spectre

¿Por qué el agente 007, Bond, James Bond, con rostro de Daniel Craig ha hecho avanzar y dar nueva vida a la saga? ¿Por qué Spectre es un colofón redondo a las aventuras de este agente rubio en su cuarta y puede que última aparición? El Bond de Daniel Craig es presentado como una máquina de matar (al igual que esos villanos-sicarios despiadados y silenciosos de las anteriores sagas, que ponen las cosas difíciles al agente británico), sin eufemismos emplea el doble cero: licencia para matar. Bond es un asesino financiado por el Estado y contratado para mantener el equilibrio frente a los posibles caos que pueden provocar en el orden establecido los villanos. Así el James Bond de Craig es un hombre duro, solitario, y que solo está preparado para ese oficio en el que ha estado toda su vida y que no abandona su ironía y sentido del humor (siempre está ahí la frase certera, breve y concisa del hombre duro). Tiene un sentido elevado de la elegancia, jamás descuida su aspecto físico, se trabaja su aspecto, su personalidad. Sus trajes forman también parte de su identidad creada. Y este agente 007 tiene precisamente algo de lo que carecían los demás y enriquece su esencia: pasado y tormentos. Ese pasado y esos tormentos pulen su personalidad y explican muchos de sus comportamientos. Y por último, lo convierten en un hombre que nunca ha podido enamorarse porque cuando lo ha hecho… sus amores han sido objetivos de los villanos y han dejado más sombras en su alma atormentada.

Otro aspecto importante que ha hecho avanzar y dar nueva vida a la saga ha sido ponerle en el siglo XXI. Bond es un hombre cansado y la representación de otra manera de hacer las cosas… Es un héroe viejo, de la vieja escuela, que se enfrenta a un mundo nuevo que le supera. Así Sam Mendes lo reflejaba en una escena clave de Skyfall cuando el agente se reunía con un jovencísimo Q (un sabio de las nuevas tecnologías y en desvelar a los nuevos y globales enemigos del mundo) en un banco de la National Gallery frente El Temerario conducido al desguace de Turner. Lo viejo frente a lo nuevo… pero ambos pueden colaborar para llevar a buen puerto las misiones. Y esa idea continúa con fuerza en Spectre, donde vuelve a haber una fugaz visión del cuadro (esta vez una copia) cuando en una especie de taberna se reúnen M, Q y Moneypenny donde se hace evidente de nuevo la soledad del viejo agente… ante el peligro.

Pero Spectre además es un guiño continuo a la mitología alrededor de las aventuras de James Bond. No solo une y da sentido a las cuatros historias protagonizadas por el agente de Craig sino que además le pone en contacto con los otros Bond. Aparece una de las organizaciones enemigas más carismáticas de Bond, Spectra (lo castellanizo). Señas de identidad reconocibles: gusto por ciertas bebidas, frac blanco, villano-máquina de matar sin apenas diálogo, villano carismático, escena de inicio impactante, créditos piscodélicos con canción, frases míticas (no falta, Bond, James Bond), coches amados y homenajes a otros pasados, gadgets reconocibles como el reloj, gatos de angora…, la lista es interminable.

Y no me olvido, claro, de las chicas Bond. En la saga del Bond de Craig se ha querido que su papel sea más allá del objeto de deseo sexual (con características de villana o buena chica). Se ha mostrado a un Bond frustrado e incapaz de poder mantener, por su “trabajo” y estilo de vida, una historia de amor. Es un hombre atormentado porque a las mujeres que ha amado no solo las ha puesto en peligro sino que no ha podido salvarlas de la muerte. Así tiene affaires que no le hagan daño, no busca enamorarse, o que le sirven para avanzar hacia una pista. En Spectre hay un “resumen” mítico de las chicas Bond: el objeto de deseo, affaire que no le hace daño y que además le sirve para avanzar en su trabajo. Es la chica Bond predominante en otras sagas anteriores, pertenece a ese pasado mítico reconocible del personaje. Así en esta nueva aventura es representada por una mujer madura, mayor, viuda y bellísima (Monica Bellucci, la chica Bond más mayor de toda la historia de la saga). La agente enamorada del héroe en silencio, cómplice, amiga y que trabaja en igualdad de condiciones con Bond; él confía en ella y la respeta totalmente como profesional, Moneypenny… pero no hay amor por parte de Bond y sí cierta tensión sexual. Y por último el ideal romántico de Bond, la compañera sentimental y de aventuras pero también etérea, inalcanzable y especialmente hermosa… esta vez con el rostro de la francesa Léa Seydoux.

El Bond de Daniel Craig ha cuidado la elección de directores y con Sam Mendes ha encontrado su culminación (no obstante los anteriores fueron Marc Foster y el director Martin Campbell, que ya tenía experiencia en el agente anterior, Pierce Brosnan, y en películas de acción). Así este no solo ha revestido de pasado y tormento a Bond sino que ha cuidado el lenguaje cinematográfico, la representación de su mundo, la búsqueda de localizaciones y la elaboración de las escenas de acción. Una muestra de cómo Mendes ha revitalizado la saga es la escena de inicio espectacular de Spectre, que irremediablemente atrapa ya al espectador en la nueva aventura del agente, que además es muy pero que muy entretenida (no hay respiro). El espectador queda atrapado en un espectacular desfile del Día de muertos en México DF donde, en plano secuencia -con cortes-, la cámara sigue a un hombre (vestido de esqueleto) y una bella dama con antifaz…, después vemos una panorámica espectacular del Zócalo, una explosión de un edificio y una pelea brutal en un helicóptero… un ritmo trepidante y buen cine…

Pero Sam Mendes también rinde homenaje al Bond más clásico y rueda una buenísima escena en un tren, lo que allí ocurre podría haberle pasado a un Sean Connery. Esa escena es como un clásico dentro de Spectre. Parece como si el tiempo se hubiese parado. Y contiene todo lo que una aventura de Bond necesita: velada romántica, tensión sexual, frac blanco, paisajes alucinantes, villano brutal, lucha a puño limpio, pistolas de las de siempre, acción y tensión… En ese tren no hay sitio para las nuevas tecnologías, el héroe vuelve a su esencia, donde no está obsoleto.

Spectre deja abierto así el camino a un Bond que sigue reinventándose, pero sin perder sus señas de identidad, y que se ha convertido también en un personaje del siglo XXI.

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