Roma

Desde la terraza…

Once y media de la mañana, una sala enorme de cine se va llenando. La única sala de Madrid donde proyectan Roma. No queda una butaca libre. Y empieza la proyección, el agua de un cubo va cayendo en los baldosines del suelo… y un avión se refleja en el charco. Roma, de Alfonso Cuarón, ha empezado. Y también la rutina diaria de Cleo, la protagonista. Y me alegro de haberla visto en pantalla grande, en la sala oscura. Roma es de esas películas que te acompañan durante días. Su análisis es minucioso y muy rico en matices. Pese a que Cuarón es barroco y excesivo hasta para ser realista, creo que hay verdad y corazón en esa recreación de su memoria, de su pasado… Y ahí está la clave: es un viaje personal a su ayer, y por eso puede ser exagerado, onírico, incluir escenas y personajes como de ensueño, construir una forma especial, colosal… en una historia muy real. Me encontré de bruces con la emoción de la película, tal es así que no pude contener las lágrimas en varios momentos. La historia que cuenta es sencilla, pero es su personal viaje al pasado, a su infancia. El director mexicano se hunde en el laberinto de sus recuerdos y surgen, sobre todo, tres mujeres: la sirvienta, la madre y la abuela. Pero elige unos ojos, una mirada, y son los de Cleo (Yalitza Aparicio), una sirvienta indígena de una familia de clase media en la colonia Roma en Ciudad de México durante los convulsos años 70.

Acudo a la proyección de Roma sola, pero rodeada de un montón de espectadores. Pero mi experiencia con la película es totalmente solitaria, y a la vez compartida. Y esto es otra de las claves de Roma: todas las protagonistas están solas, aunque las une una especie de solidaridad entre ellas. Soledades que conviven. Y las soledades de cada una son distintas. Pero juntas van tejiendo ese pasado que se oculta en Cuarón y que ahora ha expulsado, como el agua que se derrama del cubo. Hay una escena que supone el clímax de esta idea: no son buenos tiempos ni para la madre de familia ni para la sirvienta. Ambas se encuentran en una encrucijada en sus vidas… que va a suponer cambios. No suelen tener conversaciones profundas, y su interacción es la justa, con los límites marcados, pero en ese momento las dos se entienden perfectamente. Quizá esos límites ya quedan un poco tocados. Llega la madre al hogar totalmente bebida y abraza a Cleo y la dice: “Estamos solas, nosotras estamos solas”.

Y la película sigue tocándome. No puedo evitar la emoción. Roma es México. Y tengo una conexión muy especial con ese país y he podido observar, pisar varias veces las calles de Ciudad de México, y escuchar historias del pasado y del presente. Tres días después de haberla visto en un cine de España, mi hermana la ve en un cine de México. Y, junto a sus amigos, me responde a las dudas y los matices que se me escapan de esos recuerdos mexicanos. Alfonso Cuarón lleva años fuera de su tierra, pero la lleva muy dentro. Y logra pintar un lienzo especial: cómo era y cómo funcionaba una casa de clase media en los setenta. El espacio familiar, el espacio de las sirvientas. Las habitaciones, la cocina, la escalera que lleva al tejado, ese tejado donde se lava y se cuelga la ropa… El perro de la familia, siempre pendientes para que no escape, también con su rutina. La familia unida alrededor del televisor riéndose con los cómicos de la época (Loco Valdés, Alejandro Suárez y Héctor Lechuga). Los juegos infantiles, los paseos por las calles, las canciones y la música que suena, los viajes al mar… Las excursiones a la sala de cine, donde quizá el director vio una película que le marcó, Atrapados en el espacio, y cuya semilla grabada en su memoria germinaría años después para realizar Gravity. La vida de esas sirvientas indígenas, siempre a la sombra, hablando entre ellas mixteco, pero formando parte de la memoria de aquellos niños a los que cuidaron. La sensación de cómo se vive un seísmo, cuando toda una ciudad se echa a temblar.

Roma

… En el mar.

También refleja la época convulsa, social y política, en tiempos del presidente Luis Echeverría Álvarez, cuyas iniciales se ven en un monte (LEA), cuando Cleo va a visitar a un campo de entrenamiento a Fermín, el chico con el que ha mantenido relaciones, a las afueras, en los barrios más humildes de Ciudad de México. Ese chico le cuenta que las artes marciales le han salvado la vida, mientras maneja un palo de kendo, pero todo tiene un significado más oscuro y siniestro. Fermín nos conecta con los Halcones, un grupo paramilitar que intervino en la masacre de Corpus Christi, conocida como Halconazo, el 10 de junio de 1971, donde hubo ciento veinte muertos durante una manifestación de estudiantes. Momento reflejado en Roma a través de la ventana de unos grandes almacenes y que desencadena una situación dramática que afectará en la vida de Cleo.

Y Alfonso Cuarón deslumbra a la hora de construir su memoria, y deja entrever los ecos de su exacerbado amor al cine. Y me atrapa en la sala de cine. El pasado luce mejor en blanco y negro. Atrapar el tiempo como Tarkovsky. Su parte onírica le conecta con Fellini, y así no teme dentro de escenarios reales incluir la extravagancia de algunos personajes y las situaciones que bien podrían ser producto de la ensoñación (la secuencia del incendio y la aparición de una especie de personaje parecido a un ilusionista de la época, experto en artes marciales, el profesor Zovek en la secuencia del entrenamiento). Y, por último, su afán de neorrealismo a lo Vittorio de Sica, no solo por buscar a una protagonista que nunca se había puesto frente las cámaras, sino por su forma de rodar la rutina de Cleo en la cocina o en las estancias de la casa, su relación con los niños o su soledad en la cita con la ginecóloga o en la sala de partos… Por reflejar sus recuerdos a través de su mirada. Es tan potente en lo formal, que Alfonso Cuarón regala secuencias, que viven solas, como una genial presentación de un personaje, el padre de familia, a través de su manera de aparcar el coche en el garaje de a casa, que contrasta luego con cómo lo hace la madre, y que cuenta sin palabras mucho de ese matrimonio. Y ese amor al cine y esos referentes le hacen construir una película personal que reconstruye la memoria que esconde en su interior.

Se encienden la luces. Roma ha acabado. Salgo de la sala de cine y me pierdo por las calles de Madrid, pero me acompaña ese niño que siempre recuerda vidas pasadas…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.