elbanquetedeboda

Banquete de bodas dentro de la historia del cine tiene un contexto claro. Sí, durante los años cincuenta, en el seno de Hollywood, nacieron varios largometrajes con un acusado realismo social, que bebían de fuentes inspiradoras ubicadas en el cine europeo (ese afán por estar cerca de las personas más humildes, de sacar la cámara a las calles o estar inmersa en la intimidad de las cuatro paredes, esas ganas de contar historias relevantes sobre dramas sociales y sobre temas controvertidos…) y en la televisión americana (curiosamente nuevos cineastas se formarían en este medio y serían conocidos como la Generación de la televisión). Fuentes inspiradoras que tuvieron su cordón umbilical en el Neorrealismo italiano. Estos largometrajes americanos se alejaban del glamour, algunos estaban protagonizados por estrellas que se borraban de golpe esa imagen y se convertían en ciudadanos de a pie, en vecinos. Curiosamente, antes estas historias se habían filmado para la televisión (en ese momento era un medio que se acercaba más al mundo real) y funcionaban de tal manera que los estudios decidían convertirlos en películas. Esta corriente ha seguido teniendo su evolución y su diálogo con otras películas más contemporáneas. En concreto Banquete de bodas haría una buena sesión continua con uno de los exponentes del cine social británico, Ken Loach, y su película Lloviendo piedras. En vez de un banquete de bodas, se cambia el conflicto por un vestido y una buena ceremonia de Primera Comunión.

Banquete de bodas tiene como protagonista a uno de los máximos exponentes de esta corriente: Ernest Borgnine, que ya tan solo un año antes había protagonizado Marty, de Delbert Mann. En esta película es un taxista que lleva toda su vida ahorrando para comprarse uno propio y que el día que parece estar al lado de su sueño…, su hija anuncia que va a casarse. Así este actor muestra que no solo puede ser el más malvado sino que se transforma en una buena persona, en el hombre corriente que sobrevive día a día. Su esposa es una Bette Davis, transformada en amargada ama de casa que se ilusiona con ofrecer un gran banquete de bodas a su hija. Algo de lo que su hija esté agradecida, algo que recuerde. De alguna manera trata de que esta tenga lo que ella no pudo vivir. La Davis trataba de encontrar su lugar durante esta década y seguir activa, así que ese mismo año protagonizó otra película con un pronunciado realismo social, En el ojo del huracán de Daniel Taradash, donde hacía de una bibliotecaria que tenía problemas en una pequeña localidad cuando se negaba a retirar un libro comunista de sus estanterías. Así demostró que podía hacer muy bien de mujer corriente, de la calle. Demostró lo que siempre había reflejado, que además de ser una estrella era ante todo una actriz versátil.

También hay que fijarse en el director Richard Brooks. Este director (que se especializaría en adaptaciones cinematográficas de novelas u obras de teatro de prestigio) tan solo un año antes había realizado un drama sobre los conflictos en la educación en colegios públicos con jóvenes al margen, Semilla de maldad. Y seguía ahondando en las problemáticas sociales. Así se metía de lleno en esta historia de una familia trabajadora y humilde en EEUU que veía cómo su vida se alteraba ante el anuncio de la boda de la hija. El guionista fue Gore Vidal, escritor y ensayista, que a su vez adaptaba el guion televisivo del dramaturgo Paddy Chayefsky. Y este es otro nombre clave de esta corriente: volvemos a ver su nombre en Marty y en otra película con Mann, La noche de los maridos, otra historia de gente corriente.

Pero después de este baile de nombres…, centrémonos en la película en sí. Con una dirección correcta (sobre todo en interiores de viviendas, restaurantes, tiendas u otros locales), destaca (como otros largometrajes de esta corriente) en su reparto de actores y en la creación de personajes así como en la sencillez (pero a la vez profundidad) de la historia que plantea. Solo se necesita un breve conflicto: la hija anuncia su boda y además tiene claro que quiere que sea una ceremonia sencilla y rápida, sin gasto alguno. Lo que parece una noticia sin mayor trascendencia trastoca el hogar de la hija en el cual viven su padre, su madre, su tío anciano (hermano soltero de la madre con el rostro de un divertido y encantador Barry Fitzgerald en una de sus últimas apariciones cinematográficas) y su hermano pequeño. De la forma más simple y cotidiana (rumores, malentendidos, sueños frustrados, orgullo, posición social, compromisos familiares…) la hija y su novio se ven inmersos en la preparación de una celebración que no quieren, que va minando y abriendo grietas familiares.

Con este conflicto tan cotidiano y con cómo se enfrentan los personajes a ello, logramos construir todo su pasado y lo que será su futuro. Y lo que respiran todos los personajes es humanidad: sale su parte más dañina y oscura y su lado más luminoso. También se refleja cómo la balanza de la vida va buscando el equilibrio con las frustraciones y los problemas pero también con las pequeñas cosas, las miradas o las declaraciones que hacen la pena que uno se levante cada día. Como tener a tu lado una buena persona, con más de un defecto (entre ellos no hablar mucho) pero teniendo en cuenta que tú tampoco eres ninguna alhaja, pero que te diga de corazón que la vida contigo, después de muchos años de casados, es como un soplo… Esta es la historia de fondo de un matrimonio maduro y golpeado por la vida con los rostros de Ernest Borgnine y Bette Davis.

La joven pareja también se desprende del glamour y logran transformarse en unos novios con las ideas claras (pero que no quieren dañar a sus familias), con ganas de construir un futuro que merezca la pena. Aunque también están a punto de perder la perspectiva del asunto, vuelven a tomar las riendas… y del caos no solo llega la calma, sino que el conflicto transforma a muchos de los personajes, que ven lo que ha sido sus vidas con mucha más claridad. Así sorprenden unos frescos y naturales Debbie Reynolds y Rod Taylor en unos registros que apenas visitarían ni antes ni después de esta película…

Banquete de bodas se convierte así en un delicioso delicatessen que merece la pena descubrir y disfrutar.

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