¿Por qué el agente 007, Bond, James Bond, con rostro de Daniel Craig ha hecho avanzar y dar nueva vida a la saga? ¿Por qué Spectre es un colofón redondo a las aventuras de este agente rubio en su cuarta y puede que última aparición? El Bond de Daniel Craig es presentado como una máquina de matar (al igual que esos villanos-sicarios despiadados y silenciosos de las anteriores sagas, que ponen las cosas difíciles al agente británico), sin eufemismos emplea el doble cero: licencia para matar. Bond es un asesino financiado por el Estado y contratado para mantener el equilibrio frente a los posibles caos que pueden provocar en el orden establecido los villanos. Así el James Bond de Craig es un hombre duro, solitario, y que solo está preparado para ese oficio en el que ha estado toda su vida y que no abandona su ironía y sentido del humor (siempre está ahí la frase certera, breve y concisa del hombre duro). Tiene un sentido elevado de la elegancia, jamás descuida su aspecto físico, se trabaja su aspecto, su personalidad. Sus trajes forman también parte de su identidad creada. Y este agente 007 tiene precisamente algo de lo que carecían los demás y enriquece su esencia: pasado y tormentos. Ese pasado y esos tormentos pulen su personalidad y explican muchos de sus comportamientos. Y por último, lo convierten en un hombre que nunca ha podido enamorarse porque cuando lo ha hecho… sus amores han sido objetivos de los villanos y han dejado más sombras en su alma atormentada.
Paulina (La patota, 2015) de Santiago Mitre
El director Santiago Mitre parte de una película ya realizada, es decir, Paulina es un remake de La patota de Daniel Tinayre en el año 1960. Pero lo que hace el director argentino es cambiar el posicionamiento desde el que la protagonista, llamada Paulina, decide actuar ante un acto violento que da un giro a su vida. La Paulina (Mirtha Legrand) de Tinayre se mueve por motivos distintos que la Paulina (Dolores Fonzi) de Mitre. La patota (que así se llama el original y también el remake pero aquí se ha preferido emplear el nombre de la protagonista como título) es un término lunfardo que se refiere a una pandilla de muchachos marginales o que realizan actos vandálicos y estos muchachos son los que motivan el dilema moral, el conflicto. Paulina no es una película cómoda en su planteamiento porque para el espectador no es fácil posicionarse con ninguno de los protagonistas de esta historia.
Una pastelería en Tokio (An, 2015) de Naomi Kawase
Mientras escucho la filosofía de vida de la anciana Tokue, protagonista de Una pastelería en Tokio, me viene a la cabeza otro personaje cinematográfico, Gesolmina. Ella, cara de alcachofa, encuentra en las palabras del loco equilibrista el sentido de la vida. Este dice que cada persona, cada objeto tiene una función en la tierra. Nada no vale nada… hasta un pequeño guijarro o una judía sirve para algo. La mujer payaso está ahí para dar cariño, sin pedir nada a cambio, al bruto de Zampanó. Y este solo se da cuenta cuando es demasiado tarde… pero se da cuenta y termina siendo consciente de su terrible soledad. La anciana Tokue añade a la filosofía que el loco susurra a Gesolmina que todas las cosas esconden una historia y hay que oírlas detenidamente y mirarlas. Con calma. De pronto, dialoga el cine de Fellini con el de Naomi Kawase… desde dos ópticas totalmente diferentes pero que confluyen en una misma filosofía de vida.
Romeo y Julieta (Romeo and Juliet, 1936) de George Cukor
… érase una vez un hombre, productor de cine, que le llamaron niño prodigio de Hollywood (uno de muchos), y que para siempre literariamente quedó como personaje trágico, como el último magnate (en la inacabada novela de Fitzgerald). Siempre de delicada salud, murió a los 37 años… y creyó poseer una sensibilidad especial y concebía el cine como arte de calidad pero también como industria, las películas tenían que ser rentables (así los outsiders como Erich von Stroheim no hicieron buenas migas con el joven y fiero capitalista con aires refinados). Olfateaba entre guiones y elegía estrellas. Era la sombra alargada tras películas que llenaban salas de cine. Él fue uno de los que fueron dando personalidad propia y un sello de calidad a las producciones de la Metro-Goldwyn-Mayer. Cómo no, se enamoró de una estrella, se casó y se obsesionó con ella. Ahora ella es una sombra olvidada pero durante los años treinta era una de las reinas, Norma Shearer. Su marido, el productor, se ocupó de ello.
El clan (El clan, 2015) de Pablo Trapero
Tanto El clan de Pablo Trapero como El secreto de sus ojos de Juan José Campanella narran de manera muy diferentes los recovecos oscuros de la dictadura. Si en la segunda todo se centraba en un thriller con intriga y de fondo una historia de amor imposible que abarcaba desde 1974 hasta 1999; en la película de Pablo Trapero se mete en las entrañas de una familia acomodada que bajo su aparente cotidianidad oculta entre las paredes de su casa el horror, en los años posteriores a la dictadura, de 1983 a 1985. Y en estas dos películas hay un denominador común: Guillermo Francella, un popular actor cómico argentino. En la de Campanella descubrió su vena dramática con el personaje secundario sorpresa, el amigo alcohólico que comete un acto de valentía y se redime de su condición de perdedor perpetuo y de su desencanto vital. Y en la de El clan pone rostro al horror cotidiano, a la violencia subterránea, a la parte oscura de una frágil democracia que se está construyendo, tras una dura dictadura. Se transforma en un protagonista que remueve y perturba. Él es Arquímides Puccio, el patriarca del clan.
Sicario (Sicario, 2015) de Denis Villeneuve
Hay un planteamiento, que se encuentra en Sicario de Denis Villeneuve, al que se le puede seguir la huella en distintas películas: y es cómo para que haya un cierto orden dentro de un caos y una violencia desatada, hay que cruzar la línea oscura… para que luego la gente de bien viva con relativa y falsa tranquilidad. Hay un equilibrio que no debe romperse. Hay cosas que la gente de bien nunca debe saber cómo se llevan a cabo. Debe pillarles fuera de campo… Y entre medias de esa línea ya no se sabe ni está tan claro quién es el bueno y quién es el malo. Quién es el verdugo y quién es la víctima. Así como tampoco se sabe de justicia o legalidad. No valen las leyes. En ese terreno hay individuos que se dedican a los trapos sucios. Y pierden vida e identidad. A veces hay testigos en ese “territorio” que forman parte de esa gente de bien que pierden la inocencia en el camino o aprenden las reglas del juego o no soportan lo que descubren (y solo pueden rebelarse, retirándose). O a veces son los propios individuos que sobreviven en ese espacio de violencia los que desean esa relativa y falsa tranquilidad. Los conflictos y los dilemas están servidos. Y la incomodidad del asunto también.
Diccionario cinematográfico (220). Homenaje a París
Homenaje a París: Siempre nos quedará París… y recordé cuando vi a un grupo de personas que salían del estadio cantando La Marsellesa después del horror, la de veces que el himno francés ha emocionado en pantalla de cine… Así recuerdo ese campo de prisioneros en La Gran Ilusión de Renoir. Durante un espectáculo que han organizado los presos, les avisan de que un pueblo francés ha sido liberado… todos empiezan a entonar La Marsellesa. Y es un momento para no olvidar, para verlo una y otra vez.
Dheepan (Dheepan, 2015) de Jacques Audiard
Un guerrillero de Sri Lanka deja su país, abandonando un paisaje de guerra eterna, violencia, desolación y muerte, junto a una mujer y una niña que no conoce pues así, con una familia, tiene más posibilidad de conseguir asilo político en París. Jacques Audiard empieza con una impresionante elipsis: de la cola para subir a un barco a Dheepan (el guerrillero con nuevo nombre e identidad) en la noche parisina iluminándola con una diadema de luces, como vendedor ambulante. De pronto le vemos enfrentado a la violencia de una ciudad fría que no solo le ignora sino que le persigue. En un momento dado tiene que huir con su mercancia de la policía y se esconde en una esquina. Entonces Dheepan dice: “¡No puedo más!”. Y ese grito sirve como motor de la película pero también es como si el propio director se dijera que a pesar de inicio tan potente (y de tener perfilados los personajes) no puede seguir más con el nivel que podría haber alcanzado esta película.
Truman (Truman, 2015) de Cesc Gay
Truman es auténtica. Y me refiero a la autenticidad que se siente al compartir los mismos sentimientos y emociones que tan bien describe la película. Cesc Gay ha vivido lo que narra y su mirada cuenta con la experiencia, se nota. Truman habla de despedidas. De cómo afrontar la muerte, tanto el que se va como los que se quedan. Truman es sencilla, directa. Pero toca.
Citizenfour (Citizenfour, 2014) de Laura Poitras
Citizenfour es un documental que nos cuenta una historia real pero, sin embargo, parece que estamos dentro de un largometraje de ciencia ficción (y lo escalofriante es que es de rabiosa actualidad, el futuro ha llegado), con unas gotas de cine político y de denuncia y una vuelta a las historias de periodistas a lo Todos los hombres del presidente. Ritmo, acción, intriga y emoción pura para construir un relato escalofriante y para plantear varios temas de debate. Los protagonistas: un carismático denunciante, Edward Snowden alias Citezenfour; la propia documentalista, Laura Poitras; y dos periodistas de la vieja escuela, del periodismo escrito, Glenn Greenwald y Ewen MacAskill. Lugar de reunión: la habitación de un hotel de Hong Kong. La denuncia: revelaciones (con una cantidad interminable de documentación, alguna clasificada como de alto secreto) sobre las prácticas de espionaje de la NSA tanto en EEUU como en el resto del mundo a través de las nuevas tecnologías. Nadie escapa al control masivo a través de Internet.









