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Mientras escucho la filosofía de vida de la anciana Tokue, protagonista de Una pastelería en Tokio, me viene a la cabeza otro personaje cinematográfico, Gesolmina. Ella, cara de alcachofa, encuentra en las palabras del loco equilibrista el sentido de la vida. Este dice que cada persona, cada objeto tiene una función en la tierra. Nada no vale nada… hasta un pequeño guijarro o una judía sirve para algo. La mujer payaso está ahí para dar cariño, sin pedir nada a cambio, al bruto de Zampanó. Y este solo se da cuenta cuando es demasiado tarde… pero se da cuenta y termina siendo consciente de su terrible soledad. La anciana Tokue añade a la filosofía que el loco susurra a Gesolmina que todas las cosas esconden una historia y hay que oírlas detenidamente y mirarlas. Con calma. De pronto, dialoga el cine de Fellini con el de Naomi Kawase… desde dos ópticas totalmente diferentes pero que confluyen en una misma filosofía de vida.

Una pastelería en Tokio es una película de encuentros de tres personas que están unidas porque saben que la vida es dura y las tres, a su manera, han sufrido. Estas tres personas pertenecen a distintas generaciones (los tiempos pasado, presente y futuro se funden en el encuentro). En esa pequeña pastelería de Tokio donde se ofrece un dulce típico, los dorayakis, unen sus destinos: la abuela Tokue, el triste y silencioso dueño, Sentaro; y la solitaria adolescente, Wakana. Todos tienen un motivo para la tristeza de su mirada. Y esa unión es como si fuera cosa del destino, como si la abuela Tokue tuviera que cruzarse en el camino de esas personas para tener la oportunidad de transmitir su filosofía. Pues a pesar de una vida de sufrimiento y rechazo, ella se ha quedado con las cosas pequeñas por las que merece la pena vivir, que pueden hacer la existencia algo menos dura. La abuela Tokue explica que uno puede rebelarse haciendo que lo que le ha tocado vivir sea bello e intenso, apasionado y bien hecho. Nada tiene que ver con la sumisión, sino más bien con la sensación de no agachar la cabeza, de no rendirse, de tratar de encontrar momentos felices y aprovecharlos. Si tienes que hacer dorayakis, pues es lo único que la vida te ofrece, haz los mejores dorayakis del mundo. Derrama todo tu amor y paciencia.

La anciana Tokue, en su manera de moverse, en su apariencia física, en su sonrisa y mirada, es una especie de Gesolmina que derrama, más conscientemente que aquella, toda su sabiduría. Hace que los personajes que la rodean se fijen en los cerezos en flor, en el sonido del agua y del viento, en los rayos de sol, en la belleza de un pájaro que canta… y en dar valor a la libertad. Porque Tokue, como Sentaro y Wakana, ha estado toda su vida encerrada en una jaula por obligación… y ella nunca se ha rendido en buscar rendijas de libertad (como la pasión por las cosas bien hechas, como crear un relleno para los dorayakis delicioso). Pero si hubiera podido, sin ninguna duda, se hubiera echado a volar. Así el pasado, la anciana, da sentido a las vidas de dos personas perdidas, a Sentaro y Wakana. Al presente y al futuro. Siempre, en pequeños actos, puede encontrarse un resquicio de libertad y siempre hay que encontrar un motivo para no rendirse. Como que cada año habrá cerezos en flor o siempre habrá un cliente que disfrute de un buen dorayaki…

Naomi Kawase sabe contar con la belleza por cómplice. Y sabe imprimir su propio ritmo a la historia. Conoce el manejo del silencio. Y de los ruidos naturales, el canto de un pájaro o un riachuelo o cuando la cacerola donde se cuece, con cuidado, el an (ese relleno del dulce) hace sus propios sonidos. No hace desaparecer lo feo del mundo, lo duro, los sentimientos de soledad, enfermedad, rechazo, tristeza… pero a la vez queda al descubierto la importancia de encontrar huecos de libertad y de disfrutar de las pequeñas cosas que nos rodean, como beber un vaso de agua fría. O da importancia a ciertos encuentros, que pueden parecer intrascendentes y, sin embargo, son capaces de dar un vuelco en nuestras vidas. Además en una película de silencios, Naomi Kawase sabe dar importancia a las palabras, a lo que uno calla pero finalmente derrama en una carta o en una cinta grabada. Porque en el acto íntimo que es escribir o dejar unas palabras grabadas a los seres queridos, ahí se puede ser totalmente libre, uno puede desnudarse emocionalmente.

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