Invierno en Europa es una llamada. También una bofetada. Un montón de rostros nos miran al otro lado del muro. Y deja una última imagen-puñetazo… A un lado un grupo de hombres que a pesar de que llevan tiempo indefinido sin apenas dormir…, en espera…, siguen mirando los fuegos artificiales de esos países con los que soñaban para, quizá, volver a reconstruir sus vidas. Y con ese título real, pero también metafórico, el documental de Polo Menárguez dialoga con The Square, una película sueca de ficción actualmente en cartelera. The Square, de Ruben Östlund, realiza una inteligente reflexión sobre Europa y deja una secuencia y una metáfora… que refleja esa llamada y ese invierno perpetuo en el que Europa se hunde. Por una parte, una chica de una ONG en un país como Suecia grita: “¿Quieres salvar una vida?” y un montón de ciudadanos que salen del metro para dirigirse a sus trabajos pasan a su lado, pasivos, ensimismados, sin salir del letargo, sin un mínimo de curiosidad, sin reacción alguna… Por otro, The Square es una instalación artística de un cuadrado con la siguiente leyenda: “El Cuadrado es un santuario de confianza y cuidado. En su interior todos compartimos los mismos derechos y obligaciones”… Y ese cuadrado puede ser una Europa que pone continuamente en duda esa premisa ideal. Un cuadrado helado, que cierra sus fronteras, pero a la vez en su interior contradice los términos de confianza, cuidado, derechos y obligaciones…
Archivo de la categoría: Críticas para el siglo XXI
Historias de dos directoras. La librería (The Bookshop, 2017) de Isabel Coixet / Hacia la luz (Hikari, 2017) de Naomi Kawase
La librería (The Bookshop, 2017) de Isabel Coixet
Si hay una constante que podría unir todo el cine de Isabel Coixet es la búsqueda de arquitecturas especiales para contar sus historias. La plataforma petrolífera de La vida secreta de las palabras, el mercado o el hotel en Mapa de los sonidos de Tokio, la cueva y las estructuras vacías de Ayer no termina nunca, el iglú o la cabaña en Nadie quiere la noche… y, ahora, una librería con encanto. Y además juega con una metáfora absolutamente maravillosa, que ya engancha a todo amante de la literatura, los libros como casas… Los libros como refugio. Y en la película La librería, el libro es una reliquia que se toca, se siente, se disfruta… Y qué sitio alberga libros: un recinto que ya es reducto para románticos y solitarios, la librería, pero la librería con encanto con librera entregada que ama lo que ofrece. E Isabel Coixet ya ha mostrado su culto por el libro, si aquí adapta al cine la novela de Penelope Fitzgerald, La librería; no podemos olvidar su incursión en los escenarios teatrales en 2004 con la adaptación al teatro de una maravillosa novela epistolar sobre una librería y libros…, 84 Charing Cross Road.
Un cóctel reflexivo. Dos estrenos (It, La gran enfermedad del amor), un debut (Ladrón) y un documental de cine
1. It (It, 2017) de Andrés Muschietti
Miedo, infancia y adolescencia. Después de Mamá, Muschietti regresa al largometraje con It, una nueva adaptación de la novela de Stephen King con el mismo título. Así si en Mamá contaba una historia de fantasmas donde sus protagonistas eran dos niñas encontradas años después de ser dadas por desaparecidas (y partía de la historia que Muschietti ya había creado para un corto), en It no abandona el universo infantil y el miedo, solo que con una trama ya construida y el propio universo de King.
Así que una pandilla de adolescentes, que son los perdedores del instituto (que sufren todo tipo de bullying), y que cada uno esconde sus miedos particulares, pues habitan con los propios miedos de sus mayores… se enfrentan a una siniestra pesadilla, el payaso Pennywise. Viven en Derry, una pequeña ciudad marcada desde hace mucho tiempo por la continua desaparición de menores. Así Andrés Muschietti no solo logra una película de terror y sustos, sino que también logra meterse en una pandilla de adolescentes de los años ochenta, a lo Cuenta conmigo, que tratan de lidiar no solo con la amenaza exterior, sino con sus propios monstruos…, a veces, agazapados en sus propias casas o en el instituto. Quedamos a la espera de la segunda parte… cuando estos niños, ya son adultos… y el miedo y las pesadillas continúan en sus vidas.
El tercer asesinato (Sando-me no satsujin, 2017) de Hirokazu Koreeda
Dos caras frente a frente. Un vis a vis… y un cristal que los separa. En un momento dado ese límite se rompe y las dos caras quedan de perfil. Un rostro contiene al otro. Uno es recipiente del otro. El abogado Shigemori y su defendido, Misumi. Y es que El tercer asesinato no es un thriller judicial, sino una pesimista radiografía sobre la justicia y la verdad. Hirokazu Koreeda deja la compleja luminosidad de sus dos películas anteriores Nuestra hermana pequeña y Después de la tormenta, centradas además en el universo familiar, para confeccionar un relato oscuro donde la verdad de un caso baila una y otra vez para descubrir a un seguro abogado que el sistema de justicia en el que cree se tambalea… o que nada es tan sencillo como parece. A veces la justicia marca un camino, sin posibilidad de cambio…, y la verdad es mucho más difícil de encontrar.
¡Lumière! Comienza la aventura (Lumière! L’aventure commence, 2016) de Thierry Frémaux
¡Lumière! Comienza la aventura no es solo la oportunidad de deleitarse con 108 películas restauradas de 50 segundos de los hermanos Lumière o de sus operadores más cercanos, es una mirada reivindicativa sobre la aportación de los Lumière a la Historia del Cine. No solo eran unos inventores, que durante la apasionante época del pre-cine (sobre todo el periodo de finales del siglo XIX, donde distintos científicos en distintas partes del mundo estaban tratando de atrapar imágenes en movimiento), lanzaron por fin el cinematógrafo y dieron el pistoletazo de salida al cine, sino también unos artistas, unos creadores, unos innovadores en el tratamiento de las imágenes… (así como sus operadores), que estaban dando las primeras pinceladas para un séptimo arte. En estas películas de 50 segundos hay semillas, destellos, raíces… Hay documental y ficción. Hay puesta en escena. Hay influencia de cine y pintura. Comedia y drama. Hay perspectiva, mirada. Trucajes, actores, realidad, fantasía, risa, emoción, conocimiento de otros mundos…
Lluvia de estrenos. El último traje (El último traje, 2017) de Pablo Solarz / La llamada (La llamada, 2017) de Javier Ambrossi, Javier Calvo / La cordillera (La cordillera, 2017) de Santiago Mitre / Una mujer fantástica (Una mujer fantástica, 2017) de Sebastián Lelio
El último traje (El último traje, 2017) de Pablo Solarz
Un cuento de hadas con un duende, un cuento judío con sus destellos de humor y una ola de dolor y una tragedia shakesperiana con gotas de El rey Lear se unen en El último traje. Ingredientes valiosos, que, sin embargo, no vuelan. No alcanza la magia… pero no quieres abandonar el viaje que propone. Un anciano sastre judío decide emprender ese viaje con un traje que tiene un único destinatario. Y ese recorrido le lleva de Argentina a Polonia, con paradas en Madrid y en Alemania, un suelo que no desea pisar. Todo arranca cuando el anciano (Miguel Ángel Solá, que se transforma en un abuelo de 88 años) decide no pasarse por el geriátrico y sí ir tras el amigo que hace años le salvó la vida durante el Holocausto. Así empieza su andadura… y en cada lugar un hada madrina que facilita su viaje. Pero también le visitan los recuerdos, los fantasmas del pasado, por lo que el recorrido no es fácil. En Madrid su hada tendrá el rostro de Ángela Molina, una vital y desencantada recepcionista de hotel… y se convierten en dos espíritus que conectan. Allí también se reencontrará con la hija de la que renegó (Natalia Verbeke), no se curarán las heridas, pero sí podrá continuar un viaje y cerrar una puerta. Después se encontrará con otras dos hadas que permitirán que el traje llegue a su destino final. Pero hay algo en El último traje que no logra unificar con armonía pasado y presente, o los momentos mágicos… que deja a la película coja… como su sastre anciano, que está muy mal de una pierna que le dificulta andar.
Los hilos entre Blade Runner 2049 (Blade Runner 2049, 2017) de Denis Villeneuve y Blade Runner (Blade Runner, 1982) de Ridley Scott
Nota: es un texto hasta arriba de spoilers, NO LEER BAJO NINGÚN CONCEPTO si aún no has visto Blade Runner 2049.
De Deckard a K. El nuevo y solitario blade runner se llama K. Como Deckard (treinta años antes), es solitario, serio y desencantado. Pero son muchos más sus paralelismos. Y son tan fuertes que incluso en un hilo de la historia podemos creer que son padre e hijo. Pero es que realmente como personajes de ficción actúan y funcionan como un padre y como un hijo.
Los dos acaban siendo rebeldes y se plantean su existencia e identidad, además de darse cuenta de que están atados con cadenas a su trabajo: la persecución y muerte de replicantes. Los dos son redimidos por el amor y la muerte.
Pero lo más curioso de este padre e hijo, es que K, como un personaje kafkiano va por el laberinto de la memoria y del mundo en el que vive, hasta tratar de encontrar un sentido… es un replicante consciente de su esclavitud, que busca su humanidad. Y pese a la controversia de la verdadera naturaleza de Deckard, él actúa como un ser humano sin alma (como los replicantes que elimina), que busca su esencia, volver a sentir amor y miedo a la muerte.
K y Deckard están condenados a encontrarse en una ciudad devastada (que era símbolo del entretenimiento y el juego) donde solo quedan fantasmas u hologramas. Y, allí, se miran a los ojos, se reconocen en sus rituales… y la camaradería que comparten es la de un padre y un hijo. Una relación de amor-odio, de echar en cara y finalmente de unión irreductible.
Y curiosamente lo que diferencia a K y a Deckard son sus destinos. Deckard siempre camina o se aferra a una esperanza. Deckard logra amar intensamente. Y deja una huella en el mundo. Siempre hay esperanza para él, treinta años después también. K es consciente de su esclavitud, su amor es imposible y truncado, sus sueños artificiales rotos en pedazos… y su rebeldía y despertar le llevan a una muerte bajo la nieve. Y la muerte le hace libre. En su muerte se acerca más a la “filosofía” del replicante que fue el mayor enemigo de Deckard y también su salvador: Roy Batty.
¡Madre! (Mother!, 2017) de Darren Aronofsky
Madre! de Darren Aronofsky sigue la senda de su filmografía, tanto en el aspecto formal como en el contenido. El cineasta pone en pie su propio universo de leyendas y metáforas, pero además en sus dos últimos largometrajes (su anterior película fue Noé) emplea visiblemente una fuente para reflejar su visión pesimista del mundo: el Antiguo Testamento. Su forma de contar y lo que cuenta no deja al espectador indiferente tanto para denostarlo como para alabarlo. En Madre! hay tres niveles para el análisis de la película. Por una parte, se nos encierra en un hogar, que parece que tiene vida, donde una joven esposa vive impotente una serie de acontecimientos tensos y agobiantes, sin entender el comportamiento de su esposo, escritor. Por otro, un mundo simbólico en el que se puede leer el Antiguo Testamento. Y, por último, un relato doloroso sobre la creación artística y la inspiración.
Detroit (Detroit, 2017) de Kathryn Bigelow
En las películas corales, cada espectador tiene un personaje con el que se identifica o el que le ayuda a conectar y entender la historia. En Detroit de Kathryn Bigelow, Larry (Algee Smith) puede ser el punto de partida para exponer las claves de dicha película. Es joven, con ilusiones, y con un camino claro: triunfar en la música con su grupo The Dramatics. Una noche está a punto de alcanzar su sueño, de cantar en un gran escenario, y de que les fiche la discográfica Motown. 25 de julio de 1967, la fecha en que su vida puede dar un vuelco. Cuando está a punto de salir a actuar, se suspende el evento por los disturbios raciales de Detroit, la ciudad es un polvorín. Finalmente, canta él solo en una sala fantasma, sin público, y ve cómo su sueño se desvanece. Lo que no sabe es que en unas horas, el sueño se transformará en su peor pesadilla. Él es uno de los jóvenes que vivirá el dramático incidente del Motel Algiers. Un grupo de policías cree que desde dicho motel se oculta un francotirador y torturan durante la noche a doce jóvenes, diez muchachos negros y dos chicas blancas. Al final del motel saldrán tres cadáveres… y, también, un Larry que ya no quiere que su música la escuchen o la bailen los blancos, que abandona el grupo, que tiene dolor en la mirada, que ve cómo no hay justicia para lo que pasó aquella noche y que busca refugio, finalmente, en el coro de una iglesia. Pero sin dejar nunca de cantar.
El amante doble (L’amant double, 2017) de François Ozon
Si en El perro andaluz, Buñuel rasgaba un ojo para indicar con ímpetu y violencia otra mirada sobre la pantalla; Ozon en El amante doble comienza con un primer plano explícito de una observación vaginal que se funde con el ojo de la protagonista, Chloé (Marine Vacth), una joven con una inestabilidad emocional evidente. Y así queda dicho que iremos unidos a su mirada y a sus entrañas, a lo más profundo de su ser. Además Ozon vuelve a trabajar con Marine Vacth, que si en Joven y bonita revelaba el difícil autodescubrimiento sexual de su protagonista, convertida en una belle de jour adolescente; en El amante doble enmarca su rostro bello en un museo de arte contemporáneo para ponerla en el centro de la trama de un thriller psicológico. Y en las dos, Marine Vacth es la representación del deseo y la seducción, siempre con un punto de inestabilidad o distanciamiento emocional.









