y él, que es un mar de dudas y miedos, en un principio accede. El actor, director y guionista Joel Edgerton crea una historia-pesadilla para su protagonista.

Joel Edgerton ya había debutado como director con un largometraje, El regalo, que revelaba varias característica, que se confirman en su segunda película. Tiene pulso para contar una historia, sabe elegirlas bien; le interesan temas que marcan a los individuos y que les dañan, sobre todo porque sufren la intransigencia de los otros y condicionan su vida futura; se guarda un personaje principal o secundario con aristas inquietantes y sabe rodearse de un buen reparto. Por otra parte, muestra un interés por la puesta en escena, por la manera de contar su historia y por plasmar momentos de una manera determinada, pero también es en el terreno donde se muestran más sus debilidades. Logra secuencias brillantes, pero todavía las encaja en un montaje irregular y las estructuras de sus películas no son redondas.

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La abeja reina (Queen Bee, 1955) de Ranald MacDougall

La reina abeja

Joan Crawford, más malvada que ninguna…

En el mítico tomo de los años 30 de Mis inmortales del cine de Terence Moix, cuando el escritor y cinéfilo escribe su texto sobre Joan Crawford en un momento dado dice: “el que había de ser su filme más involuntariamente cómico: Queen Bee (es decir, La abeja reina). Puso a prueba el masoquismo de todas las espectadoras que aspirasen a identificarse con ella porque era la mujer más perversa que jamás pisó las mansiones de Georgia. No había maldad que no pudiese infligir a todos los miembros de su familia, dominados por su férrea dictadura. Y, mientras la ejercía, ella iba exhibiendo los mejores modelos de Jean Louis. Era una víbora con piel de visón”. Pues bien, es verdad, ahí reside el encanto de esta película, en la perversidad de su heroína: Eva Phillips. Y es cierto que no puedes evitar que una sonrisa se marque en tu rostro pensando cuál será la próxima perrería, la bordería siguiente o la explosión de nervios desatada que se espera de ella. Sí, también hay desajustes de guion y pequeñas locuras que vuelven todavía más encantador el visionado de esta película.

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El blues de Beale Street (If Beale Street could talk, 2018) de Barry Jenkins

El blues de Beale Street

Tish y Fonny, los amantes caídos en desgracia de El blues de Beale Street.

El blues de Beale Street confirma que el cine de Barry Jenkins no solo se ha convertido en una interesante parada en la senda del melodrama cinematográfico, sino que además el director es un crítico de pluma certera, pero con una elegancia innata. Golpea con su cámara, pero la primera sensación es que como si estuviese acariciando. Si en Moonlight ya dejaba ver las pinceladas de su puesta en escena y las claves de su cine, en El blues de Beale Street plasma ya en el lienzo los matices necesarios para construir un melodrama romántico y, de fondo, una contundente oda sobre la opresión de los afroamericanos en EEUU.

Para ello parte de una novela del activista James Baldwin (en castellano, con el mismo título de la película). Este autor es el centro de un magnífico y reciente documental, I am not your negro, de Raoul Peck, donde el director haitano actualizaba el discurso ideológico de Baldwin que trató de plasmar una historia que aún se sigue escribiendo, la de la lucha por los derechos de los afroamericanos. En su literatura Baldwin también trataba de entender por qué ocurría esa historia larga sobre sometimiento y poder, por qué se silenciaban voces y vidas… y por qué se construía un discurso a través del cine y la publicidad que invisibilizaba o reflejaba de una determinada manera al afroamericano (como el otro, como el enemigo a batir, al que silenciar). En el panorama cinematográfico ese discurso se ha ido resquebrajando… Lo que Baldwin quería entender, y también Peck, es por qué y cómo se perpetuaba esta situación. Ahora cada vez son más los directores afroamericanos que miran a través del objetivo y que construyen otro discurso, visibilizan. Y uno de ellos es Barry Jenkins, que retoma de nuevo el discurso de Baldwin a través de su novela e inserta certeramente en la película fotografías en blanco y negro, que recuperan la dureza de lo que quería transmitir I am not your negro.

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Pon un musical en tu vida. El regreso de Mary Poppins (Mary Poppins Returns, 2018) de Robert Marshall/Bohemian Rhapsody (Bohemian Rhapsody, 2018) de Bryan Singer

El regreso de Mary Poppins (Mary Poppins Returns, 2018) de Robert Marshall

El regreso de Mary Poppins

La bicicleta, un transporte muy especial en El regreso de Mary Poppins

Al final de El regreso de Mary Poppins, la institutriz protagonista se mira en un globo y vuelve a decir una frase que ya decía en la versión de 1964, que ella es “casi perfecta”. Y esta frase se puede emplear como metáfora para la secuela de Robert Marshall, que se esfuerza tanto en ser “casi perfecta”, en no defraudar a los que son amantes de la película de Walt Disney y Julie Andrews y en gustar a las nuevas generaciones, que se convierte en una película enjaulada, sin la espontaneidad y frescura de su predecesora. Pero, sí logra ser un continuo homenaje, y si uno olvida antecedentes, y recupera los ojos de un niño, puede hundirse en su encanto (recomendación: huir de la versión doblada… ¡se doblan hasta las canciones!). Robert Marshall y compañía realizan una película prácticamente paralela a la anterior en su estructura, pero deja patente que es una secuela.

Emily Blunt crea una Mary Poppins con mucho encanto, recta y exigente, pero siempre con una sonrisa que muestra a una mujer mágica que soluciona problemas, pero haciendo que cada uno de los personajes se enfrente a ellos, quizá desde otro punto de vista, buscando siempre una puerta que se abra. Las canciones y los números musicales lucen perfectos, pero en ninguno se alcanza el éxtasis o la sensación de que seguirán brillando en la posteridad. Los disfrutas mientras los ves, pero ninguno se graba en la memoria o hace que repitas una y otra vez la melodía. Es una auténtica gozada disfrutar de toda una galería de viejas glorias que siguen traspasando la pantalla: David Warner, Julie Walters, Dick Van Dyke, Angela Lansbury…, junto a dos actores maduros y muy en activo, como Meryl Streep (que no pierde oportunidad de pasárselo bien) y Colin Firth, y con una nueva hornada de intérpretes prometedores: una chispeante Emily Blunt, reina de la función, junto a Ben Whishaw y Emily Mortimer, como los crecidos hermanos Banks. Desde Broadway se rescata al actor de musicales, Lin-Manuel Miranda, como el farolero Jack, recuperando otra profesión del mundo analógico, así como hacía Van Dyke con la de deshollinador en la versión de los sesenta. Y, como no, para él y los otros faroleros será uno de los momentos más espectaculares de la película. Jack tendrá la misma función que Van Dyke en la anterior versión, ser introductor de la historia y acompañante de las aventuras de Mary Poppins con la nueva generación de niños Banks, pero para bien o para mal, su rostro y comportamiento es más anodino y menos histriónico que el de su predecesor.

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Roma (Roma, 2018) de Alfonso Cuarón

Roma

Desde la terraza…

Once y media de la mañana, una sala enorme de cine se va llenando. La única sala de Madrid donde proyectan Roma. No queda una butaca libre. Y empieza la proyección, el agua de un cubo va cayendo en los baldosines del suelo… y un avión se refleja en el charco. Roma, de Alfonso Cuarón, ha empezado. Y también la rutina diaria de Cleo, la protagonista. Y me alegro de haberla visto en pantalla grande, en la sala oscura. Roma es de esas películas que te acompañan durante días. Su análisis es minucioso y muy rico en matices. Pese a que Cuarón es barroco y excesivo hasta para ser realista, creo que hay verdad y corazón en esa recreación de su memoria, de su pasado… Y ahí está la clave: es un viaje personal a su ayer, y por eso puede ser exagerado, onírico, incluir escenas y personajes como de ensueño, construir una forma especial, colosal… en una historia muy real. Me encontré de bruces con la emoción de la película, tal es así que no pude contener las lágrimas en varios momentos. La historia que cuenta es sencilla, pero es su personal viaje al pasado, a su infancia. El director mexicano se hunde en el laberinto de sus recuerdos y surgen, sobre todo, tres mujeres: la sirvienta, la madre y la abuela. Pero elige unos ojos, una mirada, y son los de Cleo (Yalitza Aparicio), una sirvienta indígena de una familia de clase media en la colonia Roma en Ciudad de México durante los convulsos años 70.

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Max Ophüls y la otra cara del sueño americano. Atrapados (Caught, 1949)/Almas desnudas (The Reckless Moment, 1949)

Caught

La heroína de Atrapados (Caught, 1949) encerrada en una mansión-pesadilla.

Max Ophüls, huyendo del nazismo, tuvo que exiliarse unos años en América (1941-1949). No lo tuvo fácil en Hollywood y hasta 1946 no pudo empezar a dirigir. No obstante, no le faltaron buenos amigos y admiradores de su trabajo. Las dos últimas películas que dirigió allí son oscuras, con muchos elementos de cine negro, y una crítica incisiva al modo de vida americano, al sueño… Las dos son protagonizadas por mujeres (como era habitual en su filmografía). En una la heroína es la interesante Barbara Bel Geddes y, en la segunda, la protagonista es una de las reinas del cine negro, Joan Bennett. De hecho la primera película es la parte oscura del cuento de Cenicienta con príncipe siniestro y unas gotas de noir. Y la segunda es un melodrama familiar con puro cine negro a cuestas. Max Ophüls es un director siempre brillante que hace magia con la puesta en escena y los movimientos de cámara. En estas dos películas, bastante más austero, pero con un uso inteligente, virtuoso y al servicio de las historias que quiere contar, como iremos viendo. Y en las dos películas repite con un actor que siempre da muestras de su versatilidad y de los matices que emplea para la construcción de personajes: James Mason. Si en la primera se convierte en un doctor que sabe dar al dinero su justo papel, que es tremendamente crítico con el mundo en el que vive, apasionado de su trabajo y dolorosamente realista, y que además sabe ver al monstruo oscuro que domina la vida de su amada; en la segunda es un perdedor chantajista, que ha llevado siempre una mala vida, y que se transforma ante la mujer chantajeada. De pronto desea lo que nunca ha tenido, y quiere, obsesivamente, que esta mujer no pierda el estatus que nunca logrará alcanzar…, se enamora idílicamente (locamente diría yo) y realiza una de las redenciones más tristes.

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El último homicidio (Once a thief, 1965) de Ralph Nelson

El último homicidio

Eddie y Kristine, en un espejismo de felicidad.

El último homicidio es la historia de un hombre que fracasa en la vida, pero que hasta el final trata de redimirse. Un hombre joven que ha sido un delincuente, se ha separado de su hermano (un gánster que le ha arrastrado por la mala vida) para no delinquir, ha estado en la cárcel, pero ha intentado reinsertarse en la sociedad, encontrar un trabajo y formar una familia. Un inmigrante italiano que no ha encontrado su sitio, pero que lucha cada día por sus sueños (en forma de barca para surcar los mares y pescar). Cuando está en un momento de máxima felicidad, con su mujer, su hija pequeña, una casa y un trabajo, vuelve a aparecer el pasado que le golpea de manera brutal, y su frágil y “perfecto” mundo se desmorona. Ralph Nelson, uno de los directores de la Generación de la Televisión, vuelve con la historia de una caída, como ya hizo en su primer impresionante largometraje para la pantalla de cine, Réquiem por un campeón.

Nelson se sirve de la crudeza, la violencia y la sensualidad, pero también de un tono de melancolía e impotencia, con gestos y miradas que lo dicen todo, para contar el destino de Eddie Pedak (Alain Delon), un joven que arrastra una vida perra desde Trieste a EEUU. Como era una coproducción con Francia, el personaje principal es el actor francés en plena popularidad, en la cumbre de su belleza física y en su imagen de joven rebelde (sin embargo, en la película hace de italiano). Eddie Pedak se convierte en uno de esos personajes hasta arriba de defectos, pero que luchan por sobrevivir, con vulnerabilidad a cuestas y que están impregnados de una humanidad que duele.

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Cadeneta de minicríticas de cine de estreno

Petra (2018) de Jaime Rosales

Petra

… Jaume, un dios malvado, que juega a dibujar y crear el destino de los personajes…

Jaume es el personaje de tragedia griega, el dios malvado que todo lo destroza, sin mala conciencia. El personaje que maneja el destino a su antojo… Es el rey de la función en Petra, la nueva película de Jaime Rosales. Todos los personajes bailan a su son. Él es el conflicto, él lo desata y en él termina y culmina la trama. Y Jaume tiene el rostro de Joan Botey, que nunca hasta ahora se había puesto delante de una cámara como actor y, sin embargo, construye uno de los personajes más perversos de nuestra cinematografía. Jaume hace de la humillación una forma de vida, y todo lo justifica con que tuvo que salir adelante desde que era niño. Cuando aparece en su mundo la diosa Petra (Barbara Lennie), su equilibrio humillante se tambalea, pero aun así logra dar zarpazos certeros y continuar destruyendo. Jaime Rosales no deja de experimentar formalmente, como hace en cada una de sus películas, y cuidando cómo contar esta tragedia sobre la continuidad de la humillación a los vencidos (no es de extrañar que en esta historia contemporánea aparezca de fondo la fosas de la guerra civil y también la discusión de arte y verdad versus arte y dinero), deja una historia potente. Bajo una óptica de melodrama familiar, una tragedia griega… y un destino escrito: con esa estructura de capítulos desordenados, pero dentro de un lógica aplastante. Y una cámara que sorprende, que entra y que sale, que parece que va siguiendo o que está pegada a los personajes, donde el fuera de campo es otra herramienta para ir contando o para mostrar algo inesperado. En el reparto, fieles a su cine, como Alex Brendemühl o Petra Martínez, u otros actores que completan la galería como Bárbara Lennie, Marisa Paredes y unos sorprendentes Carme Pla y Oriol Pla.

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Sin salir de estos lares. Todos lo saben (2018) de Asghar Farhadi/El reino (2018) de Rodrigo Sorogoyen/Viaje al cuarto de una madre (2018) de Celia Rico

Todos lo saben (2018) de Asghar Farhadi

Todos los saben

Todos lo saben, un mapa emocional con caminos intrincados…

El universo de Asghar Farhadi está presente en Todos lo saben, pero además el director iraní es camaleónico. Me explico. Sus películas iraníes son cien por cien de su país de origen, obviamente. Pero cuando rodó en Francia El pasado, sin perder su identidad como cineasta, la película era francesa cien por cien. Y ahora le ocurre lo mismo en Todos lo saben, ahí está su universo y puntos comunes con otras películas de su filmografía, pero es todo un melodrama castellano, seco. Es decir, Farhadi se empapa del país que mira a través de su cámara. Capta su esencia y lo atrapa con sus ojos, con su mirada especial.

Todos los saben se mete en el corazón de un pueblo castellano. Y como en todo el universo Farhadi se van desenredando unas relaciones cada más complejas, que trazan un mapa emocional donde sus personajes se embarcan para un recorrido que los transformará de principio a fin y dejará ver esa parte oscura que siempre tratamos de ocultar. En ese pueblo castellano se celebrará una boda y llegará desde Argentina, Laura, con sus dos hijos, una adolescente y un niño. Su marido Alejandro no la acompaña. Así Laura se encuentra con su pueblo, con sus calles y con su familia. Y también con aquel que fue su amor de juventud, Paco, que vive con su actual pareja, una maestra.

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