Un cumpleaños más… y mucho cine

Un 14 de mayo, fecha de mi cumpleaños, se hizo la primera proyección pública de cine en Madrid. Sus espectadores pudieron ver entre otras cosas imágenes en movimiento en la Puerta del Sol.

Pues sí, he cumplido un año más. ¡Y menos mal! El otro día un amigo me decía que cada vez que era su cumpleaños le entraba angustia, pues se planteaba que cada vez le quedaba menos tiempo para leer, ver películas, exposiciones, obras de teatro, escuchar canciones…, que había tanto que disfrutar y nos faltaban horas. Y yo le doy un pequeño giro, un cumpleaños es un año más que tenemos para, por suerte, poder hacer todas esas cosas.

De pronto, por el algoritmo de mi móvil me entró ayer una noticia, justo el día de mi cumpleaños, el 14 de mayo, que me hizo recordar algo maravilloso. Y que os cuento con orgullo. Este día estaba destinado para mí. ¡Fue el día donde se realizó la primera proyección pública de cine en Madrid! Qué emoción me produjo leerlo justo el día de mi cumpleaños.

Sí, en un lejano 14 de mayo de 1896, uno de los pioneros operadores de cámara de los hermanos Lumière, Alexandre Promio, se vino a Madrid a presentar el invento. Y para esa exhibición que mejor que grabar una ciudad viva en su día a día: la salida de unas alumnas de un colegio, la actividad en la Puerta del Sol, que si la plaza de toros, que si las maniobras de artillería en Vicálvaro y mucho más… El lugar elegido para dicho evento fue el salón del ya desaparecido Hotel Rusia, que según dicha información, actualmente es el Centro de Salud Las Cortes.

Pensé que no me hubiese importado mirar por un agujerito y presenciar cómo fue esa exhibición y qué supuso para los que estuvieron presentes. Si algunos lo olvidaron nada más salir y si a otros dicha proyección les marcó o les dejó hambre de más…

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Diccionario cinematográfico (242). Chófer

Paseando a miss Daisy, película de corte clásico con chófer entrañable de protagonista (Morgan Freeman).

Yo que nunca he aprendido a conducir, que no tengo coche, que me gusta viajar, siempre pienso que no me importaría contratar a uno de estos profesionales si pudiese permitírmelo.

Y anda que no hay chóferes en el cine.

Como personaje principal o secundario siempre tienen bastantes matices interesantes.

Precisamente ayer estuve viendo un clásico de Bruce Beresford, Paseando a miss Daisy (1989). Cuenta una historia extremadamente sencilla durante veinticinco años (1948-1973): la relación cotidiana entre una anciana judía con su chófer negro. La película no es épica ni cuenta con momentos crudos. La mayoría ocurre en la casa de la anciana o en sus trayectos con su chófer a la tienda, al templo, al cementerio o a alguna celebración familiar. El tiempo pasa, y del mismo modo que las transformaciones sociales en EEUU son muy lentas y tímidas, así ocurre con la relación entre ambos personajes, que pasa del rechazo absoluto, sobre todo por parte de la mujer, a una relación tímida y distante de amístad y cariño.

No hace mucho hubo otra película que también ganó el óscar a mejor película, Green book (2018), que contaba la historia de un chófer italoamericano que es contratado en los años sesenta por un pianista negro para una gira por el sur de EEUU. En ambas películas se toca de dicha manera, por la relación entre un chófer y su cliente, el movimiento y la lucha por los derechos civiles.

Hay chóferes entrañables que hacen no solo de Pepito Grillo sino que acompañan a un personaje que no se maneja muy bien en las relaciones sociales. Así ocurre con el chófer asignado a llevar de un lado a otro a la seria e irascible autora de Mary Poppins, P. L. Travers en Al encuentro de Mrs Banks (2013) de John Lee Hancock.

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Viva el amor al cine. Nouvelle Vague (Nouvelle Vague, 2025) de Richard Linklater / Al final de la escapada (A bout de souffle, 1960) de Jean Luc Godard

En Nouvelle Vague, rodaje de la muerte del personaje de Michel.

Una de las experiencias más gozosas que he tenido últimamente en una sala de cine ha sido ir a ver Nouvelle Vague de Richard Linklater. En ningún momento se me quitó la sonrisa de la boca ante la recreación, según Linklater, del rodaje de Al final de la escapada. La sensación de modernidad, libertad creativa, improvisación e infinito amor al cine se esconden en esos fotogramas vitales.

Un Godard con sus gafas de sol y la seguridad de querer rodar y saltarse todo, pero a la vez amando el medio de expresión elegido y lo que hace. Y un equipo entregado a la causa, aunque no entiendan que están rodando una película que aún vista hoy continua siendo rupturista y un canto de amor al cine.

Después de disfrutar de cada secuencia y cada personaje que iba apareciendo en la pantalla, me fui a casa y no pude evitar ponerme enseguida Al final de la escapada, experiencia que siempre he gozado, pero esta vez la vi además con un cariño infinito. Y me imaginaba el buen rollo entre Jean Paul Belmondo y Jean Seberg o a Raoul Coutard, el director de fotografía, dentro de esa caja rodando encima de una bicicleta por las calles de París.

También Richard Linklater este año me ha hecho feliz con una preciosa sesión doble que ha filmado. Antes de Nouvelle Vague, me encerré en el Sardi con el letrista Lorenz Hart, que hizo un tándem creativo con Richard Rodgers, en Blue Moon. Otro universo especial de artista atormentado, pero que sus canciones habitan todavía en un montón de fotogramas. Las dos películas se ven con gusto y apetece volver a visitarlas. Son un homenaje a los artistas, sus obras y sus maneras de enfrentarse a la vida.

Estar en una sala de cine con Nouvelle Vague en pantalla grande y luego encerrarse en el salón de casa y ver pasar Al final de la escapada es ser testigo de un precioso diálogo entre dos largometrajes. Richard Linklater recrea ese rodaje como un canto de amor al cine y Al final de la escapada es una película que refleja un momento concreto de la historia del cine y que aún hoy sigue siendo fresca, original y rompedora.

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Dos artistas que dan personalidad a una época. Eloy de la Iglesia. Adicto al cine (2025) de Gaizka Urresti / Flores para Antonio (2025) de Elena Molina e Isaki Lacuesta

El cine documental puede, entre otras cosas, descubrirnos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea. Puede ser la lectura o la mirada de un periodo de la historia de un país. Esa mirada o recuperación de un pasado a través de las imágenes revela algunas claves para entender aquello que vivimos. Son puntos de vista, reflexiones y caminos para entender un momento. Yo pertenezco a esa generación que vivió su infancia a finales de los setenta y los ochenta y la adolescencia y parte de su juventud en los noventa. Aquellos años, ahora que avanza y avanza el siglo XXI, se están empezando desde la distancia a leer, analizar y reflexionar en imágenes.

Esas lecturas a un periodo pueden ser a través de sus artistas o de un espacio en concreto. Se acaban de estrenar tres documentales que reflejan aquellos años, precisamente, a través de un cineasta, un compositor y cantante y una sala de conciertos.

Eloy de la Iglesia fue un director de cine que a través de su vida y sus películas, adoradas por el público, puso en evidencia cómo el cine también podía reflejar el espíritu de una época convulsa. No solo eso, sino que también reflejaba la vinculación tan fuerte que existía entre la obra del artista y su propia vida. De la Iglesia fue uno de los artífices de un género muy especial y popular en su momento, el cine quinqui.

El otro protagonista es Antonio Flores, alma de un documental que es una carta de amor de su hija Alba a su padre. Alba se quedó huérfana con ocho años y ahora que ha superado la edad en la que murió su padre realiza un precioso ejercicio de tratar de comprender a su progenitor, cómo vivió y por qué falleció, así como valorar su trayectoria artística.

Por último, una sala de música y conciertos en Madrid, templo de la música heavy, se alza como una especie de Edén para una generación que encontró un espacio efímero donde aunar la pasión por la música y un lugar donde sentirse especiales, encontrar amistades y sentirse como en casa: la sala Canciller de Madrid, en la calle Alcalá.

Eloy de la Iglesia. Adicto al cine (2025) de Gaizka Urresti

Uno de los hitos del cine quinqui de Eloy de la Iglesia, Colegas, con Antonio Flores y José Luis Manzano (el primero de la imagen a la izquierda). Dos documentales que dialogan entre sí.

El director vasco Eloy de la Iglesia fue capaz de dirigir un cine tremendamente popular que hacía que el público acudiese a las salas de cine, pero también mostró el espíritu de una época. Ese periodo de transición hacia una democracia donde toda una generación que había vivido bajo la represión en todas las áreas posibles e imaginables, de pronto, sintió la libertad en toda su plenitud. Sin embargo, este camino también tenía sus senderos amargos, que una vez tomados no tenían vuelta atrás e hizo que muchos cometiesen no pocos errores. Y eso es lo que De la Iglesia expresó al final de su vida, que había intentado ser un hombre libre, pese a que no fue precisamente un camino de rosas.

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Lo que quisimos ser (2024) de Alejandro Agresti

Esta película es imposible que no tuviera su crítica en este blog

Lo que quisimos ser, el valor revolucionario de las historias sencillas.

Lo que quisimos ser arranca de una manera que anuncia lo que viene a continuación. Una mujer y un hombre son espectadores solitarios en una sala de cine vacía donde proyectan Luna nueva (His Girl Friday, 1940) de Howard Hawks. Esa película clásica se sustenta en los inteligentes diálogos de su pareja protagonista, Hildy Johnson (Rosalind Russell) y Walter Burns (Cary Grant). Por otra parte, según van transcurriendo los hechos, estos dos periodistas que aman su profesión, van revelando que aunque pasan por diversas crisis, precisamente por temas laborales, siguen amándose. Son amigos y amantes. Luna nueva es, en realidad, una historia de amor. Y aunque es una screwball comedy, no deja a un lado la realidad y dureza de la vida.

Lo que quisimos ser tiene los mismos ingredientes: se sustenta en los diálogos de su pareja protagonista, es ante todo una historia de amor y, a pesar, de que despierta la sonrisa, no oculta la dura realidad (ni de sus personajes ni del país en el que viven). Alejandro Agresti, que no había dirigido nada desde el año 2015, se pone detrás de las cámaras otra vez para en tiempos de nuevas tecnologías, redes sociales, efectos especiales, drones y cámaras digitales, ofrecer una película anacrónica y revolucionaria.

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Cóctel de películas por San Valentín: sobre amor, descubrimientos y revelaciones

Estoy viviendo últimamente buenos momentos cinematográficos, así que me ha parecido buena idea escribirlos. Que mejor que celebrar un día dedicado al amor (quitemos los artificios comerciales) que alimentando una pasión que nos cuida. Y ¿qué película, incluso las de más mal rollo, no esconde en el fondo una historia de amor?

The Brutalist, la magia de la sala de cine

Pildora de amor 1. The Brutalist o un hombre roto.

Disfruté del espectáculo del cine con una sala llena: The Brutalist de Brady Corbet. Me hubiese gustado verla en una sala de esas enormes de mi infancia con el telón que tapaba la pantalla para vivir la magia completa. La película de Corbet es una de esas películas largas a lo West Side Story, Lawrence de Arabia o Camelot con su intermedio y todo… Un largometraje donde todo se cuida, desde los créditos del principio, porque así se completa una obra.

The Brutalist tiene imágenes de esas que ya no olvidas. Como la llegada al nuevo mundo del protagonista, el arquitecto László Toth (Adrien Brody), después de haberse roto por completo con la brutalidad de los campos de concentración. Lo primero que ve es la Estatua de la Libertad invertida. En un principio, no sabemos bien dónde se encuentra si un tren de la muerte, si en un campo hacia una cámara de gas… No distinguimos dónde quiere o dónde intenta salir, hasta que se descubre que está en un barco y que sale fuera, al aire libre, para ver Nueva York.

Me gusta cómo me cuentan ese relato de un hombre quebrado que llega a EEUU y tiene que seguir lidiando, sin poder recompenerse nunca. La película baila entre dos frases. Una la escribe su esposa en una carta. Su voz se oye en off durante los primeros minutos y le dice: «Quienes más libres se creen, son quienes más lejos están de la libertad». Y la otra forma parte de un discurso que da su sobrina en una muestra de la obra arquitectónica de su tío en el epílogo: «Lo importante no es el camino, sino el destino».

Entre medias, está el proyecto creativo de un hombre que es artista y todo lo que no puede decir, expresar, sentir o contar lo deja en un edificio. No le salen las palabras, no escribe, pero sí puede plasmar en una obra arquitectónica lo que siente.

El camino de László está lleno de dolor, tragedia y daño. Todo lo sufre en un cuerpo y un alma que ya están rotas por el horror sufrido. Dentro de la desgracia, solo puede dejar su firma. Una biblioteca donde lo importante es la luz que entra en un espacio diáfano o un edificio brutalista que significa muchas cosas, incluso cada medida revela algo en concreto. Si venía de una Europa que era puro infierno aterriza en una tierra que no es ningún sueño, sino una pesadilla. En todas partes, hay personas que pisan y los que son pisados. En el infierno y en la tierra prometida.

Buster Keaton, cara de palo tierno

Otro momento especial fue en el salón de casa de mi madre. Nos preparamos una noche para ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928) y desde que empieza hasta que termina lloramos de la risa. Y sientan tan bien esas risas. Buster Keaton recibe los envites de la vida con su cara de palo y transmite golpe tras golpe una ternura infinita. Yo reía, pero tenía ganas enormes de meterme en la pantalla y abrazar a Willie. Está llena de momentos cumbre, pero no me voy a ir a la tempestad, sino cuando su padre se empeña en entrar en una sombrerería para que se quite la boina y se compre un sombrero. Es sublime el rostro de Keaton con distintos sombreros y su empeño por conseguir llevarse uno que le gusta y a su padre le espanta…

Supongo que me estoy preparando para el gran acontecimiento que voy a vivir este sábado: El maquinista de la general(The General, 1926) con una banda de jazz en directo. Creo que voy a reír y llorar a la vez.

Odas al mal rollo

Píldora de amor 2. Longlegs y todo el mal rollo del mundo.

No, no es fácil generar mal rollo a través de una película. Me ha pasado últimamente con dos largometrajes. Por una parte, Longless de Osgood Perkins (sí, sí, el hijo de Anthony Perkins). Desde el segundo uno transmite una atmósfera que provoca incomodidad. Todo es a través de la mirada extraña de una agente del FBI, que arrastra varios traumas. Cómo está contada la historia, los movimientos de cámara, la interpretación de los actores, el villano más raro que os podáis imaginar, unas muñecas que dan grima pero a la vez son perfectas, los distintos formatos de pantalla para contar la historia…, todo crea en el espectador unas sensaciones que generan malestar. Como ese miedo que provoca caer a un abismo inexplicable.

La otra que me ha generado muy mal rollo ha sido una española, Salve María de Mar Coll. La directora convierte la maternidad en la peor de las pesadillas. Tiene momentos que provocan auténtico terror y pavor. Juega con el suspense y el miedo. Mar Coll realiza una radiografía estremecedora de una madre con depresión posparto. Sufrí cada instante con ella y con su bebé, Eric.

Lo interesante es que esa madre es novelista, crea universos y mundos. Y su depresión se convierte en material literario. Escribe lo que no puede gritar. Lo que le avergüenza y le da pánico expresar. De nuevo, una mirada que cuenta el infierno que vive. La protagonista, esa madre al borde del abismo, lee un suceso de otra madre que mata a sus bebés en una bañera y su mente se obsesiona con esa historia, porque está sintiendo cosas que la hacen tener mucho miedo de sí misma. Por cierto, nunca un cuervo que entra en una habitación me dio tan mal agüero.

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Sesión doble de documentales. Made in England. The Films of Powell and Pressburger (2024) de David Hinton / Niños de Las Brisas (2022) de Marianela Maldonado

Made in England. The Films of Powell and Pressburger (2024) de David Hinton

The Archers, dos grandes creadores del material del que están hechos los sueños.

Cuando vi que tenía la posibilidad de ver este documental, mi alegría fue inmensa. Desde hace años el binomio de The Archers, Michael Powell y Emeric Pressburger, solo me ofrece alegrías. Cada película que localizo de ellos es un feliz descubrimiento. Estaba deseando comprobar qué me podía desvelar este largometraje y mi fascinación fue en aumento cuando me di cuenta de que el narrador del documental era uno de los mejores guardianes del séptimo arte y un buen director (también amado por mí): Martin Scorsese.

De tal manera que el artefacto que entrega David Hinton es toda una gozada. Y es porque su documental cuenta con varias capas de cebolla que va facilitando una senda de revelaciones: primero Martin Scorsese ofrece una mirada especial sobre cada uno de los largometrajes de Powell y Pressburger, pero también cuenta cómo llegaron a conocerse, a trabajar juntos y describe las peculiariades de cada uno. Así queda totalmente explicado quién hacia qué en el proceso creativo y por qué sus obras eran de una determinada manera así como cuáles iban siendo sus temáticas y los motivos por los que sus obras marcaron a varias generaciones.

Scorsese también explica lo que le llamaba la atención de las películas de The Archers y cómo sus largometrajes influyeron en su manera de rodar ciertas secuencias en sus filmes. Aquí hay otro aspecto interesante del que aprender.

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La sustancia (The substance, 2024) de Coralie Fargeat

La sustancia, un body horror que esconde una fábula triste.

La sustancia tiene sustancia, permitidme el obvio juego de palabras. De pronto, hay películas que generan discusiones, debates, análisis, opiniones contrarias e incluso empujan a gente que habitualmente no va a salas de cine a animarse a hacerlo. Y escribir sobre ellas no solo es apasionante, sino todo un reto, porque también hay avalancha de textos sobre la película en cuestión, tocando además los más variados temas.

La película de Coralie Fargeat entra por los ojos desde el primer fotograma. Visualmente no solo tiene fuerza, sino una manera de contar la historia en imágenes que se queda grabada en la mente. Con dos secuencias brillantes nos sitúa en el meollo de la historia. Por una parte, un experimento nos hace ver cómo con una inyección nace de una yema de huevo, una versión mejorada de esa yema…

Por la otra, en el suelo del Paseo de la Fama, se pone una nueva estrella con el nombre de Elisabeth Splarkle (Demi Moore) y solo enfocando esa baldosa vemos el paso del tiempo y la historia de esta mujer, una actriz de éxito, que va cayendo poco a poco en el olvido. Así ya sabemos que hay un experimento en marcha capaz de crear un alter ego mejor del original y conocemos el posible sujeto que va a someterse a dicha prueba.

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Cerrar los ojos (2023) de Víctor Erice

Cerrar los ojos encierra varias películas en su interior.

Cerrar los ojos es una reflexión serena sobre la importancia de la mirada. Sin mirada no hay cine. Sin esa fascinación por lo que se mira y ese reconocimiento a través de la mirada del otro no habría existido el cine ni se hubiesen construido esas historias que aún hoy nos fascina admirar… a ser posible en pantalla grande.

Cerrar los ojos cultiva varias formas de poder disfrutarla. Su mecanismo desvela infinitas películas en una. Es de esos largometrajes que dejan poso y va siendo más hermoso tras la reflexión, el recuerdo y las ganas de un nuevo visionado.

Cerrar los ojos encierra un canto de amor al cine analógico, cuenta que el cine tal y como lo conocíamos es una reliquia del pasado, pero con una esperanza: que la capacidad del séptimo arte para continuar fascinando sigue viva. Es difícil resistirse a la belleza de una secuencia hermosa.

Cerrar los ojos es una historia sencilla y cercana, la más asequible de Víctor Erice. Habla de una desaparición y un reencuentro. Habla del olvido y la memoria. De la nostalgia y el recuerdo.

Cerrar los ojos es un ejercicio de metacine, puro cine dentro del cine, pero también oculta entre sus fotogramas la filmografía de Víctor Erice y su manera de entender el cine. Ahí está la Ana de El espíritu de la colmena y la fascinación ante la imagen, así como el reconocimiento. Se evoca ese Sur y esa búsqueda de un sitio donde volver. La belleza del proceso creativo, el arte de mirar, de El sol del membrillo… La sombra y huellas de Juan Marsé y ese embrujo de Shanghai soñado. Toda una caligrafía de sueños…

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Paul Newman y Joanne Woodward al desnudo. The Last Movie Stars (2022) de Ethan Hawke

Paul Newman y Joanne Woodward en Esperando a Mr Bridge de James Ivory.

The Last Movie Stars es una serie documental de seis capítulos que parte exactamente del mismo material que el libro La extraordinaria vida de un hombre corriente. Una autobiografía (Libros Cúpula, 2022) del que ya escribí en su día. El resultado no puede ser más diferente. Mientras tenía mis «peros» con la publicación, aunque me parecía reveladora en varios aspectos su lectura, la serie ha logrado atraparme totalmente.

Lo que me ocurrió con el libro es que sentía que había material suficiente para haber realizado una publicación muy atractiva e innovadora a la hora de abarcar la vida de un actor. Era necesario abordar un trabajo complejo de selección y estructura de las transcripciones de las entrevistas que grabaron Paul Newman y el guionista Stewart Stern para escribir finalmente una buena biografía del actor. Ahí es donde yo sentí que había predominado quizá la prisa por publicar en vez del cuidado. Había que dar forma a una polifonía de voces de personas que habían acompañado durante toda su trayectoria al actor y conseguir así un libro novedoso, pero ese objetivo a mi parecer no se conseguía del todo.

Con ese material se requería tiempo de reflexión sobre cómo manejar el material y hacía falta mucho cariño. De haber sido así, se podría haber construido un texto de una calidad extraordinaria jugando con el ensayo cinematográfico y la autobiografía. No ocurrió así. Sin embargo, en la serie planteada por Ethan Hawke sí se nota no solo la reflexión para presentar dicho material, sino también el cariño hacia el proyecto. Y no solo eso, también puede advertirse la acertada búsqueda de material audiovisual que acompaña todo este empeño.

Así The Last Movie Stars son seis horas gozosas que giran alrededor de un matrimonio de actores de Hollywood y cómo cada uno abordó su vida y carrera de maneras totalmente distintas: Paul Newman y Joan Woodward. Esa es la idea central de la que parte y así encuentra la estructura perfecta de la historia que quiere contarnos.

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