elclan

Tanto El clan de Pablo Trapero como El secreto de sus ojos de Juan José Campanella narran de manera muy diferentes los recovecos oscuros de la dictadura. Si en la segunda todo se centraba en un thriller con intriga y de fondo una historia de amor imposible que abarcaba desde 1974 hasta 1999; en la película de Pablo Trapero se mete en las entrañas de una familia acomodada que bajo su aparente cotidianidad oculta entre las paredes de su casa el horror, en los años posteriores a la dictadura, de 1983 a 1985. Y en estas dos películas hay un denominador común: Guillermo Francella, un popular actor cómico argentino. En la de Campanella descubrió su vena dramática con el personaje secundario sorpresa, el amigo alcohólico que comete un acto de valentía y se redime de su condición de perdedor perpetuo y de su desencanto vital. Y en la de El clan pone rostro al horror cotidiano, a la violencia subterránea, a la parte oscura de una frágil democracia que se está construyendo, tras una dura dictadura. Se transforma en un protagonista que remueve y perturba. Él es Arquímides Puccio, el patriarca del clan.

Mientras en Campanella todo es ficción y lo que hace es recrear el espíritu de un periodo histórico (adapta una novela de Eduardo Sacheri); Pablo Trapero ficcionaliza con lenguaje cinematográfico puro y duro un hecho real, el escándalo de los Puccio que fueron detenidos en 1985, acusados por lo menos de cuatro secuestros a miembros de familias adinedaras (tres de ellos con la muerte de los secuestrados, y la cuarta, una mujer, liberada en el momento de la detención). El clan de Pablo Trapero recupera el lenguaje, el ritmo y la estructura de aquel nuevo cine americano de los setenta y ochenta de Scorsese o de Coppola que reflejaron en la pantalla la vida cotidiana y violenta de familias mafiosas, mezclados con la mirada siempre especial del director argentino para desenterrar las partes oscuras de la sociedad argentina.

Pablo Trapero construye su crónica del clan Puccio bajo dos premisas: la mirada culpable de uno de los hijos, Alejandro Puccio (Peter Lanzani, un rostro muy popular entre los adolescentes en su faceta de cantante y actor de televisión), que era además una estrella de la selección de rugby Los Pumas, y la compleja y dramática relación con su padre. Y la estremecedora cotidianidad de la familia Puccio pues su hogar era también el lugar de horror y torturas donde ocultaban a los secuestrados (con un uso inteligente e inquietante del sonido). Así Trapero crea una compleja tela de araña familiar que pone sobre la mesa a unos padres fríos y manipuladores que manejan y crían a sus hijos a su antojo. Pone de manifiesto una familia disfuncional y enferma, como esa sociedad argentina en la que operan durante los años ochenta. Una familia que da una imagen, pero entierra otra visión sobrecogedora y oscura… como reflejo de un país que también quería ofrecer una imagen, una frágil democracia, pero que ocultaba todavía poderes ocultos y enfermizos que arrastraba de una dictadura.

Si tanto Coppola como Scorsese realizaban un uso efectivo de las canciones y creaban efectos chocantes con la música; Trapero, con algunas canciones y grupos elegidos, añade además un apunte histórico interesante (como desvela en una interesante entrevista en la revista cinematográfica Caimán) y es que el rock estaba prohibido en Argentina (y si se escuchaba en inglés, en determinados barrios de clases medias altas, era además como más cool). Luego se sirve de la música para “pintar y reflejar” una época. Pero también emplea la música como elemento narrativo pues, en determinados momentos, tapa sonidos más espeluznantes, como son los gritos y lloros de las víctimas…

Pablo Trapero ofrece de nuevo una mirada potente, especial y cinematográfica sobre las capas subterráneas de Argentina.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.