Sesiones de verano (4). Cenizas de amor (H.M. Pulham, Esq., 1941) de King Vidor

Cenizas de amor, una película sobre lo efímero de la felicidad.

«Harry, ¿eres feliz?», y solo esta frase desata un torbellino de recuerdos y reflexiones en el protagonista de Cenizas de amor. H.M. Pulham (Robert Young), el hombre del título original, se encuentra en la mitad de su vida. Lleva una existencia rutinaria, conformista, ¿feliz? Pertenece a una aristocrática familia de Boston y está casado con Kay (Ruth Hussey), a la que conoce desde la infancia y de la misma posición social. Tiene dos hijos, un perro, una buena casa, un buen empleo y cada día transcurre sin alteraciones.

King Vidor que es un maestro contando historias con su cámara de cine. Nos presenta al personaje principal de una manera magistral. Observamos su ritual diario, la tranquilidad de su vida inalterable. Esa bajada por las escaleras, el desayuno con su esposa, ese huevo pasado por agua, la lectura de la prensa, las regañinas a su perro, los tres cacahuetes que le proporciona su sirvienta antes de salir, cacahuetes que son para alimentar a unas ardillas de ese parque que cruza siempre, la compra del puro antes de entrar al trabajo, el saludo a los trabajadores de la oficina, la contestación de la correspondencia…

Pero un día cualquiera, dos acontecimientos alteran su rutina. Y no solo eso, sino que le hacen plantearse toda una vida. Por una parte, la llamada de un antiguo compañero de la universidad para una comida. Harry decide acudir y se encuentra metido en la organización de un 25 aniversario con antiguos compañeros. Le piden que haga la biografía de los antiguos compañeros y él empieza con la suya. Esto sirve para echar la vista atrás… Y, por otra parte, la llamada de Marvyn Miles (Hedy Lamarr), una mujer de la que se enamoró cuando decidió salirse durante una sola vez en su vida del plan trazado por su padre.

Sigue leyendo →

Sesiones de verano (3). El confidente (Le doulos, 1962) de Jean-Pierre Melville

Un maravilloso polar de Jean-Pierre Melville. Uno de sus alicientes es el personaje de Jean-Paul Belmondo.

Sigo deleitándome poco a poco en la filmografía de Jean-Pierre Melville y le ha tocado el turno a El confidente. ¿Hay un actor que le quede mejor un gorro, una gabardina y unos guantes que a Jean-Paul Belmondo con esa sonrisa pícara?
Solo por el último plano de esta película en el que su personaje, un pobre diablo (como el mismo se describe en un momento determinado), se mira al espejo y su rostro queda enmarcado, merece la pena su visionado. Imagen que diáloga con otra al principio de la película donde el otro gran protagonista también se mira en un pequeño espejo roto… Los dos reflejados en el espejo.

Y por cada una de las secuencias de este polar francés se hace imposible despegar el ojo de la pantalla. Melville era un amante del cine negro estadounidense y supo trasladar la esencia del género al cine francés y ser la máxima expresión del noir en su país.

El confidente no solo juega con un impresionante blanco y negro, sino que además las sombras y los claroscuros son fundamentales para el relato. No puede faltar la lluvia, el ruido de los trenes, las lámparas en penumbra, los locales de mala muerte, los disparos… En el relato cinematográfico la presencia de la violencia es continúa, además de la sensualidad siempre presente. Tampoco faltan esos policías, que sortean también, como aquellos a los que pretenden detener, la ambigüedad moral. Y en la narración siempre hay una presencia del destino. Sus personajes lo tienen pegado en la frente. Es una carrera sin freno, a la desesperada, aunque ellos crean que todo lo tienen bajo control.

Sigue leyendo →

Sesiones de verano (2). Idilio en septiembre (September Affair, 1950), de William Dieterle

Idilio en septiembre, una historia de amor efímera e intensa.

«September Song» es una canción que tiene una presencia importante en este drama romántico de William Dieterle, un director elegante en su puesta en escena y maneras de contar las historias que rueda. Un hombre y una mujer; David y Manina; un ingeniero y una pianista; un caballero desencantado de su matrimonio y de su trabajo y una dama enamorada del amor… se encuentran en Italia. Los dos están a punto de partir hacia EEUU por distintos motivos. El primero, obligado a volver a su rutinaria vida cuando solo desea huir. La segunda, a punto de regresar a su tierra natal, a la que no ha vuelto desde que era una adolescente, a tocar en un importante concierto en Nueva York.

David y Manina se encuentran en un avión que tiene que hacer un aterrizaje forzoso en Napoles para arreglar un pieza. Mientras esperan, deciden hacer un poco de turismo por los alrededores y terminan perdiendo el avión. Deciden retrasar su regreso y pasar unos días por Italia. Y entonces se van enamorando. Cuando pretenden ya separar sus caminos y no meterse en una historia de amor que no puede ser, leen en un periódico que el avión nunca llegó a su destino y que dan por muertos a todos sus pasajeros. Se dan cuenta de que pueden empezar desde cero, borrando todo su pasado, y comenzar una nueva vida juntos.

«September Song» suena cuando todavía no saben que van a perder el avión. Los dos han ido a comer a un genuino restaurante italiano y suena en un viejo gramófono el gran Caruso. La dueña del local les deja unos discos de un americano que nunca volvió a por ellos, la guerra… Y Manina le señala a David dicha canción y este le pide que la ponga. Los dos en silencio escuchan «September Song» con la voz de Walter Huston, el actor que la interpretó en el musical Knickerbocker Holiday en 1938, que habla de amor, el cortejo y el paso del tiempo. Hay una hermosa tensión sensual, dos personas que sienten una corriente, una conexión, pero que no la verbalizan. Todo termina cuando David le enseña el reloj a Manina, tienen que regresar al aeropuerto para tomar el avión.

Después vuelve a sonar otra vez de otra manera muy diferente. David y Manina se han atrevido a dar el paso, a comenzar una nueva vida, son como dos fantasmas de carne y hueso que han decidido ocultar que están vivos para protagonizar su historia. Están intentando construir un futuro juntos, cortando radicalmente con el pasado. Están en un pequeño restaurante y él le pide que toque la canción al piano. Y entonces un joven soldado en la barra empieza a cantarla. El joven acompaña a los dos amantes. Lo que no se esperan es que en esa velada con el soldado, este les hace ver que tienen unas raíces, unas responsabilidades y un pasado.

Sigue leyendo →

Volvieron cinco (Five came back, 1939) de John Farrow

Volvieron cinco es una emocionante película de aventuras con gotas de catástrofe y muy, muy humana.

Volvieron cinco es de esas películas de setenta y cinco minutos que hacía la RKO como cine de serie B que, sin embargo, tiene una precisión en su ejecución y un interés especial en su manera de contar la historia. Poco presupuesto, mucha imaginación. Es de esos largometrajes que suponen una agradable sorpresa cuando se descubren por uno u otro motivo.

Todo está en su sitio: una buena historia; unos personajes trabajados; unos diálogos que dejan alguna que otra frase memorable; un reparto de impresión; un director, John Farrow, eficiente y con el suficiente conocimiento del lenguaje cinematográfico como para hacer una buena película que atrapa al espectador por su puesta en escena y el ritmo impuesto; un director de fotografía, Nicholas Musuraca, que saca todo el potencial al blanco y negro y a la naturaleza de lo que se narra.

Si algo llama la atención cuando arrancan los títulos de crédito de Volvieron cinco son los nombres de sus guionistas: Dalton Trumbo, el novelista y dramaturgo Nathanael West y el más desconocido, Jerome Cady. Lo que está claro es que los tres construyen no solo buenos personajes, sino que aportan interesantes relaciones entre ellos y comportamientos que aportan unos giros de trama que enriquecen y profundizan la narración cinematográfica.

Sigue leyendo →

10 razones para amar Luna de papel (Paper Moon, 1973) de Peter Bogdanovich

 

En Luna de papel, los libros siempre presentes.

Razón número 1: Luna de papel con el día del libro

Con Luna de papel, hoy celebraremos uno de los días más bonitos del año. Así que mencionaremos algún que otro libro. Primero, la película de Peter Bogdanovich partía de un libro publicado en 1971, Addie Pray, de Joe David Brown. Este contaba en primera persona a través de la voz de una niña estafadora sus vivencias en la época de la Depresión junto a Moze, un hombre que podría ser su padre.

El guion de Alvin Sargent, más algunas intervenciones de Bogdanovich (y también de Polly Platt, de la que hablaremos más adelante), respetaría a algunos de los personajes, pero con otros no contaría para armar su historia; jugaría también con la edad de la niña (para adaptarse a la de la actriz elegida) y se centraría más en la relación entre sus dos protagonistas, eliminando alguna de las tramas y estafas que aparecían en la novela, así como cambiaría el final. Además de la película, la novela daría para más. Un año después la cadena ABC realizaría una serie donde la niña sería interpretada por Jodie Foster.

Segundo, la película juega con un gag, una de las estafas que llevan a cabo estos supuestos padre e hija (nunca se llega a aclarar del todo si realmente el vínculo es biológico) tiene que ver con un libro al que nunca le faltarán nuevas ediciones, reimpresiones, estudios, ensayos y demás. Addie descubre como Moze lleva en un baúl un arsenal de biblias. Se dedica a llamar a las puertas de viudas que han perdido a sus maridos recientemente y este les dice que sus hombres le habían encargado una biblia personalizada con su nombre. Su hija, una niña lista, le perfecciona la estafa, pues es una buena observadora y psicóloga sobre los posibles de las víctimas.

Razón número 2: padre e hija, ficción

Uno de los puntos fuertes de la película es la relación entre Moze (Ryan O’Neal) y Addie (Tatum O’Neal). Sobre todo es una relación que se basa en lo gestual y en las miradas, así como en las discusiones que tienen desde que se conocen. Discuten más que conversar… Luna de papel cuenta el nacimiento y la consolidación de un vínculo. Tanto Moze como Addie no solo aprenden a convivir juntos, sino que hacen un buen equipo de supervivientes y se cuidan el uno al otro (la niña saca de más de un embrollo a Moze).

No hay ni una lágrima, ni un beso o abrazo, pero su conexión logra emocionar con pequeños detalles. Es un vínculo que va creciendo hasta que uno y otro se complementan en la carrera por la supervivencia. Moze nunca pierde su aura de perdedor y fracasado, pero siempre logra ponerse en pie. Y Addie deja a la vista su inteligencia, sus heridas y complejos, así como sus dotes para la supervivencia, protegiendo más de una vez a su imperfecto acompañante.

En la relación de Moze y Addie hay ecos del vínculo que conseguían Charlot y su pequeño compañero en El chico o también la del exboxeador y su hijo en El campeón de King Vidor, aunque estas dos sí recurrían magníficamente a lo trágico y era imposible contener las lágrimas. Uno de los aciertos de Luna de papel es que nunca sabemos si realmente Moze es el padre biológico de Addie, aunque posibilidades hay.

El vínculo de padre e hija, uno de los secretos de Luna de papel.

Razón número 3: padre e hija, realidad

En los extras del dvd de Luna de papel hay un bonito making off de la película donde se puede disfrutar de varias tomas falsas y de secuencias de cómo se desarrolló el rodaje. Y se nota una química bonita durante las escenas entre Ryan y Tatum. De hecho, se parten de risa cada vez que la niña se equivoca y hay que repetir la toma.

Pero Tatum no tuvo una infancia fácil ni la relación con Ryan fue idílica. Cuando sus padres se divorciaron, ella tenía cuatro años y la estancia con su madre fue una pesadilla por muchos motivos (malos tratos y abusos). Tatum terminó viviendo con su padre, que tampoco contribuyó a su estabilidad emocional. Además Luna de papel se convirtió en un fenómeno y la niña fue galardonada con un óscar a temprana edad. Todas estas circunstancias no le facilitaron una buena infancia.

Según Tatum, su padre tampoco quiso responsabilidades según fueron pasando los años, pues dio más prioridad a su carrera y a sus relaciones de pareja. Todo se complicó más cuando empezó su historia con Farra Fawcett. Así que Tatum a los 14 años no podía contar con ninguno de sus progenitores. Tampoco mantuvo su carrera cinematográfica. Y sí arrastró varias adicciones. Tatum O’Neal es una de esas niñas prodigio en Hollywood que protagonizó una de esas tantas historias de juguetes rotos. Estuvo largos periodos de tiempo sin relacionarse con su padre, protagonizaron algunos acercamientos, pero nunca lograron perdonarse.

Nadie lo diría viendo la química tan bonita y especial que se siente y se nota en cada uno de los fotogramas de Luna de papel y en esas tomas descartadas en las que se ve a una niña realmente ilusionada y segura de trabajar junto a su padre, así como a un Ryan divertido y paciente con los fallos de su hija.

Sigue leyendo →

Ristra de películas. Sobre Barry Levinson, los hermanos Boulting, Walter Salles y Robert Altman

Barry Levinson, los hermanos Boulting, Walter Selles y Robert Altman son los directores de unas películas que han llamado mi atención. Cada una de ellas, por distintos motivos: una secuencia, un personaje, una forma de contar, la historia real que recrea, una emoción… Todas merecen un visionado y algunas un análisis más profundo que el que voy a ofrecer en tan solo unas líneas. Esto solo son unos hilos para tirar de ellos.

Barry Levinson

Película 1. Barry Levinson demuestra que es un veterano narrador cinematográfico.

Es curioso que no suele hablarse mucho de Barry Levinson como director de cine relevante y, sin embargo, me doy cuenta de que es un director que me ha ido acompañando a lo largo de mi vida. Cuando se estrenaban sus películas, iba a la sala de cine a verlas. Mi primer contacto con él fue una película que siendo niña me entusiasmó: El secreto de la pirámide. Pero luego con el paso de los años vinieron otras: Good morning, Vietnam, Rain man, Sleepers… La última vez que fui a la sala de cine a ver uno de sus largometrajes fue con La cortina de humo.

No sé por qué el otro día mirando en las plataformas me apeteció ver una de sus últimas películas: El superviviente de Auschwitz (The Survivor, 2021). Los motivos fueron varios. No fue ni mucho menos la película que más me gustó de Levinson ni la más redonda, pero se nota que es un narrador cinematográfico curtido, que sabe elegir una historia y cómo contarla. Tampoco falla nunca en los repartos, en los actores en quien confía para narrar sus odiseas.

El superviviente de Auschwitz parte de una historia real, la del boxeador Harry Haft, que sobrevivió a los campos, porque un oficial de las SS se fijó en él y le entrenó para que boxeara contra sus compañeros como entretenimiento tremendamente cruel para los otros oficiales. Lo que cuenta la película de Barry Levinson es la vida de Haft después del horror. Cómo sobrevivir a la culpa y a las decisiones que había que tomar para poder sobrevivir.

Por una parte, me interesaba el tema del boxeo, porque como he contado muchas veces en el blog no soporto este deporte, pero contradictoriamente adoro las películas sobre esta disciplina. Y, por otro lado, hay una filmografía abundante y títulos que merece la pena rescatar sobre cómo las víctimas salieron adelante después de haber sobrevivido a los campos de concentración (por solo nombrar algunos: El prestamista de Sidney Lumet, Harold y Maude o La decisión de Sophie.

Barry Levinson utiliza una narración cinematográfica clásica para contar las vicisitudes del personaje, pero curiosamente no alrededor de los combates o del relato presente y pasado del personaje (con la técnica del flashback y el blanco y negro y el color para una y otra época) como puede pensarse en un principio el espectador, sino de la relación de Haft con las dos mujeres de su vida. Una le da fuerzas para vivir, incluso una vez que huye del horror (su recuerdo y su búsqueda); y la otra para redimirse, para superar el sentimiento de culpa ante las decisiones que tomó para continuar vivo (la posibilidad de construir una nueva relación y seguir adelante con la vida).

Los hermanos Boulting

Película 2. Los hermanos Boulting dejan el retrato de una época con una sensibilidad especial.

Uno de los descubrimientos más interesantes que hecho últimamente han sido los hermanos Boulting, que forman parte de la historia del cine británico. Llevo tiempo detrás de una de sus películas, The magic box, y no hace mucho escribí sobre Brighton Rock (Young Scarface), pero para glosar la relación de Graham Greene con el cine. Bien, pues ellos me han dado una sorpresa muy grata con Luna de miel en familia (The family way, 1966).

Me ha gustado muchísimo. Cuenta una historia familiar de dos jóvenes recién casados en un barrio obrero británico. La primera noche nada más casarse la pasan en el hogar del novio. Una broma tendrá una consecuencia inesperada que amargará al matrimonio, pues no solo será una velada fallida, sino que el novio se bloquea y no puede mantener relaciones sexuales con su esposa. No hace mucho se adaptó una novela de Ian McEwan que partía de una premisa similar, En la playa de Chesil.

Lo que es una mera anécdota se alarga en el tiempo por varios motivos: al día siguiente que tenían preparado un ansiado viaje de novios, se suspende pues les estafan en la agencia; no tienen más remedio, porque todavía no pueden independizarse, que vivir en casa de los padres de él, sin poder encontrar la intimidad adecuada; el muchacho se va poniendo cada vez más nervioso y ella se siente cada vez más insegura…

Pero la sorpresa es que Luna de miel en familia es mucho más que eso. Es cómo reacciona el entorno, cómo algo tan nimio se va enredando y es un estudio de personajes apasionante. Lo más increíble es la otra historia que se va adueñando de la narración y que regala los momentos más certeros y un final demoledor, aunque aparentemente feliz para los jóvenes. Esa historia es la de los padres del joven (unos maravillosos John Mills y Marjorie Rodhes) cuya vida quedó marcada por un tercer personaje ausente, el mejor amigo del padre.

Los hermanos Boulting dejan finalmente una historia llena de matices con una delicadeza e intimidad especial. La película refleja y recoge el espíritu y el alma de una época. Como curiosidad, su banda sonora fue compuesta por Paul McCartney.

Sigue leyendo →

Supervivientes en el mar. Náufragos (Lifeboat, 1944) de Alfred Hitchcock / El mar no perdona (Seven waves away, 1957) de Richard Sale

Dos barcos hundidos y los supervivientes a la deriva en un bote salvavidas. Dos maneras de presentar las desgracias y las dinámicas de dos grupos de seres humanos que hacen lo que pueden por salvar la vida. La primera es de las obras más originales del maestro del suspense, con fondo bélico y toques de cine de propaganda en plena Segunda Guerra Mundial. La segunda es un drama contundente, una película que plantea distintos y complejos dilemas morales sobre decisiones que tomar para poder sobrevivir, decisiones al borde de la muerte.

Náufragos (Lifeboat, 1944) de Alfred Hitchcock

Supervivientes a la deriva. En Náufragos, el grupo frente al nazi…

Un barco es torpedeado por un submarino alemán que también a su vez ha sido destruido. En una barca salvavidas van subiendo los supervivientes: una periodista, una enfermera, una mujer con su bebé muerto y varios hombres civiles o que forman parte del personal del barco con distintos cargos (uno de máquinas, un marinero herido, un mayordomo, un operador de radio, un empresario naval…). En el último momento, rescatan a un alemán que ha sobrevivido del submarino. Las distintas posturas respecto al prisionero van creando las tensiones en el grupo, además tienen que luchar juntos por su supervivencia.

En Náufragos es evidente cómo el alemán no solo es el que crea la tensión y división en el grupo, sino que también sabrá ir manipulando a los supervivientes y llevándolos a su terreno. Es el único además que esconde utensilios tan útiles para la supervivencia como una brújula. También se hace valer y es fuerte dentro del grupo, pues muestra no solo que no desfallece (luego se sabrán los motivos), sino que tiene conocimientos médicos y también de navegación. Va ganándose adeptos, mientras que otros no terminan de fiarse nunca de él.

En un momento dado, arrastrando varias vicisitudes, mal tiempo, debilidad física y mental del grupo, parece que el alemán no solo va a convertirse en líder, sino que les dirige directos a un destino de lo más negro.

Sigue leyendo →

Cóctel de películas por San Valentín: sobre amor, descubrimientos y revelaciones

Estoy viviendo últimamente buenos momentos cinematográficos, así que me ha parecido buena idea escribirlos. Que mejor que celebrar un día dedicado al amor (quitemos los artificios comerciales) que alimentando una pasión que nos cuida. Y ¿qué película, incluso las de más mal rollo, no esconde en el fondo una historia de amor?

The Brutalist, la magia de la sala de cine

Pildora de amor 1. The Brutalist o un hombre roto.

Disfruté del espectáculo del cine con una sala llena: The Brutalist de Brady Corbet. Me hubiese gustado verla en una sala de esas enormes de mi infancia con el telón que tapaba la pantalla para vivir la magia completa. La película de Corbet es una de esas películas largas a lo West Side Story, Lawrence de Arabia o Camelot con su intermedio y todo… Un largometraje donde todo se cuida, desde los créditos del principio, porque así se completa una obra.

The Brutalist tiene imágenes de esas que ya no olvidas. Como la llegada al nuevo mundo del protagonista, el arquitecto László Toth (Adrien Brody), después de haberse roto por completo con la brutalidad de los campos de concentración. Lo primero que ve es la Estatua de la Libertad invertida. En un principio, no sabemos bien dónde se encuentra si un tren de la muerte, si en un campo hacia una cámara de gas… No distinguimos dónde quiere o dónde intenta salir, hasta que se descubre que está en un barco y que sale fuera, al aire libre, para ver Nueva York.

Me gusta cómo me cuentan ese relato de un hombre quebrado que llega a EEUU y tiene que seguir lidiando, sin poder recompenerse nunca. La película baila entre dos frases. Una la escribe su esposa en una carta. Su voz se oye en off durante los primeros minutos y le dice: «Quienes más libres se creen, son quienes más lejos están de la libertad». Y la otra forma parte de un discurso que da su sobrina en una muestra de la obra arquitectónica de su tío en el epílogo: «Lo importante no es el camino, sino el destino».

Entre medias, está el proyecto creativo de un hombre que es artista y todo lo que no puede decir, expresar, sentir o contar lo deja en un edificio. No le salen las palabras, no escribe, pero sí puede plasmar en una obra arquitectónica lo que siente.

El camino de László está lleno de dolor, tragedia y daño. Todo lo sufre en un cuerpo y un alma que ya están rotas por el horror sufrido. Dentro de la desgracia, solo puede dejar su firma. Una biblioteca donde lo importante es la luz que entra en un espacio diáfano o un edificio brutalista que significa muchas cosas, incluso cada medida revela algo en concreto. Si venía de una Europa que era puro infierno aterriza en una tierra que no es ningún sueño, sino una pesadilla. En todas partes, hay personas que pisan y los que son pisados. En el infierno y en la tierra prometida.

Buster Keaton, cara de palo tierno

Otro momento especial fue en el salón de casa de mi madre. Nos preparamos una noche para ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928) y desde que empieza hasta que termina lloramos de la risa. Y sientan tan bien esas risas. Buster Keaton recibe los envites de la vida con su cara de palo y transmite golpe tras golpe una ternura infinita. Yo reía, pero tenía ganas enormes de meterme en la pantalla y abrazar a Willie. Está llena de momentos cumbre, pero no me voy a ir a la tempestad, sino cuando su padre se empeña en entrar en una sombrerería para que se quite la boina y se compre un sombrero. Es sublime el rostro de Keaton con distintos sombreros y su empeño por conseguir llevarse uno que le gusta y a su padre le espanta…

Supongo que me estoy preparando para el gran acontecimiento que voy a vivir este sábado: El maquinista de la general(The General, 1926) con una banda de jazz en directo. Creo que voy a reír y llorar a la vez.

Odas al mal rollo

Píldora de amor 2. Longlegs y todo el mal rollo del mundo.

No, no es fácil generar mal rollo a través de una película. Me ha pasado últimamente con dos largometrajes. Por una parte, Longless de Osgood Perkins (sí, sí, el hijo de Anthony Perkins). Desde el segundo uno transmite una atmósfera que provoca incomodidad. Todo es a través de la mirada extraña de una agente del FBI, que arrastra varios traumas. Cómo está contada la historia, los movimientos de cámara, la interpretación de los actores, el villano más raro que os podáis imaginar, unas muñecas que dan grima pero a la vez son perfectas, los distintos formatos de pantalla para contar la historia…, todo crea en el espectador unas sensaciones que generan malestar. Como ese miedo que provoca caer a un abismo inexplicable.

La otra que me ha generado muy mal rollo ha sido una española, Salve María de Mar Coll. La directora convierte la maternidad en la peor de las pesadillas. Tiene momentos que provocan auténtico terror y pavor. Juega con el suspense y el miedo. Mar Coll realiza una radiografía estremecedora de una madre con depresión posparto. Sufrí cada instante con ella y con su bebé, Eric.

Lo interesante es que esa madre es novelista, crea universos y mundos. Y su depresión se convierte en material literario. Escribe lo que no puede gritar. Lo que le avergüenza y le da pánico expresar. De nuevo, una mirada que cuenta el infierno que vive. La protagonista, esa madre al borde del abismo, lee un suceso de otra madre que mata a sus bebés en una bañera y su mente se obsesiona con esa historia, porque está sintiendo cosas que la hacen tener mucho miedo de sí misma. Por cierto, nunca un cuervo que entra en una habitación me dio tan mal agüero.

Sigue leyendo →

Frank Capra y Barbara Stanwyck, en busca de la esperanza

En su interesante autobiografía, Frank Capra, el nombre delante del título, el director italoamericano se deleita a la hora de contar el descubrimiento de la Stanwyck para una película de Columbia, Mujeres ligeras (Ladies of Leisure, 1930). Y nos descubre varias cosas de los dos. La incombustible energía de Capra, siempre con esa disposición a que reconocieran su trabajo, y la timidez arisca de la corista que se convertiría en una gran estrella de cine, reina de las primeras tomas.

Mujeres ligeras supuso la revelación de una actriz que fue adorada en Hollywood. En la autobiografía, Capra es muy crítico con las dos películas siguientes que hizo con la Stanwyck: La mujer milagro (The Miracle Woman, 1931) y Amor prohibido (Forbidden, 1932). Una, porque no se atrevió realmente a dar todos los matices a su personaje femenino (y con la Stanwyck al frente habría podido perfectamente) y la otra por ser excesivamente melodramática. Sin embargo, la cuarta la menciona entre las favoritas de su filmografía: La amargura del general Yen (The Bitter Tea of General Yen, 1932).

Después, reconoce que con la última película en la cual trabajo con Stanwyck consiguió su reparto soñado. Se trata de Juan Nadie (Meet John Doe, 1941), primera vez que descubrí a este tándem tan especial. Es muy interesante leer cómo Capra explica que para él tenía un arranque brutal, así como un buen desarrollo, pero que tuvieron muchos problemas para encontrar un final a la altura de la historia… De hecho, se pregunta si realmente había un final aceptable para Juan Nadie.

Durante estas Navidades he podido hacer este pequeño ciclo con las cinco películas de este dúo especial. Y ha sido una gozada por dos motivos: ciertamente se ve el nacimiento de una actriz, pero se muestra la versatilidad de un director, que con el cine precode enseña lo que ya sabíamos al analizar sus películas más conocidas, que el director sabe mirar el mundo con todas sus contradicciones y una expresa melancolía. A Frank Capra se le dibuja como un director optimista y dotado para la comedia, pero su filmografía es mucho más versátil y su visión del mundo más compleja de lo que parece. Barbara Stanwyck forjará esos personajes femeninos de fuerte personalidad que se convierten en verdaderas supervivientes de un mundo hostil al que tratan de manejar con mayor o peor fortuna.

Mujeres ligeras (Ladies of Leisure, 1930)

El descubrimiento de una estrella en Mujeres ligeras, Barbara Stanwyck,  por Frank Capra, un director que mostraba todo su oficio para contar historias.

Me encanta cómo el director describe su asociación con la actriz en su valiosa autobiografía: «Así empezó mi larga asociación personal y profesional con Barbara Stanwyck. Debajo de su hosca timidez hervían los fuegos emocionados de una joven Duse, o de una Bernhardt. Ingenua, no sofisticada, sin importarle el maquillaje, el vestuario o la peluquería, aquella chica del coro podía aferrarte el corazón y hacértelo pedazos. No sabía nada de los trucos de la cámara: cómo “engañar” a sus rizos a fin de que se viera bien su rostro, cómo restringir sus movimientos corporales en los planos cortos. Simplemente actuaba…, y todos los demás en el plató se quedaban embobados». A lo largo del libro, Frank Capra siempre añora la aparición de una actriz de ese calibre, de realizar un descubrimiento similar.

En Mujeres ligeras, se describe el encuentro entre una joven prostituta y un pintor en busca de inspiración e hijo de un rico empresario. Los dos han escapado de diferentes fiestas: él de una que ha organizado su novia y un amigo en su estudio de pintor y ella de un evento privado en un barco. Cuando la joven se queda dormida en el coche (pues el rico pintor se ofrece a llevarla de nuevo a la ciudad), él cree ver algo en su rostro y le pide que sea su modelo.

El artista quiere captar su esencia y eliminar todas las máscaras. Quiere que ella sobrepase el techo y mire las estrellas. Pretende dibujar con su rostro algo tan complejo como la esperanza. Dos seres desencantados en busca de una esperanza. Él siente una vida vacía y una inspiración que siente que no le llega para culminar un proceso creativo. A ella la vida le ha dado muchos palos, aun así trata de levantarse una y otra vez.

La película tiene todos los elementos de una película precode. Primero, la profesión de la joven protagonista y su compañera de piso (una maravillosa Marie Prevost, actriz con un final trágico) y las conversaciones que tienen ambas sobres sus servicios en cuestión. Después, siempre hay una oportunidad para que estén ligeras de ropa o tengan que bañarse. En un momento dado no se oculta la desesperación de Barbara por las circunstancias que la van rodeando y que tan solo vea como única salida el suicidio. También, se refleja a la perfección la tensión sexual no resuelta entre la prostituta y el pintor cuando ambos tienen que pasar una noche juntos en el estudio.

Frank Capra consigue momentos brillantes, como todas las relacionadas con Barbara en el estudio, en esa terraza, mirando las estrellas o la noche en cuestión de la tensión sexual. También el director cuida a cada uno de sus personajes secundarios, algo que siempre haría a lo largo de su trayectoria, no solo dando importancia a cada uno de los actores que los representaban, sino dándoles su momento. Así aquí pasa con el amigo alcoholizado que va de fiesta en fiesta y apenas duerme, con la madre del pintor o con la amiga de la prostituta. En esta película se produjo otro encuentro fructífero, el del guionista Jo Swerling con Capra y Stanwyck.

El guionista trabajaría varios libretos con la pareja y buscaría siempre unos puntos políticamente incorrectos en estas películas precode que las rodean de un encanto especial. Mujeres ligeras es deliciosa, curiosamente Barbara Stanwyck mantiene a la perfección el carisma de su personaje, aportándole todos los matices necesarios y una transformación preciosa. Sin embargo, su compañero Ralph Graves, actor que trabajó numerosas veces con Capra, no nos deja un galán atractivo ni se nos hace simpático, aunque en determinados momentos sí consigue esa tensión sexual no resuelta.

Mujeres ligeras tiene el leit motiv de la carrera de Frank Capra, esa complicada búsqueda de la esperanza en un mundo hostil.

Sigue leyendo →

10 razones para amar El fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs Muir, 1947) de Joseph L. Mankiewicz

 

El fantasma y la señora Muir. Lucy da un cambio a su vida, quiere independizarse.

Razón número 1: La señora Muir, una mujer independiente

La primera secuencia de El fantasma y la señora Muir es realmente reveladora para conocer a la protagonista, a Lucy (Gene Tierney), una joven viuda, que decide cambiar su vida, tomar las riendas y sola enfrentarse al día a día. Nunca ha podido hacerlo. Así se lo dice a su suegra y cuñada, que no pueden estar más escandalizadas de su determinación. Lucy quiere dejar de vivir con ellas, irse a una pequeña localidad con mar y alquilar una casa con su pequeña hija, Anna (Natalie Wood), y con Martha (Edna Best), la sirvienta que siempre ha estado con ella.

Durante toda la película, Lucy quiere hacer las cosas por sí misma. Su independencia es lo más importante para ella. Quiere tener derecho a decidir, a que no la griten, a que no la ordenen o manden y desea poder equivocarse si es preciso. Lucy es una mujer romántica, que busca a un hombre que la llene, que la bese y sentir el mundo a sus pies, que sea buen compañero, que pueda reírse con él a todas horas o discutir, apasionados. En ese nuevo siglo lleno de novedades y progreso, nada va a detenerla…, ni siquiera un fantasma.

Razón número 2: El capitán Gregg, el fantasma

El capitán Gregg es un hombre de mar, aventurero. Quiere parecer más rudo de lo que es, pero su sensibilidad siempre es evidente. Un poema de Keats, Oda a un ruiseñor, le sirve de inspiración para construir su hogar. «Mágicas ventanas abiertas a la espuma de peligrosas aguas en las desoladas tierras de las hadas». A Lucy la casa le recuerda a una vieja canción o a un poema. Y el capitán le da la razón, recitándole dichos versos. Ella enseguida los reconoce.

Después, se le ocurre sacar a Lucy de sus apuros económicos a través de la escritura, creando entre los dos una novela. Va de fantasma protestón y terrorífico y, sin embargo, actúa como un ángel protector. Así cuando Lucy, Anna y Martha van a vivir a la casa, él termina relacionándose con las tres y siendo una presencia positiva y amiga para todas, como nos vamos enterando hacia el final de la película.

Es un hombre que construye la casa de sus sueños y desea que sea un hogar para todos esos marineros ancianos que ya no pueden echarse a la mar, una casa que les recuerde a un barco y donde desde el mirador puedan verlo siempre. También sabe contar de manera hermosa sus recuerdos, como esa tía que le crio cuando tan solo era un niño… y Lucy sabe completar bien esa historia. Según vamos conociendo poco a poco al capitán Gregg, él se va convirtiendo en un fantasma cada vez más cercano, sensual y con una sensibilidad especial. Además le ocurre algo inesperado, se enamora en la eternidad de una mujer por la que pasa el tiempo.

Sigue leyendo →