Un lugar en ninguna parte

Una familia en ninguna parte… en un instante de felicidad.

Una familia alrededor de una mesa. Están de celebración. Es el cumpleaños de la madre. El padre, el hijo pequeño y la novia del hijo adolescente se levantan a recoger y llevar las cosas a la cocina. En el salón se quedan la madre y el hijo mayor. El padre, lo vemos a través de una barra americana, pone el radiocassette. Suena la canción “Fire and rain”, de James Taylor. Y poco a poco cada uno de los miembros de esa familia, unos en una habitación y los otros en la otra, se ponen a cantar y a bailar, hasta que se reúnen todos en el salón. Es un momento íntimo. Un instante efímero. Si se observa por una cámara o una ventana, solo vemos una familia feliz. No sospechamos la mochila que lleva cada uno a sus espaldas, y esa condena que arrastran, huir, siempre huir, porque un día decidieron cambiar el mundo, lo intentaron, pero el camino elegido no fue el adecuado.

Un lugar en ninguna parte es una película con una sensibilidad extrema, por parte de Lumet, para tocar un tema delicado. Y es la historia de toda esa generación de jóvenes que durante finales de los sesenta y principios de los setenta quisieron una revolución y tomaron diferentes sendas. En la América de aquellos años, donde uno de los muchos frentes fue la protesta contra la guerra de Vietnam, algunos jóvenes tomaron las riendas de la revolución armada.

Los protagonistas de la película, Annie y Arthur Pope (Christine Lahti y Judd Hirsch), pusieron una bomba en una fábrica de napalm, pero inesperadamente había dentro un conserje que quedó gravemente herido. A partir de ese momento el FBI les sigue por todo el país, y ellos huyen. En el camino, pasan años, tienen dos hijos, a los que educan en sus ideales, pero que viven como algo cotidiano la huida, por unos hechos que no cometieron, y con la imposibilidad de poder echar raíces en ningún lugar y con la sensación continua de empezar simpre desde cero… La película toma el punto de vista del hijo adolescente (River Phoenix), un joven sensible que ama a sus padres y no quiere abandonarlos en su huida, pero que siente la necesidad de construirse un futuro, de echar unas raíces y de luchar por sus sueños (convertirse en músico).

La película cuenta con otro momento crucial y es el encuentro entre Annie y su padre (Steven Hill) después de quince años, pues ella es consciente de que su hijo, Danny, tiene todo el derecho a labrarse su vida y cumplir, si puede, sus sueños. Y quiere asegurarse de que aunque ellos estén ausentes, Danny tendrá a quién acudir. Y ese encuentro es contenido y doloroso, donde ambos conversan de los años de ausencia y la imposibilidad de recuperarlos. Donde hablan de las heridas provocadas… De las oportunidades perdidas. No ha desaparecido el amor, aunque continúe el dolor. Y queda ese momento de una hija que se va, de ese abrazo y beso no consumado, y un padre que no puede contener las lágrimas. Sobre ese dolor, desde el punto de vista de los que se quedan, los padres, Philip Roth construyó su interesantísima novela Pastoral americana (que hace poco Ewar McGregor llevó a la pantalla grande).

Un lugar en ninguna parte logra un equilibrio perfecto entre la historia de un adolescente que va descubriendo su vocación, que se enamora por primera vez, que empieza a chocar, sobre todo, con su padre (al que ama profundamente), que quiere descubrir sus raíces…, pero que lleva a sus espaldas un bagaje distinto al de muchos jóvenes que le rodean, pues sus padres viven cada día una situación muy especial, pero, sin embargo, le han inculcado unos valores para enfrentarse a la vida y a la consecución de sus sueños. Sidney Lumet ofrece un tema comprometido, como varias veces en su carrera cinematográfica, pero con una sensibilidad extrema y una mirada humanista, dulce y comprensiva sobre cada uno de sus personajes.

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