Irene Dunne y Charles Boyer, una química especial. Otra vez juntos (Together Again, 1944) de Charles Vidor

Otra vez juntos dos estrellas con química, Irene Dunne y Charles Boyer.

Irene Dunne y Charles Boyer, una de las grandes parejas cinematográficas del cine clásico hollywoodiense ha caído totalmente en olvido, y es una verdadera pena. Hicieron tres películas juntos, se llevaron bien delante y detrás de las cámaras y al público les gustaba verles en pantalla. De sus tres películas me faltaba por ver Otra vez juntos, una agradable sorpresa. Es una comedia simpática sin más, pero rodada con elegancia y profesionalidad por Charles Vidor.

El año clave de esta pareja fue 1939, Leo McCarey les unió en Tú y yo, esa historia inolvidable entre el playboy francés y la cantante famosa a bordo de un trasatlántico… y la quedada más famosa y fallida del mundo mundial en el Empire State Building. Esta última cita ha inspirado a toda una hilera de comedias románticas. Sin embargo, esta versión de 1939 ha sido mucho menos vista que el remake que hizo el mismo director en 1957 con Debora Kerr y Cary Grant. Pero ¡no hay sesión doble más bonita que esta para recomendar en una de esas tardes tontas que una le apetece ver algo bonito! Sí, ver a la vez la de 1937 y la 1957, es un buen plan.

Y ese mismo año protagonizaron también un maravilloso y olvidado melodrama de John M. Stahl, Huracán (When Tomorrow Comes). Esta vez la historia de amor giraba alrededor de una camarera sindicalista y un pianista famoso, de por medio un huracán y una iglesia donde se refugian los dos enamorados sin saber qué va a ser de ellos el día siguiente. De nuevo, la química entre los dos actores fue evidente. Te crees que esas dos personas se conozcan y se enamoren. Y, claro, ¡existe el remake de Douglas Sirk, Interludio de amor (Interlude, 1957)!

Así que cuando cinco años más tarde les surgió la posibilidad de trabajar juntos, ambos actores aceptaron encantados y esta vez fue para protagonizar una comedia romántica y ligera, sin demasiadas pretensiones, simplemente para pasarlo bien. Y se les nota a ambos que se divierten. Otra vez juntos no es una gran película, ni siquiera es inolvidable, pero se ve con agrado, y eso es un lujo en ciertas ocasiones.

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Dos artistas que dan personalidad a una época. Eloy de la Iglesia. Adicto al cine (2025) de Gaizka Urresti / Flores para Antonio (2025) de Elena Molina e Isaki Lacuesta

El cine documental puede, entre otras cosas, descubrirnos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea. Puede ser la lectura o la mirada de un periodo de la historia de un país. Esa mirada o recuperación de un pasado a través de las imágenes revela algunas claves para entender aquello que vivimos. Son puntos de vista, reflexiones y caminos para entender un momento. Yo pertenezco a esa generación que vivió su infancia a finales de los setenta y los ochenta y la adolescencia y parte de su juventud en los noventa. Aquellos años, ahora que avanza y avanza el siglo XXI, se están empezando desde la distancia a leer, analizar y reflexionar en imágenes.

Esas lecturas a un periodo pueden ser a través de sus artistas o de un espacio en concreto. Se acaban de estrenar tres documentales que reflejan aquellos años, precisamente, a través de un cineasta, un compositor y cantante y una sala de conciertos.

Eloy de la Iglesia fue un director de cine que a través de su vida y sus películas, adoradas por el público, puso en evidencia cómo el cine también podía reflejar el espíritu de una época convulsa. No solo eso, sino que también reflejaba la vinculación tan fuerte que existía entre la obra del artista y su propia vida. De la Iglesia fue uno de los artífices de un género muy especial y popular en su momento, el cine quinqui.

El otro protagonista es Antonio Flores, alma de un documental que es una carta de amor de su hija Alba a su padre. Alba se quedó huérfana con ocho años y ahora que ha superado la edad en la que murió su padre realiza un precioso ejercicio de tratar de comprender a su progenitor, cómo vivió y por qué falleció, así como valorar su trayectoria artística.

Por último, una sala de música y conciertos en Madrid, templo de la música heavy, se alza como una especie de Edén para una generación que encontró un espacio efímero donde aunar la pasión por la música y un lugar donde sentirse especiales, encontrar amistades y sentirse como en casa: la sala Canciller de Madrid, en la calle Alcalá.

Eloy de la Iglesia. Adicto al cine (2025) de Gaizka Urresti

Uno de los hitos del cine quinqui de Eloy de la Iglesia, Colegas, con Antonio Flores y José Luis Manzano (el primero de la imagen a la izquierda). Dos documentales que dialogan entre sí.

El director vasco Eloy de la Iglesia fue capaz de dirigir un cine tremendamente popular que hacía que el público acudiese a las salas de cine, pero también mostró el espíritu de una época. Ese periodo de transición hacia una democracia donde toda una generación que había vivido bajo la represión en todas las áreas posibles e imaginables, de pronto, sintió la libertad en toda su plenitud. Sin embargo, este camino también tenía sus senderos amargos, que una vez tomados no tenían vuelta atrás e hizo que muchos cometiesen no pocos errores. Y eso es lo que De la Iglesia expresó al final de su vida, que había intentado ser un hombre libre, pese a que no fue precisamente un camino de rosas.

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Sesiones de verano (2). Idilio en septiembre (September Affair, 1950), de William Dieterle

Idilio en septiembre, una historia de amor efímera e intensa.

«September Song» es una canción que tiene una presencia importante en este drama romántico de William Dieterle, un director elegante en su puesta en escena y maneras de contar las historias que rueda. Un hombre y una mujer; David y Manina; un ingeniero y una pianista; un caballero desencantado de su matrimonio y de su trabajo y una dama enamorada del amor… se encuentran en Italia. Los dos están a punto de partir hacia EEUU por distintos motivos. El primero, obligado a volver a su rutinaria vida cuando solo desea huir. La segunda, a punto de regresar a su tierra natal, a la que no ha vuelto desde que era una adolescente, a tocar en un importante concierto en Nueva York.

David y Manina se encuentran en un avión que tiene que hacer un aterrizaje forzoso en Napoles para arreglar un pieza. Mientras esperan, deciden hacer un poco de turismo por los alrededores y terminan perdiendo el avión. Deciden retrasar su regreso y pasar unos días por Italia. Y entonces se van enamorando. Cuando pretenden ya separar sus caminos y no meterse en una historia de amor que no puede ser, leen en un periódico que el avión nunca llegó a su destino y que dan por muertos a todos sus pasajeros. Se dan cuenta de que pueden empezar desde cero, borrando todo su pasado, y comenzar una nueva vida juntos.

«September Song» suena cuando todavía no saben que van a perder el avión. Los dos han ido a comer a un genuino restaurante italiano y suena en un viejo gramófono el gran Caruso. La dueña del local les deja unos discos de un americano que nunca volvió a por ellos, la guerra… Y Manina le señala a David dicha canción y este le pide que la ponga. Los dos en silencio escuchan «September Song» con la voz de Walter Huston, el actor que la interpretó en el musical Knickerbocker Holiday en 1938, que habla de amor, el cortejo y el paso del tiempo. Hay una hermosa tensión sensual, dos personas que sienten una corriente, una conexión, pero que no la verbalizan. Todo termina cuando David le enseña el reloj a Manina, tienen que regresar al aeropuerto para tomar el avión.

Después vuelve a sonar otra vez de otra manera muy diferente. David y Manina se han atrevido a dar el paso, a comenzar una nueva vida, son como dos fantasmas de carne y hueso que han decidido ocultar que están vivos para protagonizar su historia. Están intentando construir un futuro juntos, cortando radicalmente con el pasado. Están en un pequeño restaurante y él le pide que toque la canción al piano. Y entonces un joven soldado en la barra empieza a cantarla. El joven acompaña a los dos amantes. Lo que no se esperan es que en esa velada con el soldado, este les hace ver que tienen unas raíces, unas responsabilidades y un pasado.

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Alrededor de Por todo lo alto (En fanfare, 2024) de Emmanuel Courcol

Por todo lo alto. Dos hermanos van construyendo un vínculo a través de la música.

Por todo lo alto fui a verla en una sala de cine y me sorprendí cuando llegando a los minutos finales, no pude evitar llorar de emoción. Me pregunté entonces qué había provocado esas lágrimas, qué es lo que me había gustado de esa película.

Por todo lo alto podría hacer una sesión doble con la anterior película de su director Emmanuel Courcol, El triunfo. En esta última contaba la historia de un actor en paro que dirige un taller de teatro en un centro penitenciario y prepara con los internos Esperando a Godot de Samuel Beckett. La película partía de un hecho real. Por todo lo alto cuenta la historia de ficción sobre dos hermanos que no se conocen y se encuentran en unas determinadas circunstancias. Uno de ellos es un famoso director de orquesta y el otro toca el trombón en una banda de música en la localidad obrera donde vive. El director de orquesta ha tenido todas las oportunidades posibles para llegar con esfuerzo a donde está; su hermano, igual de virtuoso para la música, no ha podido desarrollar su talento.

En las dos películas está en la producción un director al que aprecio, Robert Guédiguian, que tiene sobre sus espaldas una filmografía social y política de películas que me han marcado como Marius y Jeannette o Las nieves del Kilimanjaro. Así que estas dos películas de Courcol van un poco más allá de ser tan solo un feel good, ese término que sirve para nombrar producciones de buenos sentimientos que terminan de manera optimista y alegre, como podría ser Intocable (por seguir con el cine francés). Las dos tienen más detalles y matices, además de plantear reflexiones y tesis sobre el mundo en el que vivimos.

Algunas feel good,que no voy a mentir también me enganchan, es cierto que en ocasiones son una especie de «limpiadores de conciencia» para espectadores que no tienen o no viven los problemas reflejados con un trasfondo «de no pienses que el mundo no es bello a pesar de los pesares, todo tiene solución con los buenos sentimientos», sin reflexionar sobre los motivos de las injusticias sociales y cayendo a veces en todos los tópicos.

Las historias de Emmanuel Courcol tratan de plantearse ciertos asuntos, de remover, de crear un cine social con toques de tragicomedia, que llegue a mucha gente (no es de extrañar que en 2024, en el festival de San Sebastián, Por todo lo alto se alzara con el premio del público). Expone, no acaba con una historia de «y comieron perdices», sino con una de «y siguieron luchando»… Además muestra la capacidad de la cultura, tanto la música como el teatro, para remover, transformar, mirar, como punto de encuentro y reunión y para entender la realidad que nos rodea.

De hecho, las películas de Courcol entroncan con el cine social británico que también emplea la tragicomedia para contar sus historias. Curiosamente, El triunfo podría perfectamente proyectarse junto a Lucky Break de Peter Cattaneo. Y Por todo lo alto hace un buen dúo con la maravillosa Tocando el viento de Mark Herman.

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Sesión doble de documentales. Made in England. The Films of Powell and Pressburger (2024) de David Hinton / Niños de Las Brisas (2022) de Marianela Maldonado

Made in England. The Films of Powell and Pressburger (2024) de David Hinton

The Archers, dos grandes creadores del material del que están hechos los sueños.

Cuando vi que tenía la posibilidad de ver este documental, mi alegría fue inmensa. Desde hace años el binomio de The Archers, Michael Powell y Emeric Pressburger, solo me ofrece alegrías. Cada película que localizo de ellos es un feliz descubrimiento. Estaba deseando comprobar qué me podía desvelar este largometraje y mi fascinación fue en aumento cuando me di cuenta de que el narrador del documental era uno de los mejores guardianes del séptimo arte y un buen director (también amado por mí): Martin Scorsese.

De tal manera que el artefacto que entrega David Hinton es toda una gozada. Y es porque su documental cuenta con varias capas de cebolla que va facilitando una senda de revelaciones: primero Martin Scorsese ofrece una mirada especial sobre cada uno de los largometrajes de Powell y Pressburger, pero también cuenta cómo llegaron a conocerse, a trabajar juntos y describe las peculiariades de cada uno. Así queda totalmente explicado quién hacia qué en el proceso creativo y por qué sus obras eran de una determinada manera así como cuáles iban siendo sus temáticas y los motivos por los que sus obras marcaron a varias generaciones.

Scorsese también explica lo que le llamaba la atención de las películas de The Archers y cómo sus largometrajes influyeron en su manera de rodar ciertas secuencias en sus filmes. Aquí hay otro aspecto interesante del que aprender.

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Cadeneta de minicríticas y cada una con una canción. Los hermanos Dardenne, Edgar Wright y Richard Brooks

Una canción imprescindible para el relato cinematográfico es lo que une a estas tres películas. Cada una de ellas tiene su función en la narración.

Tori y Lokita (Tori et Lokita, 2022) de Jean-Pierre y Luc Dardenne

Lokita y Tori, dos niños sin infancia, aunque atesoran una canción italiana que cantan como un mantra que les calma.

Los hermanos Dardenne son directos y sencillos en su forma de narrar Tori y Lokita, logrando una película que refleja con extrema sensibilidad las desventuras de dos niños africanos refugiados en Bélgica. Los fotogramas golpean el pecho con fuerza y tras el fundido a negro una vez acabada la historia, provoca que el corazón prácticamente deje de bombear. Cine social y de denuncia sin moralina, sensiblería o morbo. Seco, duro y brutal.

El hilo conductor de las desventuras de los dos muchachos, que siempre formarán parte de una estadística, una línea en la sección de sucesos de un periódico o simplemente serán ignorados, es una canción italiana infantil, «Alla fiera dell’est», que los dos entonan en un karaoke al principio de la película. Dicha canción aparece en contextos muy diferentes en varias secuencias y deja ver la trayectoria de dos niños a los que se les ha arrebatado la infancia. Duele la indefensión de Lokita y las sencillas palabras finales de Tori exponen con sencillez lo fácil que hubiese sido evitar la desgracia… y, por eso, provocan más vergüenza.

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Un libro y un documental. Cineclub (De Bolsillo, 2021) de David Gilmour / Moonage Daydream (Moonage Daydream, 2022) de Brett Morgen

Un libro que muestra cómo el cine puede formar parte de nuestra educación emocional y ser una herramienta para enfrentarnos al día a día. Y un documental sobre David Bowie, un artista del siglo XX que refleja que este tipo de obras se pueden enfocar desde otra perspectiva que no sea ciñéndose a las claves del documental biográfico. Dos curiosidades y dos formas de aproximarse al cine.

Cineclub (De Bolsillo, 2021) de David Gilmour

El cine como herramienta para una educación emocional y como instrumento para enfrentarse a la vida.

A veces a una le apetece leer algo ligero, sincero y sin complicaciones y que de alguna manera le llegue. El otro día estaba paseando entre los libros que había en una librería de cine de mi ciudad y me llamó la atención uno de bolsillo con un título directo: Cineclub. Leí por encima la cubierta y la solapa y era un libro que contaba una experiencia familiar de un crítico de cine canadiense, David Gilmour. Me llamó la atención, y no solo terminó en mi biblioteca particular, sino que lo leí de un plumazo.

El libro es tremendamente sencillo, pero me encanta el tema que expone y que tenga un final feliz. En un momento que no es fácil ni para el padre (falta de trabajo) ni para el hijo (no puede con el instituto ni con la perspectiva de un presente poco halagador y un futuro incierto), David propone a Jesse, de 16 años, algo realmente insólito: que deje el instituto si quiere, pero con dos condiciones. La primera, «no tienes que trabajar, no tienes que pagar el alquiler. Puedes dormir hasta las cinco todos los días. Pero nada de drogas. Si tomas alguna droga, no hay trato». La segunda, «quiero que veas tres películas a la semana conmigo. Yo las elijo. Es la única educación que vas a recibir».

El libro está contado con una sinceridad ingenua por parte de David Gilmour, pero ese es parte de su encanto. Y es que finalmente este experimento pedagógico funciona con Jesse… y también para David. Con la disculpa de esa proposición, padre e hijo se pasan tres años juntos hablando de cine, pero también de muchas otras cosas más mundanas. De tal modo, que el cine no deja de ser una herramienta de educación emocional valioso y un instrumento para enfrentarse a la vida. Los dos van sufriendo un bonito proceso de transformación en su relación de padre e hijo y van salvando los obstáculos que les amargan los días. Y de fondo siempre el cine, y también la música… como tabla de salvación. Al final, padre e hijo construyen no solo relación, sino también una trayectoria, una senda por la que continuar.

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Elvis (Elvis, 2022) de Baz Luhrmann

Elvis está contada desde el punto de vista de su manager el coronel Tom Parker.

Elvis baila y se mueve al ritmo del montaje frenético e hipnótico de la película de Baz Luhrmann. El director australiano atrapa el alma del rey del rock and roll y se nota su admiración por el artista y los conocimientos que atesora de sus canciones y vida. Luhrmann con su fuerza visual habitual, su barroquismo y sentido del espectáculo levanta una obra que va mucho más allá de un biopic musical. Con Elvis consigue construir la historia de un mito cultural del siglo XX en forma de tragedia. De paso atrapa, durante el relato cinematográfico, el espíritu de un país en convulsión continua durante las décadas de los 50, 60 y 70. Baz Luhrmann es capaz de transmitir la fuerza del legado musical de Elvis Presley y por qué su música sigue sonando.

El sentido del espectáculo de Luhrmann es todo un acierto para ir tallando el nacimiento, desarrollo y declive de una figura tan compleja y rica como Elvis Presley. Desde un respeto absoluto y reverencial hacia el cantante, construye un argumento y unos personajes principales con alma. Por otro lado, consigue una historia potente hasta el punto de que si hay un desconocimiento de base del icono cultural, engancha por reflejar una tragedia poderosa de un hombre que termina encerrado en una jaula de oro. Elvis Presley, devorado por el éxito y la fama y también por el amor extremo que siente por la música una vez se sube a un escenario y que transmite a los espectadores que quedaban cautivados por su música. Amor recíproco.

El punto de vista

Son varios los ingredientes que se unen para hacer de Elvis un largometraje que no deja indiferente. Primero, el punto de vista elegido para contar la historia del mito. Un envejecido, solitario y enfermo coronel Tom Parker (Tom Hanks) cuenta su relación a lo largo de tres décadas con Elvis Presley. La historia del mito surge del relato de Parker y de la relación tóxica que atesoraron durante años el cantante y su manager. De los tejemanejes, manipulaciones y mirada distorsionada de Parker logra sobresalir y volar un Presley auténtico, atrapado en sus redes. Elvis Presley, como héroe rebelde, que, sin embargo, no logra nunca desatarse de la presencia de Parker ni de todo el «imperio» que construye a su alrededor. Claramente se va viendo cómo queda atrapado en esa jaula de oro que le condujo finalmente a una muerte temprana a los 42 años.

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Ennio Morricone, Val, Nelly & Nadine y Misterios de la sala oscura: tres documentales y un libro

Ennio: El maestro (Ennio: The Maestro, 2021) de Giuseppe Tornatore

Ennio Morricone, un creador…

El otro día me hice un regalo propio por mi cumpleaños: me fui sola a una sala de cine a ver Ennio: El maestro. Estuve más de dos hora y media disfrutando. Feliz. Giuseppe Tornatore es cierto que se entrega totalmente al maestro, pero logra un documental hermoso, donde deja ver varias caras de Ennio Morricone. Tornatore consigue mostrar la complejidad de su figura y que existen recovecos donde este no deja entrar tan fácilmente.

Hay determinadas películas que, de pronto, por distintos motivos de tu vida sientes que te hablan. Y Ennio: El maestro fue una de ellas. Por ejemplo, me ofreció un dato más sobre Stanley Kubrick, que tanto me ha acompañado estos últimos meses: el realizador contactó con él para la banda sonora de La naranja mecánica…, y explica que fue una de esas bandas que se quedó con ganas de realizar. Y, por otra parte, el documental habla de una de las películas de mi vida y que estará presente en un proyecto que está a punto de hacerse realidad: Érase una vez en América.

Digamos que hay cuatro relatos en uno, pero con un inteligente sentido del montaje: una extensa entrevista a Ennio Morricone, que es una delicia escucharle. Conversaciones tanto con gente que trabajó junto a él como con expertos que analizan su legado musical. La muestra de su trabajo musical junto a las grandes secuencias de películas para las que creo la banda sonora. Y un rico material audiovisual de archivo sobre apariciones del maestro en distintos eventos públicos y apariciones televisas o en momentos íntimos con familiares y amigos. Giuseppe Tornatore sabe combinar perfectamente los cuatro relatos para crear un retrato bastante completo de Ennio Morricone, aunque con misterios y ausencias.

El documental es la radiografía de un creador, Ennio. Desde su infancia hasta el final (murió recientemente: 6 de julio de 2020). Pero también una lección de música, así como un canto de amor al cine. Toca muchos aspectos de su obra: ese poco miedo que tenía Ennio Morricone a lo experimental, pero a la vez logrando conectar con generaciones de espectadores, que tienen como bandas sonoras de su vida algunas de las que ha creado.

Su infancia y adolescencia marcada por su padre, un trompetista, y su maestro Goffredo Petrassi. Dos hombres de fuerte carácter que no solo moldearon su carácter, sino también la manera de enfrentarse a la música. Sus conocimientos de ajedrez y su aplicación a la hora de crear. Su fama de arreglista perfeccionista, innovador y milagroso que trabajó para grandes profesionales de la canción italiana. Su fuerte relación entre otros con el director Sergio Leone… Cada una de las películas que se convirtieron en leyenda en parte por la música que acompañaba sus secuencias. El amor hacia su mujer Maria Travia.

Un hombre serio…, pero con un marcado sentido del humor. Profesional. Dedicado al cien por cien a la música. Su llamativo complejo de inferioridad. La segunda época dorada que vivió ya siendo anciano, no solo porque le seguían contratando para crear buenas bandas sonoras, sino porque se recorrió el mundo dirigiendo conciertos con la música de sus películas, cómo se le resistió el ansiado oscar…

Me emocioné durante varios momentos, pero particularmente mientras se narra el proceso de creación de la banda sonora de Érase una vez en América, una de las músicas de mi vida (sobre todo el tema de Deborah). O también el momento que cuenta cómo creo la banda sonora de La misión, en un momento de crisis vital y creativa. Me conmovió cómo durante la entrevista Ennio Morricone ante hechos de su pasado llora sin ocultar sus lágrimas, bien de emoción, de alegría o de tristeza.

Una gozada de documental, porque además de disfrutarlo cada segundo, descubrí un montón de cosas que desconocía sobre Ennio Morricone, y me provocó muchas más ganas de indagar en su vida y obra.

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Stanley Kubrick, relatos soñados (y II). Diez claves para disfrutar la sala Picasso

Ahora toca el turno de centrarnos en la sala Picasso. De hacer hincapié en todos esos detalles y cuidados que permiten que una exposición transmita la emoción ante el proceso creativo de un director de cine como Stanley Kubrick… Esa era la intención, y ganas no han faltado.

1.Cuestión de espacios. En la Picasso, Víctor y Andrés, los arquitectos, tuvieron claro que había que jugar con los espacios en la exposición para recrear cada uno de los ambientes de las películas más míticas de Kubrick. La idea era sentirse en el universo del director a partir de 2001: una odisea del espacio hasta Eyes Wide Shut. Por eso, no seguimos el orden cronológico. Cada película conformaría una atmósfera diferente, y en cada espacio se captaría el espíritu correspondiente, de tal modo que el visitante supiera entre qué fotogramas se encontraba.

Así en 2001, sentiríamos que estábamos en el interior del Discovery; mientras que en El resplandor recorreríamos uno de los pasillos del hotel Overlook. Después, en La naranja mecánica, visitaríamos el Korova o nos rodearíamos de todas las cosas que le interesan a Alex DeLarge. Pasearíamos por el siglo XVIII bajo la luz de las velas en Barry Lyndon. Nos sumergiríamos en un duro entrenamiento donde varios jóvenes se convierten en máquinas de matar o estaríamos en plena guerra de Vietnam en La chaqueta metálica para terminar participando en una orgía extraña en Eyes Wide Shut.

2. Proceso creativo (1). Por otra parte, era importante plasmar instantes clave de los procesos creativos de cada uno de estos largometrajes. Por ejemplo, en 2001, se puede ver cómo construyó la gran sala centrífuga, decorado principal del Discovery, para provocar la sensación de gravedad. O también descubrir cómo Kubrick documentó el futuro, pues quería una película que no quedase obsoleta, que revolucionase el género de la ciencia ficción. Lo maravilloso de esta película es que trata temas filosóficos como el progreso, quiénes somos o de dónde venimos, asuntos que interesan siempre. Por eso, sigue creando generaciones de espectadores fascinados. Pero además Stanley Kubrick la realizó con efectos especiales analógicos, y, sin embargo, continúa siendo la película de cabecera de muchos realizadores que han bebido de ella para dirigir Gravity (Alfonso Cuarón) o Interstellar (Christopher Nolan‎).

En La chaqueta metálica nos centramos, por ejemplo, en cómo recreó Vietnam a tan solo unos kilómetros de Londres, pues encontró una fábrica de gas abandonada donde tenía posibilidades de emular a la ciudad de Hue. Una de las características de Stanley Kubrick es que desde que conoció Londres en 1962, durante el rodaje de Lolita, ya no quiso moverse de allí. De tal manera, que sus dos casas familiares se convirtieron en centros neurálgicos de su proceso de creación, y las localizaciones para sus películas cuanto más cerca de su hogar estuviesen, mejor.

En Barry Lyndon, analizamos cómo consiguió documentar el siglo XVIII hasta el punto de conseguir iluminar las estancias con la luz de las velas y captarlo con un objetivo muy especial de la NASA o cómo realizó un exhaustivo trabajo de documentación para recrear vestuarios, maquillajes y peinados. Ahí, en estos fotogramas quedaba reflejado el siglo de la razón, del nacimiento de los estados modernos y sus conflictos, pero también el siglo de la representación, de las pelucas, del juego…

3. Proceso creativo (2). En El resplandor tratamos de deleitarnos en cómo creó un espacio tan reconocible como el hotel Overlook; es decir, descubrir los secretos de su fachada y de sus laberínticos interiores. Por otra parte, entendimos esa forma de rodar una película de terror con mucha luz, donde un niño recorre un pasillo en triciclo para provocar la sensación de que algo horrible puede suceder en cualquier momento. Una de las técnicas innovadoras que aplicó en la película y que contribuyó a la sensación de extrañeza y miedo fue el uso del steadicam.

En La naranja mecánica enseñamos cómo se inspiró en el arte pop para la decoración de la habitación de Alex o el bar Korova, así como la importancia de la banda sonora en las películas de Stanley Kubrick, tanto para describir personajes, como para crear ambientes o provocar catarsis y reacciones demoledoras. De hecho consiguió convertir a Beethoven en un disco de oro, con los sintetizadores de Wendy Carlos.

O, finalmente, en Eyes Wide Shut nos dimos cuenta de cómo cambió la Viena de carnavales de la Belle Époque de la novela de Arthur Schnitzler por un Nueva York navideño (recreado en Londres) a punto de inaugurar el siglo XXI sin traicionar su esencia. Este largometraje es su especial oda a la intimidad matrimonial.

4. Stanley Kubrick, director de orquesta. Stanley Kubrick era como un exigente director de una orquesta de música clásica: por eso, en cada una de sus películas, a su alrededor orbitaban grandes profesionales, que bajo su batuta, hacían realidad el mundo que quería reflejar. Tenía claro que debía rodearse de los mejores profesionales para alcanzar la perfección en su obra final. Así la exposición también es un homenaje a todos esos trabajadores que bajo la mirada kubrickiana hicieron posible sus relatos soñados.

Desde su primer productor y socio, James B. Harris; hasta los diseñadores de producción, Ken Adam o John Barry; o actores como Peter Sellers, Sue Lyon, Keir Dullea, Malcolm McDowell o Jack Nicholson; el director de fotografía John Alcott; los creadores de carteles, storyboards y créditos como Saul Bass y Philip Castle; las diseñadoras de vestuario como Milena Canonero o escultoras como Liz Moore, y un largo etcétera. O cómo trataba de establecer una relación especial con los guionistas (aunque a veces era también tormentosa y tortuosa): Jim Thompson, Nabokov, Arthur C. Clarke, Anthony Burgess, Diane Johnson, Michael Herr…

5. El hombre detrás del artista. La exposición tampoco quería desperdiciar al hombre detrás del artista. Así se puede ver a través de fotografías y breves informaciones la relación estrecha con su familia: con sus padres (esa claqueta maravillosa de La naranja mecánica dedicada a ellos), la colaboración con sus dos primeras esposas durante el proceso creativo de sus películas, también con su compañera definitiva Christiane Kubrick y sus hijas o con su cuñado Jan Harlan, productor ejecutivo de muchos de sus largometrajes…

Nos parecía interesante que quedasen claras sus pasiones: la lectura, la música, el ajedrez, la fotografía, el propio cine (era un cinéfilo)…, porque todas ellas están presentes en cada una de sus obras, contribuyeron a dar una cierta personalidad a cada una de sus películas. Esta mirada culmina en el Epílogo de la exposición con una magnífica instalación audiovisual biográfica de Manuel Huerga, producción propia del CCCB, donde se aprecia un retrato completo de Stanley Kubrick. Huerga permite acercarse al cineasta a través de diversas imágenes, como un collage gigante, y de declaraciones públicas realizadas a lo largo de su vida.

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