El regreso de Mary Poppins (Mary Poppins Returns, 2018) de Robert Marshall

El regreso de Mary Poppins

La bicicleta, un transporte muy especial en El regreso de Mary Poppins

Al final de El regreso de Mary Poppins, la institutriz protagonista se mira en un globo y vuelve a decir una frase que ya decía en la versión de 1964, que ella es “casi perfecta”. Y esta frase se puede emplear como metáfora para la secuela de Robert Marshall, que se esfuerza tanto en ser “casi perfecta”, en no defraudar a los que son amantes de la película de Walt Disney y Julie Andrews y en gustar a las nuevas generaciones, que se convierte en una película enjaulada, sin la espontaneidad y frescura de su predecesora. Pero, sí logra ser un continuo homenaje, y si uno olvida antecedentes, y recupera los ojos de un niño, puede hundirse en su encanto (recomendación: huir de la versión doblada… ¡se doblan hasta las canciones!). Robert Marshall y compañía realizan una película prácticamente paralela a la anterior en su estructura, pero deja patente que es una secuela.

Emily Blunt crea una Mary Poppins con mucho encanto, recta y exigente, pero siempre con una sonrisa que muestra a una mujer mágica que soluciona problemas, pero haciendo que cada uno de los personajes se enfrente a ellos, quizá desde otro punto de vista, buscando siempre una puerta que se abra. Las canciones y los números musicales lucen perfectos, pero en ninguno se alcanza el éxtasis o la sensación de que seguirán brillando en la posteridad. Los disfrutas mientras los ves, pero ninguno se graba en la memoria o hace que repitas una y otra vez la melodía. Es una auténtica gozada disfrutar de toda una galería de viejas glorias que siguen traspasando la pantalla: David Warner, Julie Walters, Dick Van Dyke, Angela Lansbury…, junto a dos actores maduros y muy en activo, como Meryl Streep (que no pierde oportunidad de pasárselo bien) y Colin Firth, y con una nueva hornada de intérpretes prometedores: una chispeante Emily Blunt, reina de la función, junto a Ben Whishaw y Emily Mortimer, como los crecidos hermanos Banks. Desde Broadway se rescata al actor de musicales, Lin-Manuel Miranda, como el farolero Jack, recuperando otra profesión del mundo analógico, así como hacía Van Dyke con la de deshollinador en la versión de los sesenta. Y, como no, para él y los otros faroleros será uno de los momentos más espectaculares de la película. Jack tendrá la misma función que Van Dyke en la anterior versión, ser introductor de la historia y acompañante de las aventuras de Mary Poppins con la nueva generación de niños Banks, pero para bien o para mal, su rostro y comportamiento es más anodino y menos histriónico que el de su predecesor.

La secuela de Mary Poppins, aunque sigue rememorando el pasado, habla de la gran crisis, y habla de desahucios y de los tejemanejes de los bancos, pintando una realidad reconocida por el espectador actual. Pero quizá lo que más encanto tiene es el cuidado por mostrar los objetos o lo que acompaña nuestra vida cotidiana, y llenarlos de magia. Así una cometa, un globo, una bañera, una bicicleta, las farolas o una vieja vasija serán los objetos cotidianos que construyan los momentos más brillantes de la película. La cometa como ese juego que recupera la niñez y, por tanto, a la institutriz mágica o esa bañera capaz de sumergir a los protagonistas en el mejor baño de su vidas o esa vasija desde donde los personajes reales se mezclan con animación de toda la vida en un espectacular número musical o en una película de acción y aventura emocionante… O la bicicleta como ese medio de transporte para disfrutar de la ciudad o ese globo que hace recuperar la ligereza de un niño, cuando puede ser feliz… Pero también perpetua los objetos icónicos de Mary Poppins: ese paraguas que habla, ese bolso maravilloso donde todo puede salir de él o esos zapatos que en cualquier momento alzan el vuelo…

El regreso de Mary Poppins es “casi perfecta” si recuperas tu mirada infantil, y logras eclipsar durante su metraje que existió otra película en 1964 que te hizo soñar.

Bohemian Rhapsody (Bohemian Rhapsody, 2018) de Bryan Singer

Bohemian Rhapsody

Queen, una extraña familia

Probablemente muchos que tenemos más de cuarenta recordamos que Queen estuvo en nuestros hogares, bien por gusto personal o por el de alguno de nuestros hermanos mayores o por el de un amigo, durante los años 80 y 90. Pero, sí, no hay duda, Queen estuvo presente en nuestras vidas. Sus canciones, los rostros de todos los músicos que formaban la banda y ese carisma extraño y electrizante de Freddie Mercury, con su pelo corto y su bigote… y con mucha energía en el cuerpo. Su muerte se metió en nuestras habitaciones, como ya lo hizo en su momento la de Rock Hudson, por esa enfermedad que arrasaba en aquella época, el SIDA. Muchas imágenes de Queen y aquellos tiempos nos acompañan. De vez en cuando, durante todos estos años, han vuelto por algún que otro motivo. Por ejemplo, alguna banda sonora, como la de Moulin Rouge, que recuperaba una hermosa versión de “The show must go on”. O porque YouTube nos deja volver a momentos estelares como el del concierto de Live Aid. Y es a partir de ese concierto desde donde se construye acertadamente Bohemian Rhapsody que cuenta en un enorme flashback la vida y gloria de Queen, centrándose, como no, en Freddie Mercury, para llegar al clímax final, y apoteosis total, con los más de veinte minutos que revolucionaron aquel ya mítico concierto.

Y, sí, Bohemian Rhapsody es un biopic al uso, con las licencias que siempre acompañan a este tipo de películas, con estrella atormentada de fondo. Pero no se puede negar que no solo está bien contada, además de poseer una banda sonora privilegiada, sino que denota un cariño extremo por sus personajes. De esta manera están reflejadas las relaciones entre ellos a lo largo de los años y termina interesando qué les pasa a cada uno de los personajes. Así la película logra que realmente se crea que los integrantes de Queen formaron una extraña familia, que Mercury tuvo una bonita y compleja relación con Mary Austin y que este se enfrentó a una personalidad compleja que arrastró durante su vida. Que le abrumó que siempre se quisiera airear su vida privada y su sexualidad, que se quisiera indagar en su pasado y que no fueron fáciles sus relaciones con su familia más directa (sus padres y hermana) y que arrastró problemas con las drogas. Todo se toca, pero sin regocijarse en ello. Las luces y las sombras están presentes. Y las licencias también. Lo que al final queda es una oda a la creación de las letras y de la música y a un grupo que nunca llegó a disolverse, aunque pasaron dificultades, hasta la muerte de Mercury.

Uno de los aciertos de la película de Bryan Singer, además de su ritmo narrativo, es cómo es reflejado el trabajo conjunto de un grupo carismático con unos intérpretes absolutamente entregados a la causa. Desde Rami Malek como Freddie Mercury a Gwilym Lee como Brian May, pasando por Ben Hardy como el baterista Roger Taylor, o Joseph Mazzello como John Deacon. Y las relaciones que se establecen entre ellos o las relaciones de Mercury con otros personajes como esa sombra tóxica en la que se transforma Paul Prenter, uno de sus managers, o con su amiga Mary o con su última pareja masculina. Sin olvidarse nunca del amor que sentía por sus gatos, los gatos observan a Mercury durante diversos momentos del metraje, convirtiéndose en personajes imprescindibles. Y, por supuesto, otro acierto es el clímax final, con una recreación perfecta de ese concierto electrizante, que es difícil que no haga vibrar, recordar o tener unas ganas enormes de levantarse de la butaca y ponerse a bailar y cantar… sin parar.

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